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Críticas 124
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
9 de agosto de 2011
65 de 85 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Quién te caería mejor, un tipo que tiene un Rolls Royce y lo usa con la despreocupación de un utilitario, o bien otro que lo besara en el garaje antes de ir a dormir? A mi, el primero, y es en lo único que me complace el protagonista. Por lo demás, la película es poco más que el retrato de un pijillo prepotente y ye-ye.

Da la pura sensación de que el montador hubiera perdido dos o tres rollos importantes de la pelícua y hubiera estirado como un chicle pasajes intrascendentes. Entonces es cuando aparece alguien y dice algo así como "Antonioni confiere al espectador la oportunidad de crear él mismo la obra de arte".

Todavía me estoy riendo.
4 de junio de 2011
31 de 33 usuarios han encontrado esta crítica útil
¡No, no, no, y no! ¡No es una película setentera! Al contrario, aunque sea de 1976, es la última gran película de los sesenta. La responsabilidad de esto recae en la banda sonora de Henry Manccini, buenísima y encantadoramente desfasada. Además, tiene un guión sólido, a medias entre el suspense, la acción y lo cómico, capaz de vertebrar los tres aspectos sin mezclarlos. Hey: todo un mérito, eh.

Realmente… ¿cómo puede alguien decir, como he leído por aquí, que la música es tipo “Vacaciones en el Mar”? ¡Pero si es un flechazo directo a lo mejorcito de Henry Manccini! Para mi sorpresa, me ha parecido incluso mejor que la banda sonora de Desayuno con Diamantes o Charada, ambas del padre musical de la Pantera Rosa. Todavía no he tenido tiempo de hacerme con ella, pero algunos fragmentos, inspirados en el tren y su marcha, son fenomenales. Aunque, en fin, el tren ha inspirado tantas melodías… Recomiendo la banda sonora de “Pelham, uno, dos, tres”, la original, la del 74, no el espantoso remake de hace poco. Si tienes ocasión de escucharla en un vagón de metro, con unos auriculares, David Shire te llegará hasta la médula. ¡Eso sí que es dinamita de los setenta!

De la parte cómica, destaco los diálogos del principio. Realmente, subiditos de tono, me ha sorprendido. En parte parece que inauguran el humor absurdo de “Aterriza como puedas”. Aunque también hay gags tipo Buster Keaton, de trompadas, porrazos y equilibrismos.

Acabo. No puedo dejar de destacar que la fotografía también es realmente elegante y potente, de principio a fin. Y mención para el final: eso sí que es cine impactante de los setenta. ¡Cuánto más me gustan los efectos especiales bien hechos de antes de la era digital!
9 de agosto de 2011
51 de 76 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta película es un desastre. La fotografía y, sobre todo, la iluminación de los interiores son de culebrón ochentero. O peor: me recordaba a "la aventura" de "Los payasos de la tele", aquel fragmento en que, junto al señor Chinarro, los Aragón se movian entre decorados.

La interpretación de la Deneuve, sin sangre en las venas, emulando un estado de excitación sexual cercano al sonambulismo, me invita a rehuir cualquier otra película en que aparezca. Por otra parte, la nula evolución en el devenir de los personajes invita a la confección de este catálogo plano, paródico y circense (de nuevo) de lo que pasa en un lupanar.

Sinceramente, no sé que pretendía Buñuel con esta película que ni es realmente atrevida, ni arroja luz sobre ningún aspecto. Y, como digo, tiene una factura espantosa que empieza por el director del casting.

No sé, amigos, a veces hay que hacer un pequeño esfuerzo de contemporización. ¿Qué y cómo se rodaba en el mundo alrededor de 1967? Pues lo siento en el alma, pero un año antes que esta película, Ingmar Bergman rodaba "Persona", en la que Liv Ullmann hace uno de los mejores papeles femeninos que yo he visto nunca, exponiendo sus pasiones sexuales, sus miedos, sus anhelos, su rabia... Todo un recital. Y ya no hablemos de la fotografia de Sven Nykvist, que hace de una casita en la playa todo un mundo.
Y ahora sigamos contemporizando y hablemos del tema de la humillación, que parece que es lo que le va al personaje de la Deneuve. Dónde Buñuel habla de latigazos y de recibir una lapidación de lodo, el mismo año, en "El Graduado", Mike Nichols construye la siguiente escena: el personaje de Dustin Hoffman quiere humillar a la jovencita formal con la que se ve obligado a salir una noche y la lleva a un espectáculo de desnudismo. Una bailarina sitúa sobre la cabeza de la chica sus pechos, haciendo rodar unas borlas que lleva colgando de los pezones. La chica formal intenta sonreir. Eso, amigo Buñuel, eso es retratar la humillación.

Podemos seguir adorando al Seat 600, pero ya en el 67 era una buena mierda de coche al lado de cualquier Ford americano o Saab sueco. Lo siento, es lo que hay.

Ufff... me he quedado a gusto.
10 de marzo de 2012
27 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
El “tono” de una película es su argamasa, el esqueleto que la aguanta. Si no lo pierde y está filmada con sinceridad y convicción, entonces es como una de esas sopas a las que le puedes echar de todo (o casi…), que siempre quedará bien.

