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España España · Madrid
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Voto de Charles:
5
Voto de Charles:
5
Romance. Drama Un joven (Callum Turner) recién licenciado de Nueva York descubre que su despótico padre (Pierce Brosnan) está teniendo una aventura con una atractiva joven (Kate Beckinsale). Tratando de detenerlo, acabará involucrado sentimentalmente con ella. (FILMAFFINITY)
25 de noviembre de 2017 Sé el primero en valorar esta crítica
Francamente, un argumento que gira sobre un chico tirándose a la novia de su padre no parece gran cosa.
Como mucho, podría ser el centro de un telefilm de media tarde, o el girito sorpresivo de alguna serie chusca.
Pero ahí está el truco: esta película lo sabe, y por eso elige tratarlo como cualquier otra cosa.

'The Only Living Boy in New York' es, en realidad, la historia de una ciudad, o más bien sobre las generaciones que en ella viven.
Se abre con un prólogo nostálgico consagrado al cualquier tiempo pasado fue mejor, y sentencia que todo está cambiando, todo el mundo puede sentirlo, pero nadie puede realmente expresarlo.
Los antiguos templos de la lírica dan paso al nuevo culto al cuerpo, porque nadie corre hacia otro sitio que no sea su trabajo, y la brecha entre lo que te gusta y lo que te beneficia es cada vez más amplia y justificable.
Nadie habla de ello porque están ¿viviendo?

Queda alguien que realmente quiere vivir: Thomas, uno de esos jóvenes de buena familia y lujosa educación, al que la edad encuentra rechazando los algodones con los que se ha criado.
Su padre Ethan pudo haber sido escritor, se le caducó el interés en serlo, pero aún así sigue organizando cenas con sus amigos "artistas", toda esa élite burguesa que en sus días de juventud quiso expresar algo, pero que ahora lo máximo que hacen es bromear sobre ello y buscarle aplicaciones más prácticas.
Que Thomas intente meter baza en dichas cenas sólo para ser rechazado no es algo demasiado incómodo: tan sólo la prueba de que se han traicionado.

En comparación, para él la vida en la ciudad puede ser algo más, como empaparse de la historia de un barrio, o pasar el tiempo en galerías con su amiga Mimi, a la que todo daría si no fuera por el molesto inconveniente de que tiene novio.
Su historia es la de siempre: un inocente chico embelesado por la poética de una noche a su lado, y una chica que tiene todos los motivos para no hacer lo que sería lo inesperado. Salir con alguien enamorado es un peligro, porque en cualquier momento puede quererte, no como ese novio ausente al que nunca tienes que prestarle más atención de la necesaria.
En esa típica situación, no sorprende que Thomas sea "el único chico vivo de Nueva York": el único que todavía sigue buscando, que intenta construir su vida en emociones y sensaciones, no en convenciones y seguridades.

Como no, todo eso salta por la ventana.
Primero gracias a W.F. Herald, el vecino cultivado que al leerle por fin le dice que es bueno en algo (después de que su padre nunca se lo haya dicho), y más tarde por Johanna, la nueva novia de su padre que viene a romper un matrimonio que no satisface a nadie.
Es de agradecer que entre Thomas y Johanna se desarrolle una relación tan directa: desde el principio ella sabe que le gusta a él y se divierte con la atención infantil que nadie le había prestado, mientras que él se quita de enmedio las tonterías y no tarda en besarla porque todas las indignaciones que le provocaba eran en realidad envidia soterrada de que una mujer así pudiera estar con su aburrido padre.
"¿Cómo se llama la chica?" le preguntaba el señor Gerald, subrayando que siempre se sufre por lo mismo, y a lo tonto tratamos de escudar en arte, cultura, palabras grandilocuentes... las ganas que tenemos de pasar la noche con esa persona concreta.

Los versos de la vida son así, se reescriben cada día y pocas veces permiten un borrón, o saber qué nos espera al volver la siguiente hoja (curioso que apreciemos el azar en el arte, pero huimos de él en cualquier otro contexto).
Thomas entonces piensa que por fin ha encontrado lo que andaba buscando, esa musa especial que Mimi nunca fue, la aprobación de un adulto que su padre nunca le dió y una rutina que es de todo menos común... pero se olvida de que ha pasado al otro lado, a esa mesa de "artistas" que hablan irónicamente de lo suyo y se regocijan en mentiras para excusar su ansia de nuevas experiencias.
Gente que busca una salida, que intenta buscar los lugares que alguna vez frecuentaban, y que al final, dentro de esa propia entropía, el único consuelo les queda en perderse en las faldas de alguien que les haga sentir visibles, que todavía tienen un secreto que guardar.

Todo para agarrarse a un pasado que, por fuerza, ha de desaparecer, porque son las sucesivas generaciones y sus puntos de vista quienes lo cambian.
Aunque a veces dos extremos puedan tocarse, como Thomas y Johanna, para pensar que existe un algo más que el resto de su entorno no les da.

La mayor distancia en el mundo está entre cómo es y cómo debería haber sido, una afirmación que hace del pasado una puñalada, que duele hasta mucho después de haberse sufrido.
Pero eso es porque nos empeñamos en embotellarlo, cuando realmente basta con escribirlo: sólo así se puede contar la historia de esta ciudad, de los habitantes de esta ciudad, sin que ningún conflicto generacional la tenga que empañar.
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