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Laberinto trágico

Drama Un grupo de médicos holandeses es enviado a las indias orientales. Entre ellos está Anton Drager (Rock Hudson), que muestra un gran interés en trabajar con el Dr. Brits Jansen (Burl Ives). Su relación con él no sólo le servirá para ampliar sus conocimientos sobre la lepra, sino también para replantearse profundamente su escepticismo religioso. (FILMAFFINITY)
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Críticas ordenadas por utilidad
28 de mayo de 2015
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cruz al mérito por sus actividades en la Marina Mercante en 1945 (miembro activo de la resistencia anti-nazi), el holandés Jan de Hartog (1914 - 2002), fue hijo de un ministro calvinista y profesor de teología, cuya madre vivió también muy interesada en los estudios místicos. Habiendo emigrado con su familia a los Estados Unidos de Norteamérica en los años 50', de Hartog se hizo cuáquero y continuó escribiendo profusamente, siendo su primera novela en América un recuento del viaje que realizaran en el barco de la familia (una suerte de hospital flotante), que tituló, “The Little Ark”.

Entre aplaudidas obras como la comedia, “Hollands glorie”, “The Fourposter”, con la que ganaría el premio Tony, o “The Peaceable Kingdom”, por la que fue nominado al premio Nobel en 1972, de Hartog escribió, “The Spiral Road”, una suerte de historia mística y muy humana que, de inmediato, atrajo el interés de Hollywood.

Con guion de, John Lee Mahin y Neil Paterson, la dirección fue puesta en manos del polifacético director, Robert Mulligan, quien se encargó de ajustarse a los marcados criterios espirituales del escritor, pero, dando a la contraparte escéptica -representada en el personaje, Anton Drager (Rock Hudson)-, los mejores argumentos para que resultase una interesante confrontación. Hechos vs. Ideas tienen, entonces, una fuerte lid, en una historia ambientada en las islas orientales holandesas donde una estrecha y enriquecedora amistad entre, Drager y el Dr. Brits Jansen, tendrá lugar mientras ambos combaten la lepra en la colonia Leper de Manpuko y en otras lejanas tierras.

Obedeciendo a los reclamos del ego, Drager está interesado en hacerse (para su gloria), con los profundos y experienciales conocimientos del Dr. Jansen, mientras que éste sólo pretende salvar vidas humanas que, para él, lo son todo. Drager es ateo, siente que el hombre debe bastarse a sí mismo para conducir su vida y su ego lo lleva al extremo de repetir la más ilusa de las frases: “No te necesito a ti ni a nadie”. Mientras que, Jansen, presiente a Dios en todo lo que hace y en todo lo que ve, y de ésta manera consigue tener paz interior.

Estas y otras contradicciones, hacen de su amistad un enriquecedor intercambio de caracteres, y los primeros 73 minutos de la película (donde pudo cerrarse con absoluto beneplácito la historia), transcurren de manera divertida, edificante y pletórica de un admirable ejercicio humanitario. Pero, aunque no deja de ser interesante lo que sucede después, luce tan marcadamente como ilustración cristiana de que, el ego y el descreimiento de Dios conducen al hombre a la desgracia, que un cierto olor a incienso emana de la pantalla y la resplandeciente historia que, hasta entonces teníamos, se destiñe un poco y no faltará quien lo use para mofarse de ella.

Contra todo, Burl Ives, nos da una prueba de actuación de enorme altura y en los más variados tonos humanos; por su parte, Rock Hudson consigue un atractivo, pero veleidoso personaje, que quizás lo convierta en el peor aleccionado; y Gena Rowlands, hace un grato ejercicio de mujer madura que entiende que, la mejor prueba de que se ama profundamente, es no ser jamás obstáculo para los ideales del ser al que se ama.

Ingrato sería no mencionar a Edgar Stehli, quien resulta encantador en su recreación del Sultán (“¡Ya te veo, Sapolini!”), y a Geoffrey Keen, por su contenido y perseverante rol de Willem Wattereus, la suerte de consejero al que nada parece resultarle.

Título para Latinoamérica: LABERINTO TRÁGICO
Luis Guillermo Cardona
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10 de junio de 2023
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Interesante cinta, más de introspección religiosa que de aventuras. Un papel dramático que a Rock Hudson le queda grande, lo mires por donde lo mires.
Queda un poco en tierra de nadie, a medio camino entre una obra profunda de reflexión y una anécdota bienintencionada. No adquiere verdadera corporeidad, no profundiza en la tensión religiosa, ni en los sacrificios del protagonista por ser médico. Y la historia de amor se entrevera provocando que se pierda el foco de atención principal de la historia. No es que sea una película fallida, ni nada parecido, pero apuntaba más cosas que las que finalmente consigue.
Burl Ives está, sin embargo, inconmensurable, es uno de esos secundarios absolutamente de lujo, salvaje, con una interpretación racial, como todas las suyas. Un hombre duro, curtido en batallas, que aunque está deshumanizado mantiene la cordura con su código y con su propio yo.
Gena Rowlands juega el complemento femenino, pero no es una actriz que me llene. Tiene, para mi, algo de artificial, de impropio. Es una belleza tan rotunda que no debería ser actriz.
Para mi, para todos, Robert Mulligan será siempre en director de "Matar a un ruiseñor", también rodada en este 1962.
ÁAD
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