Las vidas de FèlixSerieDocumental
6,0
57
Serie de TV. Documental
Fèlix Colomer tiene 29 años y a lo largo de todo este tiempo ha vivido innumerables vidas. Ha sido árbitro, ha trabajado en la industria del cine para adultos, ha formado una banda de trap, ha sido una promesa infantil del ajedrez… Y todas estas aficiones, trabajos y pulsiones vitales las ha vivido con intensidad y le han servido para extraer conclusiones y aprendizajes. Hace poco su vida cambió: ahora es padre. Y esto ha hecho que se ... [+]
30 de octubre de 2023
30 de octubre de 2023
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
El galardonado documentalista Felix Colomer vuelve a la carga, ahora con un canto a los valores de la juventud. La nueva serie las Vidas de Fèlix destila verdad en cada plano, en cada escena en cada uno de sus siete capítulos. Y eso, que a algunos les retraerá, es su mejor tarjeta de presentación. Fèlix te caerá caer mejor o peor, pero no podrás dudar de su honestidad.
Después de varios documentales de fractura clásica filmando el mundo que le rodea, Fèlix ha girado la cámara 180 grados, hacia su ombligo, para grabar su vida o mejor sus siete vidas, como el gato al que remite su nombre.
Resulta que el tío ha sido jugador infantil de ajedrez, árbitro adolescente de fútbol, joven director de vídeos porno, vegetariano militante muy agresivo en redes, cantante de trap, luchador antifascista, enamorado apasionado de su chica y, de repente, como traca final a tanto azar disparatado, ¡padre!
En la línea de los documentales de autor, como el laureado «How to do with John Wilson», también de HBO, Fèlix se burla de sí mismo con mucho humor. Pero también con tanta sinceridad que descubre cosas de sí mismo que no le gustan. Sin duda HBO vuelve a apostar por él (después de «Vitals») por ese ejercicio de introspección psicológica trabajado a fuerza de desnudar su alma.
Después de varios documentales de fractura clásica filmando el mundo que le rodea, Fèlix ha girado la cámara 180 grados, hacia su ombligo, para grabar su vida o mejor sus siete vidas, como el gato al que remite su nombre.
Resulta que el tío ha sido jugador infantil de ajedrez, árbitro adolescente de fútbol, joven director de vídeos porno, vegetariano militante muy agresivo en redes, cantante de trap, luchador antifascista, enamorado apasionado de su chica y, de repente, como traca final a tanto azar disparatado, ¡padre!
En la línea de los documentales de autor, como el laureado «How to do with John Wilson», también de HBO, Fèlix se burla de sí mismo con mucho humor. Pero también con tanta sinceridad que descubre cosas de sí mismo que no le gustan. Sin duda HBO vuelve a apostar por él (después de «Vitals») por ese ejercicio de introspección psicológica trabajado a fuerza de desnudar su alma.

Se auto flagela en cada minuto de cada capítulo: por qué fui tan agresivo, por qué mentí a todo el mundo, por qué abandoné, por qué tengo complejos, por qué quería ser famoso, cómo pude meterme en aquel ambiente, por qué me irrita... Lo cuenta todo a un personaje secundario, un Pepito Grillo que aparece de la nada pero que poco a poco va adquiriendo protagonismo, una conciencia en forma de niño de tres años, Riu, su hijo.
El contrapunto infantil de Riu al gamberro de su padre da a la serie una ternura fascinante. Las apariciones de Riu, junto a su madre Valèria, regalan escenas de un intimismo familiar que hacen aún más creíble el esperpéntico surrealismo de las historias a las que el director se lanza de cabeza, sin red de seguridad.
Porque surrealistas son los viajes de Fèlix a Pamplona para correr un encierro, a México para conocer al hombre con el pene más grande del mundo, a Toledo para filmar al recordman Guiness de récords Guiness, a Getafe para entrevistar a su admirado árbitro de la infancia, o a una manifestación por Pablo Hasel que le termina colocando en la portada del Washington Post. Circula tanto friki por capítulo que de todos se le pega algo... porque él los quiere a todos.
El contrapunto infantil de Riu al gamberro de su padre da a la serie una ternura fascinante. Las apariciones de Riu, junto a su madre Valèria, regalan escenas de un intimismo familiar que hacen aún más creíble el esperpéntico surrealismo de las historias a las que el director se lanza de cabeza, sin red de seguridad.
Porque surrealistas son los viajes de Fèlix a Pamplona para correr un encierro, a México para conocer al hombre con el pene más grande del mundo, a Toledo para filmar al recordman Guiness de récords Guiness, a Getafe para entrevistar a su admirado árbitro de la infancia, o a una manifestación por Pablo Hasel que le termina colocando en la portada del Washington Post. Circula tanto friki por capítulo que de todos se le pega algo... porque él los quiere a todos.
