Sin amor (Loveless)
2017 

7.0
6,094
26 de agosto de 2018
26 de agosto de 2018
3 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
La película está bien rodada y se aprecia una inteligente producción, de eso no hay duda. Por eso le doy un aprobado.
Entiendo que la gente que le da tan buena nota es porque es padre o madre y de alguna manera se pueden ver reflejados en los personajes principales. Para los que no lo somos, pienso que la vemos de manera más objetiva.
El cine social se suele topar con los mismos inconvenientes: es un dramón que te quiere contar algún tipo de denuncia pero en el fondo es gore sentimental. Buscando lo más escabroso y situaciones desesperantes para dejarte emocionalmente impotente.
El cine debe ser ante todo entretenimiento. Si luego además tiene un componente social, de denuncia, de crecimiento personal, etc. pues bienvenido sea. Nadie puede estar en contra de eso.
A todas las personas que les preocupa lo social, les aconsejo que visiten organizaciones donde buscan desaparecidos y que las personas que lo viven a diario les cuenten su historia. Ver esta película para decir "lo mucho que me ha llegado" y luego recomendarla por Instagram para ganar likes me parece de chiste.
Entiendo que la gente que le da tan buena nota es porque es padre o madre y de alguna manera se pueden ver reflejados en los personajes principales. Para los que no lo somos, pienso que la vemos de manera más objetiva.
El cine social se suele topar con los mismos inconvenientes: es un dramón que te quiere contar algún tipo de denuncia pero en el fondo es gore sentimental. Buscando lo más escabroso y situaciones desesperantes para dejarte emocionalmente impotente.
El cine debe ser ante todo entretenimiento. Si luego además tiene un componente social, de denuncia, de crecimiento personal, etc. pues bienvenido sea. Nadie puede estar en contra de eso.
A todas las personas que les preocupa lo social, les aconsejo que visiten organizaciones donde buscan desaparecidos y que las personas que lo viven a diario les cuenten su historia. Ver esta película para decir "lo mucho que me ha llegado" y luego recomendarla por Instagram para ganar likes me parece de chiste.

Esta película es un tostón. Es lenta y monótona. Tiene momentos aburridos. Por otro lado, como ser humano deseas que "sin amor" se convierta "con amor" y que todos ellos encuentren la felicidad.
En definitiva, el cine social es inútil. No aporta soluciones, solo cuenta lo peor de lo peor y te lo intenta vender como real. Y si a lo mejor te despierta un sentimiento de querer revertir la situación, suele ser muy efímero. Se apaga con el paso de los días.
En definitiva, el cine social es inútil. No aporta soluciones, solo cuenta lo peor de lo peor y te lo intenta vender como real. Y si a lo mejor te despierta un sentimiento de querer revertir la situación, suele ser muy efímero. Se apaga con el paso de los días.
27 de enero de 2018
27 de enero de 2018
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Terminando de ver “Нелюбовь (Loveless)” (2016) de Andrey Zvyagintsev con Maryana Spivak, Aleksey Rozin, Matvey Novikov, Marina Vasilyeva, Andris Keishs, Alexey Fateev, entre otros. Drama ruso ganador del Premio del Jurado en El Festival Internacional de Cine de Cannes, y nominado al Premio OSCAR en la categoría de Mejor Película de Habla No Inglesa, sigue a 2 padres que viven separados, cuyo relación se ha convirtió en el desamor del título, y viven llenos de amargas pretensiones y sueños incumplidos; y se reúnen después que su único hijo, no deseado, desaparece… el resto es el proceso de búsqueda, y las historias paralelas de ambos padres en su intento por rehacer sus vidas. La ironía es que ellos se detestan, y buscan a un niño que nunca han amado. Aquí hay mucho vacío, impotencia, rabia y reproches, se añaden elementos sobrenaturales e imágenes de gran significado simbólico y artístico sobre una Rusia deshumanizada y sin alma, llena de familias egoístas, que sólo piensan en sí mismos, rindiendo culto a la personalidad que tanto combatieron en el pasado. Al tiempo que muestra una sociedad ahogada en superficialidades como el sexo, la belleza, el dinero y el trabajo. Es como un reflejo de la vida rusa, la sociedad rusa y la angustia rusa, pero es posible relacionarla con otros países; pues la historia refleja que a la policía moderna no le importan las personas. El año de la historia no es casual, pues en octubre de 2012, el pueblo ruso se sentía optimista acerca de una reforma política beneficiosa, y terminó en una decepción en 2015; y se diría que en la Rusia de Putin, la del neocapitalismo salvaje, las personas pierden el tiempo en tecnologías que aparentemente sirven para unir y encontrarse, pero que no sirven ni para hallar a un niño, y que por tanto son totalmente indiferentes de lo que ocurre a su alrededor. Es curioso que la historia empiece con imágenes invernales, y luego pase al otoño, para acabar otra vez en invierno. Es una idea clara del gran impacto emocional que aporta la ausencia constante del niño, o la relación enfermiza que los unía, y que no han podido seguir con sus vidas: La madre corriendo sin ir a ningún lado, como la Rusia actual que no prospera en lo social, y que sólo toma interés en la guerra, olvidándose de la gente; y el padre, que le da igual si pierde un hijo, tampoco desea más... Del reparto, los debutantes Aleksey Rozin y Maryana Spivak como los padres brindan un avasallador “tour de forcé” que no da lugar alguna a la sobreactuación. El final es desolador, un vacío que ahoga al espectador. “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”
RECOMENDADA
NO tendrá nota en Lecturas Cinematográficas.
