Rito satánico
3.3
84
Terror
Cuenta la historia de Daniel Williamson, un joven de 17 años que debe pasar un verano encerrado en su casa, a causa de un arresto domiciliario. Su madre debe acudir al trabajo y, un día, ocurre un terrible incidente en el lugar, al que le seguirá una terrorífica presencia que aparecerá en la casa. (FILMAFFINITY)
26 de junio de 2026
26 de junio de 2026
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En el cine hay varios relatos de críos pedorros que, al quedarse solos en casa en ausencia de los adultos, se adueñan sin complejos de la soberanía doméstica, la lían parda, y pobre del que, sean cuales sean sus intenciones, se acerque por ahí o intente acceder a la vivienda de la que el infante se ha hecho señor. Así, con cariño, recuerdo a aquel «Daniel el travieso» que hacía volver loco al pobre Walter Matthau en la película que dirigió Nick Castle en 1993. Por no mencionar la saga que hizo famoso a Macaulay Culkin en sus dos primeras entregas de «Solo en casa».
En la que nos ocupa, tenemos a un Daniel que también se queda solo. Pero será su cordura por la que el espectador se irá preguntando durante casi todo el metraje. Si el verano se asocia a diversión, vacaciones y «fiestukis», tal y como ya advierte el título de la cinta, el verano de nuestro Daniel no será oscuro, sino lo siguiente.
Funciona como película sobre el confinamiento, la culpa y la incapacidad del mundo adulto para comprender el terror íntimo de los jóvenes. Al tiempo, se queda corta porque tiene un subtexto y un potencial simbólico de órdago, así como un protagonista con enorme magnetismo, pero no parece desarrollar con suficiente profundidad, ni a los personajes secundarios, ni las implicaciones más oscuras de su dispositivo: arresto domiciliario, control adulto, abandono, obsesión amorosa y presencia sobrenatural.
Nos remite a «100 Feet» (2008), de Eric Red, interpretada por Famke Janssen y Michael Paré. Pero esta tenía una vocación más física, más agresiva, con fantasma violento y pirotecnia doméstica. En cambio, «Dark Summer» es muy superior a ella y a otras del estilo, como «Friend Request» (2016), de Simon Verhoeven, o las dos entregas de «Unfriended» (2014 y 2018, dirigidas por Levan Gabriadze y Stephen Susco, respectivamente).
Nada más empezar, vemos la famosa tobillera como símbolo de la limitación, el control y la aplicación de una sanción cuyo pecado motivador no fui capaz de concretar. Puede intuirse algo relacionado con el «hackeo», los porretes o el alcohol. Pero, como corrosiva ironía, en los créditos iniciales, es como si ya de entrada un sistema podrido dijera: «Te castigo porque no quiero escucharte, no quiero entenderte, y ahí te quedas. Pero no te muevas, estate quietecito».
Huele a crítica feroz del abandono de roles parentales, profesionales, de auténtico cuidado y atención a jóvenes que quedan expuestos a la intemperie de sus dudas, miedos y terrores. Padre y madre ausentes, un menor que toma medicación, y que, como referente adulto, apenas tiene al agente de policía. Un desamparo en toda regla.
Keir Gilchrist aporta una extraña melancolía, mientras que Peter Stormare encarna una autoridad adulta, áspera e institucional. Frente a ellos, Maestro Harrell (Kevin) y Stella Maeve (Abby) actúan como marcas de contexto juvenil. Son presencias funcionales y discretas, sin mucho trasfondo dramático, pero coherentes en una historia que no quiere convertir la red social en un coro expresivo
La casa de Daniel puede leerse como una traducción espacial de su mente. Un interior cerrado, vigilado por pantallas y prohibiciones, que paradójicamente él no dudará en transgredir, principio típico detonador en el terror.
En ese mapa mental, la piscina adquiere un valor semiótico especial. Es donde Daniel parece experimentar una libertad corporal. Sugiere un refugio acuático uterino, una suspensión momentánea del castigo y de la culpa. Pero la irrupción de lo siniestro en este espacio luminoso revela que no hay lugar seguro para él.
