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Frankenstein

Fantástico. Ciencia ficción. Terror. Drama Un científico brillante y obsesivo, Victor Frankenstein, en su ambición por desafiar a la muerte, consigue dar vida a una criatura humanoide ensamblada con partes de cadáveres. Pese a tratarse de una proeza científica, Frankenstein considera que la criatura carece de inteligencia y la rechaza. Dolida, ésta se rebela contra su creador.
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6
17 de octubre de 2025
510 de 588 usuarios han encontrado esta crítica útil
Guillermo del Toro soñó toda su vida con filmar Frankenstein, y ese sueño se ha hecho realidad en una película que desborda ambición, virtuosismo visual y una desmedida necesidad de explicarlo todo. El resultado es, paradójicamente, un film tan hermoso como agotador: un canto gótico a la melancolía y a la soledad del monstruo, pero también una obra que, al intentar ser definitiva, acaba por masticar en exceso su propio mito.

La versión de Del Toro parte de la estructura original de Mary Shelley —la expedición al Ártico, la narración en retrospectiva, el juego de espejos entre creador y criatura—, pero la traduce al lenguaje de la grandilocuencia moderna. Donde Shelley escribía con economía y sugerencia, el director mexicano filma con saturación sensorial: nieve, sangre, relámpagos y lágrimas conviven en un universo visual de una belleza abrumadora. La fotografía de Dan Laustsen, el vestuario de época y los decorados victorianos alcanzan cotas de puro espectáculo pictórico, mientras la partitura de Alexandre Desplat, de un lirismo casi operístico, invade cada escena con emoción programada. Todo está diseñado para conmover. Quizá demasiado.
El problema no reside en la forma —que es impecable— sino en la dosificación. Frankenstein parece un intento consciente de “darlo todo” al espectador de Netflix: cada sentimiento se subraya con diálogo, cada dilema moral se verbaliza. Donde el terror y la filosofía del texto original nacían del vacío, aquí hay sobreexplicación. Del Toro sustituye la ambigüedad por el énfasis, la metáfora por el subrayado, y en su afán de humanizar a la criatura, la carga de palabras hasta volverla transparente.

Jacob Elordi ofrece una interpretación intensa, delicada, más un ángel caído que un engendro. Oscar Isaac, como Victor, combina brillantez y desequilibrio en un registro que oscila entre la pasión científica y la locura mesiánica. Sin embargo, ambos quedan atrapados por un guion que insiste en aclarar sus emociones. Todo se explica: la culpa, la pérdida, el amor, el rechazo. No hay misterio. Es la paradoja de un film que busca la poesía en la literalidad.
La dirección de Del Toro es majestuosa en su control del tempo —capaz de pasar del melodrama al horror con fluidez—, pero sufre de una deriva hacia el exceso. A mitad del metraje, el ritmo se vuelve ceremonioso, y los silencios, más que elocuentes, se sienten calculados. La ópera visual que propone es indudablemente grandiosa, pero carece de la tensión y el extrañamiento que hacían perturbadoras las versiones de James Whale o incluso la febril adaptación de Kenneth Branagh (1994).

Donde aquellas películas eran góticas en su contención, Frankenstein es gótica en su exuberancia: un poema visual que ilumina cada sombra, un cuento de horror contado con tanta ternura que casi se disculpa por existir. Su mirada es compasiva, pero su narrativa, sobrecargada.

En definitiva, la película confirma que Guillermo del Toro ama a los monstruos más que a los misterios. Su Frankenstein es un prodigio formal, una sinfonía de nieve y lágrimas que emociona a la vista y adormece al intelecto. El monstruo aquí no busca vivir: busca ser comprendido. Y en ese gesto, tan hermoso como excesivo, la película revela tanto su humanidad… como sus límites.
9
24 de octubre de 2025
259 de 316 usuarios han encontrado esta crítica útil
Como buen aficionado a la inmortal novela de Mary Shelley, regreso a ella cada cierto tiempo. También revisito sus principales adaptaciones, tanto en el cómic como en el cine: desde las versiones clásicas de Boris Karloff para la Universal, hasta el interesante ciclo, injustamente infravalorado, que dirigió Terence Fisher e interpretó Peter Cushing para la Hammer en los años sesenta. En esas revisiones incluyo siempre el filme de Kenneth Branagh, por su grandilocuencia e interpretación personal y operística del mito. Del resto de adaptaciones, sinceramente, no me interesa ninguna: pocas están a la altura del genio de su creadora.

