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Voto de Nostradamus:
3
Voto de Nostradamus:
3
6.6
16,655
Drama
Historia de una ninfómana contada por ella misma. Una fría noche invernal, un viejo solterón (Stellan Skarsgård) encuentra en un callejón a una joven (Charlotte Gainsbourg) herida y casi inconsciente. Después de recogerla y cuidarla, siente curiosidad por saber cómo pudo haber llegado a semejante situación; escucha atentamente el relato que ella hace de su vida, una vida llena de conflictos y turbias relaciones. Para su estreno ... [+]
18 de marzo de 2014
18 de marzo de 2014
8 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Convengamos lo siguiente: ni Seligman es el padre Karras ni Joe es Regan, y aunque sus roles se asemejan, y uno trata de exorcisar los demonios del otro con inciertos resultados que se reservan para el final, el compadecimiento que provocaba la siuación de la pobre Regan se trasladó aquí a los propios espectadores que, coincidiendo con mi postura, debieron lidiar durante cuatro horas (sí, dos suculentas películas) para ver donde desembocaba este dislate.
Karras empuñando su cruz y Seligman su… (se omite porque iría en el spoiler) tratan de devolver la cordura a nuestras poseídas féminas, en un caso por varios demonios y en este otro por una irrefrenable adicción al sexo, mucho más explícito y ginecológicamente ilustrado que la actitud que en un momento adopta Regan con la cruz que le arrebata al pobre Karras.
Y perdón que insista con las comparaciones, pero en aquella recordada cinta de 1973, más allá de las sacudidas que nos hizo dar en las butacas, quedaba bien claro que no había compatibilidad alguna entre Dios y el diablo, entre el bien y el mal, entre lo hermoso y lo horrendo. En cambio en esta, 40 años después, asistimos a un intento cruel, descabellado, denigrante y, sobre todo, fallido por acercar posiciones entre la ciencia, la naturaleza, el arte y la religión con la sexualidad patológica. Así, no hay exorcismo ni final esperanzador que valga.
Karras empuñando su cruz y Seligman su… (se omite porque iría en el spoiler) tratan de devolver la cordura a nuestras poseídas féminas, en un caso por varios demonios y en este otro por una irrefrenable adicción al sexo, mucho más explícito y ginecológicamente ilustrado que la actitud que en un momento adopta Regan con la cruz que le arrebata al pobre Karras.
Y perdón que insista con las comparaciones, pero en aquella recordada cinta de 1973, más allá de las sacudidas que nos hizo dar en las butacas, quedaba bien claro que no había compatibilidad alguna entre Dios y el diablo, entre el bien y el mal, entre lo hermoso y lo horrendo. En cambio en esta, 40 años después, asistimos a un intento cruel, descabellado, denigrante y, sobre todo, fallido por acercar posiciones entre la ciencia, la naturaleza, el arte y la religión con la sexualidad patológica. Así, no hay exorcismo ni final esperanzador que valga.
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