El terror no se organiza únicamente como invasión sobrenatural, sino como crisis de límites. Daniel está encerrado en un sistema perceptivo que convierte cada metro cuadrado doméstico en una prolongación de su fractura interior. El relato organiza su conducta: silencio persistente, aislamiento, antecedentes elididos o vaporosos, y una incapacidad casi irritante para pedir ayuda incluso cuando el miedo ya ha desbordado la lógica. La medicación introduce más leña a la doble lectura esencial. La irrupción de lo sobrenatural frente a una percepción rota por la desorganización emocional.
Así se mantiene en un margen resbaladizo. Las heridas que Daniel se inflige bajo el influjo de las visiones, la sensación de un insecto moviéndose bajo la piel... permiten leer el horror como posesión externa, pero también como autolesión, delirio corporal y pérdida progresiva de contacto con una realidad compartida.
La tecnología refuerza esa ambigüedad. Daniel tiene intervenido el acceso a la red por orden policial, pero sus amigos le proporcionan una conexión alternativa. Un gesto de liberación que acaba funcionando como nuevo umbral del terror. El dispositivo abre la vía por la que entran las visiones. Una paradoja amarga: el castigo tecnológico lo encierra, pero la transgresión a este nivel tampoco lo libera. Simplemente cambia la forma de la captura.
Mona (Grace Phipps) es una presencia psíquica que coloniza el mundo de Daniel. La chica muerta ocupa el lugar del deseo, impide el contacto vivo con Abby y transforma la culpa en un sistema ritual que va avanzando poco a poco, incluso cuando los personajes creen estar combatiéndolo. Una figura doble: víctima y agresora, enamorada y bruja, recuerdo traumático y fantasma vengativo. Como caperucita oscura puede quedarse en el plano de la ingenuidad decorativa y la cutrez del maquillaje, pero encaja con una forma de dolor adolescente actuado en la liturgia privada.
En el espejo donde Daniel debería encontrar una imagen reconocible de sí mismo, irrumpe ella. Las grietas traducen la fragmentación de un sujeto incapaz de integrar una imagen coherente. No puede mirarse sin que aparezca «el otro» muerto, ni relacionarse con los vivos sin que Mona contamine esa posibilidad, representando una forma de maternidad mal resuelta, absorbente, indiferenciada, incapaz de mantener la separación entre «yo» y «tú».
En la que nos ocupa, tenemos a un Daniel que también se queda solo. Pero será su cordura por la que el espectador se irá preguntando durante casi todo el metraje. Si el verano se asocia a diversión, vacaciones y «fiestukis», tal y como ya advierte el título de la cinta, el verano de nuestro Daniel no será oscuro, sino lo siguiente.
Funciona como película sobre el confinamiento, la culpa y la incapacidad del mundo adulto para comprender el terror íntimo de los jóvenes. Al tiempo, se queda corta porque tiene un subtexto y un potencial simbólico de órdago, así como un protagonista con enorme magnetismo, pero no parece desarrollar con suficiente profundidad, ni a los personajes secundarios, ni las implicaciones más oscuras de su dispositivo: arresto domiciliario, control adulto, abandono, obsesión amorosa y presencia sobrenatural.
Nos remite a «100 Feet» (2008), de Eric Red, interpretada por Famke Janssen y Michael Paré. Pero esta tenía una vocación más física, más agresiva, con fantasma violento y pirotecnia doméstica. En cambio, «Dark Summer» es muy superior a ella y a otras del estilo, como «Friend Request» (2016), de Simon Verhoeven, o las dos entregas de «Unfriended» (2014 y 2018, dirigidas por Levan Gabriadze y Stephen Susco, respectivamente).
Nada más empezar, vemos la famosa tobillera como símbolo de la limitación, el control y la aplicación de una sanción cuyo pecado motivador no fui capaz de concretar. Puede intuirse algo relacionado con el «hackeo», los porretes o el alcohol. Pero, como corrosiva ironía, en los créditos iniciales, es como si ya de entrada un sistema podrido dijera: «Te castigo porque no quiero escucharte, no quiero entenderte, y ahí te quedas. Pero no te muevas, estate quietecito».
