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España España · Madrid
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Voto de OsitoF:
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Terror. Comedia En 1910, en Arga, un pequeño pueblo gallego, una maldición cae sobre la malvada marquesa de Mariño: al cumplir los diez años, su hijo se convertirá en un hombre-lobo. Cien años después, Tomás, un escritor fracasado que es el último descendiente varón de los Mariño, regresa al pueblo convencido de que van a nombrarlo hijo adoptivo de Arga. (FILMAFFINITY)
19 de abril de 2021
4 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ambiciosa película española basada en reunir en una película un dream-team de estrellas del humor televisivo. En el plano general, la película pasó desapercibida (ignorada por la mayoría y aclamada por algún que otro crítico subvencionado) por tratar de trasplantar a la gran pantalla, sin más, un modelo exitoso en TV y, en mi plano particular, por la presencia del siempre estomagante Gorka Otxoa, un especialista en disparar tiros en el pie de todo aquello en lo que participa con su inoportuna verbosidad epistolar.

Al margen de lo poco que me gusta Gorka Otxoa como humorista y como actor, no termino de entender su manía de opinar de todo lo que huela a actualidad. O, mejor dicho, de opinar de todo y sorprenderse luego de que respondan, te critiquen, te corrijan o se enfadan contigo y, lo que es peor, de indignarse porque eso repercuta en tu trabajo. Y no es que el muchacho se esconda y dé alguna opinión esporádica en medio de una entrevista de cuatro páginas en “Cinemanía”, no, el chaval escribe lo que le brota cuando le brota en esa selva sin ley que es Twitter. ¿Un caso de ingenuidad congénita? ¿Un ejemplo de la juventud actual que creer saberlo todo, tener derecho a todo y la obligación de educar socialmente a todo el mundo? Pues probablemente sea una mezcla ser ambos conceptos, pero teniendo en cuenta que (años arriba, años abajo) el chaval es de mi quinta y que recibió una educación similar a la mía, donde familia y profesores te enseñaban conceptos (ahora controvertidos) como que para conseguir algo hay que esforzarse, que siempre hay alguien más listo que tú o que las cosas hay que pensarlas antes de decirlas o hacerlas, me inclino a pensar que se trata de ese extraño virus que afecta a muchos artistas que, a poco que adquieran algo de notoriedad, desarrollan una conciencia social que les lleva a posicionarse públicamente a favor de las modas de ideológicas del momento.
Innegablemente, como todo el mundo, Gorka tiene todo el derecho a decir lo que quiera cuando quiera. Pero claro, también el público está en su derecho de responder como considere oportuno, ya sea absteniéndose de pagar por ver su arte o valorando negativamente sus creaciones. Aquí hay dos matices que siempre me gusta sacar a la luz. El primero, que hay mucha facilidad para llamar boicot a lo que simplemente es una decisión comercial: a diez euros la entrada en un multicine con quince o veinte opciones, decantarse por otra película en lugar de la que tiene en primer plano de su cartel promocional a un tío que dice cosas polémicas puede ser interpretado, sencillamente, como maximiar el rendimiento de la inversión. Lo segundo, que la calidad de una película tiene que ser incuestionable como para resultar inmune al malestar que puedan despertar las declaraciones extracinematográrficas de uno de sus protagonistas. No creo que nadie cuestione que si el amigo Gorka protagonizara el “Episodio VIII” de “Star Wars” o la nueva secuela de “Juego de Tronos”, no habría repercusión en taquilla por mucho que Gorka hablara a favor del acercamiento de presos etarras al País Vasco, estuviera a favor de los indultos a los políticos presos catalanes o retuiteara todo lo que hay en la red en contra de Ayuso.
Desgraciadamente, para él, participa en obras de escaso recorrido extremadamente vulnerables al qué dirán, como esta “Lobos de Arga”. Una desafortunada mezcla entre comedia sin gracia y película simple, tirando a cutre, de esas que suelen venir firmadas por por guionistas y productoras de programas de humor televisivos que debutan en el cine pensando que lo que funciona en un formato tiene necesariamente que funcionar en otro. El trastazo suele ser inevitable y se caracteriza por ver a los protagonistas, acostumbrados al guiño cómplice que te permite la TV tras un comentario demagógico y a la red de la risa enlatada, mirando a cámara con las poses y muecas con las que firman habitualmente sus gags dejando silencios para aplausos y risas que no llegan. Todo alrededor de una idea, una maldición en un pueblo, que podría dar buenos resultados si hubiese sido trabajada a conciencia y entendiendo que el cine tiene unas normas que hay que cumplir, como la de no suponer que el espectador tiene que conocer partes de la historia que no cuentas, que no puedes saltar de escena en escena como de sketch en sketch y que aunque tengas un protagonista muy gracioso con el que te rías cada semana al verle poner cara de pánfilo en el gag del policía patoso, no puedes basar el elemento cómico de tu película en acabar con esa cara cada escena. Ni aunque tengas a Mr. Bean en el reparto, que no es el caso.

Lenta, avanza a trompicones aburriendo y sin ninguna gracia, de la manera más anticlimática posible. ¿Algo bueno? Que el reparto, haciendo un claro esfuerzo de decoro -porque se les nota que ganas no les faltaban-, se abstuvo de hacer chistes sobre Aznar o el Prestige. Sólo por eso voy a ahorrarme el catalogarla como truño.
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