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22 de mayo de 2026
22 de mayo de 2026
116 de 137 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pocas franquicias viven tan cómodamente instaladas en la contradicción como STAR WARS. Por un lado, su regreso de Star Wars al cine sigue vendiéndose como un acontecimiento galáctico pero por otro, cada nueva entrega parece diseñada sin ningún tipo de cuidado emocional. Y eso resume bastante bien esta película.
Porque sí, THE MANDALORIAN AND GROGU se deja ver. No es un desastre. No provoca vergüenza ajena ni tiene el caos narrativo de otras producciones recientes de la saga. El problema es que es una película tan correcta, tan calculada y tan inofensiva, que termina pareciendo irrelevante. Como si alguien hubiera cogido dos episodios de relleno de la serie, les hubiera puesto presupuesto IMAX y hubiera dicho: “listo, ya tenemos estreno cinematográfico”.
La sensación de estar viendo una versión alargada de la serie aparece desde el minuto uno. No hay verdadera construcción dramática, no existe una amenaza que se sienta importante y casi nada parece tener consecuencias. Mando va del punto A al punto B, dispara a unos cuantos enemigos, Grogu pone ojitos, aparece una criatura enorme, suena música épica… y repetimos la fórmula durante más de dos horas. Todo fluye con tanta facilidad que nunca hay tensión real. La película avanza, sí, pero nunca despega.
Porque sí, THE MANDALORIAN AND GROGU se deja ver. No es un desastre. No provoca vergüenza ajena ni tiene el caos narrativo de otras producciones recientes de la saga. El problema es que es una película tan correcta, tan calculada y tan inofensiva, que termina pareciendo irrelevante. Como si alguien hubiera cogido dos episodios de relleno de la serie, les hubiera puesto presupuesto IMAX y hubiera dicho: “listo, ya tenemos estreno cinematográfico”.
La sensación de estar viendo una versión alargada de la serie aparece desde el minuto uno. No hay verdadera construcción dramática, no existe una amenaza que se sienta importante y casi nada parece tener consecuencias. Mando va del punto A al punto B, dispara a unos cuantos enemigos, Grogu pone ojitos, aparece una criatura enorme, suena música épica… y repetimos la fórmula durante más de dos horas. Todo fluye con tanta facilidad que nunca hay tensión real. La película avanza, sí, pero nunca despega.

Y aquí está la gran cuestión: ¿por qué esto está en cines y no directamente en Disney+? Cuesta encontrar una respuesta convincente más allá de la necesidad industrial de mantener viva la maquinaria de STAR WARS en pantalla grande. Se nota demasiado esa lógica moderna de franquicia eterna donde lo importante no es contar una historia memorable, sino alimentar constantemente el contenido. El resultado se parece más a un producto de mantenimiento que a una película con identidad propia.
Lo curioso es que técnicamente hay mucho talento detrás. Jon Favreau sabe mover este universo con soltura. La película luce fantástica por momentos con criaturas bien diseñadas, efectos visuales pulidos, escenarios espectaculares y una producción gigantesca que constantemente intenta convencerte de que estás viendo “algo grande”. Y la banda sonora de Ludwig Göransson es, probablemente, lo mejor de toda la experiencia. Escuchar esos temas en una sala de cine sigue teniendo fuerza. Hay secuencias donde la música aporta una épica que el guion jamás alcanza por sí solo.
Lo curioso es que técnicamente hay mucho talento detrás. Jon Favreau sabe mover este universo con soltura. La película luce fantástica por momentos con criaturas bien diseñadas, efectos visuales pulidos, escenarios espectaculares y una producción gigantesca que constantemente intenta convencerte de que estás viendo “algo grande”. Y la banda sonora de Ludwig Göransson es, probablemente, lo mejor de toda la experiencia. Escuchar esos temas en una sala de cine sigue teniendo fuerza. Hay secuencias donde la música aporta una épica que el guion jamás alcanza por sí solo.

También se agradece el uso de marionetas, animatronics y efectos prácticos que todavía conservan algo del encanto artesanal clásico de STAR WARS. En una época donde muchas superproducciones parecen videojuegos carísimos, aquí al menos hay cierta textura física. El problema es que toda esa artesanía envuelve una historia sorprendentemente vacía.
Porque el guion no tiene ningún tipo de grosor dramático. Los personajes apenas evolucionan, los secundarios entran y salen sin dejar huella y ni siquiera los protagonistas parecen cambiar después de todo lo vivido. La película no se detiene a explorar conflictos internos, dilemas morales o relaciones complejas. Todo está reducido a una sucesión de momentos funcionales que conectan escenas de acción.
Y luego está Grogu, claro. El pequeño fenómeno del merchandising intergaláctico. Habrá quien siga derritiéndose cada vez que aparece en pantalla haciendo ruiditos adorables, pero también empieza a existir una cierta fatiga alrededor del personaje, de la cual me incluyo. Disney encontró una mina de oro emocional y comercial en esa criatura, y la está explotando hasta límites industriales. Hay momentos en los que la película parece más preocupada por recordarte lo adorable que es Grogu que por construir una narrativa interesante.
