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Open House

Drama La joven Mitsuwa trabaja para una agencia de modelos aunque en realidad detesta su trabajo. Los recuerdos de una infancia traumática la han convertido en una persona solitaria y con dificultad para comunicarse. Por otra parte su vecina Yuiko está intentando superar su reciente divorcio pero es incapaz de escapar del pasado. Una noche Tomonori, un chico sin empleo ni hogar, ayuda a Mitsuwa tras resultar herida en una pelea con una ... [+]
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6
7 de agosto de 2026 Sé el primero en valorar esta crítica
Un momento significativo entre la colección de relatos "Open House" se da cuando el joven Tomonori contempla la ciudad envuelta en las primeras luces del alba. Su novia, a su lado, la observa en silencio total.
Hitonari Tsuji describe de forma simple pero conmovedora la importancia de ese silencio compartido. En la quietud, mutismo y distancia es cuando los seres más se compenetran, el dolor y los sentimientos surgen, habla el alma sin decir nada.

Para el autor estos individuos son como los edificios, alejados pero juntos, compartiendo el mismo espacio, conscientes unos de la presencia de los otros, y sin avanzar, inmóviles, perpetuos. Y así lo plasma Isao Yukisada en el que fuera su debut como director después de mucho aprender junto a Shunji Iwai y Kaizo Hayashi, una obra con la que empezó a hacerse notar en varios festivales pero que, por problemas en la producción y distribución, no llegaría a ver la luz hasta seis años después, y de la que dijo "Al verla ahora se siente como un diamante en bruto, sin pulir; no brilla, pero si se observa con atención posee una agradable transparencia".
No se puede calificar su ópera prima de joya, aunque sí de un interesante ejercicio que coge el drama de Tsuji, dividido en historias protagonizadas por diversos personajes, y lo une en un gran drama dentro de un ambiente urbano que se mueve entre lo estéril y lo melancólico, bañado por una luz siempre intensa, penetrante, gracias a la fotografía de Noboru Shinoda, colaborador de Iwai. Su sombra está por todas partes, pero Yukisada también intenta trazar su propio camino. Ahora el protagonismo se lo reparten dos parejas, dos mujeres y dos hombres.

Nada más empezar la película los cuatro se encuentran, aunque el guión une a personajes que no lo hacían en las páginas. Así, la modelo Eihi Shina (poco antes de saltar a la fama mundial gracias a "Audition") se mete en la piel de Mitsuwa, que sería un álter-ego sombrío, y la que se pone en el lugar de la novia de Tomonori (Daijiro Kawaoka), quien la ayuda tras pelearse con otra modelo que le ha quitado un trabajo importante. Claro, aquí no son pareja, sus vidas coinciden esa noche lluviosa, y nos tenemos que creer que, al día siguiente, ella no sólo reacciona como si nada cuando ve al chaval en su casa, sino que además se va y deja que él se quede (¿y cómo llegaron?, si ella estaba inconsciente...es igual).
Si hacemos un esfuerzo por aceptar este sinsentido tal vez nos podamos meter en las vidas de estos típicos personajes de comportamientos y personalidad obtsusos cuya existencia es un vacío en un.día a día sin rumbo fijo. Hay paralelismos con los de Kar-Wai Wong, pero éste les dotaba de coloridos detalles; la atmósfera de Yukisada es más cercana a la de Iwai, Shinji Aoyama o Kiyoshi Kurosawa, estancada en el silencio, la monotonía, la desnudez y el intimismo. Productos del Japón de la época, donde la economía y la vida laboral están hundidas, Mitsuwa y Tomonori no pueden encontrar un lugar.

Ni física ni emocionalmente. Pero Yukisada no profundiza en Tomonori con tanto detalle como en el libro, así que nada sabremos sobre la mala relación con su padre y la enfermedad mental de su madre; es sólo un parásito que amablemente ocupa la vida de Mitsuwa, y ella le acepta, como él al perro, también abandonado. Todos han pasado por traumas, abandonos, y son incapaces de desprenderse de ese pasado. Tratada de manera mucho menos interesante está la parte de Yuiko, convertida en vecina de Mitsuwa; su historia se presenta a medias, sin la intervención de su marido, de quien se acaba de divorciar y al que es incapaz de olvidar.
Kaho Minami no necesita esforzarse para demostrar su gran talento para el drama, pero al faltar a la trama algunos pedazos parece incompleta; con Yuiko, pese a su difícil personalidad, es más fácil empatizar, pero no ayudan la aparición periódica de un amigo suyo (Takehiro Murata), obsesionado con ella, que es más irritante que otra cosa, y narrar su historia al mismo tiempo que la de Mitsuwa ralentiza el ritmo en ambas, sobre todo porque no se compenetran. Shigemitsu Ogi, el único nexo entre las dos, es otro personaje masculino difuminado, como Tomonori.

Aquí son las mujeres las que realmente tienen la atención del guión, aunque en general los personajes obedezcan más a las reglas del melodrama, incomprensibles la mayoría de veces, que a comportamientos realistas.
La sensibilidad de Yukisada da un importante significado a cada silencio y penetra en su psique dando pie a momentos de una poderosa carga onírica. Pero su narrativa no es coherente, resulta completamente anticlimática y ciertas ideas, como la intervención de esa niña que vemos de cuando en cuando, no están bien aprovechadas (es horrible lo que al final se hace con ella...).
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spoiler:
Es horrible lo que se hace con el personaje de la niña, pues al principio se supone que es un personaje metafórico, el recuerdo de la infancia de Mitsuwa, atrapada en esa casa de por vida...
pero luego resulta que no, que es un personaje real, una niña cualquiera que, como ella, tiene problemas con su familia.

Esta es otra historia de los relatos originales que se podría haber tratado mejor en la película.
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