Toothfairy 3
19 de noviembre de 2022
19 de noviembre de 2022
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Louisa Warren vuelve a la carga con una tercera entrega de su personaje estrella, «Toothfairy», en una producción que, con diferencia, es la peor de las que llevamos hasta la fecha. Su inicialmente incierta, pero visto lo visto, ahora clara intención de generar un rosario de secuelas, a ver si el hada de marras se hace más famosa que Michael Mayers, está dejando el pabellón del cine «brit» de terror bajo el nivel del mar, por no decir más abajo que el averno de donde hace resucitar de nuevo a la cada vez más horriblemente caracterizada hechicera de las golosinas.
Y espérense porque aguarda una cuarta parte con la que el dichoso engendro habrá sobrevivido (¿habrá sido éste su empeño?) a la mismísima reina de Inglaterra (más de uno o una habrá encontrado algún parecido entre ambas).
No fue suficiente con dos cintas que, ente malas y flojas, dejaron constancia de que, por lo menos en esta saga, nuestra joven realizadora no tenía demasiadas luces para dirigir el puente de mando de unos guiones de por sí faltos de imaginación, claridad de ideas y creatividad. Tom Jolliffe, autor de los dos últimos, y sucesor en la faena de Tom Critch y Shannon Holyday, que teclearon el primero a cuatro manos, pone el piloto automático a una insulsa trama que pincha como mierda en palo.
Si en «Tooth Fairy 2» (2020) observamos un ligero repunte en esmero e interés por elaborar algo decente, incluido el guiño final al maestro Alfred Hitchcok, y con la presencia y trabajo del guapo Jake Watkins, en la última visita del cutre monstruo se juntan el hambre con las ganas de comer: un bajísimo presupuesto que canta por soleares, junto a una franca desídia en la producción, tanto técnica como artística, hacen merecedoras de once óscar a las más infumables piezas del terror de serie B que nos hayamos tragado, de décadas para acá. Y la ocurrencia de ITN, de estrenar esta patochada en Youtube (después se arrepintieron y la retiraron temporalmente, pero el mal ya estaba hecho…), para colmo de la cutrez, ya nos puede dar idea del calibre de baja calidad, en todos los sentidos, al que asistimos, y que carece hasta de la función más básica del entretenimiento. Por no molestarse, hasta ni sustos baratos le ponen para despertar del sopor a los sufridos espectadores, y la tacañería se luce en el total y absoluto escatimo de sangre y casquería, de modo que lo poco que se ve parecen restos de pintalabios rosado del barato que les aplican a los actores dándoles besos.
Ignoro si tuvieron la osadía de presentarse en algún festival de cine, pero cualquiera de cara y ojos que preciase su reputación, se abstendría de proyectar un suspenso de trabajo de primer cuadrimestre de carrera.
No todo son desatinos, pues la fotografía de Peter Panoa (quizás no tan mérito suyo, sino de lo que ya la tecnología trae consigo de serie) posee un mínimo de categoría en color y textura. No hablaremos tan bién de los planos y las secuencias, así como del pésimo trabajo de edición en la fase de montaje. Pero es que ya partimos de un serio problema en el que ninguna cinta de terror debería encontrarse: la mayoría de escenas, incluso aquellas en las que ataca nuestro fantoche para explayarse con el «slasheo» de los desprevenidos y confiados personajes que caen en sus garras, son diurnas, a plena luz del día (que tela en Inglaterra donde es tan difícil encontrar remansos en los que poder pasar una jornada entera bajo el resplandor del sol). ¿Será que ya no les quedaría guita para pagar las facturas de la compañía eléctrica? Despojar a una película de terror del encanto nocturno, es como querer vender turrón sin almendras, que haberlos, hay los, pero eso no son turrones de verdad.
La música de Josh Reichental es tan ínfima y vaporosa, que tiempo después de haber visto la película, uno ni se acuerda de si realmente tenía partitura. Por lo menos una digna de poderse disfrutar escuchando aparte.
La pésima caracterización de los personajes es otro gran dislate de este filme, en el que se nos representa a unos jóvenes, supuestamente adolescentes, con actores que de largo pasan los treinta. No es el único caso en el que la disonancia entre la madura apariencia de los protagonistas y la edad de aquellos a los que interpretan no pasa precisamente con disimulo; y en «Tooth Fairy 3», el abismo es tan exagerado, que sitúa la credibilidad del contexto a cotas inferiores a lo cochambroso.