Otro problema importante es el tono. La película está tan obsesionada con resultar accesible para todos los públicos que termina perdiendo personalidad. Todo parece suavizado, redondeado y libre de riesgo. No hay oscuridad real, no hay tragedia, no hay sensación de peligro. Incluso las escenas de acción, aunque visualmente espectaculares, carecen de peso emocional. Se ven bien mientras duran y se olvidan cinco minutos después.
Y eso lo más triste de todo sea lo olvidable que resulta. Sales del cine entretenido, incluso satisfecho a ratos, pero al cabo de unas horas cuesta recordar algo verdaderamente memorable. No hay una escena icónica, un gran villano, un diálogo potente o una secuencia que justifique el regreso de STAR WARS a la gran pantalla. Le falta mística. Le falta alma. Le falta esa sensación de aventura gigantesca que antes convertía estas películas en eventos culturales.
Aun así, tampoco sería justo destrozarla. Hay diversión aquí. Los fans de STAR WARS probablemente pasarán un buen rato identificando referencias, criaturas, detalles del lore y conexiones con otras historias del llamado “Mandoverso”. Vista con expectativas moderadas, funciona como entretenimiento ligero. El problema llega cuando uno espera cine con mayúsculas.
Porque THE MANDALORIAN AND GROGU representa perfectamente el gran dilema actual de las franquicias modernas, con productos técnicamente impecables, visualmente enormes y emocionalmente diminutos. Mucho presupuesto, poca inspiración. Mucha continuidad, poca trascendencia. Y quizá esa sea la palabra clave: trascendencia. Antes STAR WARS hacía sentir que cualquier cosa podía pasar. Ahora parece diseñada para que nunca pase nada demasiado importante. Todo debe continuar intacto para el siguiente spin-off, la siguiente temporada o la siguiente película.
Porque el guion no tiene ningún tipo de grosor dramático. Los personajes apenas evolucionan, los secundarios entran y salen sin dejar huella y ni siquiera los protagonistas parecen cambiar después de todo lo vivido. La película no se detiene a explorar conflictos internos, dilemas morales o relaciones complejas. Todo está reducido a una sucesión de momentos funcionales que conectan escenas de acción.
Y luego está Grogu, claro. El pequeño fenómeno del merchandising intergaláctico. Habrá quien siga derritiéndose cada vez que aparece en pantalla haciendo ruiditos adorables, pero también empieza a existir una cierta fatiga alrededor del personaje, de la cual me incluyo. Disney encontró una mina de oro emocional y comercial en esa criatura, y la está explotando hasta límites industriales. Hay momentos en los que la película parece más preocupada por recordarte lo adorable que es Grogu que por construir una narrativa interesante.
Otro problema importante es el tono. La película está tan obsesionada con resultar accesible para todos los públicos que termina perdiendo personalidad. Todo parece suavizado, redondeado y libre de riesgo. No hay oscuridad real, no hay tragedia, no hay sensación de peligro. Incluso las escenas de acción, aunque visualmente espectaculares, carecen de peso emocional. Se ven bien mientras duran y se olvidan cinco minutos después.
Y eso lo más triste de todo sea lo olvidable que resulta. Sales del cine entretenido, incluso satisfecho a ratos, pero al cabo de unas horas cuesta recordar algo verdaderamente memorable. No hay una escena icónica, un gran villano, un diálogo potente o una secuencia que justifique el regreso de STAR WARS a la gran pantalla. Le falta mística. Le falta alma. Le falta esa sensación de aventura gigantesca que antes convertía estas películas en eventos culturales.
Aun así, tampoco sería justo destrozarla. Hay diversión aquí. Los fans de STAR WARS probablemente pasarán un buen rato identificando referencias, criaturas, detalles del lore y conexiones con otras historias del llamado “Mandoverso”. Vista con expectativas moderadas, funciona como entretenimiento ligero. El problema llega cuando uno espera cine con mayúsculas.
Porque THE MANDALORIAN AND GROGU representa perfectamente el gran dilema actual de las franquicias modernas, con productos técnicamente impecables, visualmente enormes y emocionalmente diminutos. Mucho presupuesto, poca inspiración. Mucha continuidad, poca trascendencia. Y quizá esa sea la palabra clave: trascendencia. Antes STAR WARS hacía sentir que cualquier cosa podía pasar. Ahora parece diseñada para que nunca pase nada demasiado importante. Todo debe continuar intacto para el siguiente spin-off, la siguiente temporada o la siguiente película.
28 de marzo de 2024
28 de marzo de 2024
34 de 41 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mi salida del cine en modo shock traumático delata la lamentable experiencia sufrida tras ver este horrendo largometraje, que ha tardado varias horas en disiparse para poder redactar esta reseña de una manera algo menos subjetiva.
Nuevamente somos testigos de una falta de ideas absoluta en el universo cinematográfico para poder hacerle llegar al espectador una historia que transmita, obligándose a recuperar clásicas y memorables sagas de los años 80 para destrozarlas despiadadamente, con el único afán de cubrir expediente, dejar la puerta abierta a nuevas entregas y seguir cobrando a final de mes.
