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La Guía FilmAffinity

La historia del cine en sus principales etapas y movimientos

El nacimiento del cine. Las primeras décadas (1878-1932)
autor/a: Daniel Andreas
Desde su invención a finales del siglo XIX hasta la definitiva implantación del sonoro en torno a 1930, el cine se consolida en los países industrializados como un medio creativo de infinitas posibilidades y como el entretenimiento de masas por excelencia.

La invención del cine
Aunque habitualmente se considera que el cine nace en 1895 con la presentación pública del «cinematógrafo» de los hermanos Louis y Auguste Lumière, que le da nombre, la cuestión de su origen depende en buena medida de lo que se considere «cine». Ya en el siglo XVIII existían espectáculos de linterna mágica —un primitivo proyector de diapositivas—, y en el XIX abundaron los llamados «juguetes ópticos»: taumátropos, zoótropos, folioscopios, fenaquistoscopios… Todos ellos se basan en el «efecto phi», principio fisiológico del cine según el cual el cerebro «funde» unas imágenes con otras cuando son muy similares y las recibe a un ritmo superior a aproximadamente doce por segundo. A finales de siglo son muchos los investigadores —especialmente en el ámbito científico, como los franceses Pierre Janssen y Étienne-Jules Marey— interesados en la «cronofotografía», la posibilidad de capturar el movimiento a través de instantáneas tomadas sucesivamente. Finalmente, será el inglés afincado en EE. UU. Eadweard Muybridge el encargado de fusionar las diversas líneas en su zoopraxiscopio (1879), un aparato que proyectaba un bucle de crono- fotografías de animales en movimiento que, en puridad, pue- de considerarse ya «cine». El reto para numerosos inventores, como el francés Louis Le Prince, el alemán Max Skladanowsky o el inglés William Friese-Greene, fue entonces construir una única cámara que permitiera tomar dichas cronofotografías (o fotogramas). Es decir: filmar.

El ladrón de Bagdad

Thomas A. Edison, responsable –entre otros muchos inventos– del fonógrafo (conocido después como gramófono), que capturaba el sonido, deseando hacer lo propio con la imagen, puso a su empleado William K.L. Dickson a trabajar sobre la creación de Muybridge. El resultado fue el kinetógrafo (cámara) y el kinetoscopio (visor individual), dos aparatos eléctricos inventados en 1891 en los que ya se daban las características básicas del cine posterior: imágenes con formato 4:3 sobre un soporte de película flexible de 35 mm con perforaciones para hacerlo avanzar. Edison comenzó inmediatamente a sacar rendimiento a estas creaciones mediante un sistema de visionado individual: por una moneda, se podían contemplar a través de una mirilla las imágenes grabadas por el equipo de Edison en el primer estudio de la historia, la Black Maria.

Unos años más tarde, los hermanos Lumière crean su cámara perfeccionando el kinetógrafo. Por un lado, su cinematógrafo era manual, y por tanto portátil y más ligero, lo que permitía rodar en exteriores y hacer movimientos de cámara; por otro, la calidad de la imagen era mejor y funcionaba también como proyector, lo que hacía del visionado una experiencia colectiva. Esta diferencia esencial hace que los hermanos franceses sean hoy considerados, por la mayoría de los historiadores, los verdaderos inventores del cine.

La pasión de Juana de Arco

La creación de una industria

El invento, progresivamente mejorado por muchos investigadores, entusiasmó al público desde sus inicios. Si en un primer momento convivió con otros espectáculos de variedades, pronto acabó consolidándose como un medio propio con un esplendoroso futuro. La faceta creativa comenzó a especializarse y profesionalizarse con el surgimiento de las primeras productoras y distribuidoras: Pathé y Gaumont en Francia, Nordisk en Dinamarca, Bioskop y Decla en Alemania, Cines en Italia. En EE. UU., las primeras compañías (Biograph, Vitagraph) se aliaron a la sombra del magnate Edison en la Motion Pictures Patents Company, conocida popularmente como el Trust. Intentando escapar del largo brazo de este verdadero monopolio cinematográfico, una serie de emigrantes europeos, en su mayoría de origen judío, se establecieron en un perdido pueblo de California atraídos por el buen tiempo, la variedad de paisajes y las buenas condiciones laborales: había nacido Hollywood.