Fèlix nos regala momentos inolvidables, desde las interioridades inconfesables de un vestuario del Saló Eròtic de Barcelona hasta la emoción maternal de Valeria cantando a Riu la nana del Pterodáctilo.
Cada capítulo nos habla de reconciliación. Consigo mismo o con antiguos enemigos. La serie es pues una terapia, una propuesta freudiana de un cineasta muy contradictorio por demasiado humano. No hay verdades. Lo que hoy es verdad, mañana es papel mojado.
La técnica de inmersión en cada tema es siempre la misma, tirarse a la piscina sin mirar si hay agua. Y a menudo no la hay lo que a Fèlix, en su inocencia disfrazada de audacia, le deja perplejo. ¿Ha de educar a Riu en esa línea?
Las Vidas de Fèlix es, en definitiva, una radiografía de nuestra sociedad desde una juventud desacomplejada. La presentación de un tipo inseguro que aparenta seguridad y que se enfrenta a sus fantasmas con desparpajo.
Para algunos espectadores será demasiado diferente, otros creerán que el irreverente Fèlix que dispara contra todo es un falso personaje. Y errarán. Lo que nadie discutirá es que la serie es una bocanada de aire fresco en el casposo panorama de las plataformas.
Cada capítulo nos habla de reconciliación. Consigo mismo o con antiguos enemigos. La serie es pues una terapia, una propuesta freudiana de un cineasta muy contradictorio por demasiado humano. No hay verdades. Lo que hoy es verdad, mañana es papel mojado.
La técnica de inmersión en cada tema es siempre la misma, tirarse a la piscina sin mirar si hay agua. Y a menudo no la hay lo que a Fèlix, en su inocencia disfrazada de audacia, le deja perplejo. ¿Ha de educar a Riu en esa línea?
Las Vidas de Fèlix es, en definitiva, una radiografía de nuestra sociedad desde una juventud desacomplejada. La presentación de un tipo inseguro que aparenta seguridad y que se enfrenta a sus fantasmas con desparpajo.
Para algunos espectadores será demasiado diferente, otros creerán que el irreverente Fèlix que dispara contra todo es un falso personaje. Y errarán. Lo que nadie discutirá es que la serie es una bocanada de aire fresco en el casposo panorama de las plataformas.
Si sólo dispones de media hora a la semana para ver televisión, concédesela a Las Vidas de Fèlix. Y si no la ves, será culpa tuya.
Todo eso que te pierdes.
Todo eso que te pierdes.
19 de septiembre de 2025
19 de septiembre de 2025
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Después de ver ‘Temps Mort’ me cruzo con esta serie del mismo autor. Descubro un ejercicio de exhibicionismo desmesurado, donde la cámara se detiene en cada aspecto íntimo de la vida del director: su familia, sus relaciones, sus inseguridades. Aunque la serie tiene un ritmo ágil, la narración acaba girando siempre sobre un mismo eje: el ego del protagonista.
En el cine y la literatura, los biopics suelen tener dos variantes: una, retratar a un personaje cotidiano que sea representativo de una generación o realidad (es decir, un caso paradigmático), o dos, retratar a alguien tan excepcional que su sola existencia sea el testimonio de una sociedad entera (es decir, un caso único). Es evidente que Félix Colomer se percibe a sí mismo como alguien digno de la segunda opción, el problema es que su autoretrato, más que el de un referente, termina siendo el de un excéntrico.
Mirarse a uno mismo sin la intención de ir más allá (es decir, trascenderse) convierte cualquier relato personal en un 'egotrip': un exhibicionismo hueco que, desgraciadamente, es cada vez más frecuente en nuestra sociedad. Tal vez con el tiempo descubramos que este egocentrismo desmesurado es, precisamente, el retrato generacional que nos quiere aportar Félix Colomer.
En el cine y la literatura, los biopics suelen tener dos variantes: una, retratar a un personaje cotidiano que sea representativo de una generación o realidad (es decir, un caso paradigmático), o dos, retratar a alguien tan excepcional que su sola existencia sea el testimonio de una sociedad entera (es decir, un caso único). Es evidente que Félix Colomer se percibe a sí mismo como alguien digno de la segunda opción, el problema es que su autoretrato, más que el de un referente, termina siendo el de un excéntrico.
Mirarse a uno mismo sin la intención de ir más allá (es decir, trascenderse) convierte cualquier relato personal en un 'egotrip': un exhibicionismo hueco que, desgraciadamente, es cada vez más frecuente en nuestra sociedad. Tal vez con el tiempo descubramos que este egocentrismo desmesurado es, precisamente, el retrato generacional que nos quiere aportar Félix Colomer.
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