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5.6
5,903
2 de septiembre de 2010
2 de septiembre de 2010
48 de 62 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿De qué va?:
A principios de los noventa, y en el contexto de la corrupción política y la cultura del pelotazo en su máxima expresión, Berlanga coloca a Sazatornil en una especie de nueva lectura de la brillante La escopeta nacional (1978). El argumento gira en torno a unas jornadas del Día Internacional del preso de conciencia en la prisión de Valencia, donde caraduras de todo tipo y condición, desde curas a políticos pasando por empresarios y funcionarios pululan por el recinto en busca de sacar tajada...
Crítica:
El director valenciano pone sobre el tapete su estilo clásico, nada que reprochar en ese sentido, a los que van con sus ideas hasta el final hay que respetarles. Sin embargo ese estilo tantas veces aplaudido con razón (La vaquilla, La escopeta ancional, Plácido. Sólo por citar algunas), en esta ocasión provoca sobredosis berlanguiana aguda. Desde el principio se le da al espectador mucha más información de la que puede digerir, muchos más chascarrillos de los que puede asumir y mucho más descontrol del que es mentalmente asumible. En realidad llega un momento en que la historia es devorada por los personajes, que son lo único a lo que uno puede agarrarse aquí.
A principios de los noventa, y en el contexto de la corrupción política y la cultura del pelotazo en su máxima expresión, Berlanga coloca a Sazatornil en una especie de nueva lectura de la brillante La escopeta nacional (1978). El argumento gira en torno a unas jornadas del Día Internacional del preso de conciencia en la prisión de Valencia, donde caraduras de todo tipo y condición, desde curas a políticos pasando por empresarios y funcionarios pululan por el recinto en busca de sacar tajada...
Crítica:
El director valenciano pone sobre el tapete su estilo clásico, nada que reprochar en ese sentido, a los que van con sus ideas hasta el final hay que respetarles. Sin embargo ese estilo tantas veces aplaudido con razón (La vaquilla, La escopeta ancional, Plácido. Sólo por citar algunas), en esta ocasión provoca sobredosis berlanguiana aguda. Desde el principio se le da al espectador mucha más información de la que puede digerir, muchos más chascarrillos de los que puede asumir y mucho más descontrol del que es mentalmente asumible. En realidad llega un momento en que la historia es devorada por los personajes, que son lo único a lo que uno puede agarrarse aquí.

Manuel Alexandre, José Sazatornil & Juan Luis Galiardo
Como digo, los personajes tienen bastante enjundia, el reparto es de una calidad indiscutible y todos dan lo mejor de sí, Galiardo inconmensurable y arrollador como siempre, Saza haciendo su papel eterno de puteado crónico y haciéndolo muy bien, Sacristán convincente y locuaz, Agustín González en su línea, Alexandre o López Vázquez no hace falta ni decirlo pero...
Berlanga fracasa en esta ocasión quizá porque repite en exceso fórmulas que le funcionaron bien en el pasado o quizá por la ausencia del siempre fundamental Rafael Azcona en la creación del guión, pero el caso es que el cine de Berlanga fue paulatinamente decreciendo en calidad conforme fue creciendo la libertad en España. Algunos dirán que es la edad la que no perdona, pero yo creo que la maldita censura, paradójicamente, nos dio la oportunidad de ver las mejores películas del genio valenciano, películas que hubieran sido muy distintas posiblemente de no haber contado con la amenaza permanente del tijeretazo, de la prohibición, que hace que los creadores a veces den lo mejor de sí mismos para esquivarla y creen obras con varias capas. Todos a la cárcel sólo tiene una, la del exceso, un exceso berlanguiano indigesto por repetitivo y excesivamente grosero. Un poco de la contención obligada de antaño no le hubiera hecho ningún mal a la película.
Berlanga fracasa en esta ocasión quizá porque repite en exceso fórmulas que le funcionaron bien en el pasado o quizá por la ausencia del siempre fundamental Rafael Azcona en la creación del guión, pero el caso es que el cine de Berlanga fue paulatinamente decreciendo en calidad conforme fue creciendo la libertad en España. Algunos dirán que es la edad la que no perdona, pero yo creo que la maldita censura, paradójicamente, nos dio la oportunidad de ver las mejores películas del genio valenciano, películas que hubieran sido muy distintas posiblemente de no haber contado con la amenaza permanente del tijeretazo, de la prohibición, que hace que los creadores a veces den lo mejor de sí mismos para esquivarla y creen obras con varias capas. Todos a la cárcel sólo tiene una, la del exceso, un exceso berlanguiano indigesto por repetitivo y excesivamente grosero. Un poco de la contención obligada de antaño no le hubiera hecho ningún mal a la película.
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