La abuela
5.6
10,657
Terror. Fantástico
Susana (Almudena Amor) tiene que dejar su vida en París, donde trabaja como modelo, para regresar a Madrid, debido a que su abuela Pilar (Vera Valdez) acaba de sufrir un derrame cerebral. Años atrás, cuando los padres de Susana murieron, su abuela la crió como si fuese su propia hija. Susana necesita encontrar a alguien que cuide de Pilar, pero lo que deberían ser solo unos días con su abuela se acabarán convirtiendo en una terrorífica pesadilla. (FILMAFFINITY) [+]
20 de febrero de 2026
20 de febrero de 2026
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
La abuela arranca con un aroma espeso de «oscurantismo urbano retro», un Madrid antiguo que huele a madera cerrada, luz filtrada y décadas acumuladas en las paredes, una textura más que una penumbra. Esa atmósfera, combinada con un «vintage años 40-50 que da yuyu», convierte el piso de la anciana en un santuario rancio donde late un miedo antiguo: la belleza como condena, la juventud como moneda, el cuerpo como territorio de disputa. El mito es universal y nos remite tanto a «The Skeleton Key» (2005), de Iain Softley como a «Jessabelle» (2014), de Kevin Greutert: identidad desplazada, carne como contenedor, herencia como maldición. La versión de Plaza sustituye pantanos por pasillos, «vodoo» por peinetas, y «hamburger and chips» por «patatas con choricicos embrujaos». Pero el núcleo simbólico, el de la transmisión femenina y el cuerpo usurpado, remite inevitablemente a Fedora (1978), donde Billy Wilder construye una tragedia sobre la imposibilidad de retener la juventud. La diferencia es brutal: Wilder opera con bisturí y arquitectura; Plaza, con atmósfera y mecanismo.

Almudena Amor & Vera Valdez
Ese mecanismo empieza a chirriar cuando toda la historia se encierra en dos personajes femeninos sin contrapeso masculino. No por necesidad estética, sino por una exclusión que genera un duelo monocorde. La película quiere ser profunda, pero acaba funcionando como un eco del mito griego más básico: Helena, Narciso, Medusa. El cuerpo joven como capital; el viejo, como trinchera desesperada. Pero Plaza no termina de decidir desde dónde contarlo. Ni melodrama crepuscular a lo Wilder, ni rito pagano a lo A24, ni alegoría política. Es un híbrido indeciso que dilata el suspense hasta quemarlo: el tercer acto llega tarde, cuando el paladar emocional del espectador está ya fatigado.
Y, sin embargo, la película dialoga de manera inquietante con la época en que nació: el 2021 pospandémico, cuando la identidad corporal se volvió frágil, vigilada, disociada. El cuerpo como territorio ajeno, el hogar como celda protectora, el tiempo robado. En ese contexto, el miedo a perder el «yo», a ser sustituido, resonaba más fuerte que nunca. La abuela captura esa angustia sin verbalizarla: el pisito madrileño se convierte en agujero negro que devora autonomía e identidad.
Y, sin embargo, la película dialoga de manera inquietante con la época en que nació: el 2021 pospandémico, cuando la identidad corporal se volvió frágil, vigilada, disociada. El cuerpo como territorio ajeno, el hogar como celda protectora, el tiempo robado. En ese contexto, el miedo a perder el «yo», a ser sustituido, resonaba más fuerte que nunca. La abuela captura esa angustia sin verbalizarla: el pisito madrileño se convierte en agujero negro que devora autonomía e identidad.

Almudena Amor
Plaza explota el terror a partir de una figura arquetípica tradicionalmente entrañable: la abuela. Igual que en las películas de «niños asesinos», se extrae la veta de convertir la inocencia y fragilidad de una anciana en algo verdaderamente perverso y monstruoso, tanto en la forma como en el fondo.
La inclusión de elementos de mecánica de retorno al principio, spoilea nada más empezar la película, y echa por tierra parte del misterio que se debería desvelar sólo en el giro final.