El nuevo "Frankenstein" de Guillermo del Toro, estrenado en Netflix en 2025, es una grata sorpresa. Respeta el espíritu trágico y filosófico de Shelley y, al mismo tiempo, lo renueva desde la emoción. Donde Branagh apostaba por el exceso romántico, Del Toro prefiere la contención y la ternura. Su película no busca el sobresalto ni el horror, sino la empatía: la reconciliación entre creador y criatura.
El mito fílmico de Frankenstein nació en 1931 con la versión de James Whale, donde Boris Karloff dio vida a una criatura de mirada extraviada y alma doliente. Aquellas películas de la Universal no solo definieron el canon del terror clásico: convirtieron al monstruo en un ser trágico, más digno de compasión que de miedo. La fotografía en claroscuro, los decorados deformados y la composición teatral de Whale imprimieron una melancolía expresionista que aún sobrecoge. En "Bride of Frankenstein" (1935), Whale incluso se atrevió a dotar al monstruo de una voz y de anhelos. Allí la criatura no buscaba venganza, sino amor; y en esa búsqueda residía todo el horror y toda la ternura posibles. Aquella etapa dorada dejó una imagen indeleble: la del ser creado por error que, al comprender su existencia, descubre también su propia condena.

Dos décadas después, la Hammer británica revivió el mito con una mirada completamente distinta. En "The Curse of Frankenstein" (1957), Terence Fisher cambió el foco: el verdadero monstruo ya no era la criatura, sino el doctor que la engendra. Peter Cushing interpretó a un Frankenstein frío, ambicioso y moralmente ciego, capaz de cualquier cosa por alcanzar el conocimiento absoluto. La Hammer sustituyó el blanco y negro expresionista por el color de la carne y la sangre; su horror era físico, sensual, casi tangible. Pero bajo esa superficie late una lectura moral: la corrupción del alma frente a la tentación del poder. Cada secuela, desde "The Revenge of Frankenstein" hasta "Frankenstein and the Monster From Hell", mostró a un científico más aislado y despiadado, atrapado en su propia arrogancia. Si la Universal lloraba por la criatura, la Hammer juzgaba duramente a su creador.
Casi medio siglo después, Kenneth Branagh ofreció con "Frankenstein de Mary Shelley" (1994) una adaptación de la novela con una mezcla de fervor shakespeariano y exceso emocional. Su película, grandilocuente y apasionada, es menos una historia de terror que un duelo existencial entre creador y criatura.

El Victor Frankenstein de Branagh está poseído por la energía de quien lucha contra la muerte misma; su criatura, interpretada por Robert De Niro, es una figura de infinita tristeza. Branagh filma con una intensidad casi teatral, desbordada, pero profundamente fiel al espíritu trágico de Shelley: el hombre que ama demasiado la vida y, en ese amor, engendra la destrucción. Una versión arrebatadoramente romántica. Su filme es un duelo operístico entre la pasión y la culpa: un hombre que desafía la muerte por amor y una criatura que solo busca ser amada sin conseguirlo.

El "Frankenstein" de Guillermo del Toro retoma ese legado y lo transforma. Oscar Isaac compone un Victor Frankenstein introspectivo, mientras Jacob Elordi da vida a una criatura que conmueve más que aterra. Del Toro dota a su relato de una textura gótica y humana: los decorados palpitan, la luz respira, y en cada plano se intuye una compasión inmensa. Donde otros vieron monstruos, él ve huérfanos del ego humano.

Su película no es solo una lectura moderna: es una reconciliación. Reúne la humanidad doliente de Karloff, la conciencia moral de Cushing y la pasión trágica de Branagh en una obra que habla del perdón y de la necesidad de ser aceptados.

Al final, lo que permanece no es el miedo, sino la ternura de la mirada del monstruo. Porque, como comprendió Mary Shelley hace doscientos años, el verdadero horror nunca fue crear vida… sino negarle el amor que la justificase.
4
27 de octubre de 2025
367 de 556 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo siento pero no. Lo que es inadmisible es que Frankenstein esté más bueno que Brad Pitt. Pero vamos a ver ¿esto no iba de monstruos? El monstruo por definición tiene que provocar rechazo, incluso asco. Pues no. Desde la primera escena el Frankenstein de Guillermo del Toro está como un tren. Es alto, delgado y tan ágil como un bailarín de danza contemporánea. A medio camino entre Leroy Jhonson de la serie "Fama" y un Gollum metrosexual. Para que el "supuesto" monstruo parezca feo unas rayas le surcan el cuerpo (las costuras de la operación) pero incluso las rayas molan, son rayas de diseño, parece que lleva puesta una chaqueta de Moto GP o un traje de Star Trek. Pasa el tiempo, el monstruo crece y se deja el pelo largo en plan glam-rock, entre Aerosmith y el protagonista de "El cuervo". Es otro estilo, menos andrógino y si me apuran un poco caballero de la Tierra Media, pero sigue estando más bueno que el pan. Un Frankenstein fashion-victim.
En los años noventa el director Neil Jordan hizo una película de vampiros guapísimos. Vampiros de pasarela Cibeles. Muy amanerados, con pelazos disco-Ibiza-Locomía. Los interpretaban (cómo no) Brad Pitt y Tom Cruise. Neil Jordan no inventó nada, simplemente subió el volumen de la vanidad narcisista. El sexo siempre ha acompañado al vampiro, ya saben ustedes, el vampiro seduce a guapas señoritas y les muerde el cuello.

