Mata Hari
1985 

3,6
200
Drama. Bélico
Mata Hari (Sylvia Kristel), la mujer más tentadora y peligrosa en una Europa destrozada por una guerra total, arrancaba secretos nacionales a hombres de estado en ambos lado de la contienda. Ella no pertenecía a nadie. Ninguna nación merecía su lealtad. Hoy es una leyenda, la espía más famosa de todos los tiempos. 1914. El conde von Beyerling y el capitán Ledoux conocen a lady MacLeod en un museo de París. Días después, en una fiesta de ... [+]
22 de septiembre de 2016
22 de septiembre de 2016
5 de 8 usuarios han encontrado esta crítica útil
Críptica, mística, herética. Así era la elementa.
De cuerpo serrano y pecaminoso que en pleno revoltijo bélico, la primera gran carnicería mundial, no se le ocurrió otra cosa a la pobre que meterse en camisa de once varas, en nefanda pelea de espías. Mala decisión. Mucho.
Bastante tenía con los devaneos venéreos como para además sumarle intrigas, delaciones y sustos. Si ya gozabas carne y meneo para qué querías además peligro y tanto memo al retortero.
La película es bruma imprecisa, vaho, vapor de nube, polvo de estrellas. Un engendro.
Tan difusa, vaga y aproximada como pesadilla de beata moribunda.
Sombras y especímenes. Coitos ahítos de tontuna, mal dados o pegados y repartidos, apátridas, inmerecidos claramente, buena mujer, tú valías más, venías del oriente y del mito, eras pantera, diosa oscura, no cuerpo mancillado por malandrines y mandriles, trasiego de hombres malos y necios.
Mucha untuosidad y dislate. Son los hermosos senos de la Kristel y su continua cara de sorpresa-susto (mala actriz, a dolor) en una especie de ¡¡recreación histórica!! (sic) de la trastienda diplomático-aventurera de la primera gran guerra. Del Asia colonial (parece que de allí venía la tigresa de Java) a la Europa guerrera.
Mezcla sin ninguna inspiración, al alimón, erotismo roñoso y torpe y calamitoso con solemnidad bizarra y soporífera y truña, todo aliñado por una pobreza alarmante de medios (casi, en bastante peor versión, como del tito Jess Franco) y una total falta de imaginación e inteligencia, y con un aire general de mortandad, abandono y perdición que sugiere casa de putas que no pagan el recibo de la luz desde hace tanto tiempo que ya son capaces de ver en la oscuridad, como búhos, a pesar de un casero zarrapastroso que las acosa día y noche con voluntad malsana; tal vez lugar de recreo opiáceo plagado de santos agonizantes; quién sabe si fiesta de máscaras en el infierno más lánguido; cementerio marino de elefantes humanos; reunión de vampiros en huelga de sangre; asociación de adictos al sexo duro (si hubiera tal idiotez), la heroína bruta (la hubo) y el paludismo (no me pronuncio) o tal vez ira de diablos cojuelos, tifus, piorrea...
Espantosa, atroz, inverosímilmente mala. Grasa, gajo, velo, broma macabra. Silencio suena solo.
De cuerpo serrano y pecaminoso que en pleno revoltijo bélico, la primera gran carnicería mundial, no se le ocurrió otra cosa a la pobre que meterse en camisa de once varas, en nefanda pelea de espías. Mala decisión. Mucho.
Bastante tenía con los devaneos venéreos como para además sumarle intrigas, delaciones y sustos. Si ya gozabas carne y meneo para qué querías además peligro y tanto memo al retortero.
La película es bruma imprecisa, vaho, vapor de nube, polvo de estrellas. Un engendro.
Tan difusa, vaga y aproximada como pesadilla de beata moribunda.
Sombras y especímenes. Coitos ahítos de tontuna, mal dados o pegados y repartidos, apátridas, inmerecidos claramente, buena mujer, tú valías más, venías del oriente y del mito, eras pantera, diosa oscura, no cuerpo mancillado por malandrines y mandriles, trasiego de hombres malos y necios.
Mucha untuosidad y dislate. Son los hermosos senos de la Kristel y su continua cara de sorpresa-susto (mala actriz, a dolor) en una especie de ¡¡recreación histórica!! (sic) de la trastienda diplomático-aventurera de la primera gran guerra. Del Asia colonial (parece que de allí venía la tigresa de Java) a la Europa guerrera.