Aparte de los puntuales escenarios introductorios, toda la acción se desarrolla en el ámbito aprisionador del piso de la abuela. La inmersión subjetiva no es solo a nivel de localizaciones, sino que también pesa el sentimiento de encierro del que la narrativa quiere hacernos copartícipes, como proceso vivido por las protagonistas.
Después de la interrupción de la carrera de modelo en París, una secuencia nos hace pasar por un avión, luego por el hospital, y enseguida quedamos abducidos por esa especie de caverna urbana que desde el principio exuda siniestralidad sin paliativos. Hasta ese punto se traduce el vampirismo que absorbe y marchita cualquier atisbo de frescura, incluyendo lo visual. Detrás de un escaparate cotidiano que se antoja de lo más casposo, acecha lo que crece y se alimenta vorazmente de nuestras intuiciones.
Toda la eficacia simbólica del film está en el «casting». Almudena Amor encarna una juventud sin aura, sin el brillo trágico que debería llevar incorporado alguien que viene del culto a la belleza. No importa si es «guapa» o no: importa lo que proyecta. Y aquí proyecta poco: más cajera simpática de Carrefour vendiendo colonias en Navidad que musa parisina amenazada por el paso del tiempo. Su voz, de lata atada al coche de recién casados, tampoco ayuda. La película habla del pánico a perder la belleza… pero su protagonista no representa ese pánico en absoluto.
¿Quién sostiene, entonces, el film? La abuela. Vera Valdez es pura presencia. Un gorila alfa en celo, un gremlin artrítico, o una Regan McNeil con más mala baba que en «El Exorcista», porque tiene al demonio en su colon haciendo horas extra. Da más miedo, y sin necesidad de efectos. Es el cine entero condensado en un rostro. El problema: esa fuerza arrasa el equilibrio dramático. La protagonista no tiene dónde agarrarse. La película no establece un duelo simbólico equilibrado, sino un desfile donde la anciana se merienda a la nieta sin despeinarse, artística y narrativamente.
Pero La abuela contiene también una lectura profunda que quizá Plaza no pretendía verbalizar: la del cuidador esclavizado por la dependencia. Allí donde el terror habla de posesión, el realismo habla de desgaste emocional. «Diario de un cuidador» (2013), de Pablo Barredo, describe con crudeza cómo el «sí mismo» se diluye en la atención constante a un dependiente.
El piso de la abuela es la metáfora perfecta de ese encierro: espacio que devora tiempo, autoestima y futuro. La llamada de la anciana, que arrastra a Susana y la borra como individuo. No es solo magia negra: es la experiencia cotidiana de miles de cuidadores atrapados en vínculos sin relevo. El vampirismo emocional, aquí sublimado como maldición ritual, es más real de lo que parece.
A este sustrato se suma la capa política: un país donde los poderes viejos —caducos e inmóviles— siguen absorbiendo la energía de los jóvenes, castrando sus proyectos, apropiándose de su futuro. La película, quizá sin querer, denuncia esa España que vive en pisos antiguos, leyes antiguas, ideas antiguas… juventud devorada por una generación que no se retira. Es sociología disfrazada de terror. Pero Plaza, temeroso de molestar, no aprieta el gatillo. Señala, pero no perfora.
La inclusión de elementos de mecánica de retorno al principio, spoilea nada más empezar la película, y echa por tierra parte del misterio que se debería desvelar sólo en el giro final.
Aparte de los puntuales escenarios introductorios, toda la acción se desarrolla en el ámbito aprisionador del piso de la abuela. La inmersión subjetiva no es solo a nivel de localizaciones, sino que también pesa el sentimiento de encierro del que la narrativa quiere hacernos copartícipes, como proceso vivido por las protagonistas.
