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Visiones de la muerte

Terror Cuando un grupo de universitarios participa en un ensayo clínico de fármacos, un efecto secundario inesperado de la medicina experimental provoca visiones terroríficas de su propia muerte... que empiezan a hacerse realidad. Mientras buscan escapar de su destino, descubren que el asesino está entre ellos y comparte su capacidad de ver el futuro... sólo él parece estar un paso por delante de sus esfuerzos por sobrevivir.(FILMAFFINITY)
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4
25 de septiembre de 2016
6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un grupo de jóvenes acepta, a cambio de dinero, probar medicina experimental en la aislada instalación de una farmacéutica llamada Hallorann. Se trata de un fármaco que estimula la memoria y ayuda a combatir el alzheimer. La mitad del grupo recibe la medicina, el resto un placebo. Pero de repente, los que han recibido el medicamento, empiezan a tener visiones del futuro, en ellas se ven todos muertos, asesinados por un misterioso asesino en serie.
La propuesta, sin ser original, es interesante, y sus primeros 40 minutos, prometen ser una película decente, pero, a causa de las trampas de guión acaba despeñándose. Acaba pareciendo la versión Disney del terror adolescente.
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Para empezar, no sé a cuento de qué viene la subtrama del personaje oriental, que se supone es el graciosillo del grupo. Primero, es idiota y se autoinyecta el medicamento cuando ya ha visto sus efectos secundarios, y segundo, cuando el asesino lo mata, primero estaba debajo de la caseta, pero cuando se encierra en el coche, resulta que el asesino está en el asiento de atrás. Vamos, que tiene el don de la ubicuidad.

Segundo, las motivaciones del asesino, nunca se entienden. Es el fruto de un experimento anterior que busca vengarse de los científicos, pero se dedica a matar a los jóvenes. Tiene visiones muy avanzadas porque durante semanas le han inyectado el fármaco, pero la prota se inyecta una segunda dósis y el fármaco hace en segundos, el mismo efecto que al asesino tardo semanas en hacerle.

Tercero, ese final abierto, con el asesino libre, con idea de realizar una secuela si suena la flauta y la peli es un éxito, que lo dudo.
3
8 de junio de 2017 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
A la cinta le cuesta arrancar, tiene su chance durante la mitad de la película pero después se alarga innecesariamente, es muy aburrido ver a los jóvenes dando vueltas por todo el edificio.

No es una historia original, no hay escenas de terror o de miedo, y el suspense tampoco esta muy logrado.
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El asesino es un ex-paciente que sigue viviendo en las instalaciones meses después de haberse vuelto un demente, que sentido tiene eso?
4
14 de junio de 2017 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo mejor que se puede decir de este thriller, es que es bastante entretenido, y da algunas vueltas de tuerca interesante, cuando usa bien la premisa que tiene, de que los personajes pueden ver el futuro.
Lo malo es que en la mayoría de los casos, se queda en los terrenos más predecibles, incluso los clichés más gastados, con personajes como el asiático bufón, (visto en innumerables películas de terror), sumado a uno de los protagonistas más cursis y estúpidos que he visto, para rematarla con un final de lo más precipitado, cuando se pasan sus buenos 15 minutos estáticos en un pasillo mordiéndose la cola, sin saber qué contar, en vez de resolver las situaciones.
7
4 de abril de 2025 Sé el primero en valorar esta crítica
Para estar viendo programas de televisión de estupidez supina calibrada, pensados por y para mentes aburridas, perezosas y propensas a un entretenimiento pasivo y sin chispa —con ínfulas de fisgonería y deleite en el morbo suscitado por lo ajeno (léase: a las cadenas les dio por explotar el voyeurismo del personal, y así nos va, con tanto «Gran Hermano» y tanto «Supervivientes»)—, me quedo con la primicia de D.J. Viola (vaya nombre más «musical» le quedó al director novicio), Tell Me How I Die (2016). Porque esta también contiene algunos de los ingredientes que pueden atraer la curiosidad malsana del espectador: un grupo de peña encerrado en un espacio al que acuden con un fin concreto y donde todo parece ir «tranquilete»... hasta que algo jode la marrana. Y entonces empieza el festival: se discuten (y se sacan los ojos) entre ellos, sacando lo peor de sí mismos, y corren para salir airosos del trasiego cuando ya los han nominado para ser despachados del «programa».