Mezcla sin ninguna inspiración, al alimón, erotismo roñoso y torpe y calamitoso con solemnidad bizarra y soporífera y truña, todo aliñado por una pobreza alarmante de medios (casi, en bastante peor versión, como del tito Jess Franco) y una total falta de imaginación e inteligencia, y con un aire general de mortandad, abandono y perdición que sugiere casa de putas que no pagan el recibo de la luz desde hace tanto tiempo que ya son capaces de ver en la oscuridad, como búhos, a pesar de un casero zarrapastroso que las acosa día y noche con voluntad malsana; tal vez lugar de recreo opiáceo plagado de santos agonizantes; quién sabe si fiesta de máscaras en el infierno más lánguido; cementerio marino de elefantes humanos; reunión de vampiros en huelga de sangre; asociación de adictos al sexo duro (si hubiera tal idiotez), la heroína bruta (la hubo) y el paludismo (no me pronuncio) o tal vez ira de diablos cojuelos, tifus, piorrea...
Espantosa, atroz, inverosímilmente mala. Grasa, gajo, velo, broma macabra. Silencio suena solo.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La mataron malamente. Chivo expiatorio. Confusión sin fin.
Llanto de muerte por una boba vacua. Vampiresa que voló alto, o eso creyó, y cayó bajo, eso fue.
Llanto de muerte por una boba vacua. Vampiresa que voló alto, o eso creyó, y cayó bajo, eso fue.
6 de octubre de 2016
6 de octubre de 2016
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Curtis Harrington fue un director que nos hizo concebir grandes esperanzas. Descubierto, otro más, por Roger Corman (algún día convendría valorar el papel desempeñado por el director y productor en el lanzamiento de los grandes realizadores de los años 70), principió su carrera con dos títulos asaz extraños y proscritos, Marea nocturna y Planeta sangriento, en la que contó con la presencia paternal y protectora de Basil Rathbone y Forrest J. Ackerman. Entre ambos, reconvirtió una película rusa en estadounidense, Viaje al planeta prehistórico, que no he tenido el (dis)gusto de ver. Luego llegó La muerte llama a la puerta, que llamó poderosamente la atención de los fans del género, pero poco a poco las expectativas fueron menguando y Harrington fue engullido por la televisión, hasta que el espantoso tándem Golan-Globus, un par de judíos avispados que entraron como un elefante en una cacharrería en la cinematografía de Estados Unidos con la productora Cannon, le ficharon. Lástima que aceptara. Con la Cannon invadieron de basura las pantallas mundiales, al tiempo que sufragaban obras de presunta "qualité" (por ejemplo, El rey Lear, de Jean-Luc Godard, un desaguisado de mucho cuidado). Mata Hari está a caballo entre ambas tendencias, aunque en seguida se decanta por el erotismo con glamour, aprovechando el tirón de su estrella Sylvia Kristel, que en aquella época iba hasta las cejas de coca y alcohol. La película es un disparate que mezcla guerra con amoríos con espionaje con presuntas escenas atrevidas, que sirven de pretexto a Kristel para airear sus encantos. Los diálogos son necios, la fotografía borrosa y birriosa, la música indigesta, que no diegética, y las interpretaciones horrorosas. Mata Hari terminó con la carrera de Harrington, que moriría en 2007 triste y olvidado. Kristel cayó en barrena y pasó los últimos años filmando telefilms de Emmanuelle. Nunca más volvió a levantar cabeza. Evidentemente, y dejando aparte el clásico de Greta Garbo, yo prefiero la versión de Jean-Louis Richard con Jeanne Moreau, mucho más creíble.
Sólo para fans irredentos de Sylvia Kristel.
Sólo para fans irredentos de Sylvia Kristel.
12 de febrero de 2022
12 de febrero de 2022
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Llegada de la nada y a la nada que se fue. Su origen fue siempre un misterio, difuso y oscuro, lleno de leyenda exótica y mística que se confundía con una realidad mucho más triste y cruda...
Pero en la ficción jamás gozó de una representación demasiado fiel, por desgracia; se prefirió conservar su mito.
Y en esta ocasión sucede exactamente lo mismo. Producto curioso y extraño de la a partes iguales infame y entrañable casa de Yoram Globus y Menahem Golam, quienes ya en aquella mitad de los '80 se esforzaban en sacar a la luz algunos de los títulos más extravagantes, amén de chapuceros, de la década; en realidad todo forma parte de un deseo: recobrar la fama de Sylvia Kristel, con la que ya habían trabajado y quien se ahogaba en drogas y alcohol mientras era rechazada en importantes proyectos ("El Ansia", "Octopussy", "Érase una Vez en América"...) o, por lo que fuera, los rechazaba ("Dune", "Blade Runner", "Scarface"...).
