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España España · Andalucía
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Voto de Connery:
6
Voto de Connery:
6
Intriga. Thriller. Ciencia ficción En Finlandia, en 1923, el paso de un cometa hizo que los habitantes de un pueblo quedaran completamente desorientados; incluso una mujer llegó a llamar a la policía denunciando que el hombre que estaba en su casa no era su marido. Décadas más tarde, un grupo de amigos recuerda este caso mientras cenan, brindan y se preparan para ver pasar un cometa... (FILMAFFINITY)
13 de abril de 2018
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
La ópera prima de James Ward Byrkit se gestó en una noche y con un puñado de actores sin más brújula que el guion, y rápidamente se erigió como el estandarte de un subgénero que ya es un vicio: la película-sudoku. No se vendió como un ejercicio de alto cine, sino como una fiesta casera que de pronto te lanza al abismo de la física cuántica con una copa de vino en la mano. Su éxito se debió a un boca a boca de nicho, una invitación a la secta de los que disfrutan más desentrañando un puzzle que dejándose arrastrar por una historia. Es la esencia de un hack narrativo que se disfraza de experimento filosófico, una suerte de partida de ajedrez donde el tablero es la casa de los protagonistas y las reglas cambian con cada apagón.

El guion de Byrkit y Alex Manasian, más que una historia, es un algoritmo dramático. Nos presenta a ocho amigos en una cena que se convierte en un laberinto de realidades paralelas, cortesía del cometa Miller, que se deslizó por el firmamento en 2013. Pero, a diferencia de otras obras que usan la ciencia ficción como pretexto para un análisis sociológico o un drama existencial a lo Tarkovsky, esta se queda en la mera exposición del problema. No hay personajes con hondura, sino peones moviéndose en un tablero, piezas que solo sirven a la lógica de un planteamiento matemático. Son la fórmula, no la carne. Y ahí reside su principal limitación: si bien la premisa es un caramelo para los amantes de las paradojas y los giros de tuerca, el drama personal se desvanece en el aire como un mal perfume. Al final, el film no nos habla de la amistad, de la identidad o del miedo a la locura, sino de un problema de lógica. Es un ejercicio cerebral, pero no una obra que te toque la fibra.
Emily Baldoni
La dirección de Byrkit apuesta por la intimidad opresiva del plano corto y la cámara en mano, una estética que busca la veracidad de un metraje encontrado pero que termina por marear al espectador. La cámara es nerviosa, casi claustrofóbica, lo que intensifica la sensación de desorientación. Pero, donde un filme Dogma hubiera encontrado la verdad dramática en la imperfección visual, Byrkit solo consigue que la fotografía parezca descuidada y la iluminación artificial, restándole puntos a una propuesta que, con un tratamiento visual más pulido, podría haber sido una joya. Hay momentos de genialidad en el ritmo, con un montaje que aprieta el tornillo cuando el espectador empieza a bostezar, y es en el tramo final, cuando la narrativa abraza el thriller y el suspense, donde se revela el potencial dramático que el film había desdeñado.

Coherence es la prueba de que un buen concepto puede estirar un presupuesto raquítico hasta el infinito, pero también de que un acertijo sin alma no se convertirá en arte. Es una película para los que disfrutan con las cajas chinas. Es un laberinto mental con final brillante, pero un laberinto al fin y al cabo. Es una obra tan satisfactoria como resolver un buen sudoku, pero sin la huella emocional de una gran película. Vale más como un aperitivo ingenioso que como una cena de gala. Recomendada para aquellos con gusto por el cine de misterio cerebral y que perdonan la falta de profundidad si la ecuación final cuadra.
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