Después de la interrupción de la carrera de modelo en París, una secuencia nos hace pasar por un avión, luego por el hospital, y enseguida quedamos abducidos por esa especie de caverna urbana que desde el principio exuda siniestralidad sin paliativos. Hasta ese punto se traduce el vampirismo que absorbe y marchita cualquier atisbo de frescura, incluyendo lo visual. Detrás de un escaparate cotidiano que se antoja de lo más casposo, acecha lo que crece y se alimenta vorazmente de nuestras intuiciones.
Toda la eficacia simbólica del film está en el «casting». Almudena Amor encarna una juventud sin aura, sin el brillo trágico que debería llevar incorporado alguien que viene del culto a la belleza. No importa si es «guapa» o no: importa lo que proyecta. Y aquí proyecta poco: más cajera simpática de Carrefour vendiendo colonias en Navidad que musa parisina amenazada por el paso del tiempo. Su voz, de lata atada al coche de recién casados, tampoco ayuda. La película habla del pánico a perder la belleza… pero su protagonista no representa ese pánico en absoluto.
¿Quién sostiene, entonces, el film? La abuela. Vera Valdez es pura presencia. Un gorila alfa en celo, un gremlin artrítico, o una Regan McNeil con más mala baba que en «El Exorcista», porque tiene al demonio en su colon haciendo horas extra. Da más miedo, y sin necesidad de efectos. Es el cine entero condensado en un rostro. El problema: esa fuerza arrasa el equilibrio dramático. La protagonista no tiene dónde agarrarse. La película no establece un duelo simbólico equilibrado, sino un desfile donde la anciana se merienda a la nieta sin despeinarse, artística y narrativamente.
Pero La abuela contiene también una lectura profunda que quizá Plaza no pretendía verbalizar: la del cuidador esclavizado por la dependencia. Allí donde el terror habla de posesión, el realismo habla de desgaste emocional. «Diario de un cuidador» (2013), de Pablo Barredo, describe con crudeza cómo el «sí mismo» se diluye en la atención constante a un dependiente.
El piso de la abuela es la metáfora perfecta de ese encierro: espacio que devora tiempo, autoestima y futuro. La llamada de la anciana, que arrastra a Susana y la borra como individuo. No es solo magia negra: es la experiencia cotidiana de miles de cuidadores atrapados en vínculos sin relevo. El vampirismo emocional, aquí sublimado como maldición ritual, es más real de lo que parece.
A este sustrato se suma la capa política: un país donde los poderes viejos —caducos e inmóviles— siguen absorbiendo la energía de los jóvenes, castrando sus proyectos, apropiándose de su futuro. La película, quizá sin querer, denuncia esa España que vive en pisos antiguos, leyes antiguas, ideas antiguas… juventud devorada por una generación que no se retira. Es sociología disfrazada de terror. Pero Plaza, temeroso de molestar, no aprieta el gatillo. Señala, pero no perfora.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Los diálogos no pasan de ser un mero tramo de relleno para vestir la cotidianidad de la protagonista, en ocasiones al servicio de la pura banalidad «millennial» que predomina en muchas situaciones de nuestra vida diaria. Un eco de ella. En otros tramos, con desigual impronta, ayudan puntualmente a hacer avanzar la trama.
Pero lo que habla realmente, y no siempre con clara eficiencia, es el cúmulo de símbolos visuales y narrativos plasmados en gestos, acciones y elementos del «set». Por ejemplo, el pajarillo enjaulado que no se ve al principio y aparece luego de la transmigración de las almas, o la imagen del cuadro de la entrada cuya cara muta asimismo después del trasvase espiritual. Lejos de constituir un fallo de «raccord», son mensajes de «planting» a los que hay que prestar atención para atar cabos.
Aun así, la sucesión de dichos códigos es demasiado apretujada a medida que avanza el metraje, y apenas se nos dan decodificadores para atribuirles un significado unitario y coherente.