En este caso, nos hemos visto abocados a una infantilización de la saga, con personajes principales menores de edad que son los que finalmente tienen la llave de la resolución de la historia. La sala de cine estaba llena de niños, por lo que es un hecho este objetivo por parte de los creadores de la película. Aunque de manera incoherente, hay alguna referencia en modo chiste con habitaciones BDSM que no encaja con lo expuesto anteriormente.
Nuevamente somos testigos de una falta de ideas absoluta en el universo cinematográfico para poder hacerle llegar al espectador una historia que transmita, obligándose a recuperar clásicas y memorables sagas de los años 80 para destrozarlas despiadadamente, con el único afán de cubrir expediente, dejar la puerta abierta a nuevas entregas y seguir cobrando a final de mes.
En este caso, nos hemos visto abocados a una infantilización de la saga, con personajes principales menores de edad que son los que finalmente tienen la llave de la resolución de la historia. La sala de cine estaba llena de niños, por lo que es un hecho este objetivo por parte de los creadores de la película. Aunque de manera incoherente, hay alguna referencia en modo chiste con habitaciones BDSM que no encaja con lo expuesto anteriormente.

El nudo principal de esta historia se centra en la relación implícitamente romántica entre Phoebe Spengler y Melody, una fantasma de dieciséis años, junto con un orbe que contiene un dios demoníaco en busca de su liberación para conquistar el mundo.
Lo peor de la película es que no tiene casi nada positivo, es un sinsentido de apariciones espectrales que le hace perder valor a lo oscuro y fantástico, una sucesión de movimientos acelerados de cámara sin que esté sucediendo nada, una historia floja en desarrollo con un villano nada creíble y un guion tan pobre que está sujeto a contarte rápidamente los artilugios y aplicaciones de los dispositivos para justificar su funcionamento, los escasos momentos entre efectos especiales y un sinfín de bromas sin gracia.
Hay personajes incluso que si no aparecen no se echarían ni de menos, como Finn, el nieto mayor de Egon Spengler y su amiga Lucky, así como Podcast.
A todo ello hay que sumarle el insoportable papel que ejerce Paul Rudd como Gary Grooberson en el perfil de cabeza de familia. Ya me parecieron insufribles sus papeles protagonistas en las dos películas ANT-MAN y ya paso a tenerlo bloqueado para prescindir del visionado de cualquier largometraje en el que aparezca.
Lo peor de la película es que no tiene casi nada positivo, es un sinsentido de apariciones espectrales que le hace perder valor a lo oscuro y fantástico, una sucesión de movimientos acelerados de cámara sin que esté sucediendo nada, una historia floja en desarrollo con un villano nada creíble y un guion tan pobre que está sujeto a contarte rápidamente los artilugios y aplicaciones de los dispositivos para justificar su funcionamento, los escasos momentos entre efectos especiales y un sinfín de bromas sin gracia.
Hay personajes incluso que si no aparecen no se echarían ni de menos, como Finn, el nieto mayor de Egon Spengler y su amiga Lucky, así como Podcast.
A todo ello hay que sumarle el insoportable papel que ejerce Paul Rudd como Gary Grooberson en el perfil de cabeza de familia. Ya me parecieron insufribles sus papeles protagonistas en las dos películas ANT-MAN y ya paso a tenerlo bloqueado para prescindir del visionado de cualquier largometraje en el que aparezca.

Hasta el nuevo alcalde, que era el concejal tocapelotas de la primera entrega, parece tan estúpido como lo era en la película original. Ni eso han conseguido lograr.
Y encima, los guiños a las dos entregas originales extraen completamente al espectador de la escasa historia que se intenta narrar.
Por otro lado, los dobladores tampoco ayudan a mejorar la película. En el caso del personaje de Ray Stantz, su voz solemne no se adecúa el perfil del papel interpretado y en el de Peter Venkman suena a anciano decrépito. Restan también los del chico llamado Podcast y el acento incorporado del maestro del fuego, que lleva toda su vida viviendo en la ciudad de Nueva York pero resulta que tiene acento marcado extranjero solo por su ascendencia racial.
En mi puntuación alcanza el 1 sobre 10 gracias a poder volver a escuchar la sirena clásica del coche y al gran trabajo de Dario Marianelli con la banda sonora, un desastroso homenaje de Jason Reitman a su padre, creador de la saga, en el 40ª aniversario del estreno de la primera entrega.
Y encima, los guiños a las dos entregas originales extraen completamente al espectador de la escasa historia que se intenta narrar.
Por otro lado, los dobladores tampoco ayudan a mejorar la película. En el caso del personaje de Ray Stantz, su voz solemne no se adecúa el perfil del papel interpretado y en el de Peter Venkman suena a anciano decrépito. Restan también los del chico llamado Podcast y el acento incorporado del maestro del fuego, que lleva toda su vida viviendo en la ciudad de Nueva York pero resulta que tiene acento marcado extranjero solo por su ascendencia racial.