Aventurarse en un drama de época, ni más ni menos, eso quisieron los de Israel, y metieron a un Curtis Harrington que vagaba en el medio televisivo y cuyas otroras interesantes obras seguro estaban ya olvidadas; pero la historia que va a recrearse es la de Margaretha Zelle, y uno duda al ser Cannon la responsable, primero porque ya se llevaron al cine las desventuras de la erróneamente considerada mujer fatal por excelencia y fría espía internacional, y segundo porque era muy difícil superar a las mujeres que la interpretaron (con mayor o menor veracidad), caso de Jeanne Moreau y ante todo Greta Garbo.
Todo fan (y cualquier espectador de 1.931 que la viera en el cine) no podría olvidar la sensualidad desprendida por la nativa sueca en su primera aparición encarnando a "Mata-hari", hoy en día naïf, algo desfasada; sin embargo los robóticos y fríos ademanes de Kristel poco se pueden comparar con los contoneos y movimientos tan sugerentes de Garbo, por muy desnuda que aparezca. Por ello sólo el inicio ya hace saltar la alarma a cualquiera, y no precisamente la de la pulsión sexual; Joel Ziskin inicia esta historia como todas las anteriores, cuando Zelle ya es famosa en el continente y su traumático pasado ha quedado sepultado por las leyendas y los mitos.
Mito desde el principio, pues aparece danzando en lo que parece ser un templo sagrado en Java (cual diosa de la belleza y la lujuria reencarnada). Y de ahí vamos de la mano de dos oficiales, uno francés (Ladoux) y otro alemán (Von Bayerling), que aún son amigos en una Europa a punto de verse inmersa en la guerra tras el asesinato de Francisco Fernando de Austria y las movilizaciones rusas contra Alemania, quienes a su vez se enemistan contra Francia. En este marco histórico agitado, explosivo, Zelle era en realidad una cuarentona que perdía fama por culpa de imitadoras más jóvenes y que se vio implicada entre figuras políticas y militares.
La cámara de Harrington se mueve solemne entre grandes escenarios y decorados suntuosos, pero su avanzar es algo apático, frío, condicionado por el deseo de querer hacer un drama de época grandilocuente y romántico al estilo clásico de Hollywood mientras la pantalla se llena de secundarios mal aprovechados, música dramática estridente, secuencias de sexo terriblemente ejecutadas, sin pasión alguna y demasiado pretenciosas (compárenlas con las de "Fuego en el Cuerpo", por ejemplo), y la distante interpretación de Kristel, que "da vida" a una Zelle manipulada, una marioneta de complicadas intrigas políticas y embaucada por amor.
En este sentido casi se puede acercar a la verdad, pero su desafección (causada por sus adicciones) lastra las emociones fatales que debería reflejar el personaje, perdido en sordideces que más la emparentan con la antigua Emmanuelle que con la bailarina de los Países Bajos (su naturaleza es más lujuriosa y menos sensual, dotando al film de cierto carácter "exploitation" farragoso). Atrapada entre esos dos romances que son Ladoux y Von Bayerling (ni rastro del amante ruso Vadim Maslov), su peripecia empieza a coger algo de interés cuando ya se ve totalmente arrastrada por los pérfidos planes de la otra espía Elsbeth Schragmüller (más mujer fatal que Zelle).
A partir de que la veamos cruzando milagrosamente las líneas enemigas y sea presa de esa maraña conspiratoria y el atentado en la catedral, haciendo gala Gaye Brown y Gottfried John de sus buenas actuaciones y donde por fin la acción dramática resulta decente en su narración y exposición, es cuando la película puede permitirse mejorar...sin embargo a estas alturas, pasada más de una hora de metraje, ya se ha deshinchado por completo, se ha perdido en su tedioso ritmo, en su insoportable pomposidad y artificio, en lo innecesario de sus eróticos momentos.
