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Pánico (Hush)

Terror. Thriller. Intriga Cansado e irritable, Zakes Abbott conduce por la autopista con su novia, Beth, durmiendo a su lado. Hasta que tiene un incidente con una camioneta blanca...
Críticas 22
Críticas ordenadas por utilidad
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6
21 de julio de 2009
31 de 45 usuarios han encontrado esta crítica útil
Arranca mostrándonos a una pareja viajando en un BMW en una noche lluviosa por una autopista inglesa y mediante la conversación que oímos entre ellos, se nos hace saber que él se dedica a reponer afiches por las estaciones de servicio, como medio de vida mientras le viene la inspiración para escribir una novela que es su meta ansiada y soñada y que ella le acompaña en esa noche con la intención de poner fin a la relación , ya que esta liada con un amigo de la pareja y parece ser está esperando el momento adecuado y buscando una coartada moral para soltárselo, sin acabar de decidirse.
En un momento de impasse de sus discusiones ella echa una cabezada, durante la cual debido a una maniobra rara que hace con el coche cuando busca el termo por el suelo del vehículo, es adelantado bruscamente por un camión blanco, maniobra en la que al ponerse el camión delante, vislumbra en un flash y debido a que la puerta corredera de acceso al remolque se abre y vuelve a cerrar rápidamente, a una mujer encerrada en una jaula pidiendo auxilio.
Todo esto a modo de presentación durante los primeros minutos de metraje, a partir de aquí tenemos una entretenida y más que digna película de terror (sin concesiones sobrenaturales), opera prima del inglés Mark Tonderai, con unos desconocidos actores (para mí) que desarrollan un convincente trabajo, una banda sonora eficaz que remarca de manera notable la acción (sin estridencias y con una ejecución que recuerda a Bernard Hermann en sus composiciones para Hitchcok), una fotografía sumamente efectiva tanto en las escenas lluviosas como en los estallidos lumínicos que forman parte esencial de la trama (estaciones de servicio y traca final), un guion con algún que otro medido y efectivo giro (aquí recomendaría lo de la regla núm. 1 para disfrutar una película de estas características: “No ir de listillo y dejarse llevar, sin buscarle tres pies al gato”) y una ejecución y desarrollo que la hacen digna de figurar en una lista de buenas películas de parecido eje argumental, a saber: “El diablo sobre ruedas 1971” de Steven Spielberg, “Desaparecida 1988” de George Sluizer, “Breakdown 1997“ de Jonathan Mostow , “Nunca juegues con extraños 2001” de John Dahl y la australiana “Wolf Creek 2005” de Greg McLean (ordenadas por año de rodaje y evidentes similitudes).
Por último, señalar que cuenta con un recio, seco y contundente final, redondeado con la escena inmediatamente precedente a los títulos de crédito finales que la hacen subir bastantes enteros en mi apreciación.
5
1 de marzo de 2010
22 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una cinta que si bien no propone nada nuevo, al menos lo que ofrece es absorbente e inquietante.

Tiene licencias, porque hay situaciones que por allí fuerzan un tanto el sentido común. Pero las mismas no tratan al espectador de idiota y son las normales que suelen aparecer en una película de esta naturaleza.

El filme me hizo recordar a “Joy Ride”, una digna cinta de serie B sobre un psicópata de la ruta que en esa ocasión andaba a la caza de unos adolescentes. También recuerda a “Duel”, la asfixiante ópera prima de Steven Spielberg.

Aquí se trata de un joven que va conduciendo por la carretera junto a su novia, cuando de repente ve algo raro en la parte de atrás de un camión: una mujer desnuda va encerrada dentro de una jaula.

A partir de allí se presenta una tensa road movie donde el inmiscuirse en los problemas ajenos será el motivo que da vida al conflicto de este thriller de terror sobre un maniaco del asfalto que trafica con seres humanos.

Es una obra respetable, que entretiene y nos brinda una hora y media de sobresaltos. Pero claro que el argumento está pensado para ser un pasatiempo, por eso no tiene mucho desarrollo de personajes ni tampoco se preocupa por brindar demasiadas explicaciones al por qué de las situaciones que se presentan.

Eso sí, es un filme intenso que presenta de vez en cuando algunos giros sorpresas como para asombrar a los espectadores. Y mínimamente la propuesta es potable si es analizada desde los objetivos que busca lograr en la platea.

