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Voto de Jo_sera_gens:
6
Voto de Jo_sera_gens:
6
5.7
949
22 de noviembre de 2025
22 de noviembre de 2025
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Alpha sitúa su mirada en el miedo como fuerza transmisora: un pánico moral de tintes puritanos, heredero del que se vivió en los años 80 y 90. Ese miedo al otro -a lo desconocido, pero también a lo que amenaza la supuesta pureza del cuerpo- aparece en la película agravado por el eco de los discursos de los adultos: los compañeros adolescentes de Alpha reproducen los prejuicios de sus padres. Así, la película liga dos periodos históricos para mostrar cómo el odio, el estigma y la paranoia se transmiten de generación en generación. Dos épocas marcadas por dos pandemias que generan las mismas huidas de los hospitales, las mismas tensiones sociales y los mismos mecanismos de rechazo.
Esa repetición traumática se plasma a través de un detalle simple: excepto la madre, cuyo nombre no es pronunciado, la inicial de los personajes centrales es la A (Alpha, Amin, Adrien). Son nombres que funcionan como variaciones de un mismo patrón, sujetos a un estigma que vuelve una y otra vez bajo distintas formas.
Esa repetición traumática se plasma a través de un detalle simple: excepto la madre, cuyo nombre no es pronunciado, la inicial de los personajes centrales es la A (Alpha, Amin, Adrien). Son nombres que funcionan como variaciones de un mismo patrón, sujetos a un estigma que vuelve una y otra vez bajo distintas formas.

La transmisión del trauma queda delicadamente simbolizada con la imagen de la mariquita. Cuando Amin la pasa a la mano de Alpha, le transfiere no solo el miedo al contagio físico, sino la herencia emocional de sufrir el rechazo ajeno. Alpha incluso tiene un póster de una mariquita en la pared, lo cual muestra que ha arrastrado esa transmisión infantil hasta su adolescencia.
Asimismo, el andamio en la habitación de Alpha funciona como otra potente metáfora visual: representa un mundo en construcción, paralelo a su propia adolescencia. Alpha siente que la casa se tambalea, al igual que su propia realidad cuando cree haber contraído la enfermedad. Es el despertar en un mundo que parece estar acabándose.
En la escena de la piscina, Ducournau ilustra cómo el miedo es una profecía autocumplida. La sangre de Alpha no brota espontáneamente por ninguna enfermedad, sino que es provocada al estamparse contra la pared, fruto de la persecución y el acoso de los compañeros. Es el propio terror el que genera el dolor y la herida. A su vez, este miedo se alimenta de sí mismo: al ver la sangre, todos los presentes huyen, alimentando el ciclo de terror que lo originó.
Asimismo, el andamio en la habitación de Alpha funciona como otra potente metáfora visual: representa un mundo en construcción, paralelo a su propia adolescencia. Alpha siente que la casa se tambalea, al igual que su propia realidad cuando cree haber contraído la enfermedad. Es el despertar en un mundo que parece estar acabándose.
En la escena de la piscina, Ducournau ilustra cómo el miedo es una profecía autocumplida. La sangre de Alpha no brota espontáneamente por ninguna enfermedad, sino que es provocada al estamparse contra la pared, fruto de la persecución y el acoso de los compañeros. Es el propio terror el que genera el dolor y la herida. A su vez, este miedo se alimenta de sí mismo: al ver la sangre, todos los presentes huyen, alimentando el ciclo de terror que lo originó.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Más allá de la crónica sobre el pánico, Alpha es también una película sobre el difícil camino hacia la comprensión de la madre. La obra traza el viaje de la protagonista para entender a una madre que, devorada por el miedo circundante, intenta salvar a su hermano y a su hija a cualquier precio. Su desesperación es tal que llega a ignorar el derecho al suicidio de Amin o a dudar de la evidencia científica, repitiendo las pruebas médicas de Alpha pese a los resultados negativos. El miedo es tan abrasivo que la madre, a pesar de su condición de doctora, abraza en algún momento lo supersticioso. Cede ante la creencia en el Viento Rojo, una metáfora de cómo el delirio, la paranoia y el temor irracional lo arrasan todo a su paso.
La narrativa utiliza la confusión de líneas temporales y la estructura de “un sueño dentro de un sueño” (como el poema de Poe) para mostrar cómo conviven los temores pasados, presentes y futuros. A través del andamio, Alpha viaja a su pasado (a los cinco años) para entender la voluntad protectora de su madre, percibiendo cómo el trauma afecta tanto a quienes lo viven como a quienes los rodean.
La narrativa utiliza la confusión de líneas temporales y la estructura de “un sueño dentro de un sueño” (como el poema de Poe) para mostrar cómo conviven los temores pasados, presentes y futuros. A través del andamio, Alpha viaja a su pasado (a los cinco años) para entender la voluntad protectora de su madre, percibiendo cómo el trauma afecta tanto a quienes lo viven como a quienes los rodean.

Finalmente, la obra ofrece una redención estética y emocional. La adicción y la enfermedad se muestran como manifestaciones de la fragilidad humana, pero la directora eleva a los enfermos a la categoría de eternos. Frente al estigma, el mármol imponente los sacraliza y resarce.
Como en toda la filmografía de Ducournau, los personajes de Alpha son seres alienados en plena transformación corporal y psicológica que, tras ser arrastrados por el trauma, acaban encontrando la comprensión del otro. Esta conexión cristaliza en una escena de profunda intimidad: madre e hija cantan abrazadas en la cama una canción cuya letra revela que, ante la presencia del monstruo, tanto padre como hija manifiestan su debilidad y su miedo. Este instante condensa la calidez del encuentro humano esencial en el cine de la directora, donde compartir la fragilidad se convierte en el acto de amor definitivo.
Como en toda la filmografía de Ducournau, los personajes de Alpha son seres alienados en plena transformación corporal y psicológica que, tras ser arrastrados por el trauma, acaban encontrando la comprensión del otro. Esta conexión cristaliza en una escena de profunda intimidad: madre e hija cantan abrazadas en la cama una canción cuya letra revela que, ante la presencia del monstruo, tanto padre como hija manifiestan su debilidad y su miedo. Este instante condensa la calidez del encuentro humano esencial en el cine de la directora, donde compartir la fragilidad se convierte en el acto de amor definitivo.
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