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Voto de Pedro_Moraelche:
10
Voto de Pedro_Moraelche:
10
Drama Jean Hansen (Judy Garland) es profesora de música en un colegio infantil para deficientes mentales. Allí conoce a Reuben, un niño con problemas al que sus padres no visitan desde hace años. Jean lo colmará de atenciones y mimos a pesar de que el director del centro (Burt Lancaster) considera que su actitud es contraproducente. (FILMAFFINITY)
8 de agosto de 2019
9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una película emocionante, dura, reflexiva, sin trampas, sobre las personas excluidas de la sociedad desde su nacimiento, esas de las que ayer decíamos, entre el desdén y la ignorancia, que tienen retraso o subnormalidad y hoy, al menos con un poco más de respeto, que tienen esta o aquella discapacidad o necesidad educativa especial. Personas que viven internadas en un colegio a espaldas de una sociedad incapaz de comprenderlas y asumir quiénes y cómo son, a expensas de un estado capitalista que duda de la eficacia de su educación y preferiría gastar el dinero en alumnos “excelentes”, en manos de unos educadores que se desviven por ellos porque han encontrado el sentido a su vida, sin importar las expectativas de triunfo, porque la dignidad de esas personas significa mucho más.

Una película producida y montada por Stanley Kramer en perjuicio de su director, el independiente John Cassavetes, que no estaba de acuerdo con el punto de vista sentimental y convencional de Kramer. Sin embargo, su dirección es muy acertada, con planos cortos de emotiva naturalidad, travellings interesantes, ángulos creativos y una estupenda fotografía. Los imaginativos créditos, a base de dibujos de los niños, nos sumergen en lo que será después una descripción seria, objetiva, diversa y cariñosa de las diversas discapacidades que tienen.

El sólido y bien trenzado guion de Abby Mann se centra en la historia que da el sugerente título original a la película (Un niño espera) aunque la manía dobladora de la época pusiera ese otro título en español tan lírico como poco acertado, porque lo que vemos es el mundo inverso, sin ángeles (esos niños no lo son), pero con paraíso (el de las personas que trabajan por ellos). Reuben, magníficamente interpretado por Bruce Ritchie, es abandonado en el colegio por sus moralmente arruinados padres y nunca van a visitarlo, aunque él los espera cada miércoles y vive obsesionado por ellos. El colegio está regido por el duro, tozudo, atormentado y racional Matthew Clark (personaje que asume Burt Lancaster con la brillantez habitual), que no consigue nada con ese niño tan especial pese a su éxito con otros, y que tendrá que aceptar estrategias menos teóricas y más sentimentales como las de la profesora Jean Hansen (Judy Garland), sin experiencia pero buscadora de alguien que la necesite tras una turbia vida fracasada y que comprende enseguida que el niño depende de la figura progenitora, que ella asume contra los criterios del director, más empeñado en conseguir que los niños se ayuden a sí mismos. Todos tienen su parte de razón, su parte de fracaso y también su parte de éxito.

Una mención especial merece Judy Garland, en la que fue su penúltima película, seis años antes de su muerte. La otrora gran estrella del musical, la Dorothy de El mago de Oz, es aquí una mujer madura, de voz rota, perdida, deseosa de que alguien la quiera, con una interpretación que resta de glamour lo que ofrece de autenticidad.

La película hace pensar, formularse preguntas, debatir, replantearse prejuicios y admirar la labor de los educadores. Y sí, también llorar a poco que se conozca a uno de estos niños de los que nadie espera nada, que tal vez consigan sólo hacer, con suerte y paciencia, un trabajo simple y mecánico.

-Cuando mi hija nació, creí que era la peor tragedia que le podía pasar a un padre, pero ella no sabía que era una tragedia: la tragedia debía estar en nosotros mismos.

¿Qué se puede decir después sino dar las gracias por haber venido?
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