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España España · valencia
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Voto de Alberto:
7
Voto de Alberto:
7
Fantástico. Aventuras A Pelías, usurpador del trono de Tesalia, le ha sido profetizado que Jasón un día volverá y le arrebatará el trono que le corresponde y, que si lo matase, él moriría también. Cuando ese día llega Pelías engaña al héroe haciéndose pasar por noble y diciéndole que el tirano se rendirá si encuentra el místico y misterioso vellocino de oro que se haya en la remota Cólquida. Siguiendo su consejo Jasón organiza unos juegos y escoge como ... [+]
31 de diciembre de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
De esta película pocos recuerdan el nombre de su director o de los miembros del reparto, pero los efectos especiales de Ray Harryhausen permanecen indelebles en la retina. Extraordinarios para su época, hoy pueden arrancarnos una sonrisa: el gigante de bronce o las arpías resultan entrañables; sin embargo, cuando llega la escena del combate con los esqueletos, el impacto sigue siendo sobrecogedor. Es una película que, con sus aciertos y errores, demuestra una clara querencia por la aventura y continúa siendo muy disfrutable incluso en la actualidad a pesar de que técnicamente los necesarios efectos visuales para la historia hayan quedado desfasados.

Las limitaciones de los efectos visuales responden, naturalmente, a las posibilidades técnicas del momento, pero lo interesante es que no se pretenden ocultar: se integran en el propio relato. Se hace un inteligente “control de daños” desde el guion —el gigante se mueve de forma entrecortada debido al stop-motion, pero se le añade un gruñido metálico que justifica que lleve allí desde la era de los titanes y esté oxidado— o desde la puesta en escena: el gigante aguardando la llegada del Argo a la entrada de la bahía, como un Coloso de Rodas; Tritón emergiendo de las aguas y luchando a cámara lenta con las montañas; una escenografía de auténtica altura mitológica. El resultado es un trabajo que va mucho más allá de su tiempo y que anticipa, en muchos aspectos, otras obras revolucionarias como Star Wars.
Entre sus grandes aciertos destacan la banda sonora de Bernard Herrmann —con ecos de Vértigo en la secuencia de la cámara del tesoro— y la ambientación en parajes naturales de Nápoles, con actores trepando por las ruinas del templo de Paestum, algo impensable hoy en día. Pero, sobre todo, sobresale el guion, que se abre sin ambages al mundo fantástico, alejándose del tono racionalista del peplum y dando rienda suelta a la intervención constante de los dioses. Esto la acerca mucho más al espíritu de las fuentes griegas: aquí no hay pudor en aceptar que los dioses existen, intervienen, castigan y ayudan de manera arbitraria. Una decisión que conecta profundamente con el relato de Apolonio de Rodas y que muchas adaptaciones modernas, empeñadas en “desmitificar” los mitos, han rehuido. Algo a lo que Troya (2004) no se atrevió, y que me temo que tampoco hará la Odisea (2026) de Nolan.
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