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Café del LiceoTV

Comedia. Drama En el año 1913, cuando la ópera estaba en pleno apogeo dentro y fuera de España, en el Café del Liceo de Barcelona, cuyas mesas atiende su viejo camarero Jaime, mientras que Lucía canta y Nuria toca el piano para entretener a los clientes, coinciden y se entrecruzan las vidas de diversos personajes que acuden al local tras las funciones del famoso teatro colindante. Entre anhelos artísticos, tensiones personales y enredos amorosos, los ... [+]
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3 de junio de 2026 Sé el primero en valorar esta crítica
Antes de que, por medio de su mujer, se colase en el medio televisivo, Armiñán iba para dramaturgo de pro, como lo demuestran las cinco obras teatrales, dos de ellas premiadas, que escribió antes de que se pusiera a escribir guiones para TVE (y luego para el cine) como un descosido, aunque seguiría volviendo a las tablas puntualmente durante varios lustros.

La presente es la última de ese quinteto inicial que vio la luz pública, primero en 1957 en el Teatro Windsor de Barcelona y unos meses después en Madrid (en ambas ocasiones por la compañía de Adolfo Marsillach), y puede decirse que la misma ya reúne los temas, tipos, tics y giros que caracterizan, con variaciones más cosméticas que otra cosa e independientemente del medio, el output del autor, con la única diferencia de que al principio tiraba más hacia la comedia de evasión para ir decantándose progresivamente hacia unos entornos más dramáticos.

En efecto, se perciben en este caso cualidades tan suyas como el tienno, muy tienno patetismo, el humor tan cuchi cuchi que apenas hace sonreír (y mucho menos reír), y un cierto realismo melancólico no exento de pretensiones poéticas, con ribetes a veces melodramáticos y a veces de farsa grotesca, en una línea creativa que recuerda no poco a Alejandro Casona, incluyendo la división bastante rígida cual si de estricta gobernanta se tratase, entre los personajes buenos y los malos.

Esto constituye para mi gusto una de las mayores taras conceptuales de sus textos, auténticos cuentos morales en los cuales la acción siempre está repartida (como dijo el propio Armiñán, dentro de "la vieja lucha de la ambición contra la ilusión un poco ingenua") entre una pequeña galería de pobrecitos, de víctimas que sufren bucho, aplastados en sus legítimas aspiraciones por un/unos personaje/s perverso/s empeñado/s en amargarles la existencia (aquí encarnado por un tenor "gordo, vanidoso y triunfador"), quienes a su vez no son otra cosa que la prolongación de una sociedad injusta y tal y tal, en lo que viene a constituir poco más que un cargante guiñol disfrazado de naturalismo lírico, dirigido al fin y al cabo a darle la charla al espectador.

Tampoco ayuda mucho la realización deslustrada de Pilar Miró de una adaptación con doble número de actos que la pieza original, en la que a veces se deslizan encuadres descuidados y sin sentido, desarrollada en un escenario en el que, como buen café que debería representar, se echan de menos unas cuantas mesas más, porque con apenas media docena y otros tantos parroquianos el negocio debía tener la quiebra asegurada.

El reparto está bien, con Arredondo aprovechando dentro de lo que cabía a sus capacidades la oportunidad de protagonizar un dramático y Ana María Vidal siempre convincente, aunque es el fenomenal José María Caffarel quien una vez más se hace con las riendas cada vez que hace acto de presencia. En pocas palabras, un Estudio 1 que no llega a ser aburrido pero tampoco especialmente atractivo, lastrado por el sermoneo buenista y un poco insulso marca de la casa Armiñán.
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