Susana y Dios
5.3
105
14 de septiembre de 2018
14 de septiembre de 2018
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Algunos diálogos interesantes y situaciones que oscilan entre el humor, el drama y el romanticismo jalonan una historia de indudable interés pero que ofrece altibajos notables en su intensidad narrativa y, por lo tanto, adolece de un ritmo irregular que no termina de convencer al espectador.
El relato de R. Crothers presenta dificultades para ser trasformado en película y A. Loos no consiguió resolver todo los escollos para dotarle del realce merecido.
La implicaciones de orden religioso, psicológico y familiar están resueltas con corrección aunque el conjunto carece de brillantez.
Muy buena la participación de F. March y de J. Crawford como estrellas principales.
La presencia de R. Hayworth también merece reseñarse.
El relato de R. Crothers presenta dificultades para ser trasformado en película y A. Loos no consiguió resolver todo los escollos para dotarle del realce merecido.
La implicaciones de orden religioso, psicológico y familiar están resueltas con corrección aunque el conjunto carece de brillantez.
Muy buena la participación de F. March y de J. Crawford como estrellas principales.
La presencia de R. Hayworth también merece reseñarse.
15 de septiembre de 2014
15 de septiembre de 2014
5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me atreví a ser un poco generoso con la puntuación final que le doy a la película de esta vez, un raro y flojísimo Cukor, que sin embargo, alcanza con todos sus defectos a sacar lo mejor de una Joan Crawford espléndida como siempre. En ella y por ella, la película se deja ver a pesar de su guión tedioso y pesado que naufraga irremediablemente en las incongruencias al tratar de abarcar una historia cómica, romántica y dramática no saliendo a flote en ninguna de las tres. Lástima, porque no se pudo complementar el talento inigualable de la gran actriz con la melancólica presencia de un Fredric March completamente desubicado en su personaje poco creíble, no por culpa de él, claro, sino de un libreto paquidérmico y soso. No hay mucho que decir, de todos modos, las pocas escenas donde sale una novata y hermosa Rita Hayworth al lado de la gran Joan, resulta impagables. Al fin de cuantas, ése era mi gancho para verla y aguantarme hasta la palabra fin. Por lo demás, la historia de una mujer que vuelve después de haber sufrido una transformación espiritual que la empuja a cambiar la vida personal de su entorno fraterno, pero no el familiar con una muy discutible indiferencia, simplemente no engancha en ninguna parte de su perceptible larga duración. Sin embargo, queda como buen ejercicio de apreciar a la gigante Crawford, aún en la cima de su belleza singular y su talento interpretativo. Eso, y verla con Rita, es más que suficiente.
14 de septiembre de 2025
14 de septiembre de 2025
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No suele tener “Susan and God” buena consideración dentro de la filmografía de Cukor, teniendo en cuenta que por esos años el director filmaría obras notables como “Vivir para gozar”, “Mujeres” o “Historias de Filadelfia”.
Pero no por ello debería menospreciarse esta película, que a pesar de resultar un poco irregular y no conseguir despegarse del todo de su origen teatral, resulta bastante interesante en su premisa, y atrapa fácilmente el interés del espectador ante su curioso punto de partida.
Cuando la sofisticada Susan Trexel (Joan Crawford) regresa de un viaje por Inglaterra, sus amistades descubren atónitas que ha sido invadida por una ferviente vocación religiosa. Se considera una elegida, una portavoz del mismísimo Dios, que le impulsa a decir lo que piensa, sin filtros, sobre la vida y conducta de todos los que estén a su alrededor, escudándose en que su honestidad sirva para hacer reflexionar a los demás sobre sus defectos y errores.
Su actitud acaba resultando desquiciante por su intromisión en las vidas ajenas, más aún cuando su propia vida no es precisamente ejemplar. Su marido Barrie (Fredric March), al cual ha estado ignorando desde su regreso, intenta pedirle una nueva oportunidad, sabedor de que su alcoholismo ha ido minando la relación, y está dispuesto a luchar por ella. Además, su hija Blossom (Rita Quigley), que la admira, añora tener una madre de carácter más familiar, y menos preocupada por su imagen social.
Desde el primer momento percibimos el tono irónico subyacente, ya que es evidente que lo que Susan predica entra en conflicto con el desarrollo de su vida personal. Desbarata las vidas amorosas de los que están a su alrededor, pero se muestra fría y distante con su marido, en su intento de recuperar la relación entre ambos. El halo místico que Susan se ha atribuido a sí misma, junto con la condescendencia y superioridad moral con la que trata a todos, acentúa el tono de farsa irónica.