Nos quedaba Frankenstein. El monstruo de Shelley parecía jugar en otra liga. Alejado del sexo su estereotipo permitía hablar con profundidad existencial de otros asuntos: la muerte, la idea de fealdad, el rechazo social y las (a veces) inmorales ambiciones de la ciencia. Entonces llega Guillermo del Toro y nos pone un Frankenstein que dan ganas de adoptarlo o como mínimo ponerlo de mayordomo. Al menos el Frankenstein de Kenneth Branagh era feo. Respetaba el canon.

En fin, ya sabemos que en esta sociedad Instagram el sexo llega a todas partes. A las más insospechadas. Nunca pensé que vería en el cine a un Frankenstein "follable" (como diría ahora la juventud empoderada). Para terminar no quiero olvidarme de varios detalles que no tiene perdón: ¿por qué Frankenstein tiene que gritar como un dinosaurio de Parque Jurásico? ¿por qué habla Frankenstein como Bad Bunny en sus canciones de trap? ¿por qué se regenera y mueve barcos con una mano? ¿es Frankenstein un superhéroe de Marvel?
En la última escena yo pensé que se echaba a volar. No es coña, por un instante lo pensé.
5
24 de octubre de 2025
237 de 314 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo Formal:
La película es formidable. El espíritu gótico y Victoriano, el vestuario, el diseño de producción, la imaginación para recrear cada escena, la fotografía y la convicción de lo mucho que todos los implicados creen en la historia. Esa sensación de sueño cumplido de Del Toro, el horror con alma y la paleta de colores. Es perfecta.

Lo sentimental:
Me he aburrido como hace tiempo en el cine, el tono relamido, la banda sonora de cuento y lo difícil que se me ha hecho creer en la "historia de amor" ha hecho que solo haya movido bostezos (muchos) durante la segunda hora. Con todo lo dentro que estaba el abultadísimo metraje me ha terminado perdiendo.

Me lloverán los puntos negativos pero esta cinta, por toda la calidad técnica que tiene había requerido un remontaje de 90 minutos porque francamente no hay película para dos horas y medias y terminas deambulando esperando (y deseando) su final.
8
27 de septiembre de 2025
121 de 155 usuarios han encontrado esta crítica útil
Se ha cumplido el querido sueño de Guillermo del Toro con esta nueva versión de la historia de Frankenstein de Mary Shelley donde priman las emociones, los sentimientos, la incomprensión, el rechazo, relación padre e hijo o el abandono, evitando el terror superficial o visceral de este personaje tan icónico llevado al cine tantas veces.

Evitando la sinopsis ya conocida, me ceñiré a recalcar sus aspectos visuales y su puesta en escena tan apabullante que te dejará sin palabras. Una impresionante dirección de arte, producción, decorados, vestuario, maquillaje y efectos especiales para crear un universo gótico victoriano que resulta espectacular en todos los sentidos.

Muy fiel a la novela, resulta muy similar a la adaptación que hizo en 1994 Kenneth Branagh, donde el dolor de este ser creado y la culpabilidad del creador te hace preguntarte quién es el verdadero monstruo. 

Con 150 minutos de duración, esta producción de Netflix puede considerarse como una verdadera obra de arte que invita a la reflexión. Avisando a los que esperan un nuevo film clásico de terror que no van los tiros por ahí. Sobre todo sí queremos compararlas con versiones anteriores de James Whale o Terence Fisher.
Dividida en tres capítulos, el último es el más melancólico, enfocándose en el sufrimiento, la vulnerabilidad y la identidad del monstruo, humanizándolo mucho para que sientas gran pena por él.

La firma de Guillermo del Toro está presente en todo el film, la música de Alexandre Desplat es maravillosa y como no, tenemos un cameo de su gran amigo Santiago Segura.

Una nueva vuelta de tuerca a esta fantástica historia por el visionario director mexicano que visto como un drama humano, compone una espectacular película de esta gran novela.
Ricar - Destino Arrakis
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