En mi puntuación alcanza el 1 sobre 10 gracias a poder volver a escuchar la sirena clásica del coche y al gran trabajo de Dario Marianelli con la banda sonora, un desastroso homenaje de Jason Reitman a su padre, creador de la saga, en el 40ª aniversario del estreno de la primera entrega.
13 de septiembre de 2025
13 de septiembre de 2025
13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Han pasado más de diez años desde que Expediente Warren: The Conjuring (2013) sacudiera el panorama del cine de terror. Aquella obra de James Wan devolvió al género su elegancia perdida: tensión dosificada, atmósferas densas y un pulso narrativo que prefería el silencio al estruendo. Tres años después, El caso Enfield confirmó que no había sido casualidad: Wan ofrecía otra pieza de horror gótico impecable, inquietante incluso en sus momentos más espectaculares, sostenida además por la química magnética entre Patrick Wilson y Vera Farmiga como los demonólogos Ed y Lorraine Warren.
Esa complicidad fue siempre el verdadero motor de la saga: dos personajes que enfrentan el mal como un equipo, casi como una historia de amor escondida entre exorcismos y casas encantadas. Sin embargo, tras la marcha de Wan, el rumbo se volvió irregular. Obligado por el demonio (2021), dirigida por Michael Chaves, intentó innovar acercándose al thriller judicial con resultados desiguales; al tiempo que el universo se expandía con spin-offs como Annabelle, La monja o La Llorona, de calidad muy dispar pero con éxito comercial, consolidando a figuras como la muñeca maldita o el demonio Valak en la cultura popular.
Esa complicidad fue siempre el verdadero motor de la saga: dos personajes que enfrentan el mal como un equipo, casi como una historia de amor escondida entre exorcismos y casas encantadas. Sin embargo, tras la marcha de Wan, el rumbo se volvió irregular. Obligado por el demonio (2021), dirigida por Michael Chaves, intentó innovar acercándose al thriller judicial con resultados desiguales; al tiempo que el universo se expandía con spin-offs como Annabelle, La monja o La Llorona, de calidad muy dispar pero con éxito comercial, consolidando a figuras como la muñeca maldita o el demonio Valak en la cultura popular.

Vera Farmiga & Patrick Wilson
Ahora llega Expediente Warren: El último rito (2025), anunciada como el cierre definitivo de la saga. Chaves repite en la dirección, esta vez con un tono más sombrío y melancólico. Su estilo es más plano y directo que el de Wan, menos virtuoso en lo visual, pero aquí parece más interesado en dar a los Warren una despedida digna que en impresionar con alardes formales. Y eso, pese a sus limitaciones, le juega a favor.
El filme se inspira libremente en el supuesto caso real de la familia Smurl en Pensilvania, acosada por fenómenos paranormales en los años ochenta. Sin embargo, ese trasfondo funciona más como excusa para abordar lo que de verdad importa: el adiós de Ed y Lorraine. La historia arranca con un prólogo ambientado en 1964, donde vemos a los Warren jóvenes (Orion Smith y Madison Lawlor) resolviendo un caso inacabado y asistiendo al nacimiento de su hija Judy. Después, salta a 1986: los Warren ya están agotados, Ed bromea para disimular su deterioro físico y Lorraine se consume entre visiones que amenazan con devorarla.
El filme se inspira libremente en el supuesto caso real de la familia Smurl en Pensilvania, acosada por fenómenos paranormales en los años ochenta. Sin embargo, ese trasfondo funciona más como excusa para abordar lo que de verdad importa: el adiós de Ed y Lorraine. La historia arranca con un prólogo ambientado en 1964, donde vemos a los Warren jóvenes (Orion Smith y Madison Lawlor) resolviendo un caso inacabado y asistiendo al nacimiento de su hija Judy. Después, salta a 1986: los Warren ya están agotados, Ed bromea para disimular su deterioro físico y Lorraine se consume entre visiones que amenazan con devorarla.

Patrick Wilson & Vera Farmiga
Judy, ahora interpretada por Mia Tomlinson, adquiere aquí un peso central. Es la tercera actriz que encarna al personaje tras Sterling Jerins y Mckenna Grace, y probablemente la que mejor consigue dotarla de presencia y solidez. La película sugiere de forma velada que podría heredar el testigo de sus padres, acompañada por su novio Tony (Ben Hardy). Así, por primera vez, la saga no gira solo en torno a la pareja, sino a la familia Warren en pleno.
El desarrollo es lento y disperso, con múltiples subtramas que diluyen el ritmo y algunos tramos excesivamente oscuros visualmente, pero el tramo final remonta: el clímax mezcla visiones, traumas, ataques demoníacos y la frágil salud de Ed en un crescendo caótico pero emocional. No faltan los sustos, aunque pocos resultan memorables, y la fotografía de Eli Born carece de la atmósfera que logró en otros trabajos. Tampoco ayuda que la partitura de Benjamin Wallfisch cumpla sin brillar, lejos de la personalidad que Joseph Bishara dio a las anteriores entregas. Aun así, se agradece el uso inteligente del silencio y algún guiño musical —The Cult, Bowie o Van Morrison— que añade color entre tanta penumbra.
