Louloute
6.3
138
20 de agosto de 2021
20 de agosto de 2021
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sin estridencias ni molestos modismos formales, el autor de esta bonita película francesa narra con encanto, capacidad de observación y emotividad auténtica, sin moñería, los recuerdos de infancia de una treintayvariosañera que se crió en una granja, al haber sido su padre ganadero. Junto a este, su madre y sus hermanos, y los animales correspondientes, creció en un ambiente atípico y diferente al de muchos otros niños de su generación, lo que le marcó inevitablemente y cuyo recuerdo le produce sentimientos encontrados en su presente adulto.
El tono con el que está contada es además especialmente original, y consigue crear empatía entre el espectador y los personajes, especialmente la fabulosa niña (co)protagonista.
Una de las sorpresas -por inesperada- más destacadas presentes en el Atlántida Film Fest de este año.
El tono con el que está contada es además especialmente original, y consigue crear empatía entre el espectador y los personajes, especialmente la fabulosa niña (co)protagonista.
Una de las sorpresas -por inesperada- más destacadas presentes en el Atlántida Film Fest de este año.
1 de diciembre de 2025
1 de diciembre de 2025
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No es sencillo valorar esta película: a la vez que la historia y los personajes nos llegan a importar sinceramente, el desarrollo cinematográfico tiene unas imperfecciones muy visibles. Al final uno valora mediante una especie de media aritmética, pero en este caso ese número no explica casi nada.
El fondo del drama es creíble, y es original que el punto de vista sea el de una niña que se imagina como adulta y, en paralelo, el de esa adulta que se recuerda como niña. Este doble punto de vista de una misma persona en el tiempo apalanca mejor el motivo central, el del impacto de las dificultades familiares sobre esa mujer (niña o adulta) que es especialmente sensible. De niña, feliz con su familia y su vida entre animales, desea ayudar a que no sobrevenga la tragedia que oye anunciar y temer a los mayores, pero no la dejan y no lo logra.¿Se puede llegar a adulta y haber digerido ese trauma?
El director sabe poner muy bien la cámara en ese espacio rural, retratando establos, camiones, tractores, prados, salas de ordeñado. El color de la fotografía y el tipo de película contribuyen también al concepto dramático general, el de un paraíso perdido. A su vez, todos los espacios de esa casa contigua a la granja (habitaciones, cocina, comedor, baño) también se nos muestran con naturalidad, haciéndonos sentir que convivimos con esa familia, y resaltando los elementos más narrativos (un pequeño altar, por ejemplo).
No cuesta nada empatizar con Louloute/Louise, esa chiquilla despierta, melancólica, exagerada, enamoradiza, que reclama su parte de cariño a sus padres y quisiera hacer ya todo lo que ellos hacen. Es un personaje infantil memorable y la actriz, además, está excelentemente escogida. Sin embargo, el diseño de los personajes a su alrededor es menos coherente, especialmente el padre y la madre (aunque Laure Calamy actúe top como siempre) ; hay una distancia entre lo que dicen y cómo se comportan que hace que varias escenas parezcan arbitrarias.
Y en clave de la trama general, para que ocurra lo que ocurre, el guión debería contener algo más de justificación porque aquí la elipsis por sí sola no funciona. Y nos deja entre dos aguas: al finalizar, no se sabe bien si es una película sobre la fragilidad de una niña hipersensible o sobre el pobre futuro de la ganadería tradicional en los entornos rurales. También en el plano temporal de Louise/Louloute adulta, el personaje de Dimitri es poco más que una muleta narrativa, seguramente merecía algo más de desarrollo, así como los hermanos ya adultos también. Siempre está bien quedarse en los 90 minutos de metraje, pero sintetizando, no recortando.
En definitiva, luces y sombras o claros y oscuros, que se pueden resumir en dos usos de la metáfora fílmica que Hubert Viel hace: uno muy logrado (la escena en la que el perro de la familia se sienta a la mesa), y otro más bien pobre (el enfoque sistemático a un motor eléctrico).
En cualquier caso, ojalá todas las películas que uno califica como “interesante” tuvieran tantas cosas buenas como tiene esta. Y por supuesto, nos queda el haber entendido lo duro que es mantenerse como agricultor o ganadero y cómo regiones enteras se han ido transformando sin remedio al perder esta forma de vida y de uso del territorio, que durante siglos dio no solamente riqueza sino una cultura propia.
El fondo del drama es creíble, y es original que el punto de vista sea el de una niña que se imagina como adulta y, en paralelo, el de esa adulta que se recuerda como niña. Este doble punto de vista de una misma persona en el tiempo apalanca mejor el motivo central, el del impacto de las dificultades familiares sobre esa mujer (niña o adulta) que es especialmente sensible. De niña, feliz con su familia y su vida entre animales, desea ayudar a que no sobrevenga la tragedia que oye anunciar y temer a los mayores, pero no la dejan y no lo logra.¿Se puede llegar a adulta y haber digerido ese trauma?
El director sabe poner muy bien la cámara en ese espacio rural, retratando establos, camiones, tractores, prados, salas de ordeñado. El color de la fotografía y el tipo de película contribuyen también al concepto dramático general, el de un paraíso perdido. A su vez, todos los espacios de esa casa contigua a la granja (habitaciones, cocina, comedor, baño) también se nos muestran con naturalidad, haciéndonos sentir que convivimos con esa familia, y resaltando los elementos más narrativos (un pequeño altar, por ejemplo).
No cuesta nada empatizar con Louloute/Louise, esa chiquilla despierta, melancólica, exagerada, enamoradiza, que reclama su parte de cariño a sus padres y quisiera hacer ya todo lo que ellos hacen. Es un personaje infantil memorable y la actriz, además, está excelentemente escogida. Sin embargo, el diseño de los personajes a su alrededor es menos coherente, especialmente el padre y la madre (aunque Laure Calamy actúe top como siempre) ; hay una distancia entre lo que dicen y cómo se comportan que hace que varias escenas parezcan arbitrarias.
Y en clave de la trama general, para que ocurra lo que ocurre, el guión debería contener algo más de justificación porque aquí la elipsis por sí sola no funciona. Y nos deja entre dos aguas: al finalizar, no se sabe bien si es una película sobre la fragilidad de una niña hipersensible o sobre el pobre futuro de la ganadería tradicional en los entornos rurales. También en el plano temporal de Louise/Louloute adulta, el personaje de Dimitri es poco más que una muleta narrativa, seguramente merecía algo más de desarrollo, así como los hermanos ya adultos también. Siempre está bien quedarse en los 90 minutos de metraje, pero sintetizando, no recortando.
En definitiva, luces y sombras o claros y oscuros, que se pueden resumir en dos usos de la metáfora fílmica que Hubert Viel hace: uno muy logrado (la escena en la que el perro de la familia se sienta a la mesa), y otro más bien pobre (el enfoque sistemático a un motor eléctrico).
En cualquier caso, ojalá todas las películas que uno califica como “interesante” tuvieran tantas cosas buenas como tiene esta. Y por supuesto, nos queda el haber entendido lo duro que es mantenerse como agricultor o ganadero y cómo regiones enteras se han ido transformando sin remedio al perder esta forma de vida y de uso del territorio, que durante siglos dio no solamente riqueza sino una cultura propia.
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