Pero lo que habla realmente, y no siempre con clara eficiencia, es el cúmulo de símbolos visuales y narrativos plasmados en gestos, acciones y elementos del «set». Por ejemplo, el pajarillo enjaulado que no se ve al principio y aparece luego de la transmigración de las almas, o la imagen del cuadro de la entrada cuya cara muta asimismo después del trasvase espiritual. Lejos de constituir un fallo de «raccord», son mensajes de «planting» a los que hay que prestar atención para atar cabos.
Aun así, la sucesión de dichos códigos es demasiado apretujada a medida que avanza el metraje, y apenas se nos dan decodificadores para atribuirles un significado unitario y coherente.

Almudena Amor
Hay guiños al fatalismo letal de películas como «La Profecía» (1976), de Richard Dooner, en las que oscuras fuerzas provocan truculentas muertes de quienes suponen obstáculos a sus pretensiones, y desastres sobre todo aquello con lo que se las pretende neutralizar. Léase aquí el atropello brutal que sufre la asistenta a la que contrata Susana, o el incendio de la residencia en la que quería ingresar a la abuela.
El guion, a pesar de flojo, consigue cuajar el arco evolutivo: desde lo que serían los propios demonios y sombras de la protagonista (en sueños y expresiones que evidencian su fragilidad), a lo que parecen auténticas pruebas a su cordura mental. Hasta que la evidencia de lo sobrenatural la fagocita con comedida sutileza y elegancia.
La banda sonora de Fátima Elkaidi funciona como parche atmosférico, no como columna vertebral. Los drones graves y zumbidos eléctricos son eficaces, pero demasiado genéricos. No articulan mito ni emoción: hacen ruido de fondo. Es música pensada para un ritual nórdico en un bosque húmedo, no para un piso madrileño con olor a alcanfor. Si Plaza hubiera querido elegancia crepuscular, habría necesitado un Miklós Rózsa castizo, una auténtica identidad melódica.
Y como Plaza no regula intensidades, el film entra en un territorio involuntariamente cómico. Desemboca en un final delirante: dos ancianas enchochadas recuperando cuerpos jóvenes de plastilina calentada al radiador y preparándose para el polvo metafísico del siglo. Es tan ridículo que uno duda si está viendo terror o un especial de First Dates rodado en el inframundo. Queda una risa negra, pero no buscada.
La frase final —«Mi cuerpo es tuyo, y tu corazón es mío»— no suena a tragedia ni a mito, sino a tarjeta de San Valentín del Carrefour, colocada entre un calendario de gatos y un libro de mandalas. Todo el discurso sobre feminidad, genealogía y transmisión se desvanece en un festival voyeurista pensado para heteros calentorros que no han visto a una mujer de cerca desde la comunión. La intención simbólica se convierte en chiste, y el film, en caricatura involuntaria. Wilder o Amenábar habrían hecho oro con este material; Plaza hace brillantina.
Y eso resume la película: ingredientes poderosos sin chef. Plaza quiere hacer tres filmes a la vez: terror elegante, rito pagano, crítica generacional. El resultado es un «pica-pica» de bar de pueblo un domingo al mediodía, con Cinzano rancio y aceitunas pochas. Una mezcla donde hay ideas brillantes, símbolos potentes, ecos de Los otros, sombras de Saura, toques de Ibáñez-Serrador, deseo de Resnais… pero sin columna central. Cuando la ambigüedad no está sostenida por estructura, se convierte en nebulosa.
La abuela es atmosférica, sugerente, incluso perturbadora por momentos. Pero es indecisa. Es un susurro donde debería haber un rugido. Es mito servido tibio. Es una película que pudo ser grande, que quiso ser grande, pero que temió ser grande. Y en cine, la indecisión es la forma más triste del fracaso.
El guion, a pesar de flojo, consigue cuajar el arco evolutivo: desde lo que serían los propios demonios y sombras de la protagonista (en sueños y expresiones que evidencian su fragilidad), a lo que parecen auténticas pruebas a su cordura mental. Hasta que la evidencia de lo sobrenatural la fagocita con comedida sutileza y elegancia.