Hay, además, pequeños regalos para los fans: cameos, referencias a Los Goonies o Cazafantasmas, y el regreso del Padre Gordon (Steve Coulter). Incluso el propio James Wan aparece fugazmente, como quien quiere despedirse de su criatura. Y aunque Wilson y Farmiga se perciben cansados de sus roles, logran impregnar sus escenas de una ternura crepuscular que da alma a la película. Sus miradas, más que los sustos, son lo que realmente emociona.
El mayor defecto de El último rito es que no alcanza el nivel de tensión, atmósfera ni innovación de las dos primeras entregas. Le sobra metraje, le falta garra y algunos tramos parecen hechos con piloto automático. Aun así, supera a la tercera entrega y ofrece un cierre digno: irregular, sí, pero sincero, con momentos que recuerdan por qué esta saga conquistó a tantos espectadores.
Lo que comenzó como una apuesta arriesgada terminó convirtiéndose en una de las franquicias de terror más rentables de la historia reciente, algo que ni El exorcista ni La profecía lograron sostener con sus secuelas. El secreto no fueron los demonios ni los sobresaltos, sino la humanidad de sus protagonistas. Porque, más allá de la parafernalia sobrenatural, el verdadero legado de Expediente Warren es haber mostrado que incluso en medio de la oscuridad más absoluta, el amor puede ser la luz más poderosa.
Puede que la saga no haya terminado del todo —ya sabemos que en el cine el final siempre lo decide la taquilla—, pero si este resulta ser el último capítulo, al menos se despide con algo de emoción y con respeto hacia quienes la hicieron memorable. No es un gran final… pero es un adiós honesto. Y a veces, eso basta...
El desarrollo es lento y disperso, con múltiples subtramas que diluyen el ritmo y algunos tramos excesivamente oscuros visualmente, pero el tramo final remonta: el clímax mezcla visiones, traumas, ataques demoníacos y la frágil salud de Ed en un crescendo caótico pero emocional. No faltan los sustos, aunque pocos resultan memorables, y la fotografía de Eli Born carece de la atmósfera que logró en otros trabajos. Tampoco ayuda que la partitura de Benjamin Wallfisch cumpla sin brillar, lejos de la personalidad que Joseph Bishara dio a las anteriores entregas. Aun así, se agradece el uso inteligente del silencio y algún guiño musical —The Cult, Bowie o Van Morrison— que añade color entre tanta penumbra.
Hay, además, pequeños regalos para los fans: cameos, referencias a Los Goonies o Cazafantasmas, y el regreso del Padre Gordon (Steve Coulter). Incluso el propio James Wan aparece fugazmente, como quien quiere despedirse de su criatura. Y aunque Wilson y Farmiga se perciben cansados de sus roles, logran impregnar sus escenas de una ternura crepuscular que da alma a la película. Sus miradas, más que los sustos, son lo que realmente emociona.
El mayor defecto de El último rito es que no alcanza el nivel de tensión, atmósfera ni innovación de las dos primeras entregas. Le sobra metraje, le falta garra y algunos tramos parecen hechos con piloto automático. Aun así, supera a la tercera entrega y ofrece un cierre digno: irregular, sí, pero sincero, con momentos que recuerdan por qué esta saga conquistó a tantos espectadores.
Lo que comenzó como una apuesta arriesgada terminó convirtiéndose en una de las franquicias de terror más rentables de la historia reciente, algo que ni El exorcista ni La profecía lograron sostener con sus secuelas. El secreto no fueron los demonios ni los sobresaltos, sino la humanidad de sus protagonistas. Porque, más allá de la parafernalia sobrenatural, el verdadero legado de Expediente Warren es haber mostrado que incluso en medio de la oscuridad más absoluta, el amor puede ser la luz más poderosa.
Puede que la saga no haya terminado del todo —ya sabemos que en el cine el final siempre lo decide la taquilla—, pero si este resulta ser el último capítulo, al menos se despide con algo de emoción y con respeto hacia quienes la hicieron memorable. No es un gran final… pero es un adiós honesto. Y a veces, eso basta...
3 de julio de 2025
3 de julio de 2025
11 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Largo y angosto ha sido el tiempo que hemos tenido que esperar para que Danny Boyle y Alex Garland decidieran, finalmente, volver al universo que redefinió el cine de infectados. Años de expectación, de teorías, de ilusión acumulada... para acabar enfrentándonos a uno de los regresos más decepcionantes y frustrantes de la historia reciente del cine. Porque 28 AÑOS DESPUÉS no es solo una mala secuela: es una traición al espíritu de una saga que había elevado el género y que, ahora, se ve reducida a un delirio pretencioso sin pies ni cabeza.
La película arranca con ciertas promesas. Visualmente, es potente. La fotografía es indudablemente hermosa, la dirección inicial parece firme y la atmósfera nos devuelve, por un momento, a ese Reino Unido colapsado, hostil y decadente que tanto nos impactó en 28 DÍAS DESPUÉS y 28 SEMANAS DESPUÉS. Pero ese espejismo dura poco. Muy poco. A partir del segundo tercio, todo se viene abajo: ritmo, coherencia, tono, tensión... La historia se disuelve en un mar de decisiones absurdas, subtramas sin desarrollar, personajes carentes de lógica y una narrativa que parece improvisada sobre la marcha.