http://lecturascinematograficas.blogspot.com/
NO tendrá nota en Lecturas Cinematográficas.
http://lecturascinematograficas.blogspot.com/
4 de febrero de 2018
4 de febrero de 2018
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
No si ya lo decía Enrique Jardiel Poncela: «El amor es un microbio»; sobre todo ahora que se acerca el aciago Día de San Valentín.
Mucho antes que el genial dramaturgo español, Platón pontificó sobre el amor en su diálogo El banquete, para lo que hace intervenir a una serie de personas, como muestras estadísticas de determinados segmentos de la sociedad. El panegírico de Fedro, por ejemplo, es la opinión de un grupo selecto de jóvenes que han recibido una educación liberal, que le permite juzgar el amor en su acción moral, desprovisto de toda sensualidad grosera; Pausanías aporta el enfoque de la madurez; Erixímaco habla como médico; Aristófanes, en calidad de poeta bufo, habla del amor entre dos personas como dos medias naranjas que se acoplan mutuamente; y Agatón diserta con los argumentos propios de un poeta laureado. Llega, por fin, el turno a Sócrates, quien en realidad da voz a las ideas de Platón, para lo que se vale del artificio de una supuesta conversación con Diotima, que cumple así la función de maestra del filósofo.
Mucho antes que el genial dramaturgo español, Platón pontificó sobre el amor en su diálogo El banquete, para lo que hace intervenir a una serie de personas, como muestras estadísticas de determinados segmentos de la sociedad. El panegírico de Fedro, por ejemplo, es la opinión de un grupo selecto de jóvenes que han recibido una educación liberal, que le permite juzgar el amor en su acción moral, desprovisto de toda sensualidad grosera; Pausanías aporta el enfoque de la madurez; Erixímaco habla como médico; Aristófanes, en calidad de poeta bufo, habla del amor entre dos personas como dos medias naranjas que se acoplan mutuamente; y Agatón diserta con los argumentos propios de un poeta laureado. Llega, por fin, el turno a Sócrates, quien en realidad da voz a las ideas de Platón, para lo que se vale del artificio de una supuesta conversación con Diotima, que cumple así la función de maestra del filósofo.

En esencia, y si bien el filósofo ateniense no descarta el coito a pesar de la opinión comúnmente extendida, pero no es éste el momento para detenernos en ello, lo que defiende Platón es un amor que aspire al conocimiento, que es la transcripción etimológica de la palabra «filosofía», y como consecuencia de ello, inmortalidad por la sabiduría.
En fecha mucho más reciente, y sin querer extenderme demasiado, Eric Fromm sostiene en El arte de amar un concepto del amor que consiste en la necesidad y el placer de superar la soledad consustancial del ser humano con otra persona, lo cual a mí me recuerda bastante a la teoría de Aristófanes de las dos medias naranjas, sólo que con un planteamiento más contemporáneo. El filósofo alemán mantiene además que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento.
