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10
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10
7.3
7,159
18 de agosto de 2007
18 de agosto de 2007
141 de 172 usuarios han encontrado esta crítica útil
No sólo de matrimonios en crisis habla el cine de Bergman, y para muestra un botón: La hora del lobo, sublime historia de una paranoia que tiene mucho de exorcismo interior, y auténtica obra cumbre del terror existencial en clave arte y ensayo (y del terror a secas). En un blanco y negro cegador se nos narra la inmersión en la locura del insigne pintor Johan Borg (enorme Max von Sydow), consumido por la presencia de demonios interiores que surgen de la oscuridad a esa hora del lobo a la que hace referencia el título (“cuando se producen más muertes y nacimientos; si estamos dormidos tendremos pesadillas, si estamos despiertos tendremos miedo”), auspiciados por el clima devastador y solitario en el que habita el protagonista junto a su inocente y sufridora esposa Alma (Liv Ullmann, capaz de helarte el corazón con una sola mirada).
Sentimiento de culpa, un amor no del todo enterrado, homosexualidad reprimida, maldad: todo se escupe en imágenes imperecederas que Bergman filma con el grado de locura necesario para que estas permanezcan en nuestra cabeza toda la vida, en un estilo surrealista y hermoso que bebe de la iconografía satánica clásica (¡esos habitantes del castillo, tentadoras y siniestras figuras de inequívoco carácter diabólico!) a la vez que elabora un profundo discurso sobre la naturaleza oscura del ser humano, sus miserias y sus grandezas, sus deseos, sus miedos... Nada sobra ni falta en esta pesadilla perfecta trazada con tiralíneas, cada escena tiene una importancia capital, no hay puntos fuertes porque todos lo son: es una sucesión de momentos escalofriantes que no se detienen hasta el final. Secretos y mentiras en prosa visual magnética y experimental, nada aburrida, para este título básico del terror como instigador del alma humana: una obra trascendental, obsesiva, claustrofóbica y freudiana, pieza clave del fantástico y mi película favorita del director sueco. Para compartir vitrina en mi particular museo del mal rollo junto a El año pasado en Marienbad y El quimérico inquilino.
Sentimiento de culpa, un amor no del todo enterrado, homosexualidad reprimida, maldad: todo se escupe en imágenes imperecederas que Bergman filma con el grado de locura necesario para que estas permanezcan en nuestra cabeza toda la vida, en un estilo surrealista y hermoso que bebe de la iconografía satánica clásica (¡esos habitantes del castillo, tentadoras y siniestras figuras de inequívoco carácter diabólico!) a la vez que elabora un profundo discurso sobre la naturaleza oscura del ser humano, sus miserias y sus grandezas, sus deseos, sus miedos... Nada sobra ni falta en esta pesadilla perfecta trazada con tiralíneas, cada escena tiene una importancia capital, no hay puntos fuertes porque todos lo son: es una sucesión de momentos escalofriantes que no se detienen hasta el final. Secretos y mentiras en prosa visual magnética y experimental, nada aburrida, para este título básico del terror como instigador del alma humana: una obra trascendental, obsesiva, claustrofóbica y freudiana, pieza clave del fantástico y mi película favorita del director sueco. Para compartir vitrina en mi particular museo del mal rollo junto a El año pasado en Marienbad y El quimérico inquilino.
Lo mejor: es inquietante como ninguna.
Lo peor: nada.
Lo peor: nada.
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