Las pequeñas empresas de estos hábiles pioneros fueron creciendo y fusionándose hasta convertirse en enormes conglomerados de sonoro nombre: Universal (fundada en 1912), Famous Players / Paramount (1913), Fox (1914), CBC / Columbia (1918), Warner Bros. (1923), Disney (1923) y Metro-Goldwyn-Mayer (1924). A ellas hay que sumar la United Artists, fundada en 1919 por los directores David W. Griffith y Charles Chaplin y los actores Mary Pickford y Douglas Fairbanks, y, ya en los albores del sonoro, la RKO (1929).

Convertidas las salas de cines en los nuevos templos del ocio, el medio comienza una imparable carrera como la forma creativa del siglo por excelencia.

A propósito de Niza (C)

El desarrollo del lenguaje cinematográfico

       En la explotación del nuevo medio prevaleció en un primer momento su fuerza meramente visual y documental, evidente por ejemplo en el catálogo de Edison. Sin embargo, ya la primera proyección de los Lumière incluía una película de ficción. A la postre, esta demostraría tener mucho más tirón entre el público. Enseguida fue evidente que el cine debía dotarse de fórmulas visuales y narrativas que permitieran al público entender lo que ocurría en una pantalla silente. Construir ex novo este lenguaje fílmico fue la principal aportación de los pioneros.

Frente a la herencia teatral explorada inicialmente por Georges Méliès o el film d’art francés, por poner dos ejemplos especialmente significativos, el montaje se reveló enseguida como el elemento esencial y privativo del cine, como prueban el trabajo de Edwin S. Porter para Edison o los experimentos de la Escuela de Brighton. La frontalidad y los largos planos generales fueron dejando paso a un lenguaje propio basado en la ubicuidad de la cámara (que además podía moverse), el sometimiento del encuadre a la acción y la fragmentación de un montaje que debía priorizar la continuidad (racord) entre planos y con ello la claridad expositiva, pronto con el apoyo de intertítulos y música en vivo.

A mediados de los años 10, David W. Griffith aúna y sistematiza el uso de los distintos tipos de planos, movimientos de cámara y transiciones para construir una lógica narrativa basada en el montaje que es, en lo esencial, la del cine actual. Se consumaba así lo que Noël Burch denomina el paso del “Modo de Representación Primitivo” al “Modo de Representación Institucional”. Inspirado por los primeros largometrajes italianos y deseando imitar la fuerza expresiva de otras formas artísticas como la novela, el teatro o la ópera, Griffith demostró las posibilidades de dicho lenguaje en la fundacional –y moralmente deleznable– El nacimiento de una nación (1915).

Progresivamente depurado, este modelo narrativo “lineal”, basado en una cámara y un montaje invisibles, convivirá, sobre todo en Europa, con otros en los que un montaje basado en la yuxtaposición y el contraste estaba al servicio de valores artísticos o ideológicos muy distintos, como evidencian el expresionismo alemán, el cine político soviético o el experimentalismo vanguardista. No obstante, la narrativa “clásica” se acabará convirtiendo, hasta hoy, en una suerte de koiné o lenguaje fílmico estándar.

Con el tiempo, las películas ganan también en duración –a partir de 1915 son habituales los largometrajes– y con ello en complejidad. Hacia 1920, el cine mudo ha alcanzado un grado máximo de perfección técnica y formal, pero también de sofisticación narrativa y dramática; en buena medida, porque la falta de diálogos obliga a encontrar constantemente nuevas e ingeniosas soluciones visuales y simbólicas. Así lo demuestran tanto los mencionados movimientos alemán y soviético –que, junto a la comedia muda estadounidense, poseen entradas propias en esta guía– como el hecho de que muchos autores incluyan ya esta década de los años 20 dentro la época dorada de Hollywood.