Ahora bien, ¿qué es lo que desarrolla Andrey Zvyagintsev en Sin amor (2017), Premio del Jurado en Cannes, entre otros muchos galardones? Pues nada menos que una sociedad sin amor, según anuncia el título. Esa carencia de sentimiento se observa de manera central en la pareja protagonista, es decir, unos padres divorciados, pero podemos observarla por todos lados: dos madres aparecen, además de la recién mencionada que se ha divorciado, y ninguna de ellas transmite la más mínima sensación de la maternidad; el hijo de ese matrimonio que ya ha terminado no evidencia el más mínimo amor filial; la policía desarrolla su trabajo fríamente, sin motivos personales; las actuales parejas del matrimonio finalizado se muestran como frágiles, en el caso de la actual pareja del padre, o demasiado seguro de sí mismo, en caso de la actual relación de la madre, pero de ninguna manera transmiten calor.
En fecha mucho más reciente, y sin querer extenderme demasiado, Eric Fromm sostiene en El arte de amar un concepto del amor que consiste en la necesidad y el placer de superar la soledad consustancial del ser humano con otra persona, lo cual a mí me recuerda bastante a la teoría de Aristófanes de las dos medias naranjas, sólo que con un planteamiento más contemporáneo. El filósofo alemán mantiene además que los elementos necesarios para el desarrollo de un amor maduro son el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento.
Ahora bien, ¿qué es lo que desarrolla Andrey Zvyagintsev en Sin amor (2017), Premio del Jurado en Cannes, entre otros muchos galardones? Pues nada menos que una sociedad sin amor, según anuncia el título. Esa carencia de sentimiento se observa de manera central en la pareja protagonista, es decir, unos padres divorciados, pero podemos observarla por todos lados: dos madres aparecen, además de la recién mencionada que se ha divorciado, y ninguna de ellas transmite la más mínima sensación de la maternidad; el hijo de ese matrimonio que ya ha terminado no evidencia el más mínimo amor filial; la policía desarrolla su trabajo fríamente, sin motivos personales; las actuales parejas del matrimonio finalizado se muestran como frágiles, en el caso de la actual pareja del padre, o demasiado seguro de sí mismo, en caso de la actual relación de la madre, pero de ninguna manera transmiten calor.

Las escenas muchas veces hablan por sí mismas sin necesidad de diálogo y en tal sentido, me parece muy elocuente una en la que la profesora borra la pizarra: el espectador no ha asistido a ninguna clase, nada se imparte luego. Simplemente eso: una profesora borra concienzudamente una pizarra como si ese encerado vacío representara las almas sin contenido.
Además, si en Leviatán (2014) se llevó Zvyagintsev la acción a los extremos del mar de Barents, en Sin amor la vida transcurre en los confines de las afueras de un barrio periférico de una gran ciudad, que probablemente es Moscú, pues así lo declara en un momento dado uno de los personajes, nada hay en este filme que nos recuerde a la estética de la capital rusa. Lo que busca este director son situaciones límite en lugares terminales y lo muestra todo bajo una luz penumbrosa. Son las almas sin luz lo que vemos en esta película.
Y en ese contexto se desencadena el drama que articula el filme: el hijo desaparece, harto ya de las violentas discusiones de sus padres y consciente de que en cuanto el divorcio se materialice, le espera un internado.
Sin embargo, quiero llamar la atención acerca de que el hilo conductor de la película me permite acariciar una de mis teorías más queridas acerca del cine actual y es la subordinación de la acción a los personajes, con excepciones, naturalmente, y ya hemos hablado de Tres anuncios en las afueras (2017), de Martin McDonagh, pero como una tendencia demasiado habitual como para que podamos considerarla una mera casualidad.
Por ello, en Sin amor no asistimos a un melodrama de corte telefilmesco para las sobremesas de los fines de semana; ni se trata de una peli policial: de hecho, no la investigación en sí, de la que no se ve nada, sino que los trabajos de búsqueda los realiza una ONG; ni pretende desarrollar triángulos amorosos; ni profundiza en las causas de los padres para separarse y el impacto emocional de ello para el hijo: si es que todo consiste en la angustiosa falta de amor. Además, el niño que desaparece simboliza, a mi entender, el desvanecimiento del amor. Tan sencillo y tan complejo como eso…, pero que nadie me pregunte cómo acaba la película, que eso es un trabajo personal.
