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El precio de la fertilidad

Ciencia ficción. Drama. Romance En un mundo futuro, sólo algunas mujeres pueden tener hijos. Son las llamadas "doncellas", que sólo pueden tener relaciones sexuales con el fin de procrear y deben cubrirse con una túnica roja que las identifica e impide que otros hombres puedan verlas. Una de ellas, Kate, tras ser entregada al Comandante Fred, trata de escapar de ese mundo totalitario, aunque sabe que puede costarle la vida, como le recuerdan constantemente los ... [+]
Críticas 6
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5
22 de junio de 2017
26 de 30 usuarios han encontrado esta crítica útil
A mediados de los años 80, la canadiense Margaret Atwood estaba preocupada por la nueva ola de conservadurismo que parecía avanzar por el mundo: eran los años de Reagan y de Thatcher y de otros gobiernos conservadores.

Así que decidió escribir una especie de fábula, una distopía. En el mundo imaginado por Atwood, años continuados de contaminación ambiental, las enfermedades y los malos hábitos de vida y alimentación (industrializada pero poco sana), han provocado serios problemas de fertilidad: pocas parejas pueden tener hijos, y menos aún son los que nacen vivos.

Se ha establecido un régimen militar en el que los jerarcas (los llamados Comandantes de la Fe) detentan un poder absoluto y teocrático sostenido por los llamados Ángeles (los soldados), y por los Ojos de Dios (o simplemente los Ojos, una especie de policía del pensamiento o policía secreta que espía y vigila a los posibles disidentes). En este mundo con problemas de natalidad son crímenes muy graves la homosexualidad, el aborto y el sexo que no tenga como fin la reproducción: garantizar que haya más niños.

Y sin ser mala, y tener cierto éxito y obtener cierto reconocimiento, lo cierto es que la novela tampoco logró pasar a los anales de la ciencia ficción como uno de los libros más recordados. Hasta cierto punto es lógico, en esto de las distopías Un mundo feliz y 1984 dejaron el listón muy alto, y The Handmaid’s Tale es un libro mucho más adulto que las historias distópicas de adolescentes que vendrían después (series como las de Los juegos del hambre, Divergente, El corredor del laberinto,...) y que si tendrían mucho éxito de público.

Algunos años después, en 1990, se hizo esta adaptación al cine, una película alemana que en España se tituló El cuento de la doncella, que no es que estuviera mal, pero que no tuvo ningún éxito y es bastante poco conocida.

En el mundo imaginado por Margaret Atwood, las mujeres tienen asignados unos papeles muy concretos y son divididas en clases (casi como castas) y obligadas a seguir un estricto código de conducta y de vestimenta.

Están las esposas, la cúspide de la pirámide aunque para ellas también rigen prohibiciones como las de leer o escribir libros, que visten siempre de azul. Por supuesto están las viudas, las esposas cuyos maridos han fallecido (vestidas de riguroso negro, sobran las explicaciones) y las hijas, tanto naturales como “adoptadas” (ya os explicaré lo de las comillas), obligadas a vestir de rosa (los hijos no, esos siguen otro camino).

También están las Martas, mujeres que no pueden tener hijos, bien por su edad, bien por ser estériles (recordad que la esterilidad es un serio problema en este mundo), que están destinadas a ser sirvientas dedicadas a las tareas del hogar: cocinar, limpiar...

Y también están las criadas que también son sirvientas asignadas a las familias de los comandantes, vestidas de rojo, pero estas si son mujeres probadamente fértiles, que pueden tener hijos.

Por último están las tías, mujeres no fértiles, no casadas y normalmente de cierta edad que visten de color marrón, las únicas a las que se permite leer, y cuya función es adiestrar a las criadas.

Por supuesto no toda la población vive así: esto está reservado para los jerarcas del régimen, los Comandantes y sus familias. El resto (los hombres de clase social más baja, tienen esposas que deben cumplir todos los papeles (esposa, Marta, criada) a la vez, a las que se denomina “Econowives” en el original.

Y estas son las mujeres “legítimas”, las clases socialmente aceptadas. Además están las no-mujeres (las solteras por decisión propia, las lesbianas, las monjas, algunas viudas, las criadas que no han logrado concebir hijos, y en general las mujeres “disidentes”) que son ejecutadas o exiliadas para trabajar en las llamadas colonias (áreas rurales, agrícolas, con fuerte polución).

Y por último las Jezabels, las prostitutas, bien las que ya eran profesionales antes, bien las que se han visto forzadas a ello para eludir ser declaradas no-mujeres.