Es una película de bajo presupuesto, donde vemos caras desconocidas dentro del ambiente artístico. Pero gracias a ello por allí se gana en realismo, pues las actuaciones son convincentes y espontáneas, además de que la nerviosa utilización de cámaras en mano también contribuye a generar la óptima sensación de caos para una cinta de esta naturaleza.

Aprobada si lo que se busca es una película repleta de nervio y de frenetismo. Más aún si uno disfruta de esas cintas en donde un psicópata, una carretera y algunas paradas transitorias tienen mucha importancia en la trama.
7
9 de abril de 2022
9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
En 1971, con su ópera prima “Duel” (la traducción castellana de “El Diablo Sobre Ruedas” es un spoiler malo que pretende encasillar esta obra maestra en el género del terror, y de esto habría que hablar mucho), Steven Spielberg marcó el punto de partida de una carrera de fondo (valga la redundancia), en la que, de un tronco común, han salido diversas ramas que han ido “flirteando” con diversas temáticas, dibujando así un interesante árbol genealógico de lo que conocemos como “road movies”.

De hecho, ¿por qué no leer en sus raíces los duelos y las persecuciones a caballo de las que tantas veces hemos sido testigos en los “westerns”? ¿a caso no es también un duelo lo que libran Zakes Abbot (muy decentemente interpretado por William Ash) y el psicópata de turno (Andreas Wisniewski), quien, a pesar de a penas vérsele la jeta, sabe personificar a un mal de esos que dan auténtico “yuyu”? Cambien la carcasa narrativa de esta díada, y sustitúyanla por el vaquero o pistolero que montado sobre su corcel blanco o pinto va tras el salvaje apache o el bandolero que ha secuestrado a la hija o a la mujer del sheriff, llevándola a su guarida. Tampoco habría estado tan mal una persecución a caballo tras una carreta, que hubiese reemplazado el “old fashioned” BMW de los protagonistas, y el destartalado camión-jaula (sarcástica simbología del transporte de ovejos, cerdos o gallinas, lo que ustedes quieran, al matadero).

Sin embargo, también en su ópera prima 37 años después, el novicio Mark Tonderai hace su versionado de “far-west”, o “road movie”, tiznada de horror (igual sólo para despistar), rindiendo un homenaje al referente de esta casta fílmica, con ese ingrediente base del careo, del enfrentamiento entre un héroe sin demasiados recursos que se las tiene que haber con un clan de perversos villanos, que se ceban sobre inocentes e indefensas damas.

Ello podría sonar a tópico del llamado heteropatriarcado según los del “mainstream”. Pero el caso es que nos pintan a una chavala, compañera del prota, algo despeinada, que no tiene ninguna intención de seguir con el amorío. Y no tiene reparos en dar a entender que se ha treginado a otro, y en usar el pretexto más chorra que se le podía ocurrir a Tonderai en el redactado del guión, para decirle sin más al maromo que ahí había terminado la cosa. Eso sí, te dejo y te lo suelto zampándome tus galletas.

Pero Zakes pasa por alto el afeo, y nada más ser consciente de que su compañera (o técnicamente ya “ex”, como se mire) ha caído en garras del malo, decide ir en pos de ellos para salvar, no sólo a la chica, sinó también su mancillado honor: eso de que le dejen por otro siempre suscita sentimientos de inferioridad y de culpa que requieren ser tratados con una prueba de coraje y de valentía: trasladable al argumento de la de pistoleros, y en sustrato más hondo, al mito del caballero andante que acude a rescatar a la princesa agarrada por el dragón, al que persigue hasta su guarida (generalmente una caverna).

Esta línea diverge del clásico “road” de terror “spielbergiano” que alabábamos al principio, y del que beben otros como “Nunca Juegues con Extraños” (2001), “Sin testigos” (1993)… en los que el demente criminal acecha a sus víctimas en una incesante carrera, ya sea persiguiéndolos desde fuera, o a suerte de rapto; así como tampoco se corresponde con “roads” en las que el principal es quien persigue a los villanos para consumar una venganza, como sucede en “Sin Aliento” (2004), o las ya de corte surrealista y futurista que siguieron a la prima de la saga “Mad Max” (1979).

El arquetipo subyacente en el personaje de William Ash es, sin duda alguna, el del caballero andante. A diferencia de las yanquies, se nota en esta producción británica el mayor nivel de pedigrí dramático que los actores imprimen en sus papeles, las veces es cierto que de forma excesiva, demasiado teatral, sobretodo la Bottomley (Beth, en la película), que no aguanta el pulso de los giros en extremo forzados del guión, que en momentos chirría más que los neumáticos de los destartalados vehículos de los principales.