Lo importante, según mi manera de ver el cine de nuestros días, es que un hecho que puede gozar de una gran tensión argumental, dado que puede tratarse de un secuestro, quizá de un asesinato, con todo el juego que eso da para los guionistas con pedigrí, básicamente sirve como un motivo perfecto para plasmar los diferentes caracteres, es decir, unos personajes sin esencia que existen –o coexisten: realmente da igual– en el frío de las almas, autodestruyéndose y destruyendo a los demás ya de paso.
No se puede vivir sin amor, y así se afirma en una determinada secuencia de esta cinta, probablemente el único momento explícito del filme. ¿Podemos abolir el Día de San Valentín? Sin duda. Podemos y debemos. ¿Podemos vivir sin amor? Como que no. Casi que mejor vivir con amor, no necesariamente a otra persona. Amor a algo o a alguien, pero amor.
Además, si en Leviatán (2014) se llevó Zvyagintsev la acción a los extremos del mar de Barents, en Sin amor la vida transcurre en los confines de las afueras de un barrio periférico de una gran ciudad, que probablemente es Moscú, pues así lo declara en un momento dado uno de los personajes, nada hay en este filme que nos recuerde a la estética de la capital rusa. Lo que busca este director son situaciones límite en lugares terminales y lo muestra todo bajo una luz penumbrosa. Son las almas sin luz lo que vemos en esta película.
Y en ese contexto se desencadena el drama que articula el filme: el hijo desaparece, harto ya de las violentas discusiones de sus padres y consciente de que en cuanto el divorcio se materialice, le espera un internado.
Sin embargo, quiero llamar la atención acerca de que el hilo conductor de la película me permite acariciar una de mis teorías más queridas acerca del cine actual y es la subordinación de la acción a los personajes, con excepciones, naturalmente, y ya hemos hablado de Tres anuncios en las afueras (2017), de Martin McDonagh, pero como una tendencia demasiado habitual como para que podamos considerarla una mera casualidad.
Por ello, en Sin amor no asistimos a un melodrama de corte telefilmesco para las sobremesas de los fines de semana; ni se trata de una peli policial: de hecho, no la investigación en sí, de la que no se ve nada, sino que los trabajos de búsqueda los realiza una ONG; ni pretende desarrollar triángulos amorosos; ni profundiza en las causas de los padres para separarse y el impacto emocional de ello para el hijo: si es que todo consiste en la angustiosa falta de amor. Además, el niño que desaparece simboliza, a mi entender, el desvanecimiento del amor. Tan sencillo y tan complejo como eso…, pero que nadie me pregunte cómo acaba la película, que eso es un trabajo personal.
Lo importante, según mi manera de ver el cine de nuestros días, es que un hecho que puede gozar de una gran tensión argumental, dado que puede tratarse de un secuestro, quizá de un asesinato, con todo el juego que eso da para los guionistas con pedigrí, básicamente sirve como un motivo perfecto para plasmar los diferentes caracteres, es decir, unos personajes sin esencia que existen –o coexisten: realmente da igual– en el frío de las almas, autodestruyéndose y destruyendo a los demás ya de paso.
No se puede vivir sin amor, y así se afirma en una determinada secuencia de esta cinta, probablemente el único momento explícito del filme. ¿Podemos abolir el Día de San Valentín? Sin duda. Podemos y debemos. ¿Podemos vivir sin amor? Como que no. Casi que mejor vivir con amor, no necesariamente a otra persona. Amor a algo o a alguien, pero amor.
30 de mayo de 2018
30 de mayo de 2018
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
No es una película para pasar el rato sin más. Es una película que te hace reflexionar. Hay odio, resentimiento, amargura, frustración, recriminaciones mutuas....
Zhenya y Boris están en medio de un divorcio. Los dos se han embarcado en una nueva vida con otra pareja y esperan con impaciencia el momento en que puedan pasar página, empezar de nuevo, incluso si eso implica abandonar a su hijo Alyosha, de doce años. Porque ni el único nexo de unión que tienen les importa. Lo ven como una carga.
El titulo hace honor a la trama. El matrimonio no es que no se quieran, es que se odian. Se odian sin tener en cuenta las consecuencias con su hijo. Para ellos es un mueble. Lo ignoran completamente. Son dos egoístas compulsivos, dos lisiados emocionales.
El personaje del niño no tiene demasiada presencia en la película, pero es el gran protagonista. Apenas tiene diálogos, pero no le hacen falta: la tristeza de su cara lo dice todo.
