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Críticas 99
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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4 de agosto de 2025 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Escrita para PlanoContraPlano (planocontraplano.com):

Sofia Coppola es una cineasta que se toma su tiempo entre película y película. Cada uno de sus largos está separado del anterior por tres o cuatro años. Y eso es algo que suele transpirar en sus filmes, de ritmo pausado, por momentos contemplativos, buscando siempre una dimensión interior. Lo cual es cierto en su totalidad para La seducción, su último trabajo.

Ambientada durante la Guerra Civil Americana en un internado para chicas, en La seducción lo íntimo se impone al marco histórico, los pequeños acontecimientos cobran mayor importancia que el conflicto que ocurre de puertas para afuera. Nunca llegamos a ver la guerra en La seducción sino a través de lo que comentan entre ellas las protagonistas (que, a su vez, hablan de oídas) y, mucho más evidentemente, del elemento disruptor en la vida de esas mujeres, la aparición de un soldado herido del bando enemigo (Colin Farrell), que se convertirá en absoluto revulsivo de su mundo particular.
Resulta tremendamente bella la visión de Coppola sobre cada mujer de su elenco (que brilla al completo, desde las aportaciones infantiles hasta la habitual de la directora, Kirsten Dunst, Nicole Kidman, o esa nueva estrella que se llama Elle Fanning), los matices que extrae de unas y otras, los momentos de comicidad que adornan un ambiente de creciente tensión en calma. El quid de la cuestión, en cualquier caso, es que tal vez la seducción del título es algo que flota en el ambiente de forma natural e incontrolable, y que afecta a más actores de los que parecería, que se presenta en ocasiones de manera suave y otras veces de forma impetuosa e incluso inesperada.

Porque si una cosa queda clara en La seducción, es nuestro afán desesperado por conectar con otros, por abrirnos puertas, por respirar más fuerte, vivir siempre más y más allá de los límites que nos han sido impuestos. Y, pasada la tormenta, una de las cosas más interesantes que nos deja la cinta es esa noción difusa de punto de no retorno, del momento en que es imposible que las cosas vuelvan a ser como fueron. Un punto que, en perspectiva, nos hace preguntarnos cómo demonios se ha alcanzado, si podría haberse en todo caso retrasado, o ocurrido de otra manera, o en otro tiempo y otro espacio. Pero que al final, como la misma seducción, puede que fuera inevitable.
5 de agosto de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Escrita para PlanoContraPlano (planocontraplano.com):

Hay que rendirse a la evidencia de que "Prometheus" es fácilmente destrozable para el que se lo proponga. Es algo que se le puede agradecer principalmente a los guionistas de la película, Damon Lindelof y John Spaihts (aunque toda la 'gloria' se la esté llevando el primero por la fama adquirida en la serie "Perdidos"). Siendo más atrevidos, también habría que achacarle cierta responsabilidad a Ridley Scott que, a estas alturas, seguro tiene el poder necesario para meter mano en los guiones que rueda, máxime cuando él figura también como productor de la película.

En cientos de páginas puede oírse hablar del carácter estúpido de muchos personajes, de lo incongruente de ciertas acciones o de lo inverosímil de otras secuencias -sin olvidar el descarado cliffhanger final, que convertiría la película en una estafa si no tuviéramos la certeza de que va a venir seguida de una continuación. Gran parte de esas quejas son ciertas, aunque se termine cayendo en una intransigencia directamente proporcional al bombo que se le dio a la cinta desde el primer instante de su promoción y al inflado ego de su realizador.
Más allá de esas críticas, se pueden encontrar un buen puñado de aspectos positivos en "Prometheus". Uno de ellos, tal vez el menos meritorio, es que la película se beneficia sobremanera -guste más o menos la forma en que se engarzan las historias- de la existencia de "Alien" (Ridley Scott, 1979). El espectador aficionado al clásico puede encontrar estimulante el ir buscando detalles a lo largo de la película que lo referencien, ayudando a sobrellevar el discreto trabajo del libreto. Resulta emocionante descubrir las similitudes en los diseños de trajes y escenarios, hasta recuperar la estética original de Giger y, lejanamente, Moebius. Estética que contribuye a crear un estilo de ambientación que se añoraba en el cine actual y que aporta una textura especial a la película, que resulta impresionante en el apartado visual.

