¡En bicicleta!
5.8
238
27 de abril de 2025
27 de abril de 2025
9 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
À Bicyclette es un viaje real en formato de docuficción entre dos amigos, para nada deportistas, que emprenden un largo viaje en bicicleta como tributo a la memoria del hijo fallecido de uno de ellos. Una bike-movie que nos lleva de viaje a la velocidad de las mariposas, recorriendo preciosos paisajes de Francia y de otros países atravesando Europa. Un recorrido a ritmo lento, pedaleando, pues el duelo necesita su tiempo para ser integrado.
Juntos, Mathias y Philippe, pretenden seguir en un viaje real la traza del trayecto de la ruta ciclista EuroVelo 6, que va de la costa Atlántica bretona al Mar Negro, que había recorrido su hijo Youri, antes que dejara la vida terrenal trágicamente.
Es una vivencia a pedales llena de esperanza, dicha, duelo, amistad y asombro ante la Vida, en la que uno pasa del llanto a la risa en un abrir y cerrar de ojos.
Mathias y Philippe, sin diálogos preparados, sino simplemente, desde la sinceridad de una amistad de más de veinte años, se hacen partícipes de sus confidencias.
Juntos, Mathias y Philippe, pretenden seguir en un viaje real la traza del trayecto de la ruta ciclista EuroVelo 6, que va de la costa Atlántica bretona al Mar Negro, que había recorrido su hijo Youri, antes que dejara la vida terrenal trágicamente.
Es una vivencia a pedales llena de esperanza, dicha, duelo, amistad y asombro ante la Vida, en la que uno pasa del llanto a la risa en un abrir y cerrar de ojos.
Mathias y Philippe, sin diálogos preparados, sino simplemente, desde la sinceridad de una amistad de más de veinte años, se hacen partícipes de sus confidencias.

Mathias Mlekuz & Philippe Rebbot
Comparten inquietudes sobre la vida y sobre todo de la muerte; pero también de la culpa, de la desesperanza, de la incomprensión. Un diálogo constante bañado también de la alegría, la ternura y el amor.
Una película sensible y sencilla, con una gran dosis de emotividad, donde la risa es también una válvula de escape para estos dos hombres, ambos, compañeros de muchas aventuras en su vida privada.
Por supuesto, no se puede olvidar al tercer protagonista, el perro de familia de Mathias, Lucky. Un perrito silencioso pero muy presente durante toda la aventura ciclista.
Cuando termina la película, uno tiene ganas de abrazar a estos dos hombres por la humanidad que nos han transmitido, por sentir que al final estamos hechos de la misma pasta todas las personas.
Más información en: https://www.funeralnatural.net/peliculas/
Una película sensible y sencilla, con una gran dosis de emotividad, donde la risa es también una válvula de escape para estos dos hombres, ambos, compañeros de muchas aventuras en su vida privada.
Por supuesto, no se puede olvidar al tercer protagonista, el perro de familia de Mathias, Lucky. Un perrito silencioso pero muy presente durante toda la aventura ciclista.
Cuando termina la película, uno tiene ganas de abrazar a estos dos hombres por la humanidad que nos han transmitido, por sentir que al final estamos hechos de la misma pasta todas las personas.
Más información en: https://www.funeralnatural.net/peliculas/
9 de diciembre de 2025
9 de diciembre de 2025
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Una película que entiende el viaje como acto de reparación, no como simple desplazamiento. La bicicleta —humilde, frágil, expuesta— se convierte en el medio perfecto para contar un duelo que no busca resolverse, sino aprender a convivir con la ausencia.
La pérdida del hijo no se aborda desde el grito ni el melodrama. Está siempre presente, pero como una sombra que se filtra en cada pedaleo, en cada parada, en cada encuentro fortuito en la carretera. El film propone una fábula íntima: no se trata de llegar a ningún sitio, sino de permitir que el camino active la memoria. El asfalto, los pueblos, el cansancio físico y el silencio funcionan como disparadores del recuerdo, recomponiendo al hijo perdido a partir de sus alegrías, sus heridas, sus contradicciones.
La importancia del trayecto es también ética. La narración rechaza el objetivo final porque sabe que no existe destino capaz de cerrar una pérdida así. Lo único posible es el movimiento: avanzar para no quedarse petrificado en el dolor. Cada kilómetro no acerca a una meta, sino que ensancha el espacio interior desde el que mirar el pasado sin romperse.
La pérdida del hijo no se aborda desde el grito ni el melodrama. Está siempre presente, pero como una sombra que se filtra en cada pedaleo, en cada parada, en cada encuentro fortuito en la carretera. El film propone una fábula íntima: no se trata de llegar a ningún sitio, sino de permitir que el camino active la memoria. El asfalto, los pueblos, el cansancio físico y el silencio funcionan como disparadores del recuerdo, recomponiendo al hijo perdido a partir de sus alegrías, sus heridas, sus contradicciones.
La importancia del trayecto es también ética. La narración rechaza el objetivo final porque sabe que no existe destino capaz de cerrar una pérdida así. Lo único posible es el movimiento: avanzar para no quedarse petrificado en el dolor. Cada kilómetro no acerca a una meta, sino que ensancha el espacio interior desde el que mirar el pasado sin romperse.

Mathias Mlekuz & Philippe Rebbot
La puesta en escena acompaña esta idea con sobriedad y respeto. El paisaje no embellece el duelo ni lo dramatiza: lo acompaña. La cámara observa, espera, respira al mismo ritmo que el protagonista. El espectador no es llevado de la mano, sino invitado a pedalear emocionalmente junto a él.
En ese sentido, la película afirma algo profundamente humano: recordar también es un acto en marcha. Amar a quien ya no está no consiste en fijarlo en una imagen perfecta, sino en permitir que su recuerdo siga cambiando, como cambia el paisaje cuando se recorre lentamente.
Una obra delicada y honesta, que entiende que sanar no es llegar, sino seguir caminando —o pedaleando— con lo perdido a cuestas, sin dejar que pese más que la vida misma.
En ese sentido, la película afirma algo profundamente humano: recordar también es un acto en marcha. Amar a quien ya no está no consiste en fijarlo en una imagen perfecta, sino en permitir que su recuerdo siga cambiando, como cambia el paisaje cuando se recorre lentamente.
Una obra delicada y honesta, que entiende que sanar no es llegar, sino seguir caminando —o pedaleando— con lo perdido a cuestas, sin dejar que pese más que la vida misma.
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