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Terror. Aventuras
Matthew Hopkins es el cazador de brujas más importante de Inglaterra. Viaja junto a su brutal ayudante, por la campiña, prestando sus servicios donde lo llaman y aprovechándose de aquellas jovencitas acusadas de brujería que querían vivir un poco más. En uno de estos pueblos, Hopkins tortura a un párroco acusado de brujería y obtiene de su sobrina favores sexuales a cambio del perdón. Pero el novio de la chica, un soldado de Cromwell, jura venganza. (FILMAFFINITY) [+]
13 de febrero de 2009
13 de febrero de 2009
25 de 29 usuarios han encontrado esta crítica útil
El estar orientada hacia la exploitation y la serie B puede hacerle perder cierta credibilidad, pero sería un error pasar por alto una de las miradas más personales, duras y bestias a ese período oscuro de la historia que ha acometido el cine. Me sorprendió mucho su valentía, cercana a las moralmente agresivas películas de "sex and revenge", y su falta de prejuicios a la hora de hilvanar hechos atroces sin fijarse demasiado en los gustos del espectador.
Violaciones, torturas, sacrificios en nombre de dios, venganzas despiadadas... La ética se incendia en una cruz de bajas pasiones surgida del odio inmenso que inspira un Vincent Price grandioso, memorable en su encarnación del cruel Mathew Hopkins. El estilo, más bien clásico, se cortocircuita con arrebatos de violencia que rayan la abstracción y la psicotronía, con chorretones de sangre artificial como los que metía el Corman de su etapa más experimental.
Buena mano y bastante personalidad en la batuta de director del malogrado Michael Reeves, un tipo peculiar y talentoso que pasó al otro barrio por una ¿accidental? sobredosis de barbitúricos tras terminar este film. Tenía 26 años y unas pocas -e igualmente intensas- películas de terror a sus espaldas.
Lo mejor: su incómoda dureza.
Lo peor: un ritmo pelín trastabillante.
Violaciones, torturas, sacrificios en nombre de dios, venganzas despiadadas... La ética se incendia en una cruz de bajas pasiones surgida del odio inmenso que inspira un Vincent Price grandioso, memorable en su encarnación del cruel Mathew Hopkins. El estilo, más bien clásico, se cortocircuita con arrebatos de violencia que rayan la abstracción y la psicotronía, con chorretones de sangre artificial como los que metía el Corman de su etapa más experimental.
Buena mano y bastante personalidad en la batuta de director del malogrado Michael Reeves, un tipo peculiar y talentoso que pasó al otro barrio por una ¿accidental? sobredosis de barbitúricos tras terminar este film. Tenía 26 años y unas pocas -e igualmente intensas- películas de terror a sus espaldas.
Lo mejor: su incómoda dureza.
Lo peor: un ritmo pelín trastabillante.
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