La banda sonora de Fátima Elkaidi funciona como parche atmosférico, no como columna vertebral. Los drones graves y zumbidos eléctricos son eficaces, pero demasiado genéricos. No articulan mito ni emoción: hacen ruido de fondo. Es música pensada para un ritual nórdico en un bosque húmedo, no para un piso madrileño con olor a alcanfor. Si Plaza hubiera querido elegancia crepuscular, habría necesitado un Miklós Rózsa castizo, una auténtica identidad melódica.
Y como Plaza no regula intensidades, el film entra en un territorio involuntariamente cómico. Desemboca en un final delirante: dos ancianas enchochadas recuperando cuerpos jóvenes de plastilina calentada al radiador y preparándose para el polvo metafísico del siglo. Es tan ridículo que uno duda si está viendo terror o un especial de First Dates rodado en el inframundo. Queda una risa negra, pero no buscada.
La frase final —«Mi cuerpo es tuyo, y tu corazón es mío»— no suena a tragedia ni a mito, sino a tarjeta de San Valentín del Carrefour, colocada entre un calendario de gatos y un libro de mandalas. Todo el discurso sobre feminidad, genealogía y transmisión se desvanece en un festival voyeurista pensado para heteros calentorros que no han visto a una mujer de cerca desde la comunión. La intención simbólica se convierte en chiste, y el film, en caricatura involuntaria. Wilder o Amenábar habrían hecho oro con este material; Plaza hace brillantina.
Y eso resume la película: ingredientes poderosos sin chef. Plaza quiere hacer tres filmes a la vez: terror elegante, rito pagano, crítica generacional. El resultado es un «pica-pica» de bar de pueblo un domingo al mediodía, con Cinzano rancio y aceitunas pochas. Una mezcla donde hay ideas brillantes, símbolos potentes, ecos de Los otros, sombras de Saura, toques de Ibáñez-Serrador, deseo de Resnais… pero sin columna central. Cuando la ambigüedad no está sostenida por estructura, se convierte en nebulosa.
La abuela es atmosférica, sugerente, incluso perturbadora por momentos. Pero es indecisa. Es un susurro donde debería haber un rugido. Es mito servido tibio. Es una película que pudo ser grande, que quiso ser grande, pero que temió ser grande. Y en cine, la indecisión es la forma más triste del fracaso.
28 de enero de 2022
28 de enero de 2022
16 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película de palomitas en que el guion queda manchado en los primeros momentos de la película. La idea no es mala pero hay mucha paja en el film (un cortometraje hubiera estado mejor). Hay momentos en que el ritmo es tan tibio que te acaba adormilando en la butaca. La chica aunque es de lo mejor de la película no acabas de conectar del todo con ella. Como positivo debemos destacar como se juega con la oscuridad y la ambientación que tiene el film pero poco más.
Lo dicho, una película justita con una buena idea y guion pero que peca de previsible y no aporta prácticamente nada al universo de terror.
Lo dicho, una película justita con una buena idea y guion pero que peca de previsible y no aporta prácticamente nada al universo de terror.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La primera escena daña profundamente la película. En los primeros cinco minutos ya sabía como se iba a desarrollar y como iba a acabar. Aun así, estuve esperando toda la película un giro que nunca sucedió y lo peor de todo es que no me equivoqué.
16 de octubre de 2021
16 de octubre de 2021
15 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Vista en Festival de Sitges. El preludio no le hace ningún bien a la peli ya que descubre el que hubiera sido un buen giro final nada más empezar. Una lástima porque el argumento general está bien (ahí se nota Carles Vermut) pero ya ves hacia donde va.
Otra cosa que me ha decepcionado un poco es el nivel de los sustos. A esas alturas de festival uno ya está saturado de ventanas que se abren solas y puertas que se cierran igual. De espejos, oscuridades amenazantes y golpes sonoros. Un poco visto, la verdad. Y claro...no olvidemos que la esencia de una peli de terror son los sustos.
Un poco desaprovechada la abuela. Demasiado peso para la actriz protagonista.