Huele a crítica feroz del abandono de roles parentales, profesionales, de auténtico cuidado y atención a jóvenes que quedan expuestos a la intemperie de sus dudas, miedos y terrores. Padre y madre ausentes, un menor que toma medicación, y que, como referente adulto, apenas tiene al agente de policía. Un desamparo en toda regla.
Keir Gilchrist aporta una extraña melancolía, mientras que Peter Stormare encarna una autoridad adulta, áspera e institucional. Frente a ellos, Maestro Harrell (Kevin) y Stella Maeve (Abby) actúan como marcas de contexto juvenil. Son presencias funcionales y discretas, sin mucho trasfondo dramático, pero coherentes en una historia que no quiere convertir la red social en un coro expresivo
La casa de Daniel puede leerse como una traducción espacial de su mente. Un interior cerrado, vigilado por pantallas y prohibiciones, que paradójicamente él no dudará en transgredir, principio típico detonador en el terror.
En ese mapa mental, la piscina adquiere un valor semiótico especial. Es donde Daniel parece experimentar una libertad corporal. Sugiere un refugio acuático uterino, una suspensión momentánea del castigo y de la culpa. Pero la irrupción de lo siniestro en este espacio luminoso revela que no hay lugar seguro para él.
El terror no se organiza únicamente como invasión sobrenatural, sino como crisis de límites. Daniel está encerrado en un sistema perceptivo que convierte cada metro cuadrado doméstico en una prolongación de su fractura interior. El relato organiza su conducta: silencio persistente, aislamiento, antecedentes elididos o vaporosos, y una incapacidad casi irritante para pedir ayuda incluso cuando el miedo ya ha desbordado la lógica. La medicación introduce más leña a la doble lectura esencial. La irrupción de lo sobrenatural frente a una percepción rota por la desorganización emocional.
Así se mantiene en un margen resbaladizo. Las heridas que Daniel se inflige bajo el influjo de las visiones, la sensación de un insecto moviéndose bajo la piel... permiten leer el horror como posesión externa, pero también como autolesión, delirio corporal y pérdida progresiva de contacto con una realidad compartida.
La tecnología refuerza esa ambigüedad. Daniel tiene intervenido el acceso a la red por orden policial, pero sus amigos le proporcionan una conexión alternativa. Un gesto de liberación que acaba funcionando como nuevo umbral del terror. El dispositivo abre la vía por la que entran las visiones. Una paradoja amarga: el castigo tecnológico lo encierra, pero la transgresión a este nivel tampoco lo libera. Simplemente cambia la forma de la captura.
Mona (Grace Phipps) es una presencia psíquica que coloniza el mundo de Daniel. La chica muerta ocupa el lugar del deseo, impide el contacto vivo con Abby y transforma la culpa en un sistema ritual que va avanzando poco a poco, incluso cuando los personajes creen estar combatiéndolo. Una figura doble: víctima y agresora, enamorada y bruja, recuerdo traumático y fantasma vengativo. Como caperucita oscura puede quedarse en el plano de la ingenuidad decorativa y la cutrez del maquillaje, pero encaja con una forma de dolor adolescente actuado en la liturgia privada.
En el espejo donde Daniel debería encontrar una imagen reconocible de sí mismo, irrumpe ella. Las grietas traducen la fragmentación de un sujeto incapaz de integrar una imagen coherente. No puede mirarse sin que aparezca «el otro» muerto, ni relacionarse con los vivos sin que Mona contamine esa posibilidad, representando una forma de maternidad mal resuelta, absorbente, indiferenciada, incapaz de mantener la separación entre «yo» y «tú».
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Abby abre una posibilidad de vínculo vivo, pero el de Mona es regresivo, mortuorio y mucho más poderoso. El regalo de Abby introduce un contacto con la realidad tangible. Pero su caída y rotura en una secuencia de pesadilla nocturna anticipan que esa vía afectiva tampoco logra detener el avance de Mona ni recomponer el mundo fragmentado del protagonista.