Aunque ya con anterioridad se habían estrenado películas con banda sonora grabada en un disco y sincronizada, será la exhibición en 1927 de El cantor de Jazz (Warner Bros.), el primer largometraje en contar con algunos diálogos y canciones, lo que marque el comienzo del fin del cine mudo. Su enorme éxito presagiaba el de los talkies, tan abrumador que para 1930 el cine mudo prácticamente había desaparecido. Y con él, una forma de narrar basada en la pura visualidad de un magnetismo, una sensibilidad y una fuerza poética sin igual.
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Películas esenciales
nota: ordenadas cronológicamente
  • Título original: La sortie des usines Lumière
    Dirección: Louis Lumière
    Para probar el cinématographe, sus creadores filmaron varios acontecimientos cotidianos, entre ellos a los trabajadores saliendo de la fábrica de productos fotográficos que heredaron de su padre. Aunque la calificación habitual de «la primera película de la historia» sea muy discutible, sí formó parte del programa de la primera proyección pública. En su carácter «documental» y «obrero» se ha querido ver el origen mítico de cierta tendencia al «realismo social» del cine europeo.
  • Título original: Le Voyage dans la Lune
    Dirección: Georges Méliès
    En un relato francófilo de la invención del cine, Georges Méliès sería el padre mítico del cine de ficción. Como muestra su encantadora obra maestra, el fuerte componente teatral de la puesta en escena se compensa con su inagotable imaginación visual —decorados, trajes—, su efectivo montaje —que incluye encadenados, elipsis y un racord espacial bastante correcto— y unos geniales efectos especiales a base de stop-motion, dobles exposiciones, planos «subacuáticos» y coloreados. Méliès representa, literalmente, la magia del cine.
  • Título original: The Great Train Robbery (S)
    Dirección: Edwin S. Porter
    El cine mainstream no seguirá la senda teatral y artesanal de Georges Méliès, sino que encontrará su propio lenguaje visual y narrativo poniendo la cámara al servicio de la acción, y no viceversa. Así ocurre en el primer wéstern de la historia, en el que la ubicuidad de la cámara y el atrevido montaje en paralelo permiten complejizar notablemente el relato, mostrando —pese a inevitables desajustes de ritmo— dos líneas narrativas simultáneas. Destaca asimismo su uso de los exteriores y panorámicas.
  • Título original: The Birth of a Nation
    Dirección: D.W. Griffith
    David W. Griffith no solo culmina en esta superproducción la construcción de un lenguaje narrativo basado en la adecuación de los planos a la acción, la búsqueda de la continuidad y la claridad expositivas (atención al montaje paralelo final, marca de la casa) y un uso eficaz de los encuadres, los ángulos y los movimientos de cámara, sino que emplea esos recursos para que su obra fílmica sea capaz de impactar y emocionar como una literaria o teatral. Lástima que esta pieza capital de la historia del cine sea también un despreciable monumento al racismo.
  • Título original: Körkarlen (The Phantom Carriage)
    Dirección: Victor Sjöström
    Basada en una obra de Selma Lagerlöf, primera mujer premio Nobel, este alucinado relato es un prodigio de complejidad narrativa y visual. A través de flashbacks, dobles exposiciones y otros recursos técnicos, Victor Sjöström, conocido por ser el protagonista de Fresas salvajes (Ingmar Bergman, 1957), pero mucho antes director de varias obras capitales del cine mudo en su Suecia natal y en EE. UU., como El viento (1928), compone una historia de fantasmas de un lirismo conmovedor y una fuerza expresiva que aún hoy dejan boquiabierto.
  • Título original: Nanook of the North
    Dirección: Robert J. Flaherty
    Robert J. Flaherty, que ya había rodado unos años antes cientos de horas de material –luego quemado– sobre los inuits, encontró financiación de una empresa peletera para rodar uno de los primeros largometrajes documentales de la historia. Aunque muchas situaciones estaban escenificadas para la cámara y el autor exageró el primitivismo de su héroe, la dureza del entorno y el “exotismo” de algunos momentos, como la construcción del iglú o la caza de la morsa, hacen que, a nuestros ojos, transpiren autenticidad.
  • Título original: Greed
    Dirección: Erich von Stroheim
