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Voto de IsRaEL:
9
Voto de IsRaEL:
9
2005 

Nacho G. Velilla (Creador), Mar Olid ...
6.2
75,245
Serie de TV. Comedia
Serie de TV (2005-2014). 10 temporadas. 237 episodios. La protagonista es Aida (Carmen Machi). Surgió como un spin-off de la popular telecomedia "7 Vidas", en la que Aída era un personaje destacado. La historia empieza cuando Aída, tras heredar la casa de su padre, se muda con sus hijos Lorena y Jonathan a vivir con su madre, al tiempo que intenta sacar la familia adelante. (FILMAFFINITY)
23 de mayo de 2026
23 de mayo de 2026
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay series que envejecen mal porque dependían de la moda del momento. Y luego está Aída, que envejece como la pared de un bar de barrio: cada año tiene más manchas, pero también más verdad. Volver a verla hoy produce una sensación extraña: te ríes, luego te sientes culpable por reírte, y cinco minutos después entiendes que acabas de ver el retrato sociológico más preciso de España que se ha hecho sin subvención del CIS.
Muchos creen que Aída era una sitcom de Telecinco para poner de fondo mientras tu padre se dormía en el sofá con el cinturón desabrochado. Error. Aída era costumbrismo ibérico extremo. Berlanga con anuncios de detergente entre medias. Una colección de personajes rotos intentando sobrevivir en un ecosistema donde nadie tiene dinero, pero todos tienen opinión.
Porque esa es la clave: en Aída nadie progresa. Nadie aprende. Nadie evoluciona. Y precisamente por eso funciona. La serie entendió antes que nadie que el español medio no quiere ver aspiración; quiere ver a otro más hundido para sentirse equilibrado emocionalmente.
Muchos creen que Aída era una sitcom de Telecinco para poner de fondo mientras tu padre se dormía en el sofá con el cinturón desabrochado. Error. Aída era costumbrismo ibérico extremo. Berlanga con anuncios de detergente entre medias. Una colección de personajes rotos intentando sobrevivir en un ecosistema donde nadie tiene dinero, pero todos tienen opinión.
Porque esa es la clave: en Aída nadie progresa. Nadie aprende. Nadie evoluciona. Y precisamente por eso funciona. La serie entendió antes que nadie que el español medio no quiere ver aspiración; quiere ver a otro más hundido para sentirse equilibrado emocionalmente.

Aída es una madre agotada que fuma como si cada cigarro fuese una extensión de su ansiedad clínica. Mauricio es el empresario español definitivo: racista, explotador, cutre y milagrosamente funcional. Luisma es lo más parecido a un filósofo postmoderno que ha dado la televisión nacional: un hombre cuyo cerebro parece funcionar exclusivamente con calimocho y golpes en la cabeza, pero que ocasionalmente suelta frases que deberían estudiarse en primero de Psicología.
Y luego está Barajas. Dios mío, Barajas. El único personaje capaz de parecer simultáneamente un perturbado, un niño de 8 años y un jubilado deprimido. Cada vez que aparecía en pantalla daba la sensación de que algo ilegal iba a ocurrir en menos de dos minutos.
Lo fascinante es que Aída hacía humor con absolutamente todo: pobreza, drogas, racismo, sexo, fracaso laboral, alcoholismo, homofobia, salud mental… y aun así rara vez se sentía cínica. Hoy la cancelarían antes del segundo bloque publicitario. Twitter entraría en combustión espontánea después de un solo episodio de Mauricio diciendo literalmente cualquier frase.
Y luego está Barajas. Dios mío, Barajas. El único personaje capaz de parecer simultáneamente un perturbado, un niño de 8 años y un jubilado deprimido. Cada vez que aparecía en pantalla daba la sensación de que algo ilegal iba a ocurrir en menos de dos minutos.
Lo fascinante es que Aída hacía humor con absolutamente todo: pobreza, drogas, racismo, sexo, fracaso laboral, alcoholismo, homofobia, salud mental… y aun así rara vez se sentía cínica. Hoy la cancelarían antes del segundo bloque publicitario. Twitter entraría en combustión espontánea después de un solo episodio de Mauricio diciendo literalmente cualquier frase.

