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Voto de Pablo Veiga :
4
Voto de Pablo Veiga :
4
Drama Un matrimonio con tres hijos vive en una mansión en las afueras de una ciudad. Los chicos, que nunca han salido de casa, son educados según los métodos que sus padres juzgan más apropiados y sin recibir ninguna influencia del exterior. Creen que los aviones son juguetes o que el mar es un tipo de silla forrada de cuero. La única persona que puede entrar en la casa es Christine, guardia de seguridad en la fábrica del padre. (FILMAFFINITY) [+]
25 de abril de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
La familia vive recluida en una mansión enorme y aséptica, completamente ajena al mundo real, los padres imponen reglas absurdas para “proteger” a sus hijos de peligros inexistentes. Cuando el padre sufre un infarto, los hermanos deben decidir en consenso quién morirá para prolongar la vida del patriarca, este juramento macabro es el nodo central del relato, un pacto que revela hasta dónde llega la obediencia ciega y la falta de cuestionamiento en una educación sin referentes.

Yorgos Lanthimos despliega un estilo frío y metódico, con encuadres simétricos y travellings medidos que subrayan la artificialidad del entorno familia, la fría contención en la puesta en escena refuerza la sensación extraña que envuelve a la cinta, apenas hay música, los silencios pesan y los movimientos de cámara, prácticamente imperceptibles, funcionan como un reloj.

Sin embargo, este rigor estilístico se vuelve a veces un obstáculo, la atmósfera, tan deliberadamente aséptica, impide la empatía y convierte al espectador en mero voyeur de un absurdo en el que cuesta implicarse emocionalmente.
El reparto infantil, ofrece una credibilidad sorprendente en su expresividad contenida, sus miradas inexpresivas y monótonos gestos refuerzan el tono perturbador. Aggeliki Papoulia y Mary Tsoni construyen personajes inquietantes sin necesidad de grandes gestos.

La fotografía envuelve la mansión en una paleta fría y desaturada que refuerza la sensación de esterilidad y claustrofobia, el uso de la iluminación dura y líneas rectas en los decorados crea un espacio casi surrealista, como un escenario teatral sin salida.

La ausencia de dinamismo en el montaje, cortes largos y muy poca variación en el ritmo, genera un desgaste que hace desear un respiro narrativo.

Es sin duda, un ejercicio radical de estilo y concepto que rompe moldes al presentarse como un drama familiar convertido en pesadilla absurda. Su propuesta estética y su crítica a la autoridad educativa merecen reconocimiento, pero la frialdad extrema de su puesta en escena y la dificultad para conectar emocionalmente la convierten en una experiencia agotadora.
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