Si a eso se le suma la elegancia de Scott a la hora de componer planos, el reseñable trabajo de los protagonistas (Noomi Rapace y Michael Fassbender), el agradecido uso atmosférico del 3D y un par de secuencias rodadas con verdadero nervio, "Prometheus" es una experiencia que, lejos de ser perfecta, sí que resulta una de las muestras de ciencia ficción más atractivas que se han podido ver en cines en los últimos años -y también una de las que serán más exageradamente denostadas.
5 de agosto de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Escrita para PlanoContraPlano (planocontraplano.com):

Es una gran noticia que lleguen a nuestro país las películas de Naomi Kawase, una de las cineastas orientales más interesantes y coherentes del momento. Y, toca madera, este año ya van dos. En la que ahora nos ocupa, Una pastelería en Tokio, la directora, fiel a las constantes de su filmografía, continúa preocupada por los dramas cotidianos y las cosas pequeñas. En esta ocasión, la acción nos traslada a un reducido establecimiento especializado en la elaboración y venta de dorayakis (unos pastelitos típicos japoneses), que será el epicentro del encuentro entre un pastelero de pasado problemático y una abuela con ganas de cumplir su sueño.

Las formas del cine culinario casan a la perfección con el estilo de Kawase. Su gusto por los detalles y su sensibilidad animista encuentran aquí la forma de expresarse a través del proceso de elaboración del anko, la pasta de judías rojas que rellena los dorayakis. La paciencia que requiere el ritual, la importancia de volcar los sentimientos en la cocina o la capacidad de escuchar las historias que traen consigo los ingredientes conectan íntimamente con la obra de la directora y sirven de canal para explicar a sus protagonistas.
Masatoshi Nagase
Ahora bien, también resulta cierto que los puntos de anclaje de Una pastelería en Tokio son más convencionales que de costumbre en el cine de Kawase. Parece como si, al estar recibiendo ayuda de diversos países (a la habitual colaboración francesa en la producción, se le suma esta vez Alemania), la directora se viera empujada a construir una historia más fácilmente digerible para el público occidental. Así, esta última entrega de la nipona no se siente tan pura como su anterior Aguas tranquilas (2014): si bien el aglutinante de la película es marca de la casa, las piedras que une son más comunes de lo deseable. El esquema de Una pastelería en Tokio, en definitiva, no depara grandes sorpresas, y su desarrollo es en esencia la fábula amable que ya estamos acostumbrados a ver. Para entrar en el mundo de Kawase, es posible que esta sea una de las opciones más flojas (a la par que la más accesible).

Y, aún así, difícilmente podría decírsele a alguien que no se acerque a degustar su cine.
5 de agosto de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Escrita para PlanoContraPlano (planocontraplano.com):

Películas como Deadpool hacen que el espectador pueda seguir todavía con interés el cine de superhéroes (aún cuando el protagonista de esta cinta se podría calificar más bien como el perfecto anti-superhéroe). Algo encomiable, puesto que incluso el aficionado reconocerá que el ritmo de oferta anual al cual hemos llegado -ahora engrosado con las series de televisión- puede saturar al más pintado. Pero la cuestión es que Deadpool cumple ese cometido, y es además capaz de agradar a todo tipo de público, tanto el habitual de las películas con señores en mallas, como al despistado que pasaba por allí o ha sido arrastrado a la sala.

