The Chasers
10 de abril de 2022
10 de abril de 2022
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De no ser anterior a ellas, Jakten (1959) podría verse como un cruce entre Jules et Jim (Truffaut, 1962) y La caza (Saura, 1966) en la medida en que en ambas el paisaje romántico –en sentido byroniano- aflora la cinegética de los comportamiento humanos.
El argumento aborda la sempiterna historia del triángulo, y también del triolismo, amoroso en un juego de amagos, complicidades y simbolismo (con el arte de la caza) que entreveran la ambigua fragilidad de sentimientos, en principio, tan consistentes como el amor, la amistad o la maternidad y las elecciones al respecto.
Nada nuevo, pero quizá lo más interesante estriba en la propuesta formal de la narración con una puesta en escena que en 1959 está ya en el espíritu de las nuevas olas, así los personajes alternan conversación y monólogo interior, se dirigen al espectador, son interrogados por un narrador que a modo de actor exterior rompe la cuarta pared, la narración muda o elementos pirandellianos y brechtianos con espectadores que irrumpen en el plano e interrogan sobre cuestiones de la trama.
También el expresionismo, como manifestación subjetiva de las emociones de los personajes, está presente, objetivado a través del naturalismo poderoso del paisaje, el páramo ambiguo, lleno de vida y de muerte, que transfigura y presagia los impulsos de la triada protagonista en su doble registro de amantes y cazadores. Expresividad verbalizada en la reflexión final de la protagonista contemplando el agua como un espejo en el que uno se ve nítido, pero en el que no ve las corrientes que subyacen. La superficie es la de la imagen que ofrecemos con decisiones responsables, la profundidad es la fuerza de la vida en la que uno se reconoce viviente y humano.
Cine nórdico, pausado, reflexivo, contemplativo, pero con aires de Losey, de Resnais, de Truffaut (y con algún elemento de inspiración o préstamo bergmaniano).
El argumento aborda la sempiterna historia del triángulo, y también del triolismo, amoroso en un juego de amagos, complicidades y simbolismo (con el arte de la caza) que entreveran la ambigua fragilidad de sentimientos, en principio, tan consistentes como el amor, la amistad o la maternidad y las elecciones al respecto.
Nada nuevo, pero quizá lo más interesante estriba en la propuesta formal de la narración con una puesta en escena que en 1959 está ya en el espíritu de las nuevas olas, así los personajes alternan conversación y monólogo interior, se dirigen al espectador, son interrogados por un narrador que a modo de actor exterior rompe la cuarta pared, la narración muda o elementos pirandellianos y brechtianos con espectadores que irrumpen en el plano e interrogan sobre cuestiones de la trama.
También el expresionismo, como manifestación subjetiva de las emociones de los personajes, está presente, objetivado a través del naturalismo poderoso del paisaje, el páramo ambiguo, lleno de vida y de muerte, que transfigura y presagia los impulsos de la triada protagonista en su doble registro de amantes y cazadores. Expresividad verbalizada en la reflexión final de la protagonista contemplando el agua como un espejo en el que uno se ve nítido, pero en el que no ve las corrientes que subyacen. La superficie es la de la imagen que ofrecemos con decisiones responsables, la profundidad es la fuerza de la vida en la que uno se reconoce viviente y humano.
Cine nórdico, pausado, reflexivo, contemplativo, pero con aires de Losey, de Resnais, de Truffaut (y con algún elemento de inspiración o préstamo bergmaniano).
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