El secreto de “Ruta Suicida” es que se trata de la película con menos pamplinas que he visto en muchísimo tiempo. Como dice Ben Wade, es una película de acción realmente seca. A mí, además, me parece todo un western: sin indios, ni sheriff, ni pistolas, ni whiskey, ni caballos, ni póker, ni pianistas con bombín.

Pero sí hay un grupo de rudos camioneros que viven en una pensión como si vivieran en un rancho; que trabajan para un patrón que impone su ley al margen de la del mundo; que van al baile del pueblo como si entraran en el “saloon” y acaban a puñetazos con todo el mundo; que tienen un líder malvado y despreciable muy, pero que muy a la altura del Liberty Valance de John Ford y Lee Marvin, ahora interpretado por Patrick McGoohan, al que realmente cuesta reconocer en su juventud, y que hace un papel extraordinario. Y, como en tantas películas del oeste, hay un duelo con el protagonista.
Las escenas de acción son inusitadamente trepidantes y están rodadas de narices. Sin ser un entendido, yo diría que el montaje es sublime. Por otra parte, la cámara subjetiva de los camiones es una pura locura. Es muy probable que en los diez primeros minutos de película te tengas que agarrar a la silla y se te salgan los ojos de las órbitas.

El papel protagonista de Stanley Baker –y su interpretación– quizás sea lo que menos me ha convencido, seguramente porque es el personaje que peor lo pasa y, al contrario de la corriente general, es el que más titubea (dudar siempre es sufrir). No importa: queda ampliamente compensado por el estupendo trabajo de Herbert Lom en el papel de italiano expatriado, el más sensible de la caterva que, además, se ha de llevar la peor parte del triángulo amoroso que la película también incluye. Si se le puede escuchar en versión original, mejor que mejor.

Guión inteligente, muy bien trazado, y con un giro final digno de sir Alfred que es una pequeña delicia.
En fin… al hilo de lo que decía al principio, pasen y vean esta historia de orgullo, ambición, cárcel y estigma; deseo, velocidad, sentimiento de culpa; amistad, asesinato, explotación; contubernio, perdón, justicia y muerte.

¡Casi na!
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
¡Ojo! este es un doble spoiler: si tampoco has visto "El Diablo sobre ruedas" (1971), de Spielberg, no sigas.

¿Sigues? Ok. Pues eso: acaban exactamente igual, lo que me hace intuir una clara influencia de una sobre la otra 14 años después.
11 de marzo de 2012
28 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
El diseño de los setenta hoy está de moda. Ya no es ningún secreto que los diseñadores de Apple se hincharon a copiar de la línea de pequeños electrodomésticos de la casa Braun. Basta con escribir las dos marcas en el buscador de imágenes de Google para sorprenderse de su desvergüenza.

“Testigo Silencioso” hace acopio del diseño de aquellos años en que se hacían lámparas de plástico blanco y metales cromados. Si te gustan, fíjate en todas las de la sucursal bancaria, no tienen desperdicio. En esta misma línea documental, “Testigo Silencioso” es una de las últimas películas en que a un maquinorro inmenso, que escupe tarjetas de cartón agujereadas, se le llama “computadora”; y, quizás, también la última en que las cámaras de seguridad de un banco grababan en en Super 8 la mal domada virilidad de los hombres de los setenta. A Elliot Gould le viste en esta película “The Male Shop, L.T.D”, ¡poca broma!

Claro que, todo esto se ve en un segundo visionado, cuando ya se conoce la trama, que es lo mejor de la película. Abordar el film sólo por su estética y atrezzo sería un poco tonto, y más teniendo en pantalla a Elliot Gould y a Christopher Plummer. El primero interpreta a Miles Cullen, empleado de banca que combina atractivo y timidez con su capacidad para adelantar las jugadas de su malvado antagonista Plummer, atracador, maníaco sexual, asesino y un pelín sarasa.
Verán que el protagonista es aficionado al ajedrez, seguramente para acentuar su sentido de la inteligencia y la anticipación. En la segunda mitad de los setenta estaba muy de moda en los EE.UU. y fue todo un “boom” (económico, incluso), desde que Bobby Fisher consiguiera el campeonato mundial de ajedrez arrebatándoselo a los soviéticos.

La película es un thriller interesante, con sus dosis de humor e ironía: hay que fijarse en la cara de Elliot Gould cuando una periodista le pregunta si cree en Santa Claus… El film también tiene un buen ritmo que, quizás, se embarulla un poco hacia el final, presentado un desenlace un poco absurdo… pero bueno, es lo de menos.

Divertida aparición de un joven John Candy en un papel secundario. El día en que murió se acabaron de desvanecer mis esperanzas de verle interpretar algún día a Ignatius J. Reilly, papel para el que había nacido.

La banda sonora corre a cargo de Oscar Peterson, el pianista que tenía seis manos en cada dedo, y pone el toque “cool” que la película no deja de perseguir en todo momento. Hoy las máquinas ya ganan a los ajedrecistas humanos, pero aún no hay sintetizador que iguale al trío analógico que montó el gran Oscar Peterson en los setenta. Ni lo habrá.
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