Pero la serie tenía algo que muchas comedias actuales no tienen: calle. Mugre. Humanidad. Los personajes eran exagerados, sí, pero reconocibles. Todos hemos conocido a un Luisma. Todos hemos oído a un Mauricio en un bar diciendo barbaridades con total seguridad moral. Todos hemos visto discusiones familiares que empiezan por un yogur y terminan desenterrando traumas de 1997.
Además, Aída dominaba un arte perdido: el insulto creativo. No eran simples tacos; eran construcciones poéticas. Había frases que sonaban como si un camionero hubiese estudiado literatura durante tres semanas y luego hubiese abandonado por una apuesta.
Y seamos honestos: parte del éxito era que la serie olía a barrio de verdad. No a decorado limpio de plataforma de streaming donde hasta los pobres tienen iluminación estética y plantas de diseño industrial. En Aída todo parecía pegajoso. Los bares daban hepatitis visual. El sofá tenía más historia genética que un laboratorio forense.
Eso sí: no todo era brillante. La serie abusó muchísimo de sus propias fórmulas. Cuando descubrieron que un personaje funcionaba, lo convertían en caricatura hasta dejarlo cognitivamente inutilizado. Luisma pasó de ser un exdrogadicto adorablemente idiota a alguien que probablemente no podría superar un captcha. Y hubo temporadas donde el guion parecía escrito cinco minutos antes de grabar, posiblemente sobre una servilleta manchada de alioli.
Pero incluso en sus peores momentos tenía más personalidad que el 80% de las comedias españolas modernas, que parecen hechas por gente aterrorizada de molestar a alguien. Aída molestaba a todo el mundo por igual. Democracia ofensiva.
Al final, la serie funcionaba porque detrás de toda la mugre había cariño genuino por sus personajes. Eran un desastre, sí, pero eran nuestro desastre. España no quería verse reflejada en médicos brillantes ni en abogados de éxito. Quería verse en un bar donde alguien grita “¡Mauricio, eres un miserable!” mientras otro intenta freír algo que claramente no debería consumirse.
Y quizá por eso sigue siendo tan querida: porque debajo de los chistes salvajes y la caspa televisiva había una verdad incómoda. Aída nunca trató sobre triunfar. Trataba sobre sobrevivir al día siguiente con tus amigos, tu familia y tres euros en el bolsillo. O sea, básicamente España.
Además, Aída dominaba un arte perdido: el insulto creativo. No eran simples tacos; eran construcciones poéticas. Había frases que sonaban como si un camionero hubiese estudiado literatura durante tres semanas y luego hubiese abandonado por una apuesta.
Y seamos honestos: parte del éxito era que la serie olía a barrio de verdad. No a decorado limpio de plataforma de streaming donde hasta los pobres tienen iluminación estética y plantas de diseño industrial. En Aída todo parecía pegajoso. Los bares daban hepatitis visual. El sofá tenía más historia genética que un laboratorio forense.
Eso sí: no todo era brillante. La serie abusó muchísimo de sus propias fórmulas. Cuando descubrieron que un personaje funcionaba, lo convertían en caricatura hasta dejarlo cognitivamente inutilizado. Luisma pasó de ser un exdrogadicto adorablemente idiota a alguien que probablemente no podría superar un captcha. Y hubo temporadas donde el guion parecía escrito cinco minutos antes de grabar, posiblemente sobre una servilleta manchada de alioli.
Pero incluso en sus peores momentos tenía más personalidad que el 80% de las comedias españolas modernas, que parecen hechas por gente aterrorizada de molestar a alguien. Aída molestaba a todo el mundo por igual. Democracia ofensiva.
Al final, la serie funcionaba porque detrás de toda la mugre había cariño genuino por sus personajes. Eran un desastre, sí, pero eran nuestro desastre. España no quería verse reflejada en médicos brillantes ni en abogados de éxito. Quería verse en un bar donde alguien grita “¡Mauricio, eres un miserable!” mientras otro intenta freír algo que claramente no debería consumirse.
Y quizá por eso sigue siendo tan querida: porque debajo de los chistes salvajes y la caspa televisiva había una verdad incómoda. Aída nunca trató sobre triunfar. Trataba sobre sobrevivir al día siguiente con tus amigos, tu familia y tres euros en el bolsillo. O sea, básicamente España.
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