    Avaricia es la obra maestra de uno de los más grandes directores del cine mudo, Erich von Stroheim, autor también de La reina Kelly (1929). Lamentablemente, es también una de las primeras obras mutiladas por el productor, aquí Irving Thalberg, en nombre de la comercialidad: las ocho horas iniciales quedaron reducidas, para horror de Stroheim, a dos y media. Con todo, sus imágenes poseen tal fuerza que, incluso en su versión cercenada, esta tragedia griega moderna rodada íntegramente en exteriores conmueve y deslumbra por igual.
  • Título original: Sunrise: A Song of Two Humans
    Dirección: F.W. Murnau
    Llegado el año anterior a EE. UU. desde Alemania, Friedrich Wilhelm Murnau supo combinar el drama clásico, el romanticismo de Hollywood y la fuerza visual del expresionismo alemán en esta obra maestra. Planteada casi como un poema en imágenes, impresiona tanto su brillantez formal como la combinación de intensidad y sutileza con que se retratan las emociones. Premiada en los primeros Óscar, fue pionera en tener banda sonora y efectos de sonido, aunque no diálogos, gracias al sistema Movietone.
  • Título original: Seventh Heaven (7th Heaven)
    Dirección: Frank Borzage
    Frank Borzage fue uno de los directores estadounidenses más interesantes de la época muda. Junto a El ángel de la calle (1928) y Estrellas dichosas (1929), destaca este intenso y realista melodrama, que narra una historia de amor sacudida por la miseria, la maldad y la guerra, con curiosas connotaciones religiosas. Pese a esta temática, resulta sorprendentemente moderna por la firme dirección, en especial por la magnífica puesta en escena y los atrevidos movimientos de cámara.
  • Título original: La Passion de Jeanne d'Arc
    Dirección: Carl Theodor Dreyer
    La inmensa capacidad expresiva del cine mudo y el interés de los creadores escandinavos –incluidos los pioneros– por la espiritualidad se reflejan inmejorablemente en este conmovedor largometraje. Carl Theodor Dreyer recreó el juicio a la Doncella de Orleans a través de lo que se conoce como una “sinfonía de primeros planos”, marcada por la desnudez radical de la puesta en escena, la contrastada fotografía de Rudolph Maté, los originales encuadres y la conmovedora encarnación –más que interpretación– de Maria Falconetti.
  • Título original: Un chien andalou
    Dirección: Luis Buñuel
    Dentro de la experimentación fílmica de las vanguardias, el interés del surrealismo por la libre asociación y la interpretación irracional de las imágenes se adecuaba especialmente bien al nuevo medio. Luis Buñuel y Salvador Dalí condensan las obsesiones del movimiento –la religión, el sexo, la muerte– en esta obra genial, cuyas imágenes –el ojo sajado por una navaja, la mano de la que brotan hormigas, el cadáver chorreante de un burro– aún escuecen nuestras retinas. Repetirían su provocación en La edad de oro (1930).
  • Título original: The Crowd
    Dirección: King Vidor
    Conocido por sus intensas obras de la etapa clásica, King Vidor fue uno de los grandes pioneros del cine mudo estadounidense. Sus principales creaciones son El gran desfile (1925) y este duro drama sobre las dificultades de un oficinista para sobrevivir entre la multitud de Nueva York. Destacan los movimientos de cámara, los planos en exteriores y el empleo de maquetas, que crean una obra de una inusitada fuerza visual y simbólica, sin dejar de ser muy emotiva y cercana al espectador.
Otras películas relevantes
nota: ordenadas cronológicamente
  • Título original: Sallie Gardner at a Gallop (The Horse in Motion)
    Dirección: Eadweard Muybridge
    A Eadweard Muybridge, un científico interesado en el estudio del movimiento, se le ocurrió hacer galopar a un caballo por una pista atravesada por 24 cuerdas conectadas a sendas cámaras ubicadas en paralelo a la pista. El resultado fueron 24 cronofotografías tomadas con centésimas de segundo de diferencia. Montadas, como si fueran fotogramas, en un fenaquistoscopio conectado a una linterna mágica, el resultado era la proyección de un bucle de un par de segundos de un caballo al galope. ¿Un GIF es ya cine?
  • Título original: L'arroseur arrosé (S)
    Dirección: Louis Lumière
    La primera proyección pública de los hermanos Lumière mostró también su primera obra de ficción, rodada en exteriores: una comedia cuya trama —un niño gasta una broma a un jardinero pisándole la manguera— se convertirá en un gag habitual del cine mudo. Pese a su sencillez, sorprende el dominio del encuadre, de la relación entre el cuadro y el campo, y de lo que podríamos denominar un muy primitivo «suspense», por el que el espectador sabe algo que ignora alguno de los personajes.
