La invención del cine
Aunque habitualmente se considera que el cine nace en 1895 con la presentación pública del «cinematógrafo» de los hermanos Louis y Auguste Lumière, que le da nombre, la cuestión de su origen depende en buena medida de lo que se considere «cine». Ya en el siglo XVIII existían espectáculos de linterna mágica —un primitivo proyector de diapositivas—, y en el XIX abundaron los llamados «juguetes ópticos»: taumátropos, zoótropos, folioscopios, fenaquistoscopios… Todos ellos se basan en el «efecto phi», principio fisiológico del cine según el cual el cerebro «funde» unas imágenes con otras cuando son muy similares y las recibe a un ritmo superior a aproximadamente doce por segundo. A finales de siglo son muchos los investigadores —especialmente en el ámbito científico, como los franceses Pierre Janssen y Étienne-Jules Marey— interesados en la «cronofotografía», la posibilidad de capturar el movimiento a través de instantáneas tomadas sucesivamente. Finalmente, será el inglés afincado en EE. UU. Eadweard Muybridge el encargado de fusionar las diversas líneas en su zoopraxiscopio (1879), un aparato que proyectaba un bucle de crono- fotografías de animales en movimiento que, en puridad, pue- de considerarse ya «cine». El reto para numerosos inventores, como el francés Louis Le Prince, el alemán Max Skladanowsky o el inglés William Friese-Greene, fue entonces construir una única cámara que permitiera tomar dichas cronofotografías (o fotogramas). Es decir: filmar.
El ladrón de Bagdad Thomas A. Edison, responsable –entre otros muchos inventos– del fonógrafo (conocido después como gramófono), que capturaba el sonido, deseando hacer lo propio con la imagen, puso a su empleado William K.L. Dickson a trabajar sobre la creación de Muybridge. El resultado fue el kinetógrafo (cámara) y el kinetoscopio (visor individual), dos aparatos eléctricos inventados en 1891 en los que ya se daban las características básicas del cine posterior: imágenes con formato 4:3 sobre un soporte de película flexible de 35 mm con perforaciones para hacerlo avanzar. Edison comenzó inmediatamente a sacar rendimiento a estas creaciones mediante un sistema de visionado individual: por una moneda, se podían contemplar a través de una mirilla las imágenes grabadas por el equipo de Edison en el primer estudio de la historia, la Black Maria.
Unos años más tarde, los hermanos Lumière crean su cámara perfeccionando el kinetógrafo. Por un lado, su cinematógrafo era manual, y por tanto portátil y más ligero, lo que permitía rodar en exteriores y hacer movimientos de cámara; por otro, la calidad de la imagen era mejor y funcionaba también como proyector, lo que hacía del visionado una experiencia colectiva. Esta diferencia esencial hace que los hermanos franceses sean hoy considerados, por la mayoría de los historiadores, los verdaderos inventores del cine.
La pasión de Juana de Arco La creación de una industria
El invento, progresivamente mejorado por muchos investigadores, entusiasmó al público desde sus inicios. Si en un primer momento convivió con otros espectáculos de variedades, pronto acabó consolidándose como un medio propio con un esplendoroso futuro. La faceta creativa comenzó a especializarse y profesionalizarse con el surgimiento de las primeras productoras y distribuidoras: Pathé y Gaumont en Francia, Nordisk en Dinamarca, Bioskop y Decla en Alemania, Cines en Italia. En EE. UU., las primeras compañías (Biograph, Vitagraph) se aliaron a la sombra del magnate Edison en la Motion Pictures Patents Company, conocida popularmente como el Trust. Intentando escapar del largo brazo de este verdadero monopolio cinematográfico, una serie de emigrantes europeos, en su mayoría de origen judío, se establecieron en un perdido pueblo de California atraídos por el buen tiempo, la variedad de paisajes y las buenas condiciones laborales: había nacido Hollywood.