Pero el meollo de la historia (y la razón del título: El cuento de la criada) viene del papel de las criadas (o las doncellas, según la versión). Su “trabajo” es tener hijos, y se considera casi sagrado, una bendición. El problema es que no es voluntario, claro, es obligado: la historia cuenta las vivencias de una de ellas, que es capturada cuando intentaba escapar con su familia a Canadá.

Aunque rodeada de una parafernalia y una liturgia místico-religiosa, su papel no es otro que el de ser úteros andantes: son reproductoras, están ahí para tener hijos. Cada mes, en sus días fértiles, tiene lugar “la ceremonia” en la que se tienden de espalda sobre el regazo de la esposa que la sujeta, mientras el comandante intenta hacer lo suyo. Todo muy aséptico y muy ceremonial: Nadie se desnuda, ni la criada ni la esposa ni el comandante, por supuesto el comandante no toca ni acaricia a la criada (aparte de penetrarla, claro). De hecho la criada (aquí es la doncella) debe vestir un velo rojo que le oculta la cara.

Más en: http://el-pobre-cito-hablador.blogspot.com.es/2017/06/el-cuento-de-la-criada-nolite-te.html
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Como curiosidad: la principal diferencia entre serie, película y libro es el final, no porque sean distintos, sino porque unos cuentan más y otros menos. La serie acaba cuando Defred es llevada por los Ojos. La película acaba un poco después, cuando Defred ha logrado (con ayuda, claro) escapar de ese mundo, y además deja entrever como los movimientos de resistencia formados por insurgentes están iniciando la batalla por derrocar al gobierno de Gilead. Y en cuando al libro, abarca lo que cuenta la película, pero además tiene un capítulo final, una especie de epílogo en el que (más de un siglo después) en un congreso de historiadores, un par de profesores presentan unas antiguas cintas grabadas por la criada como ilustración de lo que fue el “breve periodo de Gilead”, antes de que el régimen cayera. Por tanto, en el libro, todo está narrado como si fuera como un gigantesco flashback en el que la criada (mediante las cintas) cuenta su historia.
6
25 de enero de 2009
20 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Visión de un futuro no muy lejano, donde, una vez más, la humanidad está siendo condenada a su desaparición por el aumento de la infertilidad en las mujeres. La élite social, única capacitada para trascender y dejar descendencia, ante la incapacidad física de sus mujeres por tener hijos, recurren a las doncellas (mujeres fértiles) para, en un ritual de apareamiento, logra este propósito.
Curiosa película en muchos aspectos. Estupendo reparto, buen guión, fría dirección, logra transmitir esa frialdad que impregna la obra, quizás fallando más en la parte referente a la relación entre Richardson y Quinn, no quedando muy clara las verdaderas motivaciones y lealtades de éste último. Bajo la apariencia de telefilm, subyace una obra pesimista y espejo atemporal en el que integrar este futuro de colores y roles.
6
10 de octubre de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
367/10(06/10/25) La adaptación cinematográfica de “El cuento de la criada” (1990) es una de esas películas que empiezan con promesa y acaban arrastrándose por el polvo como una ceremonia sin fe. Brilla en sus primeros compases —con un envoltorio estético que parece prometer una disección incómoda del fanatismo y la opresión— pero termina hundida en una tibieza que ni Volker Schlöndorff sabe cómo sacudir. La valoro más por los rescoldos de una buena idea original más que por méritos propios. Lo que podría haber sido una distopía escalofriante se queda en un ejercicio de compostura fría, como si el director y el guionista se hubieran quedado dormidos en medio de la ceremonia mensual.

La trastienda del proyecto es, de hecho, mucho más apasionante que el resultado. Estamos ante la primera adaptación cinematográfica de la influyente novela de Margaret Atwood (1985), una obra que ya en su tiempo funcionaba como advertencia política, parábola feminista y relato de ciencia ficción con filo. La dirección recayó en el alemán Volker Schlöndorff (célebre por “El tambor de hojalata”), un hombre que en teoría sabía cómo lidiar con distopías morales y sociedades enfermas. El guion fue obra —al menos en parte— del dramaturgo británico Harold Pinter (“La amante”), que, viendo el resultado, trató de borrar su nombre de los créditos. No lo logró, y quizá por eso la película lleva la marca de un desencuentro creativo mal resuelto, la tensión entre la densidad política de Atwood y la concisión casi gélida de Pinter no encuentra un timbre propio.

Pinter escribió un guion que fue modificado hasta la saciedad, y no por casualidad se mostró profundamente descontento con lo que Schlöndorff hizo con su material. El resultado es un híbrido sin pulso, donde la sátira, la advertencia política y el melodrama carcelario se pisan unos a otros.