Andrey Zvyagintsev nos cuenta esta historia con elegancia, con el ritmo adecuado, acompañado de un guión excelente y de una fotografía magnifica (incluyendo movimientos suaves de cámara). El director nos sumerge también en la Rusia contemporánea. La Rusia de los amigos de Putin, la Rusia descompuesta, sin Estado, y corrupta en la que no hay medios policiales ni para buscar a un niño (las brigadas voluntarias son las grandes protagonistas de la búsqueda).
Zhenya y Boris están en medio de un divorcio. Los dos se han embarcado en una nueva vida con otra pareja y esperan con impaciencia el momento en que puedan pasar página, empezar de nuevo, incluso si eso implica abandonar a su hijo Alyosha, de doce años. Porque ni el único nexo de unión que tienen les importa. Lo ven como una carga.
El titulo hace honor a la trama. El matrimonio no es que no se quieran, es que se odian. Se odian sin tener en cuenta las consecuencias con su hijo. Para ellos es un mueble. Lo ignoran completamente. Son dos egoístas compulsivos, dos lisiados emocionales.
El personaje del niño no tiene demasiada presencia en la película, pero es el gran protagonista. Apenas tiene diálogos, pero no le hacen falta: la tristeza de su cara lo dice todo.
Andrey Zvyagintsev nos cuenta esta historia con elegancia, con el ritmo adecuado, acompañado de un guión excelente y de una fotografía magnifica (incluyendo movimientos suaves de cámara). El director nos sumerge también en la Rusia contemporánea. La Rusia de los amigos de Putin, la Rusia descompuesta, sin Estado, y corrupta en la que no hay medios policiales ni para buscar a un niño (las brigadas voluntarias son las grandes protagonistas de la búsqueda).

Es curiosa y paradójica que la primera decisión del niño sea desaparecer para empezar a existir. Que sus padres se den cuenta que durante 12 años ha estado ahí y ninguno le ha hecho caso.
Y el frío, la nieve, la religión....también como protagonistas, como metáforas de las relaciones familiares y laborales imperantes (es curiosa la política de empresa donde trabaja él a cerca del estado civil que deben tener sus empleados). El resultado final es una visión casi apocalíptica de la sociedad rusa.
"Sin amor" es una triste historia, pero contada extraordinariamente. Absolutamente recomendable.
Y el frío, la nieve, la religión....también como protagonistas, como metáforas de las relaciones familiares y laborales imperantes (es curiosa la política de empresa donde trabaja él a cerca del estado civil que deben tener sus empleados). El resultado final es una visión casi apocalíptica de la sociedad rusa.
"Sin amor" es una triste historia, pero contada extraordinariamente. Absolutamente recomendable.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Una de la escenas mas sonrojantes, que mas reflejan la catadura moral del matrimonio, es cuando tardan día y medio en percatarse de la desaparición de su hijo.
Es curioso que al final, pasados unos años, cuando ya está con su nueva pareja y tiene un niño....te da la sensación de que la historia se va a volver a repetir. Pasa de su nuevo hijo, le ignora.
Es curioso que al final, pasados unos años, cuando ya está con su nueva pareja y tiene un niño....te da la sensación de que la historia se va a volver a repetir. Pasa de su nuevo hijo, le ignora.
29 de marzo de 2021
29 de marzo de 2021
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pero qué antipáticos todos, ella,la madre de ella, él... Se suele decir, para defender este tipo de películas, que es “cine social”. O bien que hay (mucha) gente así. Y quizá la hay (aunque no es lo normal) pero verlas además en una pelÍcula es de bajón.
He estado tentado continuamente de dejar de verla, al ver a esa madre y a ese padre para los que el hijo, el pobre niño, es menos que nada.
La película, de trama muy exigua, se alarga con escenas de sexo que no vienen a cuento.
Pero en lo que queda hay un buen rodaje. En ese sentido sí se deja ver, sobre todo en la segunda parte, y es interesante como muestra del actual cine ruso.
He estado tentado continuamente de dejar de verla, al ver a esa madre y a ese padre para los que el hijo, el pobre niño, es menos que nada.
La película, de trama muy exigua, se alarga con escenas de sexo que no vienen a cuento.
Pero en lo que queda hay un buen rodaje. En ese sentido sí se deja ver, sobre todo en la segunda parte, y es interesante como muestra del actual cine ruso.
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