La cámara de Zoran Popovic reconoce el magnetismo de Keir Gilchrist y explota su belleza, pero evita convertirlo en cuerpo pleno. Sus escenas de torso desnudo, en vez de insinuar erotismo, reflejan inscripción traumática. El pecho se vuelve superficie ritual, la piscina refugio uterino contaminado, y la piel lugar donde se escribe la invasión de Mona. Trabaja también con pequeños objetos domésticos. Como el bol de cereales, convertido momentáneamente en carne repulsiva, que señala cómo Daniel ya no puede sostener lo orgánico sin que lo muerto y lo traumático emerjan en su mirada.
El film transmite una curiosa sensación de parsimonia narrativa; tanto guión como montaje, no siempre consiguen transformar la inestabilidad de Daniel en gramática del delirio. La estructura general resulta reconocible con tres actos, pero la progresión interna aparece a tramos mal cosida.
Las intervenciones de Peter Stormare funcionan como contrafuertes narrativos. Restituyen el peso de la realidad externa, pero faltaría un último repunte de aguja que habría convertido la confusión en hipnosis, y no en mera irregularidad.
La partitura de Austin Wintory es lo que mejor orienta la lectura profunda de «Dark Summer». El violonchelo aleja la película de la simple sintaxis de fantasma vengativo y la sitúa en una tonalidad más elegíaca. Da cuenta de entender mejor que el guion, que el verdadero horror no es una muerta que regresa, sino que Daniel ya vive parcialmente secuestrado antes de que el fantasma aparezca. La belleza melódica de los motivos tiene su equivalencia visual en el rostro de Keir Gilchrist. Ambos sostienen la dimensión lírica. El cello articula la voz emocional que Daniel no puede pronunciar, mientras que el rostro del actor convierte el silencio del personaje en superficie de dolor, deseo, fragilidad y misterio.
En una película donde lo digital ocupa un lugar central en la amenaza, habría sido fácil caer en una pirotecnia CGI condenada al ridículo. Solet evita esta trampa y concentra el horror en la distorsión de lo cotidiano. Los efectos prácticos resultan eficaces; devuelven el terror al cuerpo y a la materialidad del espacio. Los visuales se integran en una fotografía que logra ser atmosférica, alterando la realidad antes de sustituirla, revelando un criterio de producción sensato.
El horror final libera a Daniel del perímetro policial, pero termina de arrancarlo de la realidad. Sus vínculos con ella se han ido desactivando. El agente apenas puede contenerlo, Kevin es eliminado y Abby queda sustituida por una entidad ajena. Cuando el poli llega, no encuentra una verdad satisfactoria para el espectador, sino el resto grotesco de una fuga: media pierna, sangre y un dispositivo que sigue marcando obediencia. Que certifica que Daniel no ha escapado, mientras la imagen demuestra que ya no está allí.
Ello remite directamente a la conversación inicial, cuando el chico comenta al agente la historia de alguien que se mutiló para escapar del control electrónico. La anécdota se transforma en imagen terminal. Esa mecánica de retorno permite leer el desenlace tanto como trampa paranormal de Mona como materialización externa de una fantasía de fuga ya inscrita en la mente del protagonista. Un guiño, tal vez, al escape de «Lecter», si nos remitimos a «Hannibal» (2001), de Ridley Scott.
Una obra pequeña y parcialmente mal cosida, pero preñada de sustancia simbólica notable, en la que el terror digital y sobrenatural sirve para dramatizar el maltrato psíquico, afectivo e institucional de un adolescente que no consigue salir ni de la casa, ni de la red, ni de Mona, ni de sí mismo.
La cámara de Zoran Popovic reconoce el magnetismo de Keir Gilchrist y explota su belleza, pero evita convertirlo en cuerpo pleno. Sus escenas de torso desnudo, en vez de insinuar erotismo, reflejan inscripción traumática. El pecho se vuelve superficie ritual, la piscina refugio uterino contaminado, y la piel lugar donde se escribe la invasión de Mona. Trabaja también con pequeños objetos domésticos. Como el bol de cereales, convertido momentáneamente en carne repulsiva, que señala cómo Daniel ya no puede sostener lo orgánico sin que lo muerto y lo traumático emerjan en su mirada.