Un productillo que parece haber sido pensado para que fuese mascado en los hogares mientras una olla hace «chup-chup», nos planchamos la camisa, o decidimos pasar una víspera con pizzas, amigos y algo de vino. Una cinta que parece haberse escondido en algún «bujero», pues la crítica le dio de ostias hasta el carné de identidad, y el público en general no fue demasiado generoso.

Parte de una premisa interesante: tomando referentes del «slasher», del suspense, de las historias de tiempo alterado, de la ciencia ficción y del terror en general. Con ello, ensambla una receta más que digna. No solo poniendo los pelos de punta, sino también recreando, con frescura y originalidad, algunos de los debates más endémicos que nos corroen como sociedad: el miedo a la muerte, la ansiedad ante lo teleológico, el encierro en la inmediatez del presente... una serie de cuestiones que, unos años después, cobrarían un cariz siniestro. Porque los capullos que manejan los hilos por encima de gobiernos y leyes nos encerraron literalmente en casa durante semanas. Nos movieron como a ratitas de laboratorio, justo como en la farmacéutica Halloran del film. Triste ironía. Otra ficción que ya presagiaba lo tremendamente manipulables que acabaríamos siendo los terrícolas en tiempos de la plandemia.

Viola abre el melón del libre albedrío frente a la predestinación y el condicionamiento. Evocando así referentes de mayor calado, como la saga de «Final Destination» (2000-2011) o, desde un enfoque distinto, «Minority Report» (2002), de Steven Spielberg, con Tom Cruise al frente del reparto. En realidad, hablamos de una tradición extensa de películas que giran en torno a las visiones, las premoniciones y la irresuelta cuestión de hasta qué punto el ser humano puede conducir, o siquiera alterar, el curso de su existencia.

En ambos ejemplos, el planteamiento sobre el destino humano se presenta como profundamente determinista y fatalista, aplastado bajo el designio inexorable de una fuerza superior: ya sea una entidad paranormal, o bien un aparato sociopolítico propio de una distopía tecnócrata, que, en su afán por evitar la fatalidad, acaba erigiendo un sistema peligrosamente opresivo.

El director no se limita a pintarnos un matadero. A la muerte no se la puede engañar ni burlar... a un asesino, sí. Con lo cual, los guionistas cuentan con un posible juego de temas y dilemas éticos sobre los que debatir. Y, con él, un margen mucho más amplio para construir una trama compleja. Paradójicamente, eso eleva el nivel de dificultad para lograr cohesión y coherencia entre todos los elementos. Pero, al menos, se da la oportunidad de explotar el potencial dramático, con unos personajes a los que se concede, por fin, algo de ingenio e iniciativa.

Tenemos a un «villano» (Pascal, interpretado por un Ethan Peck que da bastante el pego, con sus oscuros ojos, su grave voz, y su físico imponente), al que pueden intentar plantar cara. Pero por otro lado están los doctores Jerrems (William Mapother) y Layton (Mark Rolston). No por más secundarios, dejan de encarnar ese poder oculto y opaco que se sitúa por encima del hormiguero, en su altiva posición de dominio social tan bien metaforizada. Se les va de las manos el «experimento», y el psicópata de turno que han creado acaba repartiendo cuchillazos acá y acullá. Algo muy común en el cine, arraigado tanto en la literatura clásica como en el imaginario popular.

En primer plano, el rebaño de cabritillos, que son los que pringan. Den (Nathan Kress), sin el título de machito alfa, ya que ese rol lo asumirá la heroína Anna (Virginia Gardner). Incluso por encima del que, en teoría, debía ser el patriarca protector. Luego, el típico bufón asiático, «Scratch» (Ryan Higa), uno de esos «youtubers» top, seleccionado en el castin por tener millones de seguidores en la red. Éste será el encargado de proporcionar los momentos de alivio cómico. El roquero australiano Mark Furze es el bruto del grupo, el que lo soluciona todo a porrazos; cuando intenta pensar lo complica todo todavía más. En vez de ayudar, el muy «chuloputas», se convierte en un peligro interno. No falta la «florero», a cargo de una Kirby Bliss Blanton (Kristen), que está ahí únicamente para servir al morbo de la violencia visual despiadada. Y también Curtis, el sanitario asistente (Christopher Allen), quien compartirá solidariamente destino macabro con ella.