La razón es simple (aunque para nada sencilla): el guión es bueno; la película es inteligente. Y eso que la historia de amor no tiene gran originalidad. Y que el villano es como el de cualquier otra cinta de acción de los noventa a esta parte. Pero todo está resuelto con sorprendente chispa. Sus artífices han decidido no pasarse de rosca y centrarse en lo que importa, los personajes. Nuestro protagonista es un graciosillo que resulta gracioso. No hay exceso de barroquismo en la acción (la mitad de la película gira entorno a una única escena de este tipo, sobre la cual se van insertando los diferentes elementos de la historia). La cinta es gamberra y desmelenada, llena de chistes sobre el mismo mundo de los superhéroes, la cultura popular en general y la cuarta pared. Y prácticamente todos funcionan, varios de ellos hasta la carcajada. Mérito de un Ryan Reynolds muy en su salsa. La suya es probablemente la mejor actuación en una cinta del género que hemos podido ver hasta el momento -curioso que también cuente en su historial con alguna de las peores.
De manera que este festival de ritmo frenético, orgullosamente ligero y autoconsciente se pasa volando, satisface y no se desvanece en la memoria a los cinco minutos. Con un poco de suerte, su inesperado éxito abrirá la puerta a otras superproducciones exclusivamente para adultos, que han visto sus opciones limitadas en los últimos años ante la obsesión por la calificación PG-13. Es posible que no volvamos a tener en breve a un Verhoeven made in Hollywood, pero sin duda resulta un avance. Mientras tanto, Deadpool es una de las mejores películas de la última era Marvel, sumándose sin pudor a la liga de Guardianes de la galaxia (James Gunn, 2014), X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014) o Thor (Kenneth Branagh, 2011). Con personalidad propia. Así, sí.
4 de agosto de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Escrita para PlanoContraPlano (planocontraplano.com):

Cinco años han pasado ya desde la última obra de Michael Haneke, Amor (2012), y el austríaco vuelve -no sabemos cuán consciente o inconscientemente- a presentar una película que podría funcionar como perfecto corolario a su carrera. En Happy End se repiten temas y esquemas de la filmografía del director, que mantiene su célebre distanciamiento visual, y el relato que compone se revuelve, cociéndose a fuego lento y bullendo subterráneamente. Puede que en esta ocasión no se presente esa violenta explosión final, el famoso puñetazo en el estómago marca de la casa; pero es que las puntillas están repartidas a lo largo de todo el metraje. De esa forma, Happy End es, más que una abrupta erupción volcánica, una maraña de ríos de magma, de apariencia tal vez más apacible pero igualmente peligrosa.

En su retrato de una familia acomodada, Haneke despieza algunas neurosis e hipocresías propias de una sociedad que vive en una burbuja y que engendra mentes atormentadas, que hacen daño y se hacen daño. Sin voluntad de dar lecciones morales ni de ser tremendista, pero con una implacabilidad y precisión propias de un cirujano que sabe diseccionar las taras y contradicciones de nuestro mundo. Los tiempos y planteamientos visuales del director, que pueden requerir en un principio un esfuerzo por parte del que mira, toman todo su sentido cuando consiguen mostrar la realidad con una desnudez difícil de alcanzar de otra forma.
Hille Perl
Así, los momentos incómodos lo son tanto como lo serían si se dieran en la vida real. Hace acto de aparición el patetismo, con escenas que combinan esa incomodidad con una comicidad descarnada. Se suceden planos-secuencia que van y vuelven sobre sí mismos como un bumerán, otras escenas en las que los personajes ni siquiera aparecen de manera directa... Las referencias a la inmigración -que a juzgar por la sinopsis oficial deberían situarse en un primer plano- son puntuales, en forma de comentarios más o menos velados, y a la vez nucleares en el discurso de la película. Las ovejas negras de la familia protagonista lo son por inadaptadas, porque intuyen de alguna forma que algo no funciona en este teatro. Y al final de todo, con esas, llega el happy end. Y Haneke, una vez más y sin aparente esfuerzo, nos la mete doblada.
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