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España España · Valladolid
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Voto de Julio Tamayo:
10
Voto de Julio Tamayo:
10
Drama La aburrida vida en un pueblo de Salamanca de Don Alejandro, un antiguo director de orquesta viudo, escéptico y solitario, da un vuelco cuando conoce a Goyita, una niña de trece años inteligente, imaginativa y sensible. Se trata de un amor platónico, pero que no obstante incomoda a algunos vecinos influyentes. (FILMAFFINITY)
15 de enero de 2026 1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Toda pérdida, todo cambio, exige un período de duelo, de transición. De una relación, aunque fuera de conveniencia, de 36 años, no se sale sin traumas, sin frustraciones, sin reproches, sin miedos. Y más cuando el final no ha sido consensuado, fruto del desgaste de la relación, sino por deceso, natural, del pater familias, que hasta ese momento se había encargado de cubrir todos los gastos, todos los pensamientos. Vamos que no hablamos de una relación adulta, igualitaria, sino de una relación tóxica de dependencia absoluta, material y espiritual. A decidir también se aprende, la voluntad se entrena, y a los españoles de posguerra les educaron como a niños tontos, como a polluelos sin alas, como a pollos sin cabeza. Pensar que de repente iban a salir volando del nido, repito sin alas, era pecar de optimistas, de buenistas. El ensimismamiento, la huida de la realidad, el exilio interior, del protagonista al principio, era el autismo de toda una generación, de todo un país, la conclusión lógica de décadas de represión, de sumisión forzada.
Héctor Alterio & Luis Politti
Que el charro Don Alejandro (no podía estar localizada en otra provincia, Salamanca fue la capital del bando nacional) se enamore, se ilusione, con la recién nacida democracia, con la libertad con ira, la caprichosa Goyita, la fascinante Goyita, no se iba a llamar Carmencita, tiene su lógica política, sociológica. Que queme todos los recuerdos de la dictadura como forma de exorcismo, personal y colectivo, también. Que la nueva relación tenga un fuerte componente masoquista, también, la igualdad es un proceso lento, progresivo, y los españoles venían de la esclavitud, del Síndrome de Estocolmo. España de repente se quitó varios kilos de encima, varios años, aparcó la pana, el pelo de la dehesa, y como les pasa a todas las personas que se vienen arriba en cuanto se apuntan al gimnasio o se ponen pelo, luego vino el efecto rebote. El de sentirse más viejos en comparación con la Movida España, el de que tanta revolución, tanto destape, tanto atracón de libertades, de nuevas e inesperadas responsabilidades, les viniera muy grande. Tanta inesperada felicidad embriaga, empalaga, estomaga, las alas en la madurez lucen menos, resultan bastante ridículas.
Ana Torrent
De ahí al último refugio, solo hay un paso, que el romántico walshiano Jaime de Armiñán por supuesto da. Sin amargura, sin resentimiento, sin quitarle lo bailao, lo soñao, siempre es preferible romperse la crisma tratando de saltar del nido, que permanecer eternamente encerrado en la jaula. Para renacer hay que morir. Los siguientes polluelos, Goyita, ya han nacido con alas, y sin miedo a volar. Una lección de coraje, de democracia, que han aprendido de los suicidas como Don Alejandro (significa defensor de la humanidad), su sacrificio, su martirologio, no ha sido en vano, han plantado la semilla de la libertad, de la igualdad. Un virus para el que no hay vacuna, tampoco cura.

Moraleja (de nuevo se trata de una fábula): Si en esta película transitiva solo ves la versión castiza de "Lolita" de Nabokov, háztelo mirar, te falta un hervor, el huevo está todavía a medio cocer, a medio romper.

"Es una historia de amor imposible, de soledad, esperanza y busca de libertad. Pese a este final no es pesimista; al contrario, está dentro del optimismo. Supone para un hombre, no vamos a decir viejo, pero sí mayor, la capacidad de volver a ser joven y de vivir. Sobre todo, de volver a vivir.” Jaime de Armiñán
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