Roma, ciudad libre
1946 

6.7
31
Drama
El film se desarrolla en ambientes nocturnos de la Roma de la inmediata posguerra, recorridos por personas de distinta naturaleza y extracción: una fauna humana característica del así llamado cine neorrealista: un ladrón de buen corazón, un amnésico, dos jóvenes sin esperanza y un soldado americano que vive en continuo estado de embriaguez. (FILMAFFINITY)
13 de febrero de 2026
13 de febrero de 2026
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Como si al terminar “Ladrón de bicicletas” (1945) el amanecer final nos revelara su noche previa, “Roma, ciudad libre” nos sumerge en el transcurso de una sola noche en una Roma de postguerra, liberada y ocupada, para mostrarnos entre lo dramático y lo sainetesco que los ladrones (no solo de bicicletas) son gente honrada (o casi).
Pagliero, guionista e interprete, amigo y colega de Rossellini con el que había participado como actor y ayudante de fotografía en “Roma, ciudad abierta” (1945) inicia con esta película su andanza de director pero sustituyendo el mensaje descarnado de realismo inmediato y de estética documental que posee el manifiesto neorrealista por una realidad que sin maquillar la miseria y el pesimismo adquiere un tono de tragicomedia que en algunos momentos toca lo surreal. A esta atmósfera no es ajena la fidelidad al guion de Ennio Flaiano, habitual de Fellini, donde se aprecia esa patina entre patética y bufa del mundo del cineasta de Rímini.
La película arranca con ecos de “Los bajos fondos” (1936), donde un ladrón allanador termina siendo la salvación de su víctima y a partir de este suceso, como un efecto de carambola, y también de rocambola, ambos irán encadenando personajes sobrevenidos miserables y amorales siempre haciendo de la necesidad virtud, siempre por oportunismo nunca por nobleza, pero cuyas trapisondas y trapacerías encuentran la comprensión, que no la redención, en esa ética acomodaticia que genera la supervivencia en tiempos de ruina.
“Roma, ciudad libre” es una noche de vigilia plagada de noctívagos que se engañan unos a otros y a sí mismos, sin importarles la autenticidad de lo que ganan o de lo que pierden, como ese collar de perlas que a lo largo de la película sirve de hilo recurrente para hilvanar las picarescas de una caterva, entre oportunista y desesperada, dispuesta a apostar lo mismo la cartera, que la honra, incluso la vida en una ciudad que ni es eterna ni santa sino un escenario de garitos, de timbas, de cabarets y boliches, una ciudad patrullada por soldados yanquis -salvadores ocupadores- y que borrachos engatusan a la parroquia contando las excelencias del sueño americano (“en América las mujeres no lavan los platos y todos saben tocar el piano…”), ignorantes de que a su vuelta William Wyler los estaba esperando para contarles la verdad en “Los mejores años de nuestra vida” (1946).
Aun así, no es un film realista ni neorrealista ni surrealista, más bien un apunte, un capricho sobre un instante, bien contado, bien interpretado, con un De Sica excesivo (pero en De Sica casi todo es excesivo) y, sobre todo, maravillosamente fotografiado por Aldo Tonti (Ossessione, 1943; Europa 51, 1952).
Interesante.
Pagliero, guionista e interprete, amigo y colega de Rossellini con el que había participado como actor y ayudante de fotografía en “Roma, ciudad abierta” (1945) inicia con esta película su andanza de director pero sustituyendo el mensaje descarnado de realismo inmediato y de estética documental que posee el manifiesto neorrealista por una realidad que sin maquillar la miseria y el pesimismo adquiere un tono de tragicomedia que en algunos momentos toca lo surreal. A esta atmósfera no es ajena la fidelidad al guion de Ennio Flaiano, habitual de Fellini, donde se aprecia esa patina entre patética y bufa del mundo del cineasta de Rímini.
La película arranca con ecos de “Los bajos fondos” (1936), donde un ladrón allanador termina siendo la salvación de su víctima y a partir de este suceso, como un efecto de carambola, y también de rocambola, ambos irán encadenando personajes sobrevenidos miserables y amorales siempre haciendo de la necesidad virtud, siempre por oportunismo nunca por nobleza, pero cuyas trapisondas y trapacerías encuentran la comprensión, que no la redención, en esa ética acomodaticia que genera la supervivencia en tiempos de ruina.
“Roma, ciudad libre” es una noche de vigilia plagada de noctívagos que se engañan unos a otros y a sí mismos, sin importarles la autenticidad de lo que ganan o de lo que pierden, como ese collar de perlas que a lo largo de la película sirve de hilo recurrente para hilvanar las picarescas de una caterva, entre oportunista y desesperada, dispuesta a apostar lo mismo la cartera, que la honra, incluso la vida en una ciudad que ni es eterna ni santa sino un escenario de garitos, de timbas, de cabarets y boliches, una ciudad patrullada por soldados yanquis -salvadores ocupadores- y que borrachos engatusan a la parroquia contando las excelencias del sueño americano (“en América las mujeres no lavan los platos y todos saben tocar el piano…”), ignorantes de que a su vuelta William Wyler los estaba esperando para contarles la verdad en “Los mejores años de nuestra vida” (1946).
Aun así, no es un film realista ni neorrealista ni surrealista, más bien un apunte, un capricho sobre un instante, bien contado, bien interpretado, con un De Sica excesivo (pero en De Sica casi todo es excesivo) y, sobre todo, maravillosamente fotografiado por Aldo Tonti (Ossessione, 1943; Europa 51, 1952).
Interesante.
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