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España España · L'Ametlla del Vallès
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Terror. Thriller Dos chicas adolescentes pasan el rato gastando bromas telefónicas, llamando a números al azar y susurrando "Sé lo que has hecho...". Cuando una de sus víctimas resulta ser un asesino que acaba de matar a su mujer y cree que las chicas han sido testigos del crimen, empieza la caza... (FILMAFFINITY)
12 de mayo de 2026 Sé el primero en valorar esta crítica
Hay que reconocerle a William Castle su olfato para el espectáculo, aunque a veces ese olfato rozara el timo. En Jugando con la muerte, el truco fue vendernos a Joan Crawford como el plato principal cuando, en realidad, no es más que un aderezo que aparece y desaparece en apenas nueve minutos. Castle la utilizó descaradamente como reclamo publicitario; su personaje es tan secundario y prescindible que, de hecho, ni siquiera existía en la novela original de Ursula Curtiss. Fue un invento puro para poner un nombre de peso en el cartel.

Por su parte, Crawford también jugó sus cartas. A sus 61 años, se nota el esfuerzo por mantener el aura de estrella: esa iluminación frontal, durísima y directa sobre su rostro no es casualidad; buscaba borrar cualquier rastro de arruga para intentar aparentar unos cuarenta que ya quedaban lejos.

Dejando a un lado el marketing, la premisa del juego telefónico entre adolescentes tiene su aquel. Es curioso ver cómo algo que aquí se siente casi como un experimento terminó siendo un pilar del terror en los 80 y 90. Hay destellos que te hacen pensar inevitablemente en Scream o, por supuesto, en ese título original (I Saw What You Did) que resuena en tantos slashers posteriores.

Sin embargo, la película es extraña y ese fue probablemente su lastre en taquilla. No termina de cuajar porque intenta meter con calzador un humor que no le sale. El mayor culpable es la música, tanto al inicio como al final; tiene un tono que recuerda a las adaptaciones de Agatha Christie de aquellos años, rompiendo totalmente el clima de tensión que debería tener un thriller. Al final, se queda en una pieza de consumo curioso, pero poco más.

Para promocionar la película, Castle, fiel a su estilo extravagante, anunció que las salas de cine instalarían cinturones de seguridad en los asientos para que los espectadores no salieran volando del susto, aunque finalmente el truco nunca llegó a ejecutarse.
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