  • Título original: As Seen Through a Telescope
    Dirección: George Albert Smith
    Los cineastas de la Escuela de Brighton investigaron las posibilidades del montaje. En esta, una de sus primeras obras, un mirón observa con su telescopio cómo un hombre, con la excusa de atar los cordones a una joven ciclista, le toca el tobillo. En el plano general destaca el juego entre el primer término y el fondo, mientras que el plano detalle inserto, cuya máscara circular revela su carácter subjetivo, contribuye a explicar el curioso final. Una sintaxis básica pero eficaz al servicio de la claridad narrativa.
  • Dirección: Phillips Smalley, Lois Weber
    Aunque la industria del cine ha sido históricamente muy machista, contó desde sus inicios con grandes directoras. Junto a la pionera Alice Guy y la experimental Germaine Dulac, ambas francesas, destaca la estadounidense Lois Weber. La temática de Suspense no escapa a cierto sensacionalismo burgués entonces muy en boga –un vagabundo intenta robar un bebé y asesinar a su madre–, pero su fuerza visual –con atrevidas angulaciones de cámara–, su excelente montaje –paralelo y en pantalla partida– y su dominio del tempo narrativo no tienen nada que envidiar a los trabajos coetáneos de David W. Griffith.
  • Dirección: Winsor McCay
    Aunque no fuera el inventor de la animación –mérito que se disputan, entre otros, el inglés J. Stuart Blackton y el francés Émile Cohl–, el estadounidense Winsor McCay, creador asimismo de Little Nemo, uno de los primeros cómics, fue quien convirtió lo que hasta entonces no era sino una curiosidad en un verdadero género lleno de posibilidades. Su obra maestra posee interés no solo por la acertada animación y movimiento, sino por explicar brevemente la técnica y por inaugurar el idilio del cine con los dinosaurios.
  • Título original: Intolerance
    Dirección: D.W. Griffith
    Deseando responder a las justificadísimas acusaciones de racismo que recibiera por la fundacional El nacimiento de una nación, David W. Griffith presentó tan solo un año después esta superproducción en la que se relatan paralelamente cuatro episodios de la historia de la humanidad, unidos, supuestamente, por la intolerancia. Desaforada desde todos los puntos de vista, deslumbra su ambición visual y narrativa, pero carece de la emoción de su predecesora, y tampoco se comprende de qué manera debía exculpar a Griffith.
  • Título original: Ben-Hur: A Tale of the Christ
    Dirección: Fred Niblo
    Si las recreaciones de escenas bíblicas –una suerte de “autos sacramentales” modernos– gozaron de gran éxito en los primeros años del cine, y el cine ambientado en la Antigüedad clásica –más tarde conocido como péplum– lo tuvo en la década de 1910, Ben-Hur combinaba poco después ambas tradiciones. Una superproducción que asombra aún hoy por los decorados, el pulso narrativo, los movimientos de cámara y el estupendo montaje, como se aprecia en la sensacional carrera de cuadrigas (que el remake de 1959 imitaría descaradamente).
  • Alas 1927 Estados Unidos
    Título original: Wings
    Dirección: William A. Wellman
    Ganadora del primer Óscar a la mejor película (1929), esta superproducción bélica sigue resultando fascinante hoy por la dirección de William A. Wellman, que volvería después sobre el tema de la aviación: su uso de la cámara, sus espectaculares escenas de combates aéreos y la explicitud en el tratamiento de la violencia y el cuerpo (se entrevén desnudos masculinos y femeninos e incluye sugerencias homoeróticas) compensan el carácter más bien previsible y moralista del guion. Gary Cooper tiene un breve papel.
  • Título original: Underworld
    Dirección: Josef von Sternberg
    Antes de hacerse conocido por sus trabajos con Marlene Dietrich a comienzos del cine sonoro, Josef von Sternberg ya había deslumbrado a finales del mudo con obras como La última orden (1928) o esta, considerada la iniciadora del género de gánsteres, que posee ya muchos rasgos de su genio: una magnífica puesta en escena, una contrastada fotografía, una sutil dirección de actores y una enorme intensidad emocional. Destaca también su ágil montaje y el complejo guion del gran Ben Hecht, premiado en los primeros Óscar.
  • Título original: Napoleon
    Dirección: Abel Gance