Kristel hizo lo que pudo pero bajo los efectos del alcohol y la cocaína, y su "Mata-hari" no posee el carisma de la que interpretó Jeanne Moreau ni por supuesto la magnificencia de la de Garbo. A su diestra e izquierda un correcto Oliver Tobias y un excesivamente dramático Christopher Cazenove, ambos más interesantes que la protagonista, quien ya no se recuperaría en su carrera pues el batacazo del film fue mayúsculo, propiciado por un montaje nefasto que variaba según el país de estreno, cuyas decisiones tomadas por Cannon deprimieron y mucho al director.
En definitiva una obra plagada de inconvenientes que queda enclaustrada en esa lista de "películas que pudieron haber sido mejores"; en este caso cambiando el guión, la productora y la protagonista.
Presenta el punto más alto de la mediocridad de Cannon y deja otra vez a la enigmática Margaretha Zelle sin una fiel representación en la ficción, lo cual se ha seguido intentando en el cine y la televisión...
Pero en la ficción jamás gozó de una representación demasiado fiel, por desgracia; se prefirió conservar su mito.
Y en esta ocasión sucede exactamente lo mismo. Producto curioso y extraño de la a partes iguales infame y entrañable casa de Yoram Globus y Menahem Golam, quienes ya en aquella mitad de los '80 se esforzaban en sacar a la luz algunos de los títulos más extravagantes, amén de chapuceros, de la década; en realidad todo forma parte de un deseo: recobrar la fama de Sylvia Kristel, con la que ya habían trabajado y quien se ahogaba en drogas y alcohol mientras era rechazada en importantes proyectos ("El Ansia", "Octopussy", "Érase una Vez en América"...) o, por lo que fuera, los rechazaba ("Dune", "Blade Runner", "Scarface"...).
Aventurarse en un drama de época, ni más ni menos, eso quisieron los de Israel, y metieron a un Curtis Harrington que vagaba en el medio televisivo y cuyas otroras interesantes obras seguro estaban ya olvidadas; pero la historia que va a recrearse es la de Margaretha Zelle, y uno duda al ser Cannon la responsable, primero porque ya se llevaron al cine las desventuras de la erróneamente considerada mujer fatal por excelencia y fría espía internacional, y segundo porque era muy difícil superar a las mujeres que la interpretaron (con mayor o menor veracidad), caso de Jeanne Moreau y ante todo Greta Garbo.
Todo fan (y cualquier espectador de 1.931 que la viera en el cine) no podría olvidar la sensualidad desprendida por la nativa sueca en su primera aparición encarnando a "Mata-hari", hoy en día naïf, algo desfasada; sin embargo los robóticos y fríos ademanes de Kristel poco se pueden comparar con los contoneos y movimientos tan sugerentes de Garbo, por muy desnuda que aparezca. Por ello sólo el inicio ya hace saltar la alarma a cualquiera, y no precisamente la de la pulsión sexual; Joel Ziskin inicia esta historia como todas las anteriores, cuando Zelle ya es famosa en el continente y su traumático pasado ha quedado sepultado por las leyendas y los mitos.
Mito desde el principio, pues aparece danzando en lo que parece ser un templo sagrado en Java (cual diosa de la belleza y la lujuria reencarnada). Y de ahí vamos de la mano de dos oficiales, uno francés (Ladoux) y otro alemán (Von Bayerling), que aún son amigos en una Europa a punto de verse inmersa en la guerra tras el asesinato de Francisco Fernando de Austria y las movilizaciones rusas contra Alemania, quienes a su vez se enemistan contra Francia. En este marco histórico agitado, explosivo, Zelle era en realidad una cuarentona que perdía fama por culpa de imitadoras más jóvenes y que se vio implicada entre figuras políticas y militares.
La cámara de Harrington se mueve solemne entre grandes escenarios y decorados suntuosos, pero su avanzar es algo apático, frío, condicionado por el deseo de querer hacer un drama de época grandilocuente y romántico al estilo clásico de Hollywood mientras la pantalla se llena de secundarios mal aprovechados, música dramática estridente, secuencias de sexo terriblemente ejecutadas, sin pasión alguna y demasiado pretenciosas (compárenlas con las de "Fuego en el Cuerpo", por ejemplo), y la distante interpretación de Kristel, que "da vida" a una Zelle manipulada, una marioneta de complicadas intrigas políticas y embaucada por amor.
