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8
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8
7.2
148,521
Acción. Bélico. Aventuras. Fantástico
Adaptación del cómic de Frank Miller (autor del cómic 'Sin City') sobre la famosa batalla de las Termópilas (480 a.C.). El objetivo de Jerjes, emperador de Persia, era la conquista de Grecia, lo que desencadenó las Guerras Médicas. Dada la gravedad de la situación, el rey Leónidas de Esparta (Gerard Butler) y 300 espartanos se enfrentaron a un ejército persa que era inmensamente superior. (FILMAFFINITY)
25 de marzo de 2007
25 de marzo de 2007
14 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con Amanecer de los muertos (2004), Zack Snyder demostró que copiar pelis a veces puede funcionar (al menos en taquilla, y como debutante). Pero cierto sentido del humor añadido al original no fue suficiente para entender el terror conceptual de Romero, es decir, como un acrecentamiento de la realidad donde las peripecias respondían a criterios sociológicos, y a un escrúpulo documental capaz de convertir una macabra epopeya en una pesadilla rosselliniana. Con 300, su segunda película, tal vez haya revolucionado definitivamente las adaptaciones de cómic, pero no sólo eso, sino todo el cine histórico, sobre todo el péplum, convertido ahora en un puro, vigoroso y fascinante entretenimiento, simple, sí, pero tremendamente ensoñador y absorbente, cine efectista, cine traslación, cine emoción, cine espectáculo.
Apoyado en la maestría secuencial de Frank Miller, sería un error acercarse a 300 desde un punto de vista ideológico. Las lecturas políticas tipo "vacío nihilismo fascista" se las dejo a los intelectuales. Snyder ha hecho la película que a él le hubiera gustado ver, entiende que la manera de dirigirse al público de hoy, cultivado bajo la supremacía de la imagen y la inmediatez, debe cambiar. Respeta el dinamismo extremo de las viñetas, su antinaturalista tratamiento cromático, y desecha moralinas en favor de la épica extrema, acogido a términos líricos y arquetípicos que le bastan para celebrar, simplemente, el espíritu combativo y valeroso de unos guerreros, su fe en el sacrificio. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, y qué. Snyder no se ahoga, como Rodríguez en Sin City, en su propia sangre, pues su fidelidad no le impide rellenar los vacíos de la novela gráfica. Es como si DeMille (Cleopatra) y Milius (Conan, el bárbaro) se hubieran conocido bajo unas coordenadas heroicas, míticas y populares. 300 abre a partir de ya un interesantísimo debate, que no lucha, entre lo clásico y lo digital, entre una manera acartonada de hacer cine, y una manera moderna, radical y valiente (en su transgresión). La forma del cine, más que nunca, es el contenido, un regocijo visual cuyas batallas bien podrían ser las de las peñas bética y sevillista, con una voz en off que funciona más que nunca como un narrador deportivo, apasionado por lo que ve, la exaltación de unos valores que ayudarían a conformar las democracias de nuestra civilización. A pesar de la pérdida de complejidad dramática, y de un desarrollo más profundo de los personajes, yo abogo y apuesto por la poesía salvaje de 300, por la abrumadora belleza de su engranaje. Me parece que se adelanta a su tiempo, que ilumina los derroteros del cine, y que no alcanza la categoría de obra maestra porque su director modera su ambición en aras de que el experimento le permita seguir investigando su fórmula. No me importan sus ideas, sino la fuerza intempestiva y auténtica de sus ideales.
Apoyado en la maestría secuencial de Frank Miller, sería un error acercarse a 300 desde un punto de vista ideológico. Las lecturas políticas tipo "vacío nihilismo fascista" se las dejo a los intelectuales. Snyder ha hecho la película que a él le hubiera gustado ver, entiende que la manera de dirigirse al público de hoy, cultivado bajo la supremacía de la imagen y la inmediatez, debe cambiar. Respeta el dinamismo extremo de las viñetas, su antinaturalista tratamiento cromático, y desecha moralinas en favor de la épica extrema, acogido a términos líricos y arquetípicos que le bastan para celebrar, simplemente, el espíritu combativo y valeroso de unos guerreros, su fe en el sacrificio. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, y qué. Snyder no se ahoga, como Rodríguez en Sin City, en su propia sangre, pues su fidelidad no le impide rellenar los vacíos de la novela gráfica. Es como si DeMille (Cleopatra) y Milius (Conan, el bárbaro) se hubieran conocido bajo unas coordenadas heroicas, míticas y populares. 300 abre a partir de ya un interesantísimo debate, que no lucha, entre lo clásico y lo digital, entre una manera acartonada de hacer cine, y una manera moderna, radical y valiente (en su transgresión). La forma del cine, más que nunca, es el contenido, un regocijo visual cuyas batallas bien podrían ser las de las peñas bética y sevillista, con una voz en off que funciona más que nunca como un narrador deportivo, apasionado por lo que ve, la exaltación de unos valores que ayudarían a conformar las democracias de nuestra civilización. A pesar de la pérdida de complejidad dramática, y de un desarrollo más profundo de los personajes, yo abogo y apuesto por la poesía salvaje de 300, por la abrumadora belleza de su engranaje. Me parece que se adelanta a su tiempo, que ilumina los derroteros del cine, y que no alcanza la categoría de obra maestra porque su director modera su ambición en aras de que el experimento le permita seguir investigando su fórmula. No me importan sus ideas, sino la fuerza intempestiva y auténtica de sus ideales.
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