Aparte de Mapother (con una cobardía histérica que desentona cuando se encierra en un cuarto, en contraste con el aplomo, la seguridad y el aire intimidatorio que mostraba al principio del metraje, lo cual lo desacredita un poco), y de Peck (que ya lo lleva en la sangre; su abuelo fue uno de los grandes), son ellas quienes se trabajan mejor su papel, entre un guión flojo y diálogos, en ocasiones, directamente risibles. Ellos (Kress, Furze y Higa) son canapés «delicatessen», cada cual más delicioso para echarle un bocadito, pero resultan bastante menos convincentes.
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Todos siguen un patrón inflexible de moldes arquetípicos de cuento, lo cual coarta su soltura en lo que respecta a la expresión dramática. Se les ve— con excepción de Gardner y Bliss Blanton—, muy encorsetados en sus roles de manual. Más bien como una necesidad narrativa, de no ponerlo más complicado a un perfil de espectador que ya tendrá suficiente con una trama que genera chiribitas en los ojos, y necesitará todo lo demás bastante mascado para desembrollar el moño.

De hecho, demuestran ser buenos actores cuando tienen que salir tiritando de frío, en un «set» donde se rueda en pleno verano angelino, usando nieve artificial, CGI y otros potingues para simular el entorno invernal. El escenario es muy próximo —por ese rollo claustrofóbico, que exacerba lo inhóspito y gélido del exterior— a «D-Tox» (2002), de Jim Gillespie, interpretada por Sylvester Stallone. Ambas películas comparten un espacio cerrado y aislado, rodeado de nieve y hostilidad climática, donde un grupo de personas, aparentemente seleccionadas por razones terapéuticas, termina siendo víctima de un psicópata que se infiltra entre ellos y los va despachando uno a uno. En ambos casos, la nieve se convierte en cárcel, el refugio en trampa, y la confianza entre los personajes se resquebraja a medida que afloran el miedo y la sospecha.

Pero donde más se consigue la sensación del frío, es precisamente en los interiores: la nitidez de la fotografía de David McGrory, la luz de las salas médicas —gélida y cortante—, contrasta con las sombras y los filtros cromáticos que cubren otras partes del complejo donde se hospedan los sujetos del experimento. A ello se suma la asepsia del mobiliario, del utillaje, de cada rincón. Es ahí donde se nota verdaderamente la falta de tibieza: tanto ambiental, como humana.

La banda sonora de José Villalobos es uno de los apartados más desaprovechados. Aunque encaja con la factura técnica y con el enfoque narrativo general, es evidente que la música volvió a ser el patito feo de los presupuestos. Una composición grabada con una orquesta sinfónica como Dios manda habría elevado el caché de este «thriller» de forma exponencial.

Los efectos prácticos funcionan, y el trabajo de maquillaje en las muertes es, en general, sólido y contundente. Sin embargo, los retoques de CGI que se incorporan —especialmente para simular el temporal de nieve a través de las ventanas, o durante las visiones premonitorias— no hacen sino cargárselo.

El guión no gestiona bien los tiempos: líneas irregulares, un ritmo desigual, y una evidente falta de visión en crear cúlmenes de tensión. Ejemplo claro: el hallazgo fortuito de un vídeo que revela demasiado pronto la identidad y los motivos del psicópata; o el exceso de discusiones caóticas, carreras sin sentido y lamentos tipo «mamá, tengo miedo», justo en el tramo donde la tensión debería alcanzar su punto de nieve (valga la redundancia). Luego, todo son prisas.

Aunque aparentemente forzada —como un as tramposo bajo la manga—, la idea que defiende Anna (Gardner), de que se puede «vencer la fatalidad, porque no es más que una profecía autocumplida», no chirría por el concepto en sí, sino por su escaso desarrollo y pobre explicación. Pero lo cierto es que los libretistas ya nos lo tenían preparado: el tema del condicionamiento precognitivo es accesorio. Una simple herramienta para vestir el plan de una persona maltratada en experimentos, que se venga de quienes le infligieron daño... ¿que mueren criaturas universitarias inocentes? Se siente. Lo importante es que el científico y el ejecutivo pagan el pato acabando achicharrados, y que Pascal se va de rositas. Para que se cumpla la justicia narrativa.

Todo concluye con un Ethan Peck entre las sombras… pero no como Michael Myers esperando otra entrega, sino más bien como uno de esos personajes estoicos de Charles Bronson, contemplando en silencio el buen trabajo hecho. Sin palabras. Sin épica. Tan solo la fría satisfacción de quien ha cumplido con su cometido.
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