En este sentido casi se puede acercar a la verdad, pero su desafección (causada por sus adicciones) lastra las emociones fatales que debería reflejar el personaje, perdido en sordideces que más la emparentan con la antigua Emmanuelle que con la bailarina de los Países Bajos (su naturaleza es más lujuriosa y menos sensual, dotando al film de cierto carácter "exploitation" farragoso). Atrapada entre esos dos romances que son Ladoux y Von Bayerling (ni rastro del amante ruso Vadim Maslov), su peripecia empieza a coger algo de interés cuando ya se ve totalmente arrastrada por los pérfidos planes de la otra espía Elsbeth Schragmüller (más mujer fatal que Zelle).
A partir de que la veamos cruzando milagrosamente las líneas enemigas y sea presa de esa maraña conspiratoria y el atentado en la catedral, haciendo gala Gaye Brown y Gottfried John de sus buenas actuaciones y donde por fin la acción dramática resulta decente en su narración y exposición, es cuando la película puede permitirse mejorar...sin embargo a estas alturas, pasada más de una hora de metraje, ya se ha deshinchado por completo, se ha perdido en su tedioso ritmo, en su insoportable pomposidad y artificio, en lo innecesario de sus eróticos momentos.
Kristel hizo lo que pudo pero bajo los efectos del alcohol y la cocaína, y su "Mata-hari" no posee el carisma de la que interpretó Jeanne Moreau ni por supuesto la magnificencia de la de Garbo. A su diestra e izquierda un correcto Oliver Tobias y un excesivamente dramático Christopher Cazenove, ambos más interesantes que la protagonista, quien ya no se recuperaría en su carrera pues el batacazo del film fue mayúsculo, propiciado por un montaje nefasto que variaba según el país de estreno, cuyas decisiones tomadas por Cannon deprimieron y mucho al director.
En definitiva una obra plagada de inconvenientes que queda enclaustrada en esa lista de "películas que pudieron haber sido mejores"; en este caso cambiando el guión, la productora y la protagonista.
Presenta el punto más alto de la mediocridad de Cannon y deja otra vez a la enigmática Margaretha Zelle sin una fiel representación en la ficción, lo cual se ha seguido intentando en el cine y la televisión...
16 de octubre de 2024
16 de octubre de 2024
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Crítica de Mata Hari (1985)
La película Mata Hari (1985) es un intento fallido de recrear la historia de la famosa espía Margaretha Zelle, conocida como Mata Hari, cuya vida real fue mucho más fascinante que lo que este film logra transmitir. La película se enfoca en el erotismo y el sensacionalismo, explotando su imagen como una mujer fatal, pero descuida por completo su compleja vida como espía durante la Primera Guerra Mundial. Las actuaciones son planas, especialmente la de Sylvia Kristel, cuya interpretación se siente fría y distante. El guion es pobre, distorsiona los hechos históricos y convierte un drama de espionaje en una trama incoherente y carente de profundidad. Además, la producción de bajo presupuesto y la estética de baja calidad acentúan la sensación de una película vacía, más interesada en el mito que en la realidad.
Recomendación
Para una representación más fiel e informativa de Mata Hari, te recomiendo el documental Mata Hari: The Naked Spy (2017). Este documental explora en detalle la vida de Margaretha Zelle, su papel como espía y las circunstancias que la llevaron a su ejecución, ofreciendo un enfoque más equilibrado y basado en hechos históricos. También destaca los mitos que se crearon a su alrededor y cómo estos influyeron en su imagen pública.
La película Mata Hari (1985) es un intento fallido de recrear la historia de la famosa espía Margaretha Zelle, conocida como Mata Hari, cuya vida real fue mucho más fascinante que lo que este film logra transmitir. La película se enfoca en el erotismo y el sensacionalismo, explotando su imagen como una mujer fatal, pero descuida por completo su compleja vida como espía durante la Primera Guerra Mundial. Las actuaciones son planas, especialmente la de Sylvia Kristel, cuya interpretación se siente fría y distante. El guion es pobre, distorsiona los hechos históricos y convierte un drama de espionaje en una trama incoherente y carente de profundidad. Además, la producción de bajo presupuesto y la estética de baja calidad acentúan la sensación de una película vacía, más interesada en el mito que en la realidad.
Recomendación
Para una representación más fiel e informativa de Mata Hari, te recomiendo el documental Mata Hari: The Naked Spy (2017). Este documental explora en detalle la vida de Margaretha Zelle, su papel como espía y las circunstancias que la llevaron a su ejecución, ofreciendo un enfoque más equilibrado y basado en hechos históricos. También destaca los mitos que se crearon a su alrededor y cómo estos influyeron en su imagen pública.
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