El film transmite una curiosa sensación de parsimonia narrativa; tanto guión como montaje, no siempre consiguen transformar la inestabilidad de Daniel en gramática del delirio. La estructura general resulta reconocible con tres actos, pero la progresión interna aparece a tramos mal cosida.
Las intervenciones de Peter Stormare funcionan como contrafuertes narrativos. Restituyen el peso de la realidad externa, pero faltaría un último repunte de aguja que habría convertido la confusión en hipnosis, y no en mera irregularidad.
La partitura de Austin Wintory es lo que mejor orienta la lectura profunda de «Dark Summer». El violonchelo aleja la película de la simple sintaxis de fantasma vengativo y la sitúa en una tonalidad más elegíaca. Da cuenta de entender mejor que el guion, que el verdadero horror no es una muerta que regresa, sino que Daniel ya vive parcialmente secuestrado antes de que el fantasma aparezca. La belleza melódica de los motivos tiene su equivalencia visual en el rostro de Keir Gilchrist. Ambos sostienen la dimensión lírica. El cello articula la voz emocional que Daniel no puede pronunciar, mientras que el rostro del actor convierte el silencio del personaje en superficie de dolor, deseo, fragilidad y misterio.
En una película donde lo digital ocupa un lugar central en la amenaza, habría sido fácil caer en una pirotecnia CGI condenada al ridículo. Solet evita esta trampa y concentra el horror en la distorsión de lo cotidiano. Los efectos prácticos resultan eficaces; devuelven el terror al cuerpo y a la materialidad del espacio. Los visuales se integran en una fotografía que logra ser atmosférica, alterando la realidad antes de sustituirla, revelando un criterio de producción sensato.
El horror final libera a Daniel del perímetro policial, pero termina de arrancarlo de la realidad. Sus vínculos con ella se han ido desactivando. El agente apenas puede contenerlo, Kevin es eliminado y Abby queda sustituida por una entidad ajena. Cuando el poli llega, no encuentra una verdad satisfactoria para el espectador, sino el resto grotesco de una fuga: media pierna, sangre y un dispositivo que sigue marcando obediencia. Que certifica que Daniel no ha escapado, mientras la imagen demuestra que ya no está allí.
Ello remite directamente a la conversación inicial, cuando el chico comenta al agente la historia de alguien que se mutiló para escapar del control electrónico. La anécdota se transforma en imagen terminal. Esa mecánica de retorno permite leer el desenlace tanto como trampa paranormal de Mona como materialización externa de una fantasía de fuga ya inscrita en la mente del protagonista. Un guiño, tal vez, al escape de «Lecter», si nos remitimos a «Hannibal» (2001), de Ridley Scott.
Una obra pequeña y parcialmente mal cosida, pero preñada de sustancia simbólica notable, en la que el terror digital y sobrenatural sirve para dramatizar el maltrato psíquico, afectivo e institucional de un adolescente que no consigue salir ni de la casa, ni de la red, ni de Mona, ni de sí mismo.
5 de enero de 2017
5 de enero de 2017
0 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
La idea de arresto domiciliario da para mucho pero en esta ocasión estamos ante una película destinada a un público juvenil que no da para más. No tengo mucho que decir salvo que al menos aquí Stormare está buenorro, no como en «Psicópatas», o «Insanitarium» en inglés, que no me ponía nada. Aparece el cuarto en el reparto por algo, no sale mucho. Que se diga solo eso de una película irónicamente dice mucho de ella. La historia va de... «who cares?».
Por cierto, el director es el mismo que dirigió «Grace» (2009). Esa me encantó pero nada que ver con esta y es que en esta ocasión el guion no es de Paul Solet. Como siempre digo, a veces, hay que diferenciar entre guionista y director.
Si te gusta la temática pues puede que quieras echarle un vistazo a mi lista de tópic: arresto domiciliario, aquí en FA.
Por cierto, el director es el mismo que dirigió «Grace» (2009). Esa me encantó pero nada que ver con esta y es que en esta ocasión el guion no es de Paul Solet. Como siempre digo, a veces, hay que diferenciar entre guionista y director.
Si te gusta la temática pues puede que quieras echarle un vistazo a mi lista de tópic: arresto domiciliario, aquí en FA.
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