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Terror. Drama
Arthur Kipps es un joven abogado cuya empresa lo envía a un lugar remoto para vender la casa de un cliente que acaba de fallecer. La gestión, aparentemente rutinaria, tropieza con ciertas dificultades: los vecinos se muestran reacios a hablar sobre la casa o a acercarse a ella; además, nadie está dispuesto a admitir la existencia de una mujer de negro que él está seguro de haber visto. (FILMAFFINITY)
20 de marzo de 2012
20 de marzo de 2012
2 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hablando de sustos y fantasmas, en el mundo de la moda se suele decir que todo siempre vuelve. Las hombreras, vuelven. Las converse, vuelven. Los pantalones de campana, espero que no vuelvan más. Y la Hammer, que aunque no esté de moda nos ha hecho pasar tanto miedo como el anuncio de Loewe, no podía ser menos, también está de vuelta. Celebramos el regreso de la productora británica que tantos clásicos ha dado al cine de terror, cumpliendo una función clave en uno de los géneros -probablemente junto al western- más necesitados de artesanos. Pero su vuelta no haya rayado al nivel esperado, ni con su innecesario remake de la sueca Déjame Entrar, ni tampoco en esta insuficiente revisación del terror gótico que otrora fuera ligado a su nombre.
Lejos queda el Drácula de Christopher Lee y Peter Cushing, el cine de terror ha cambiado mucho desde los años cincuenta y sesenta. Son otros tiempos y en la Hammer lo saben. Ya no estamos para monstruos, suficientes tenemos en la vida real, ahora los terrores son más mundanos. Llegar a fin de mes, pagar el alquiler y mantener a tu familia no parece poca cosa en los tiempos que corren. Y para lograrlo, Arthur Kipps (que guarda cierto parecido con Harry Potter) debe atender un asunto en un pueblo perdido para evitar que las deudas acaben con lo único que le queda en la vida, su hijo, que para decepción del respetable no se llama Albus Severus. Desafortunadamente para él, o afortunadamente para nosotros, le toca acudir a la única casa encantada de la zona. Y habríamos estado encantados de disfrutar (y pasarlo mal) con una historia de terror gótico a la vieja usanza, enmarcada en un pueblo gris que vive atemorizado por una terrorífica leyenda vestida de negro, un pueblo en el que sus aldeanos establecen escépticos discursos sobre el más allá, aldeanos que se niegan a mencionar una casa maldita atrapada por la marea, una casa en donde sólo el rechinar de la madera basta para helar la sangre. Pero no es el caso, hay poco de ello, o lo hay y está desaprovechado, que es peor.
Lejos queda el Drácula de Christopher Lee y Peter Cushing, el cine de terror ha cambiado mucho desde los años cincuenta y sesenta. Son otros tiempos y en la Hammer lo saben. Ya no estamos para monstruos, suficientes tenemos en la vida real, ahora los terrores son más mundanos. Llegar a fin de mes, pagar el alquiler y mantener a tu familia no parece poca cosa en los tiempos que corren. Y para lograrlo, Arthur Kipps (que guarda cierto parecido con Harry Potter) debe atender un asunto en un pueblo perdido para evitar que las deudas acaben con lo único que le queda en la vida, su hijo, que para decepción del respetable no se llama Albus Severus. Desafortunadamente para él, o afortunadamente para nosotros, le toca acudir a la única casa encantada de la zona. Y habríamos estado encantados de disfrutar (y pasarlo mal) con una historia de terror gótico a la vieja usanza, enmarcada en un pueblo gris que vive atemorizado por una terrorífica leyenda vestida de negro, un pueblo en el que sus aldeanos establecen escépticos discursos sobre el más allá, aldeanos que se niegan a mencionar una casa maldita atrapada por la marea, una casa en donde sólo el rechinar de la madera basta para helar la sangre. Pero no es el caso, hay poco de ello, o lo hay y está desaprovechado, que es peor.

Se acerca mucho más a la corriente del más pobre cine oriental de terror (repleta de tramposos efectos de sonido) que a la ambición –de otra época, todo sea dicho- por configurar una historia que sea escalofriante de por sí, sin necesidad de abusivos trucos. El trabajo de James Watkins (que sorprendió con Eden Lake, aquel inesperado cruce de Deliverance con el terror social) decepciona en la (re)construcción de ese imaginario y adolece de oficio. Ya sea por su falta de pericia narrativa o por pretender contentar al público que tiene que pagar el sueldo de Daniel Radcliffe, recurre pronto a los recursos de atracción de feria, abusando de largas secuencias en la oscuridad a la espera del subidón de volumen recurrente o de la previsible aparición fantasmal. Y para fantasma un guión del que no se puede esperar nada, ni siquiera el intento de contar una cuento de terror, inacabado y perdido en un mero carrusel de sustos y confusiones espectrales.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Paradójicamente, su final resulta ser el reverso del que Sam Raimi imaginó para su divertida Arrástrame al infierno, lanzando un dudoso discurso sobre las bendiciones del amor y la vida en el más allá. Un último giro que en una película semejante más bien está de más.
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