La ambientación es peculiar. Schlöndorff parece haber decidido que no hacía falta construir un futuro verosímil, sino apenas insinuarlo. Los escenarios son limitados, austeros, con vehículos pintados de negro mate que parecen sacados de un rodaje escolar acelerado. No hay casi trazas de un mundo exterior; todo sucede en interiores asépticos, fríos, donde la ceremonia sustituye a la imaginación. Frente a la riqueza conceptual del libro y la serie posterior, aquí tenemos un catálogo de clichés totalitarios a medio cocer, con un vestuario que acierta (los trajes rojos de las criadas son visualmente potentes y marcarían estética en la serie de Hulu) pero con un entorno que jamás logra transmitir opresión real. Es un régimen puritano sin atmósfera.

La fotografía de Igor Luther (“El tambor de hojalata”) mantiene la pulcritud formal, pero no hay riesgo ni carácter; La música, discreta, a veces chirría con la gravedad de lo que debería estar ocurriendo. Schlöndorff rueda como si quisiera mantenerse a salvo de cualquier emoción fuerte. Y ese es el pecado capital de la película, es una distopía filmada con miedo a molestar.

El reparto, en teoría, prometía un festín. Natasha Richardson, Faye Dunaway, Robert Duvall, Aidan Quinn y Elizabeth McGovern. En la práctica, el festín se convierte en un buffet frío.

Richardson, como Kate/Offred, carece de presencia emocional. Su interpretación parece secuestrada por la propia puesta en escena, ni siquiera en los momentos más brutales —esas ceremonias mensuales grotescamente ritualizadas— logra transmitir terror, rabia o resignación. Es un personaje que debería ser la brújula emocional del relato, y sin embargo se diluye como un susurro.

Robert Duvall, en cambio, se gana un espacio, su Comandante es un fanático afable, casi encantador, lo que añade cierta perversión a su figura. No es el Joseph Fiennes seductor de la serie, sino un hombre mayor que juega a ser poderoso mientras está dominado por su esposa. Es inteligente otorgar ese rol sinuoso al varón en un universo donde las mujeres controlan a otras mujeres como intermediarias.

Faye Dunaway, sin embargo, está desaprovechada. Serena Joy debería ser un personaje cargado de resentimiento, celos y veneno social; aquí queda reducida a una arpía contenida, de líneas secas y escaso impacto; Aidan Quinn, por su parte, es la nulidad romántica en persona. Su Nick es anodino, sin química alguna con Richardson, y su relación es el cliché más anticlimático de toda la cinta; McGovern, como Moira, hace lo que puede, aporta un breve destello de energía lésbica desafiante, pero la película la encierra rápido en la jaula narrativa.

Hay escenas que podrían haber sido memorables. La ceremonia mensual es una de ellas: grotesca, bíblica, rígida como un manual de tortura victoriana. Tres cuerpos alineados para una violación ritualizada, observada por un sistema que llama a eso “sagrado”. Schlöndorff rueda la escena con frialdad, lo cual podría haber sido un acierto si no fuera porque esa frialdad domina todo el metraje. No hay contraste, no hay desgarro.

Los diálogos escritos (o al menos iniciados) por Pinter tienen la concisión habitual del dramaturgo, pero sin su filo. Hay frases que parecen prometer una sátira corrosiva —por ejemplo, cuando el Comandante se entretiene con revistas prohibidas mientras predica pureza—, pero todo queda en mera exposición. Mostrar a estos hipócritas moralistas como libidinosos no añade nada, su monstruosidad reside en lo que predican, no en que no lo cumplan. Exponerlos como demagogos sexuales es el triple salto mortal de la obviedad.

Schlöndorff no logra descifrar el corazón oscuro de Gilead. Su película parece filmada en piloto automático. Lo que debería ser terrorífico se vuelve distante; lo que debería provocar furia, apenas despierta curiosidad. La represión femenina es mostrada como una sucesión de protocolos burocráticos, sin el escalofrío ni la intensidad de la serie posterior. Es como si alguien hubiese leído el libro de Atwood y hubiera decidido adaptar solo el índice.
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Y, sin embargo, de tanto en tanto, asoman destellos. Alguna escena de adoctrinamiento con las Tías, la reeducación cruel de las criadas, la violencia contenida de las mujeres contra otras mujeres. En esos momentos la película roza el subtexto potente que Atwood concibió. Pero no lo desarrolla, retrocede, se refugia en la neutralidad.