En esta subespecie de “road”, los coches no son los que encarnan en sí una personalidad por encima de la identidad anónima de sus ocupantes: en otras historias parejas, sobretodo las del otro lado del “Charco”, lucen “Mustangs”, camionazos de lujo, “ferraris”, “porsches”… en “Pánico” parece que hayan sacado los autos de la chatarrería, y son los rostros de los personajes los que definen el proceso de identificación del espectador (a excepción del psicópata, al que veremos siempre con la cara oculta o tapada).

El perfil de William Ash como "campeón de torneo" no se corresponde ni mucho menos al del Lancelot (Robert Taylor), en “Los Caballeros del Rey Arturo” (1953): gallardo, resoluto y con las ideas más que claras en lo que respecta a su cometido. En “Pánico (Hush)”, más bien aparece esa figura endeble, tragicómica, de una personalidad que evoluciona desde lo pusilánime, miedoso e indeciso, a alguien capaz de enfrentarse lo suficientemente a sí mismo como para pelear y derrotar a su adversario, después de un periplo de desventuras que no auguran nada bueno para su destino final (véase “El Caballero Verde”, de Stephen Weeks; 1984).

Un esquema de leyenda artúrica en la que podemos perfectamente identificar el rol de cada cuál, teniendo en cuenta, como ya dije más arriba, que en algun caso ese papel no está demasiado claro, o, mejor dicho, ni bien dibujado en el script, ni interpretado con gracia (Christine Bottomley).

Uno de los aspectos que más me encantó de la fotografía de Philipp Blaubach, es el juego de luces en carretera durante la primera escena: combinación de esta claridad entre amarillenta y verdosa, que rodea el set del interior del vehículo guiado por Zakes, en una típica lluviosa noche inglesa. Esta primera parte en la que se narra la situación de tensión y crisis en la relación de los dos jóvenes protagonistas,
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
y que me hace recordar con nostalgia mis viajes recurrentes a Liverpool antes de la dichosa plandemia, volviendo con un amigo músico de su actuación con una Orquesta Sinfónica, en otra ciudad del norte del país: volante a la derecha, carril de lentos a la izquierda, y la sucesión de resplandores de los puntos de luz de la vía a través del incesante compás del limpiaparabrisas que achicaba el agua de la llovizna.

Dentro de ese tan extraño y enigmático como mágico entorno, Tonderai consigue crear en la primera secuencia de planos, en el interior del vehículo, un cálido y privado ambiente, una especie de burbuja de confort de la que serán sacados los dos jóvenes en breve.

Penumbroso ambiente, que mantiene su carácter incluso en las partes más alumbradas de la estación de servicio en la que paran (y donde será secuestrada Beth), bajo una frío e inerte fulgor que va moviéndose entre claros y oscuros (éstos más predominantes), acaba dándole este morboso aire a un encuadre en el que habrá momentos en los que un exceso de oscuridad pondrá nervioso(a) a más de un espectador o espectadora. Algo intencionado para mantener activa la atención de la audiencia, aunque realmente molesto para figurar lo que sucede en varios momentos cruciales del desarrollo de la acción.

La banda sonora de Theo Green no es de lo exquisito (ni mucho menos) que habría aportado una partitura de Miklós Rózsa, de Bernard Hermann o de John Williams para la ocasión. Cumple muy discretamente su papel sin destacar nada especial, más que querer asegurar la debida tensión dramática.

Los diálogos, excepto en la primera escena en el coche, no tienen casi ninguna relevancia ni trascendencia, de modo que la acción y todo el aparato técnico son los encargados de trenzar el corpus lingüístico de los actos central y final. Por sí solo, el montaje se encarga de cubrir la casi ausencia de conversaciones entre los personajes, y toda interacción entre ellos, a excepción de la breve escena en la casa donde Zacks pide auxilio, está marcada por el código del comportamiento de los intervenientes en la escena, y acentuado por su carácter emocional.

El ritmo de los acontecimientos hace marchar la acción casi por si sóla en los actos central y resolutivo, en los que asistimos a esta paulatina transformación de Zakes, resuelto ya no a huír de una retahíla de peligros y de contratiempos que acechan, sinó a desembarazarse del origen de todos ellos: el tipo que se ha llevado a Beth.