Los únicos roles que quedan algo trabajados, son los de las figuras de Corey (Andrew Rolfe) y su hija Sally (Annie Knox), quienes todavía imprimen algo de relieve dramático a una historia que no tiene ningún elemento que aporte tensión ni interés. El resto queda relegado a una función ornamental, con diálogos vacíos, hasta el punto que los árboles del bosque en los que se desarrolla un confuso y disparatado desenlace, tienen más entidad y sentido. Sólo están para que el monigote que representa ser la terrorífica hada (tiene de todo menos este atributo), se los vaya cargando uno a uno, como único recurso para rellenar uno de los guiones más huecos que se haya podido nunca escribir.
Sin ser actores conocidos del gran público, ni mucho menos, Rolfe y Knox aguantan todo el metraje con pinzas, pero poco pueden hacer con lo que contiene el «script».
Con la bruja esa se cubrieron de gloria: lo más parecido a un saco teñido de negro sobre un perchero que, en sus movimientos, se asemeja a un caballito con ruedas que debían sacar de un polvoriento desván, de entre los juguetes de los abuelos. Cualquier disfraz de «halloween» de esos que venden en los bazares chinos habría dado más el pego que los sarnosos atuendos con los que visten a un ente que supuestamente tiene que dar miedo, en vez de la risa que inevitablemente despertará en cualquier espectador cuerdo. Realmente, el boceto para crear a nuestro fantoche se quedó desgraciadamente en el cartel, pues ya no debían quedar más esterlinas en las tarjetas de crédito para pagar a los diseñadores de arte.
Y espérense porque aguarda una cuarta parte con la que el dichoso engendro habrá sobrevivido (¿habrá sido éste su empeño?) a la mismísima reina de Inglaterra (más de uno o una habrá encontrado algún parecido entre ambas).
No fue suficiente con dos cintas que, ente malas y flojas, dejaron constancia de que, por lo menos en esta saga, nuestra joven realizadora no tenía demasiadas luces para dirigir el puente de mando de unos guiones de por sí faltos de imaginación, claridad de ideas y creatividad. Tom Jolliffe, autor de los dos últimos, y sucesor en la faena de Tom Critch y Shannon Holyday, que teclearon el primero a cuatro manos, pone el piloto automático a una insulsa trama que pincha como mierda en palo.
Si en «Tooth Fairy 2» (2020) observamos un ligero repunte en esmero e interés por elaborar algo decente, incluido el guiño final al maestro Alfred Hitchcok, y con la presencia y trabajo del guapo Jake Watkins, en la última visita del cutre monstruo se juntan el hambre con las ganas de comer: un bajísimo presupuesto que canta por soleares, junto a una franca desídia en la producción, tanto técnica como artística, hacen merecedoras de once óscar a las más infumables piezas del terror de serie B que nos hayamos tragado, de décadas para acá. Y la ocurrencia de ITN, de estrenar esta patochada en Youtube (después se arrepintieron y la retiraron temporalmente, pero el mal ya estaba hecho…), para colmo de la cutrez, ya nos puede dar idea del calibre de baja calidad, en todos los sentidos, al que asistimos, y que carece hasta de la función más básica del entretenimiento. Por no molestarse, hasta ni sustos baratos le ponen para despertar del sopor a los sufridos espectadores, y la tacañería se luce en el total y absoluto escatimo de sangre y casquería, de modo que lo poco que se ve parecen restos de pintalabios rosado del barato que les aplican a los actores dándoles besos.
Ignoro si tuvieron la osadía de presentarse en algún festival de cine, pero cualquiera de cara y ojos que preciase su reputación, se abstendría de proyectar un suspenso de trabajo de primer cuadrimestre de carrera.
No todo son desatinos, pues la fotografía de Peter Panoa (quizás no tan mérito suyo, sino de lo que ya la tecnología trae consigo de serie) posee un mínimo de categoría en color y textura. No hablaremos tan bién de los planos y las secuencias, así como del pésimo trabajo de edición en la fase de montaje. Pero es que ya partimos de un serio problema en el que ninguna cinta de terror debería encontrarse: la mayoría de escenas, incluso aquellas en las que ataca nuestro fantoche para explayarse con el «slasheo» de los desprevenidos y confiados personajes que caen en sus garras, son diurnas, a plena luz del día (que tela en Inglaterra donde es tan difícil encontrar remansos en los que poder pasar una jornada entera bajo el resplandor del sol). ¿Será que ya no les quedaría guita para pagar las facturas de la compañía eléctrica? Despojar a una película de terror del encanto nocturno, es como querer vender turrón sin almendras, que haberlos, hay los, pero eso no son turrones de verdad.
La música de Josh Reichental es tan ínfima y vaporosa, que tiempo después de haber visto la película, uno ni se acuerda de si realmente tenía partitura. Por lo menos una digna de poderse disfrutar escuchando aparte.