La película opta por un final diferente al del libro y la serie. Aquí, Kate logra escapar (con ayuda, claro), se reúne con Nick en una suerte de retiro montañoso y narra en voz en off que está a salvo y esperando un hijo. Es un cierre que intenta ser esperanzador, pero que se siente como un remiendo de última hora, una huida literal y narrativa. Pinter introdujo estos cambios, pero Schlöndorff los rueda sin energía. Ni el asesinato del Comandante ni la fuga tienen impacto dramático real. Es como si alguien hubiera decidido que la película necesitaba un clímax y luego hubiera filmado el clímax con desgana.

La novela terminaba con ambigüedad: “subo a la oscuridad interior; o si no, a la luz”. La serie optó por el corte seco cuando la criada es llevada por los Ojos. Ambas opciones son dramáticamente superiores a este escape turístico. La cinta no solo pierde fuerza, se desinfla como un globo olvidado en un rincón de la fiesta.

Este film de Schlöndorff es una película fallida, tibia y frustrante. Tiene pedigree literario, un guionista de prestigio y un reparto potente, pero carece de la valentía necesaria para convertir la distopía en experiencia. Su tono aséptico, su dirección perezosa y su falta de clímax efectivo la condenan a ser una curiosidad histórica. La versión en la que Atwood, Pinter y un director alemán se encontraron y ninguno supo llevar el mando.

En el fondo, lo que esta película enseña —sin quererlo— es que la solemnidad sin emoción es tan peligrosa como la propaganda misma. Gilead aquí no oprime: bosteza. Gloria Ucrania!!!
5
26 de marzo de 2018
5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
He visto algunas películas de futuros distópicos donde hay problemas de reproducción. He de decir que 'El cuento de la doncella' me ha parecido el más acertado de todos. Está claro que en el momento en que tener un hijo sea un bien preciado, las mujeres fértiles dejarán de ser dueñas de sus úteros y sus hijos.

La velocidad en la que suceden las cosas es lenta. Prácticamente la película se va en hacer la presentación de la sociedad distópica, y la parte de acción queda relegada a un pequeño tramo final. Eso hace que esa parte quede demasiado artificiosa, como que han pegado una pequeña subtrama con la que darle sentido y final a la historia.

La cartelera también es engañosa. Aparte de unos pechos fugaces, no vas a ver nada más de carne, ni tampoco mujeres atadas de manos. Digamos que es una creación simbólica.
4
5 de septiembre de 2017
3 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Primera versión cinematográfica de la novela homónima de Margaret Atwood que recientemente ha visto también una exitosa adaptación a la pequeña pantalla.
A cargo del reputado Volker Schlöndorff —y con guión del nobel Harold Pinter—, lamento decir que no se cuenta entre lo más granado de su filmografía. Porque, como tantas otras cintas de su época —salvo contadas excepciones, qué malos fueron los noventa; y todavía hay quien los reivindica— presenta un barroquismo visual rayano en lo indigerible. La densidad del "sfumato" es tal que, en ciertos pasajes, cuesta no imaginar a todo el equipo de rodaje fumándose hasta los folios del guión. O quizá suceda que nos hemos acostumbrado a la frialdad y el despojamiento característicos de “Black Mirror” (2011-Actualidad), de un tiempo a esta parte, y con sus —innegables— altibajos, influencia definitiva en toda distopía que se precie.
Además, aunque quiero suponer que por motivos de metraje, se omiten las escenas dedicadas al "cómo (coño) —con perdón—hemos llegado hasta aquí" en que sí abunda la serie y que constituyen el elemento verdaderamente inquietante de la historia. En su lugar, el melodrama romántico y, por ende, convencional adquiere una relevancia, a mi juicio, excesiva, restándole con ello bastante interés al producto.
El reparto, a priori uno de los puntos fuertes de la película, también falla. Sólo Faye Dunaway resulta medianamente creíble en su papel de Serena Joy Waterford. El resto dan la impresión de querer estar haciendo cualquier otra cosa. Incluso Aidan Quinn —más noventero, por cierto, que un par de hombreras—, y ello pese a lo deleitoso que debieron de resultarse (casi) todas sus entradas en escena, circunscritas a meterle mano a Natasha Richardson.
En fin, éstas son sólo unas cuantas de las las posibles razones para que un relato tan sugestivo no haya vuelto a ser puesto en imágenes desde entonces. Eso sí, a ver dentro de treinta años qué tal ha envejecido la serie que tanta admiración está causando. Esperemos que no tan mal como el film que nos ocupa. O puede que los noventa hayan sido definitivamente restablecidos en el trono de las tendencias y esta película sea un referente estético. Lo cual podría considerarse incluso más terrible que el advenimiento de la república de Gilead.
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