El montaje, sin demasiadas fisuras, da cuenta de acompañarnos en todo momento desde la primera persona del protagonista, quien acaba llegando a la mismísima guarida del chalado asesino. Allí, donde el esecenario no nos define demasiado diáfanamente la clase de cheringuito que se tienen montado, el discurso, ya alejado de todo paralelismo con el duelo o la huída sobre ruedas ante un depredador de la carretera, pasa a una escena de rescate, propia de “Rambo” o de “Desaparecido en combate”, aunque sin tantos personajes ni parefernalia de fuegos artificiales.

Zakes acaba por encontrar a Beth, i va tan decidido a por el siniestro camionero, que le deja las llaves para que se suelte ella misma (como diciéndole “ya eres mayorcita, espabila que tengo trabajo”), y empieza su juego gato-ratón con el bellaco, y se las apañará para hacerle caer el peso, no el de su mala folla, ni mucho menos el de la justicia, sinó el de un contenedor industrial que pendía de una grúa que “oportunamente” forma parte de la guisa de chatarrería que es la finca donde se mantenían aprisionadas las mujeres abducidas.

Misión cumplida: el héroe y la princesa conseguirán volver de picos pardos bajo la claridad de la madrugada, como hacen los buenos fiesteros en salir de la disco, dejando atrás todo el desbarajuste de la fiesta que se han montado, y que otros se encarguen de limpiar el pifostio. Sólo habría faltado por allí cerca un tenderete donde hacerse un buen chocolate con churros para pasar mejor la resaca del día siguiente.
3
13 de enero de 2012
16 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
... además de poco creíble. Empezando por la actitud del protagonista, que hace todo lo que nadie haría (el chico parece tonto).
La peli tiene todos los tópicos del cine de terror:
-malo sin rostro (éste tapado con una capucha), que camina parsimoniosamente
-se me acaba la batería del móvil
-el coche no arranca

En fin, que está todo visto y no vale la pena perder el tiempo con esta peli
El único momento de tensión que salvo es el de la escena de los lavabos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Especialmente patética es la escena en que el prota está clavado al suelo, y luchando contra una tía armada con una pala, es capaz de agarrarle la pala, sacarse el clavo y cargarse a la mala.
7
5 de enero de 2011
12 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Hush” es la película resultado de un largo trabajo entre su director, el polifacético Mark Tonderai (escritor, director, productor…) y su mujer, Zoe Stewart (productora). Entre ambos dieron forma a la historia y finalmente él firma la dirección y el guión de la obra mientras ella la produce.

La película, una trepidante “road movie” nos cuenta la historia de una pareja que no vive su mejor momento. Vagan por la carretera de estación de servicio a estación de servicio para que él ejecute su trabajo, poner carteles publicitarios en baños y lugares públicos del área.
En mitad de uno de estos viajes de trabajo, en plena noche, ven algo excepcional, la persiana trasera del camión tras el que viajan se abre un momento y vislumbran una mujer atrapada en su interior, pidiendo socorro. Inseguros de su visión y en absoluto de acuerdo sobre cómo actuar la pareja comienza a discutir, hasta su siguiente parada… allí sus peores sospechas se harán realidad, y será ella la próxima habitante del remolque de ese camión siniestro. Su novio no tendrá otra opción que perseguirlo y luchar por la vida de su amada…

La película, pese a su aparentemente tópico argumento, hace disfrutar al espectador de innumerables sorpresas, lo conduce hasta mil situaciones en las que su guión gira ofreciendo lo opuesto a lo que la audiencia espera. Detalles como este hacen que una película de estilo, que bien podía haber resultado de los más vulgar, acabe haciéndose bien amena, entretenida y a ratos trepidante.

La simpática e incansable actuación de su protagonista, los cuidados aspectos técnicos y el mantenimiento de un ritmo nunca moribundo consiguen que su metraje se haga efímero y que esta carrera contra el tiempo pase en un suspiro dejando una buena sensación en la platea.

Bien es cierto que esta buena impresión es efímera, y que “Hush” no será un clásico eternamente recordado, pero no se le puede negar que su función de entretenimiento la consigue, y con nota, sin recaer en estupideces ni excesivos tópicos como ocurre en las películas “adolescentes” de terror que pueblan nuestras pantallas en los últimos años, sino jugando a lo contrario.

En conclusión, un cuidado thriller de persecuciones, asesinos en serie sin rostro, amor y carretera, eterna noche y carretera… para pasar un buen rato sufriendo con su protagonista. Recomendable.
Enoch
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