Como en muchas de las producciones de la época, observamos a un grupo de personajes que llevan una vida acomodada y a los que en ningún momento se les ve trabajando, o ni siquiera mencionando cómo se ganan la vida. Se reúnen en mansiones, con mayordomos, sirvientas y cocineros, y aparte de sus líos amorosos, sus preocupaciones giran en torno a si merecerá la pena o no abrir la casa de verano o permanecer es su residencia principal.
Por eso, si la película consigue resultar interesante y evitar caer en la frivolidad es gracias a la presencia de Joan Crawford. En un personaje inusual, bordeando continuamente la parodia, carga con una protagonista irritante, que se autoimpone un aura divina y mira a todos por encima del hombro. A su lado, un Fredric March entregado en su determinación por recuperar un matrimonio deteriorado, en gran parte, por su culpa. Sintiendo que está ante su última oportunidad, le hará una proposición desesperada: pasar el verano los tres juntos en familia, y si al terminar ese período no ha conseguido hacerle cambiar de idea, acepará el divorcio.
Pero no por ello debería menospreciarse esta película, que a pesar de resultar un poco irregular y no conseguir despegarse del todo de su origen teatral, resulta bastante interesante en su premisa, y atrapa fácilmente el interés del espectador ante su curioso punto de partida.
Cuando la sofisticada Susan Trexel (Joan Crawford) regresa de un viaje por Inglaterra, sus amistades descubren atónitas que ha sido invadida por una ferviente vocación religiosa. Se considera una elegida, una portavoz del mismísimo Dios, que le impulsa a decir lo que piensa, sin filtros, sobre la vida y conducta de todos los que estén a su alrededor, escudándose en que su honestidad sirva para hacer reflexionar a los demás sobre sus defectos y errores.
Su actitud acaba resultando desquiciante por su intromisión en las vidas ajenas, más aún cuando su propia vida no es precisamente ejemplar. Su marido Barrie (Fredric March), al cual ha estado ignorando desde su regreso, intenta pedirle una nueva oportunidad, sabedor de que su alcoholismo ha ido minando la relación, y está dispuesto a luchar por ella. Además, su hija Blossom (Rita Quigley), que la admira, añora tener una madre de carácter más familiar, y menos preocupada por su imagen social.
Desde el primer momento percibimos el tono irónico subyacente, ya que es evidente que lo que Susan predica entra en conflicto con el desarrollo de su vida personal. Desbarata las vidas amorosas de los que están a su alrededor, pero se muestra fría y distante con su marido, en su intento de recuperar la relación entre ambos. El halo místico que Susan se ha atribuido a sí misma, junto con la condescendencia y superioridad moral con la que trata a todos, acentúa el tono de farsa irónica.
Como en muchas de las producciones de la época, observamos a un grupo de personajes que llevan una vida acomodada y a los que en ningún momento se les ve trabajando, o ni siquiera mencionando cómo se ganan la vida. Se reúnen en mansiones, con mayordomos, sirvientas y cocineros, y aparte de sus líos amorosos, sus preocupaciones giran en torno a si merecerá la pena o no abrir la casa de verano o permanecer es su residencia principal.
Por eso, si la película consigue resultar interesante y evitar caer en la frivolidad es gracias a la presencia de Joan Crawford. En un personaje inusual, bordeando continuamente la parodia, carga con una protagonista irritante, que se autoimpone un aura divina y mira a todos por encima del hombro. A su lado, un Fredric March entregado en su determinación por recuperar un matrimonio deteriorado, en gran parte, por su culpa. Sintiendo que está ante su última oportunidad, le hará una proposición desesperada: pasar el verano los tres juntos en familia, y si al terminar ese período no ha conseguido hacerle cambiar de idea, acepará el divorcio.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Esa propuesta dejará atrás la comedia frívola, para dar paso a situaciones de más peso romántico y dramático. Ese cambio de tono posiblemente condicione la película, porque la farsa social con la que se iniciaba la trama no ha sido capaz de llegar hasta sus últimas consecuencias, cediendo en su desenlace a los cánones típicos de las comedias románticas. Algo que era difícil de vislumbrar tras el punto de partida.
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