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7.3
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Drama
Después de la guerra, Dave Hirsh regresa a su pueblo, donde vive su hermano mayor, bien situado y preocupado de su status social. A Dave le acompaña una mujer que acaba de conocer y luego hace amistad con un jugador. Al presentar a una maestra una novela que ha escrito, Dave se enamora de ella. (FILMAFFINITY)
2 de julio de 2011
2 de julio de 2011
61 de 66 usuarios han encontrado esta crítica útil
Frank Sinatra es un escritor de talento con poca suerte. Vuelve a su ciudad, licenciado del ejército, y, prácticamente regresa fracasado, aunque cuando conocemos a su familia: un hermano burgués, que lleva una vida aburrida con una mujer tiesa, pendiente solo de las apariencias, y una sobrina maleducada entendemos que no es él quién tiene las peores expectativas.
Desarraigado de una familia que vive más en el escaparate social que en la intimidad del afecto que puedan tenerle, se refugia en la complicidad de nuevos amigos, marginados también de una sociedad fuertemente dividida. Conoce a Dean Martin, un jugador, alcohólico y cínico que comparte con él la sensación de no tener nada que compartir. Son dos parias que, ni por arriba ni por abajo, encuentran sitio en esa ciudad detenida en el tiempo. Tal vez, solo, la necesidad de escapar de allí, donde una nueva partida de póker les lleve.
Pero Frank tiene algún comodín a su favor: es un buen escritor capaz de despertar la admiración de los intelectuales del villorrio. Tal vez de una maestrita culta y de buena posición, que parece ser la persona que podría colocarle, emocional y socialmente en algún lugar cómodo. Pero es una mujer cobarde, que duda entre el amor de un hombre real o la consideración de la sociedad, o sea, de la soledad.
Pero, entre unos y otros, aparece Shirley MacLaine que es una chica alegre, en toda la extensión de la palabra. Sin prejuicios y sin más ambiciones que la de ser feliz cada día. O la de estar con Frank, del que se ha enamorado y al que acepta tal como es y le conoció. Es una optimista con una flor en el pelo, la boca roja y un bolso de peluche que desprende espontaneidad y encanto. Es deliciosa y sincera. Y no tiene cultura para explicar por qué le gustan las cosas, pero tiene la suficiente inteligencia para reconocerlas y luchar por ellas. O por Frank. Lo tiene clarísimo.
Shirley es el punto de inflexión de la película. Es lo que la convierte en algo humano y vivo. Más que el nihilismo de Frank, el cinismo de Dean, la cobardía de la solterona rancia, el conservadurismo de su familia y el estancamiento de la sociedad entera... Ella es la mujer que sabe lo que quiere, que se respeta a sí misma delante de la mujer frígida que se atreve a juzgarla y del hombre que no sabe respetarla porque, en el fondo, obedece a los mismos clichés que el resto de las personas a las que desprecia por ello.
Confieso que cada "guarra", "puerca" y "zorra" que le decían, me dolía. Ni por arriba, ni por abajo, nadie era buena persona. Ni los ricos ni los marginados, ni hombres ni mujeres, ni los cultos ni los ignorantes sabían ver más allá de sus prejuicios. Creo que esa era la historia que un gran director como Minnelli quería contar. No era Frank Sinatra con todo su talento y su cinismo, sino Shirley, con sus pestañas infínitas, su falda corta, su encanto natural y su naturalidad encantadora... Como un torrente se los llevó a todos por delante...
Desarraigado de una familia que vive más en el escaparate social que en la intimidad del afecto que puedan tenerle, se refugia en la complicidad de nuevos amigos, marginados también de una sociedad fuertemente dividida. Conoce a Dean Martin, un jugador, alcohólico y cínico que comparte con él la sensación de no tener nada que compartir. Son dos parias que, ni por arriba ni por abajo, encuentran sitio en esa ciudad detenida en el tiempo. Tal vez, solo, la necesidad de escapar de allí, donde una nueva partida de póker les lleve.
Pero Frank tiene algún comodín a su favor: es un buen escritor capaz de despertar la admiración de los intelectuales del villorrio. Tal vez de una maestrita culta y de buena posición, que parece ser la persona que podría colocarle, emocional y socialmente en algún lugar cómodo. Pero es una mujer cobarde, que duda entre el amor de un hombre real o la consideración de la sociedad, o sea, de la soledad.
Pero, entre unos y otros, aparece Shirley MacLaine que es una chica alegre, en toda la extensión de la palabra. Sin prejuicios y sin más ambiciones que la de ser feliz cada día. O la de estar con Frank, del que se ha enamorado y al que acepta tal como es y le conoció. Es una optimista con una flor en el pelo, la boca roja y un bolso de peluche que desprende espontaneidad y encanto. Es deliciosa y sincera. Y no tiene cultura para explicar por qué le gustan las cosas, pero tiene la suficiente inteligencia para reconocerlas y luchar por ellas. O por Frank. Lo tiene clarísimo.
Shirley es el punto de inflexión de la película. Es lo que la convierte en algo humano y vivo. Más que el nihilismo de Frank, el cinismo de Dean, la cobardía de la solterona rancia, el conservadurismo de su familia y el estancamiento de la sociedad entera... Ella es la mujer que sabe lo que quiere, que se respeta a sí misma delante de la mujer frígida que se atreve a juzgarla y del hombre que no sabe respetarla porque, en el fondo, obedece a los mismos clichés que el resto de las personas a las que desprecia por ello.
Confieso que cada "guarra", "puerca" y "zorra" que le decían, me dolía. Ni por arriba, ni por abajo, nadie era buena persona. Ni los ricos ni los marginados, ni hombres ni mujeres, ni los cultos ni los ignorantes sabían ver más allá de sus prejuicios. Creo que esa era la historia que un gran director como Minnelli quería contar. No era Frank Sinatra con todo su talento y su cinismo, sino Shirley, con sus pestañas infínitas, su falda corta, su encanto natural y su naturalidad encantadora... Como un torrente se los llevó a todos por delante...
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