La pésima caracterización de los personajes es otro gran dislate de este filme, en el que se nos representa a unos jóvenes, supuestamente adolescentes, con actores que de largo pasan los treinta. No es el único caso en el que la disonancia entre la madura apariencia de los protagonistas y la edad de aquellos a los que interpretan no pasa precisamente con disimulo; y en «Tooth Fairy 3», el abismo es tan exagerado, que sitúa la credibilidad del contexto a cotas inferiores a lo cochambroso.
Los únicos roles que quedan algo trabajados, son los de las figuras de Corey (Andrew Rolfe) y su hija Sally (Annie Knox), quienes todavía imprimen algo de relieve dramático a una historia que no tiene ningún elemento que aporte tensión ni interés. El resto queda relegado a una función ornamental, con diálogos vacíos, hasta el punto que los árboles del bosque en los que se desarrolla un confuso y disparatado desenlace, tienen más entidad y sentido. Sólo están para que el monigote que representa ser la terrorífica hada (tiene de todo menos este atributo), se los vaya cargando uno a uno, como único recurso para rellenar uno de los guiones más huecos que se haya podido nunca escribir.
Sin ser actores conocidos del gran público, ni mucho menos, Rolfe y Knox aguantan todo el metraje con pinzas, pero poco pueden hacer con lo que contiene el «script».
Con la bruja esa se cubrieron de gloria: lo más parecido a un saco teñido de negro sobre un perchero que, en sus movimientos, se asemeja a un caballito con ruedas que debían sacar de un polvoriento desván, de entre los juguetes de los abuelos. Cualquier disfraz de «halloween» de esos que venden en los bazares chinos habría dado más el pego que los sarnosos atuendos con los que visten a un ente que supuestamente tiene que dar miedo, en vez de la risa que inevitablemente despertará en cualquier espectador cuerdo. Realmente, el boceto para crear a nuestro fantoche se quedó desgraciadamente en el cartel, pues ya no debían quedar más esterlinas en las tarjetas de crédito para pagar a los diseñadores de arte.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
De análoga entidad a la de Papá Noel o el Conejo de Pascua, la creencia en el Hada de los Dientes se remonta a antiguas civilizaciones en las que se desarrollaron mitos alrededor de los dientes de leche que se pierden durante la primera infancia, para que luego crezcan los definitivos. Tal mito ha llegado hasta nuestros días, en los que cuando a un chaval se le cae un diente, le decimos que lo meta bajo la almohada, pues vendrá un «ángel» o el «ratoncito» que se lo llevará, y a cambio dejará un pequeño presente (golosinas, monedas, un juguete… ).
Como se ha hecho en la Historia del Cine con otros cuentos y fábulas populares, Warren quiere exportar al ámbito del terror y de lo macabro, una inocente leyenda infantil, y convertir así al benefactor del imaginario colectivo en un ser maléfico, sediento de sangre y/o almas que llevarse.
Aquí se la ha cargado el tema de la pérdida de los dientes primerizos, en los que se vio una mina temática que explotar. Pero con tan mala gana y gracia, que han desperdiciado la oportunidad de crear una saga que bien pudiera competir con algunas de las más célebres del celuloide.
El armazón narrativo de «Tooth Fairy 3» se compone de la clásica estructura de tres actos, con una introducción, una parte central plana, fofa, y más vacía que un buñuelo de aire, en la que asistimos a la mera eliminación sistemática, uno a uno, de los personajes de reparto, y una tan chapucera como poco creíble conclusión, en la que el penoso montaje inserta «flashes» de los dos anteriores capítulos de la saga, con los que intentar desesperadamente dar sentido a un final que no se habría podido representar peor.
En la presentación tenemos dos partes, que aparentemente no mantienen ninguna relación entre sí: una primera en la que reaparece el libro de invocaciones, con el que dos jóvenes amigas vuelven a traer al inmundo ser del infierno al que se lo había llevado el demonio que conjura Corey al final de la segunda película, para terminar con la pesadilla, y la vieja dentista empieza otra vez a hacer de las suyas arrancando los dientes de las desdichadas, y del padre de una de ellas, que estaba en casa también. Como en las dos precedentes, tenemos un principio que, a pesar de mediocre en todos los aspectos, promete lo que después no será capaz de darnos.
En el segundo segmento, un Corey adulto, con su esposa embarazada, tendrá un incidente en el que ella romperá aguas (o eso parece), para dar a luz a la hija de ambos, Sally. En un ejercicio de elipse mal desarrollado, nos hacen saltar al momento en el que la hija de Corey ya es una joven adolescente, dándonos a duras penas a entender que su madre falleció en el parto, y que ha sido su padre, al que nos sitúan todavía afectado por su pasado, en una consulta psicoterapéutica, el que la ha criado.
