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Drama. Fantástico
Basado en un relato de Stephen King, cuenta tres historias relacionadas con el personaje Charles Krantz, en orden inverso: desde sus últimos dias, cuando el mundo comienza a desmoronarse, hasta su infancia en una casa supuestamente encantada. (FILMAFFINITY)
20 de abril de 2026
20 de abril de 2026
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Para mí es evidente que Stephen King está reflexionando sobre la muerte, probablemente también sobre la suya propia. Y cuando uno se enfrenta a esa idea, quizá sea un buen momento para escribir poemas y dejarlos a los demás.
Muchas reseñas de la película parecen no advertir que ese universo que se extingue en la primera parte no es el universo “objetivo”, sino el universo vivido y percibido por Chuck. Todo lo que vemos ahí sucede, en realidad, dentro de él. Esa es la sugerencia del cineasta cuando lo hace aparecer, de una forma u otra, en todas partes —a veces con un guiño al gusto de Stephen King por el terror, como esas inquietantes proyecciones en las ventanas—.
Si se acepta esa premisa, la consecuencia es casi inevitable: para quien muere, la desaparición de su conciencia equivale, en la práctica, a la desaparición de todo. Aunque el mundo continúe para los demás, él ya no estará ahí para experimentarlo. Será como si todo hubiera dejado de existir.
Muchas reseñas de la película parecen no advertir que ese universo que se extingue en la primera parte no es el universo “objetivo”, sino el universo vivido y percibido por Chuck. Todo lo que vemos ahí sucede, en realidad, dentro de él. Esa es la sugerencia del cineasta cuando lo hace aparecer, de una forma u otra, en todas partes —a veces con un guiño al gusto de Stephen King por el terror, como esas inquietantes proyecciones en las ventanas—.
Si se acepta esa premisa, la consecuencia es casi inevitable: para quien muere, la desaparición de su conciencia equivale, en la práctica, a la desaparición de todo. Aunque el mundo continúe para los demás, él ya no estará ahí para experimentarlo. Será como si todo hubiera dejado de existir.

Esa misma idea —que vivimos inmersos en una subjetividad irreductible— , además, conecta con la escena en la que la profesora recita a Walt Whitman. Cuando sostiene la cabeza de Chuck entre sus manos, sugiere que ahí dentro hay un universo entero: un mundo de recuerdos, de experiencias, de identidades múltiples. “Contengo multitudes”, dice el poema. Y ese es precisamente el universo que veremos apagarse.
También está la tentación de vivir anticipando ese final. Eso es lo que simboliza la habitación de arriba. Pero quizá —como hace Chuck— sea mejor apartar esa idea. No como una negación ingenua, sino como una forma de seguir viviendo. Tal vez sea, incluso, un pequeño regalo: para uno mismo y para quienes le rodean.
El universo seguirá existiendo sin nosotros. Y, sin embargo, esa constatación lleva a una pregunta inevitable: si todo continúa sin nosotros, ¿qué somos realmente?
Tal vez seamos algo parecido a música. Una música que durante un tiempo suena, se percibe a sí misma y recuerda. Y que, en algún momento, simplemente deja de sonar. No por ello deja de haber otras músicas que continúan.
También está la tentación de vivir anticipando ese final. Eso es lo que simboliza la habitación de arriba. Pero quizá —como hace Chuck— sea mejor apartar esa idea. No como una negación ingenua, sino como una forma de seguir viviendo. Tal vez sea, incluso, un pequeño regalo: para uno mismo y para quienes le rodean.
El universo seguirá existiendo sin nosotros. Y, sin embargo, esa constatación lleva a una pregunta inevitable: si todo continúa sin nosotros, ¿qué somos realmente?
Tal vez seamos algo parecido a música. Una música que durante un tiempo suena, se percibe a sí misma y recuerda. Y que, en algún momento, simplemente deja de sonar. No por ello deja de haber otras músicas que continúan.
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