Las pequeñas empresas de estos hábiles pioneros fueron creciendo y fusionándose hasta convertirse en enormes conglomerados de sonoro nombre: Universal (fundada en 1912), Famous Players / Paramount (1913), Fox (1914), CBC / Columbia (1918), Warner Bros. (1923), Disney (1923) y Metro-Goldwyn-Mayer (1924). A ellas hay que sumar la United Artists, fundada en 1919 por los directores David W. Griffith y Charles Chaplin y los actores Mary Pickford y Douglas Fairbanks, y, ya en los albores del sonoro, la RKO (1929).
Convertidas las salas de cines en los nuevos templos del ocio, el medio comienza una imparable carrera como la forma creativa del siglo por excelencia.
A propósito de Niza (C)El desarrollo del lenguaje cinematográfico
En la explotación del nuevo medio prevaleció en un primer momento su fuerza meramente visual y documental, evidente por ejemplo en el catálogo de Edison. Sin embargo, ya la primera proyección de los Lumière incluía una película de ficción. A la postre, esta demostraría tener mucho más tirón entre el público. Enseguida fue evidente que el cine debía dotarse de fórmulas visuales y narrativas que permitieran al público entender lo que ocurría en una pantalla silente. Construir ex novo este lenguaje fílmico fue la principal aportación de los pioneros.
Frente a la herencia teatral explorada inicialmente por Georges Méliès o el film d’art francés, por poner dos ejemplos especialmente significativos, el montaje se reveló enseguida como el elemento esencial y privativo del cine, como prueban el trabajo de Edwin S. Porter para Edison o los experimentos de la Escuela de Brighton. La frontalidad y los largos planos generales fueron dejando paso a un lenguaje propio basado en la ubicuidad de la cámara (que además podía moverse), el sometimiento del encuadre a la acción y la fragmentación de un montaje que debía priorizar la continuidad (racord) entre planos y con ello la claridad expositiva, pronto con el apoyo de intertítulos y música en vivo.
A mediados de los años 10, David W. Griffith aúna y sistematiza el uso de los distintos tipos de planos, movimientos de cámara y transiciones para construir una lógica narrativa basada en el montaje que es, en lo esencial, la del cine actual. Se consumaba así lo que Noël Burch denomina el paso del “Modo de Representación Primitivo” al “Modo de Representación Institucional”. Inspirado por los primeros largometrajes italianos y deseando imitar la fuerza expresiva de otras formas artísticas como la novela, el teatro o la ópera, Griffith demostró las posibilidades de dicho lenguaje en la fundacional –y moralmente deleznable– El nacimiento de una nación (1915).
Progresivamente depurado, este modelo narrativo “lineal”, basado en una cámara y un montaje invisibles, convivirá, sobre todo en Europa, con otros en los que un montaje basado en la yuxtaposición y el contraste estaba al servicio de valores artísticos o ideológicos muy distintos, como evidencian el expresionismo alemán, el cine político soviético o el experimentalismo vanguardista. No obstante, la narrativa “clásica” se acabará convirtiendo, hasta hoy, en una suerte de koiné o lenguaje fílmico estándar.
Con el tiempo, las películas ganan también en duración –a partir de 1915 son habituales los largometrajes– y con ello en complejidad. Hacia 1920, el cine mudo ha alcanzado un grado máximo de perfección técnica y formal, pero también de sofisticación narrativa y dramática; en buena medida, porque la falta de diálogos obliga a encontrar constantemente nuevas e ingeniosas soluciones visuales y simbólicas. Así lo demuestran tanto los mencionados movimientos alemán y soviético –que, junto a la comedia muda estadounidense, poseen entradas propias en esta guía– como el hecho de que muchos autores incluyan ya esta década de los años 20 dentro la época dorada de Hollywood.
Aunque ya con anterioridad se habían estrenado películas con banda sonora grabada en un disco y sincronizada, será la exhibición en 1927 de El cantor de Jazz (Warner Bros.), el primer largometraje en contar con algunos diálogos y canciones, lo que marque el comienzo del fin del cine mudo. Su enorme éxito presagiaba el de los talkies, tan abrumador que para 1930 el cine mudo prácticamente había desaparecido. Y con él, una forma de narrar basada en la pura visualidad de un magnetismo, una sensibilidad y una fuerza poética sin igual.
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