No es una mala película, pero tampoco me acordaré de ella de aquí a un par de semanas.
Otra cosa que me ha decepcionado un poco es el nivel de los sustos. A esas alturas de festival uno ya está saturado de ventanas que se abren solas y puertas que se cierran igual. De espejos, oscuridades amenazantes y golpes sonoros. Un poco visto, la verdad. Y claro...no olvidemos que la esencia de una peli de terror son los sustos.
Un poco desaprovechada la abuela. Demasiado peso para la actriz protagonista.
No es una mala película, pero tampoco me acordaré de ella de aquí a un par de semanas.
13 de febrero de 2022
13 de febrero de 2022
12 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esperaba muchísimo más de esta peli después de toda la repercusión que tuvo Verónica y lo galardonada que fue. Desde luego, Paco Plaza deja indiferente a cualquier fan de las películas de miedo con esta obra, si se le puede llamar así. Si el objetivo era dar miedo, lo siento pero no lo ha cumplido. Sinceramente, me llamaba bastante la atención porque era una peli de miedo distinta en la que se deja atrás el cliché del niño o niña pequeña como protagonista poniendo a todo lo contrario en el centro del argumento: la abuela. Hay escenas que son realmente absurdas y sin sentido, como por rellenar el hueco. Por no hablar de las actrices... Almudena Amor no puede sacarte más del argumento ¡por dios!... una actuación nefasta, aunque no se si es culpa de ella o del guionista (o ambos), repitiendo constantemente las mismas frases, que pesadez. La tía rubia que aparece no puede tener una personalidad más poco realista y forzada, las escenas en las que aparece tienen 0 sentido. Me he reído más de lo que me he asustado la verdad y encima el final por poco te lo explica y a duras penas. Si de verdad eres un aficionado de las pelis de miedo no pierdas el tiempo con esta, si te aburres y te apetece echar unas risas adelante.
8 de febrero de 2022
8 de febrero de 2022
8 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
Teniendo en cuenta que Paco Plaza viene de Verónica y de la increíble Rec, esta película ha sido una decepción en toda regla. No da miedo, de verdad en todo momento de la película sentía que yo dirigiría las escenas de otra forma completamente diferente. Si algo he aprendido con el tiempo, es que cuando más muestres al fantasma menos miedo da el fantasma, y la abuela opaca la pantalla casi toda la pelicula.
Ella como protagonista es un personaje tonto, que no es ni capaz de poner un pie en la puerta para que no se le cierre en la cara, ni de tomar la decision de irse ni de llamar a nadie. Es que no hace nada bien ni las subtramas de la novia, ni la infancia de ella. Realmente hay muchos agujeros que nunca se terminan de resolver, el retiro, los elementos de las paredes... Decepción absoluta, realmente hay partes que se sienten repetitivas casi en bucle, planos desaprovechados y por si no fuera poco recursos baratos y semejanzas a Hereditary pero versión cutre.
Ella como protagonista es un personaje tonto, que no es ni capaz de poner un pie en la puerta para que no se le cierre en la cara, ni de tomar la decision de irse ni de llamar a nadie. Es que no hace nada bien ni las subtramas de la novia, ni la infancia de ella. Realmente hay muchos agujeros que nunca se terminan de resolver, el retiro, los elementos de las paredes... Decepción absoluta, realmente hay partes que se sienten repetitivas casi en bucle, planos desaprovechados y por si no fuera poco recursos baratos y semejanzas a Hereditary pero versión cutre.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Me estás diciendo que esa persona es tu única familia, que de hecho se ve en todo momento, que esta completamente sola y que es la persona a la que cuidas y sientes cariño, y ni siquiera sabes que hay una tía que se cuela de vez en cuando para hacer el delicioso con ella, de verdad? Y ENCIMA la recibes en casa como si fuera tu mejor amiga en vez de echarla. Si alguien de verdad no pensaba que la abuela finalmente es ella...
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