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Voto de Maximillian:
10
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10
6.7
7,496
Serie de TV. Intriga. Terror
Miniserie de TV (2023). 8 episodios. Dos ambiciosos hermanos sedientos de fama y fortuna erigen una dinastía familiar que empieza a desmoronarse cuando sus herederos mueren uno tras otro de forma misteriosa. (FILMAFFINITY)
24 de junio de 2025
24 de junio de 2025
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay adaptaciones literarias que respetan el texto y otras que, como esta, dialogan con él, lo provocan, lo hacen respirar en otro tiempo. La caída de la casa Usher, la nueva miniserie de Mike Flanagan para Netflix, tras los éxitos de La maldición de Hill House (2018), La maldición de Bly Manor (2020) y Misa de medianoche (2021). tiene esa ambición. No es solo una versión libre del célebre cuento de Poe: es también un homenaje coral a su universo entero, con guiños, a veces sutiles, otras brutales, a relatos como "El corazón delator", "El gato negro" o "La máscara de la muerte roja".
Pero lo que verdaderamente sostiene esta serie de ocho episodios no es la fidelidad textual, sino la solidez de su enfoque. Flanagan reimagina la figura del maldito Roderick Usher como el patriarca de una dinastía farmacéutica cuya riqueza tiene raíces oscuras. A punto de morir, Usher (Bruce Greenwood) se sienta frente a su antiguo rival, el abogado Auguste Dupin (Carl Lumbly), para contarle cómo su linaje se ha ido desmoronando, hijo por hijo, culpa tras culpa.
Pero lo que verdaderamente sostiene esta serie de ocho episodios no es la fidelidad textual, sino la solidez de su enfoque. Flanagan reimagina la figura del maldito Roderick Usher como el patriarca de una dinastía farmacéutica cuya riqueza tiene raíces oscuras. A punto de morir, Usher (Bruce Greenwood) se sienta frente a su antiguo rival, el abogado Auguste Dupin (Carl Lumbly), para contarle cómo su linaje se ha ido desmoronando, hijo por hijo, culpa tras culpa.

Carl Lumbly & Bruce Greenwood
Con una estructura que alterna dos líneas temporales, el origen del imperio en los años 50 y su ruina en el presente, la serie despliega una crítica feroz al capitalismo salvaje, sin abandonar nunca su estética gótica. Las muertes, tan estilizadas como simbólicas, parecen castigos morales más que simples accidentes.
Y en medio de todo está Verna, una fascinante Carla Gugino, cuyo nombre es un anagrama de un poema de Poe. Verna es una figura espectral que aparece en los momentos justos, encarnando algo entre la justicia poética y el destino ineludible. Nunca se explica del todo, y por eso mismo resulta tan inquietante.
Como ya destaqué en mis críticas en Filmaffinity de las series de Flanagan citadas, lo mejor de la serie está en sus diálogos densos y en la construcción de atmósfera. Flanagan no tiene prisa: sabe, como sabía Poe, que el verdadero terror no siempre grita; a veces solo observa y se deja sentir.
El diseño visual es impecable, aunque en ocasiones roza el exceso decorativo. No todos los personajes alcanzan la misma profundidad, pero como conjunto, la serie funciona como una sinfonía oscura sobre la culpa hereditaria.
Y en medio de todo está Verna, una fascinante Carla Gugino, cuyo nombre es un anagrama de un poema de Poe. Verna es una figura espectral que aparece en los momentos justos, encarnando algo entre la justicia poética y el destino ineludible. Nunca se explica del todo, y por eso mismo resulta tan inquietante.
Como ya destaqué en mis críticas en Filmaffinity de las series de Flanagan citadas, lo mejor de la serie está en sus diálogos densos y en la construcción de atmósfera. Flanagan no tiene prisa: sabe, como sabía Poe, que el verdadero terror no siempre grita; a veces solo observa y se deja sentir.
El diseño visual es impecable, aunque en ocasiones roza el exceso decorativo. No todos los personajes alcanzan la misma profundidad, pero como conjunto, la serie funciona como una sinfonía oscura sobre la culpa hereditaria.

En tiempos en los que el terror audiovisual se inclina por lo inmediato, el grito y el susto fácil, "La caída de la casa Usher" propone una experiencia más pausada, literaria y trágica. No busca asustar, sino perturbar. Y lo logra, como hacía Poe, sin necesidad de levantar la voz.
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