La película arranca con ciertas promesas. Visualmente, es potente. La fotografía es indudablemente hermosa, la dirección inicial parece firme y la atmósfera nos devuelve, por un momento, a ese Reino Unido colapsado, hostil y decadente que tanto nos impactó en 28 DÍAS DESPUÉS y 28 SEMANAS DESPUÉS. Pero ese espejismo dura poco. Muy poco. A partir del segundo tercio, todo se viene abajo: ritmo, coherencia, tono, tensión... La historia se disuelve en un mar de decisiones absurdas, subtramas sin desarrollar, personajes carentes de lógica y una narrativa que parece improvisada sobre la marcha.

El problema central de 28 AÑOS DESPUÉS no es solo que sea una mala película —que lo es—, sino que parece no tener ni idea de lo que quiere contar. Lo que debería haber sido un regreso apoteósico se convierte en una especie de telenovela posapocalíptica que intenta camuflar su vacuidad tras un barniz de lirismo barato y simbolismo de baratillo. Boyle parece haber olvidado qué hacía especial a su saga, renunciando al estilo documental crudo, a la tensión constante, al terror físico y psicológico que impregnaba cada fotograma. En su lugar, nos ofrece alucinaciones sin sentido, visiones religiosas inconexas, planos congelados pretenciosos y un abuso de la cámara cenital y el montaje videoclipero que solo sirven para dejar claro que el director se ha enamorado de su ego.
Alex Garland, por su parte, contribuye con uno de los guiones más lamentables de su carrera. No solo contradice abiertamente el lore establecido, sino que introduce elementos y líneas narrativas que parecen sacadas de otras películas —y no precisamente buenas—, para luego abandonarlas sin más. Hay una docena de ideas que se plantean y nunca se retoman, como si este film no fuera más que el piloto de una serie que nadie ha pedido. La mitología original de los infectados desaparece entre escenas ridículas, enemigos que ya parecen salidos de un videojuego y personajes que actúan como si tuvieran menos cerebro que los propios zombis.
Alex Garland, por su parte, contribuye con uno de los guiones más lamentables de su carrera. No solo contradice abiertamente el lore establecido, sino que introduce elementos y líneas narrativas que parecen sacadas de otras películas —y no precisamente buenas—, para luego abandonarlas sin más. Hay una docena de ideas que se plantean y nunca se retoman, como si este film no fuera más que el piloto de una serie que nadie ha pedido. La mitología original de los infectados desaparece entre escenas ridículas, enemigos que ya parecen salidos de un videojuego y personajes que actúan como si tuvieran menos cerebro que los propios zombis.

Ralph Fiennes
Y hablemos de los personajes. Porque si algo consigue esta película es hacernos añorar a los protagonistas de las anteriores entregas. Aquí no hay carisma, no hay evolución, no hay lógica. Aaron Taylor-Johnson y Ralph Fiennes hacen lo que pueden, pero sus personajes son tan planos y contradictorios que cuesta empatizar con ellos. El supuesto protagonista es un crío con el carisma de una percha, que parece estar siempre a punto de recitar una redacción de colegio sobre el sentido de la vida. Y si bien es cierto que 28 Días Después también tenía un trasfondo filosófico, aquí se convierte en una parodia involuntaria, una especie de “filosofía para lechones” salpicada con frases supuestamente profundas lanzadas al azar entre diálogos absurdos y situaciones sin sentido.
¿Y los infectados? Poco y mal. Las escasas escenas de acción están mal coreografiadas, no generan tensión y están salpicadas por una música estridente completamente fuera de lugar. El uso del sonido es tan desacertado que muchas secuencias que deberían inquietar o conmover, acaban resultando cómicas. ¿Dónde quedó la sensación de peligro constante? ¿La angustia de no saber si el próximo plano iba a ser el último para los protagonistas? Aquí, todo parece un trámite. Nadie parece realmente en peligro. Todo da igual. Y eso, en una saga como esta, es imperdonable.
La estructura del film es otra debacle. El ritmo es una anti-montaña rusa: los momentos emocionantes son breves y sin impacto, mientras que las escenas de transición se eternizan sin aportar nada. Hacia el final, cuando uno espera al menos una resolución impactante, nos enfrentamos a un desenlace tan ridículo y anticlimático que solo queda reír por no llorar. Lo que podría haber sido el cierre épico de una trilogía mítica, se convierte en una burla al espectador.
La música, lejos de mantener el espíritu de las composiciones apocalípticas de John Murphy, se siente como de otra película. No hay rastro del icónico “In the House – In a Heartbeat”. La banda sonora parece pensada para una película independiente sobre adolescentes confundidos, no para una historia de supervivencia brutal en un mundo devastado.