    El pionero francés Abel Gance, conocido por Yo acuso (1919) y La rueda (1923), inventó para el clímax de su biopic de Napoleón un sistema en el que se obtenía una imagen panorámica mediante tres proyecciones simultáneas sobre tres pantallas unidas horizontalmente (Polyvision). Aunque este formato problemático hizo que la película circulara poco y en diferentes versiones de muy dispar duración, hoy es apreciada por su ambición y virtuosismo, que se extiende a los movimientos de cámara, el uso del color y los efectos especiales, entre otros aspectos.
  • Título original: Lonesome
    Dirección: Pál Fejös
    El clásico esquema de Hollywood “chico conoce chica, chico pierde chica, chico recupera chica” tiene en esta soberbia película, recientemente recuperada para el gran público, un punto culminante. El desparpajo de sus encuadres, movimientos de cámara y efectos visuales, unido a un montaje arrollador, le confieren una frescura y una modernidad asombrosas. Lo único obsoleto son, paradójicamente, los tres diálogos sonoros añadidos a posteriori: una prueba más de que a la poética del cine mudo no le faltaba nada.
  • Título original: À propos de Nice (S)
    Dirección: Jean Vigo
    Este collage visual, en el que Jean Vigo muestra la vitalidad de la ciudad francesa y el contraste entre el mundo de los turistas ricos y los barrios humildes, es un maravilloso ejemplo de la fuerza expresiva del cine más allá de la narrativa convencional. La magistral fotografía de Boris Kaufman –hermano de Dziga Vertov– explora las posibilidades de las angulaciones, enfoques y movimientos de cámara, mientras el rítmico montaje y un pícaro sentido del humor contagian la joie de vivre francesa.
Otras películas de interés
nota: ordenadas cronológicamente
  • Dirección: William K.L. Dickson
    La primera película para kinetoscopio mostrada en público, en la que tres hombres golpean rítmicamente un yunque, es también, según varios historiadores, la primera en la que alguien actúa frente a la cámara, dado que sus «protagonistas» no eran realmente herreros. Dentro de su simplicidad, este plano único de unos pocos segundos rodado por el trabajador de Thomas A. Edison que inventó la primera cámara y el primer visor de cine destaca por la calidad de su imagen, que permite apreciar muy bien el movimiento.
  • Título original: Hôtel électrique (El hotel eléctrico)
    Dirección: Segundo de Chomón
    El español Segundo de Chomón trabajó con Georges Méliès en París. De él aprendió los trucos que luego utilizaría en sus películas, especialmente el llamado “paso de manivela”. Esta técnica, conocida hoy como stop-motion, permite rodar fotograma a fotograma obras fantásticas como este cortometraje, basado en otro similar de James Stuart Blackton, donde se simula el movimiento por arte de magia de diversos objetos, creando un efecto entre cómico y fantasmagórico.
  • Título original: Cabiria, Visione Storica del Terzo Secolo A.C.
    Dirección: Giovanni Pastrone
    Basada en fuentes históricas y literarias, esta superproducción ambientada en las guerras púnicas es una de las primeras películas del género “colosal”, antecesor del cine épico y el péplum (es también el debut de Maciste). Pese a su artificiosa trama y abrupta narración, sin planos medios ni primeros planos y sostenida en los relamidos intertítulos de Gabriele D’Annunzio, su impresionante diseño de producción, sus suaves travellings y su uso de las masas inspiraron, junto a Quo Vadis? (Enrico Guazzoni, 1913), el salto al largometraje de David W. Griffith.
  • Häxan 1922 Suecia
    Dirección: Benjamin Christensen
    A medio camino entre el documental de pretensiones científicas y el género de terror en su vertiente más exploitation, este fascinante largometraje, basado en un tratado real del siglo XV sobre las cazas de brujas, muestra tanto la originalidad del cine mudo escandinavo como las posibilidades del medio al margen del relato tradicional. Brujería, satanismo, torturas y desnudos para una película alucinante en el sentido literal de la palabra, tan desconcertante hoy como lo fue en su época.
  • Título original: A Woman of Paris: A Drama of Fate
    Dirección: Charles Chaplin