Con unos amigos, van a una casa de campo para pasar unos días de vacaciones, y allí, entre pueriles flirteos y poca cosa más, hará sus reapariciones la malvada hada, con un modus operandi parejo al de la anterior andanza, en la que engañaba a los demás, poseyendo o tomando la forma de aquellos a los que había ido despachando.
Para deshacerse de una vez por todas de la harapienta señora, acaban los que quedan ardiendo en la casa, en un fútil intento narrativo de encajarlo o coserlo con el inicio de esta infausta trilogía, y dejando una especie de «cliffhanger» antes de la bajada de telón, en el que vemos a un individuo que no había aparecido en todo el metraje, con el libro de conjuros en sus manos, y hablando con otro por teléfono sin que nada claro pueda adivinarse, sino esperar, como el tiempo ha constatado, una cuarta secuela de la que Louisa Warren tendría que haberse abstenido porque, de seguir así, no le quedará ni un penique para el fijador de dentadura «corega», ni para hacer brindis de sus «éxitos» con los pingüinos, con licor del polo (malo es el chiste, lo reconozco), con el que podría cuidar los dientes que le queden después de esta «última extracción».
Como se ha hecho en la Historia del Cine con otros cuentos y fábulas populares, Warren quiere exportar al ámbito del terror y de lo macabro, una inocente leyenda infantil, y convertir así al benefactor del imaginario colectivo en un ser maléfico, sediento de sangre y/o almas que llevarse.
Aquí se la ha cargado el tema de la pérdida de los dientes primerizos, en los que se vio una mina temática que explotar. Pero con tan mala gana y gracia, que han desperdiciado la oportunidad de crear una saga que bien pudiera competir con algunas de las más célebres del celuloide.
El armazón narrativo de «Tooth Fairy 3» se compone de la clásica estructura de tres actos, con una introducción, una parte central plana, fofa, y más vacía que un buñuelo de aire, en la que asistimos a la mera eliminación sistemática, uno a uno, de los personajes de reparto, y una tan chapucera como poco creíble conclusión, en la que el penoso montaje inserta «flashes» de los dos anteriores capítulos de la saga, con los que intentar desesperadamente dar sentido a un final que no se habría podido representar peor.
En la presentación tenemos dos partes, que aparentemente no mantienen ninguna relación entre sí: una primera en la que reaparece el libro de invocaciones, con el que dos jóvenes amigas vuelven a traer al inmundo ser del infierno al que se lo había llevado el demonio que conjura Corey al final de la segunda película, para terminar con la pesadilla, y la vieja dentista empieza otra vez a hacer de las suyas arrancando los dientes de las desdichadas, y del padre de una de ellas, que estaba en casa también. Como en las dos precedentes, tenemos un principio que, a pesar de mediocre en todos los aspectos, promete lo que después no será capaz de darnos.
En el segundo segmento, un Corey adulto, con su esposa embarazada, tendrá un incidente en el que ella romperá aguas (o eso parece), para dar a luz a la hija de ambos, Sally. En un ejercicio de elipse mal desarrollado, nos hacen saltar al momento en el que la hija de Corey ya es una joven adolescente, dándonos a duras penas a entender que su madre falleció en el parto, y que ha sido su padre, al que nos sitúan todavía afectado por su pasado, en una consulta psicoterapéutica, el que la ha criado.
Con unos amigos, van a una casa de campo para pasar unos días de vacaciones, y allí, entre pueriles flirteos y poca cosa más, hará sus reapariciones la malvada hada, con un modus operandi parejo al de la anterior andanza, en la que engañaba a los demás, poseyendo o tomando la forma de aquellos a los que había ido despachando.
Para deshacerse de una vez por todas de la harapienta señora, acaban los que quedan ardiendo en la casa, en un fútil intento narrativo de encajarlo o coserlo con el inicio de esta infausta trilogía, y dejando una especie de «cliffhanger» antes de la bajada de telón, en el que vemos a un individuo que no había aparecido en todo el metraje, con el libro de conjuros en sus manos, y hablando con otro por teléfono sin que nada claro pueda adivinarse, sino esperar, como el tiempo ha constatado, una cuarta secuela de la que Louisa Warren tendría que haberse abstenido porque, de seguir así, no le quedará ni un penique para el fijador de dentadura «corega», ni para hacer brindis de sus «éxitos» con los pingüinos, con licor del polo (malo es el chiste, lo reconozco), con el que podría cuidar los dientes que le queden después de esta «última extracción».
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