Quizá lo más grave de todo es que 28 AÑOS DESPUÉS no solo decepciona, sino que mancha el recuerdo de lo anterior. Destruye con su mera existencia la coherencia, la tensión y la gravedad emocional que hacían única a esta saga. Se convierte en una película genérica más, un pastiche de ideas recicladas mal conectadas que pretende tener alma, pero no tiene ni nervio ni propósito.
¿La crítica profesional? Alucinante. Las buenas valoraciones parecen más una operación de relaciones públicas que una evaluación honesta. Quizás porque el nombre de Boyle pesa. Pero que nadie se engañe: esta película no es ninguna de sus antecesoras. Es otra cosa. Peor. Y el golpe es doble para los fans que, durante décadas, hemos esperado una conclusión digna.
En resumen: 28 AÑOS DESPUÉS es un fracaso mayúsculo. Una película desorientada, incoherente y vacía que solo logra destacar por lo que podría haber sido. No genera emoción, no propone nada nuevo, no respeta su legado. Y, lo peor de todo, ni siquiera entretiene. Es un metraje de casi dos horas que no deja huella, que se olvida al salir del cine… o incluso antes. Una muestra más de que las grandes franquicias, en manos equivocadas, no mueren: se arrastran.
¿Y los infectados? Poco y mal. Las escasas escenas de acción están mal coreografiadas, no generan tensión y están salpicadas por una música estridente completamente fuera de lugar. El uso del sonido es tan desacertado que muchas secuencias que deberían inquietar o conmover, acaban resultando cómicas. ¿Dónde quedó la sensación de peligro constante? ¿La angustia de no saber si el próximo plano iba a ser el último para los protagonistas? Aquí, todo parece un trámite. Nadie parece realmente en peligro. Todo da igual. Y eso, en una saga como esta, es imperdonable.
La estructura del film es otra debacle. El ritmo es una anti-montaña rusa: los momentos emocionantes son breves y sin impacto, mientras que las escenas de transición se eternizan sin aportar nada. Hacia el final, cuando uno espera al menos una resolución impactante, nos enfrentamos a un desenlace tan ridículo y anticlimático que solo queda reír por no llorar. Lo que podría haber sido el cierre épico de una trilogía mítica, se convierte en una burla al espectador.
La música, lejos de mantener el espíritu de las composiciones apocalípticas de John Murphy, se siente como de otra película. No hay rastro del icónico “In the House – In a Heartbeat”. La banda sonora parece pensada para una película independiente sobre adolescentes confundidos, no para una historia de supervivencia brutal en un mundo devastado.
Quizá lo más grave de todo es que 28 AÑOS DESPUÉS no solo decepciona, sino que mancha el recuerdo de lo anterior. Destruye con su mera existencia la coherencia, la tensión y la gravedad emocional que hacían única a esta saga. Se convierte en una película genérica más, un pastiche de ideas recicladas mal conectadas que pretende tener alma, pero no tiene ni nervio ni propósito.
¿La crítica profesional? Alucinante. Las buenas valoraciones parecen más una operación de relaciones públicas que una evaluación honesta. Quizás porque el nombre de Boyle pesa. Pero que nadie se engañe: esta película no es ninguna de sus antecesoras. Es otra cosa. Peor. Y el golpe es doble para los fans que, durante décadas, hemos esperado una conclusión digna.
En resumen: 28 AÑOS DESPUÉS es un fracaso mayúsculo. Una película desorientada, incoherente y vacía que solo logra destacar por lo que podría haber sido. No genera emoción, no propone nada nuevo, no respeta su legado. Y, lo peor de todo, ni siquiera entretiene. Es un metraje de casi dos horas que no deja huella, que se olvida al salir del cine… o incluso antes. Una muestra más de que las grandes franquicias, en manos equivocadas, no mueren: se arrastran.
6
20 de julio de 2025
20 de julio de 2025
6 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando se anuncia el reinicio de un universo cinematográfico, especialmente uno tan cargado de historia, expectativas y controversias como el de DC, lo mínimo que se espera es una visión renovada que justifique la ruptura con lo anterior. La nueva entrega que da comienzo a este reboot deja una sensación agridulce en el espectador más veterano. ¿Es una mala película? En absoluto. ¿Es una película inolvidable? Tampoco.
Desde el primer fotograma, queda claro que el tono ha cambiado. Se apuesta por una estética más luminosa, un ritmo narrativo más lineal y una construcción de personajes orientada al descubrimiento y a la esperanza. Todo eso suena bien en papel, pero en pantalla, la ejecución carece del poder de evocación que caracterizó entregas previas. No hay escenas que queden grabadas en la memoria cinéfila como lo hizo, por ejemplo, el primer vuelo de Henry Cavill en Man of Steel, una secuencia que aún hoy resuena como uno de los momentos más potentes del cine de superhéroes reciente.
Desde el primer fotograma, queda claro que el tono ha cambiado. Se apuesta por una estética más luminosa, un ritmo narrativo más lineal y una construcción de personajes orientada al descubrimiento y a la esperanza. Todo eso suena bien en papel, pero en pantalla, la ejecución carece del poder de evocación que caracterizó entregas previas. No hay escenas que queden grabadas en la memoria cinéfila como lo hizo, por ejemplo, el primer vuelo de Henry Cavill en Man of Steel, una secuencia que aún hoy resuena como uno de los momentos más potentes del cine de superhéroes reciente.