    Esta película, pese a ser en su día un fracaso por no ofrecer al público lo que este esperaba de Charles Chaplin, quien ni siquiera actúa en ella, es un excelente melodrama en el que el director inglés demuestra su enorme talento como narrador. Destaca el ingenioso tratamiento de un relato por lo demás no especialmente original, la profundidad psicológica y emocional de sus personajes, entonces muy novedosa, y la brillante escena final, cuyo poso sentimental y agridulce ligereza conecta con las comedias de su autor.
  • Título original: The Thief of Bagdad
    Dirección: Raoul Walsh
    Raoul Walsh, que fue actor y ayudante de dirección en El nacimiento de una nación, es uno de los pioneros estadounidenses cuyo trabajo en el cine mudo quedó ensombrecido por su carrera posterior en el sonoro. En esta libre adaptación del relato de Las mil y una noches, un clásico del cine de aventuras protagonizado por Douglas Fairbanks, destacan los fastuosos decorados y los efectos especiales, unos sorprendentemente logrados (la alfombra voladora) y otros tan ingenuos como encantadores (los animales gigantes).
  • Título original: The Phantom of the Opera
    Dirección: Rupert Julian
    La conocida novela de Gaston Leroux fue la segunda película de terror de la Universal tras el éxito de El jorobado de Notre Dame (Wallace Worsley, 1923), con la que compartió protagonista. La producción resultó muy complicada, incluyendo cambios de director y varios montajes muy diferentes. En su versión final resulta fascinante por los suntuosos decorados, el famoso maquillaje de Lon Chaney y el primitivo tecnicolor de dos colores empleado en algunas escenas, así como por su ritmo y su exacerbado dramatismo.
  • Título original: Flesh and the Devil
    Dirección: Clarence Brown
    Previsible pero intenso drama en el que, junto a rasgos un tanto primitivos, como las superposiciones y ciertos excesos interpretativos, sorprende la estupenda dirección, especialmente en escenas tan visualmente fascinantes como la del primer beso o el duelo inicial. Similar mezcla posee el guion, que combina pasajes muy audaces (la comunión) con un final moralista. Su papel de femme fatale convirtió a Greta Garbo en una estrella y la llevó a repetir a menudo con Clarence Brown y el director de fotografía William Daniels.
  • Título original: The Unknown
    Dirección: Tod Browning
    Cinco años antes de La parada de los monstruos, Tod Browning mostraba ya su desprecio por convenciones y concesiones. Tras una aparente historia de amor marcada por el infortunio y la compasión late en realidad un alucinado descenso a los límites de la pasión y la maldad humanas, con un asombrosamente retorcido giro de guion que no conviene desvelar. Junto al villano por excelencia del cine mudo, Lon Chaney, destaca una jovencísima Joan Crawford en uno de sus primeros papeles como protagonista.
  • Título original: The Student Prince in Old Heidelberg
    Dirección: Ernst Lubitsch, John M. Stahl
    Tras una intensa y brillante carrera en Alemania (Madame DuBarry, 1919; Ana Bolena, 1920), Ernst Lubitsch fue contratado en Hollywood en 1922. Esta es, junto a El abanico de Lady Windermere (1925), su mejor obra muda estadounidense. En ella aparecen ya muchos de sus leitmotivs habituales: la ambientación centroeuropea, el amor como motor de la existencia, la sutil y elegante dirección y un tono general agridulce, aquí resaltado por la ausencia del tradicional happy ending.
  • Título original: La Chute de la maison Usher
    Dirección: Jean Epstein
    Adaptación del famoso cuento de Edgar Allan Poe –un autor muy querido por el cine mudo– que, mediante efectivos juegos visuales de corte casi vanguardista, característicos del discutido “cine impresionista” francés, logra trasladar a la pantalla la atmósfera entre onírica y terrorífica del relato original. Fue también uno de los primeros trabajos de Luis Buñuel en el cine como segundo ayudante de dirección y, según algunos autores, también guionista.
  • Título original: Otona no miru ehon - Umarete wa mita keredo
    Dirección: Yasujirō Ozu
    Aunque hay ejemplos de cine sonoro japonés desde 1927, la falta de medios y la tradición del benshi –un narrador que explicaba en voz alta lo que ocurría en la pantalla– hizo que el cine mudo perdurara en Japón hasta muy entrados los años 30. Esta simpática obra de Yasujiro Ozu, protagonizada por niños, muestra ya algunos de los rasgos de estilo de su director, como el tono contemplativo, la elegancia formal –con la cámara situada a la altura de los ojos de alguien sentado en el suelo– y cierta tendencia a lo discursivo.
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