Este nuevo capítulo busca diferenciarse y ser algo más accesible. La intención es palpable: humanizar al héroe, presentar un mundo menos oscuro y más acogedor, y construir una narrativa donde las emociones y los vínculos personales importen más que los destellos de CGI. Pero en ese intento, el filme parece perder la profundidad, la densidad dramática y el impacto visual que definieron al universo anterior. Lo que se gana en ligereza, se sacrifica en intensidad.
La comparación con la etapa liderada por Zack Snyder resulta inevitable. Aquel universo, por más divisivo que haya sido, tenía una identidad marcada. La Liga de la Justicia en su versión extendida no solo cerraba un arco narrativo con tintes operísticos, sino que dejaba la sensación de estar ante una mitología moderna con un peso propio. Frente a eso, este nuevo comienzo se siente más como una historia de orígenes que aún no ha encontrado su voz definitiva.
Lo que más duele no es lo que se muestra, sino lo que falta. Hay una ausencia de riesgo, de audacia, de momentos que realmente sacudan al espectador. Todo está correctamente ejecutado, pero dentro de una zona de confort creativa. La historia progresa, pero rara vez sorprende. Se agradece el esfuerzo por construir un tono más esperanzador, pero eso no debería ir en detrimento de la épica.
La comparación con la etapa liderada por Zack Snyder resulta inevitable. Aquel universo, por más divisivo que haya sido, tenía una identidad marcada. La Liga de la Justicia en su versión extendida no solo cerraba un arco narrativo con tintes operísticos, sino que dejaba la sensación de estar ante una mitología moderna con un peso propio. Frente a eso, este nuevo comienzo se siente más como una historia de orígenes que aún no ha encontrado su voz definitiva.
Lo que más duele no es lo que se muestra, sino lo que falta. Hay una ausencia de riesgo, de audacia, de momentos que realmente sacudan al espectador. Todo está correctamente ejecutado, pero dentro de una zona de confort creativa. La historia progresa, pero rara vez sorprende. Se agradece el esfuerzo por construir un tono más esperanzador, pero eso no debería ir en detrimento de la épica.

Nicholas Hoult
Dicho esto, no todo es negativo. El nuevo enfoque tiene su mérito y, para ciertos públicos, puede resultar más accesible y emocionalmente reconfortante. Los actores cumplen, la dirección mantiene un pulso narrativo constante, y la música sabe cuándo acentuar los momentos clave sin saturar. Además, se percibe un plan a futuro, una hoja de ruta que, si se mantiene firme, podría desembocar en entregas más sólidas.
Otro aspecto a destacar es que, a pesar de sus fallos, la película logra despertar cierta curiosidad por lo que viene. Si bien no hay un cliffhanger que reviente la cabeza, sí hay una promesa latente: este es solo el inicio. Y en ese sentido, se puede valorar como una introducción amable, una especie de punto de partida que prefiere construir con paciencia antes que impactar de inmediato.
En resumen, estamos ante una producción que funciona como carta de presentación para una nueva etapa del universo cinematográfico de DC. Tiene corazón, tiene intención, pero le falta el arrojo y la contundencia que se espera cuando se parte desde cero. Los fans más exigentes tal vez salgan del cine con una mezcla de decepción y resignación, mientras que otros podrían encontrar en esta versión una oportunidad para conectar con el personaje desde un prisma distinto. Lo que está claro es que el debate entre lo que fue y lo que será está más vivo que nunca.
¿Hacía falta reiniciar todo? Esa es una pregunta que solo el tiempo podrá responder. Por ahora, el reinicio está hecho. Y aunque no arranca con una explosión memorable, al menos siembra una semilla que podría florecer... si se le facilita el sol amarillo adecuado.
Otro aspecto a destacar es que, a pesar de sus fallos, la película logra despertar cierta curiosidad por lo que viene. Si bien no hay un cliffhanger que reviente la cabeza, sí hay una promesa latente: este es solo el inicio. Y en ese sentido, se puede valorar como una introducción amable, una especie de punto de partida que prefiere construir con paciencia antes que impactar de inmediato.
En resumen, estamos ante una producción que funciona como carta de presentación para una nueva etapa del universo cinematográfico de DC. Tiene corazón, tiene intención, pero le falta el arrojo y la contundencia que se espera cuando se parte desde cero. Los fans más exigentes tal vez salgan del cine con una mezcla de decepción y resignación, mientras que otros podrían encontrar en esta versión una oportunidad para conectar con el personaje desde un prisma distinto. Lo que está claro es que el debate entre lo que fue y lo que será está más vivo que nunca.
¿Hacía falta reiniciar todo? Esa es una pregunta que solo el tiempo podrá responder. Por ahora, el reinicio está hecho. Y aunque no arranca con una explosión memorable, al menos siembra una semilla que podría florecer... si se le facilita el sol amarillo adecuado.
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