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El nido

Drama La aburrida vida en un pueblo de Salamanca de Don Alejandro, un antiguo director de orquesta viudo, escéptico y solitario, da un vuelco cuando conoce a Goyita, una niña de trece años inteligente, imaginativa y sensible. Se trata de un amor platónico, pero que no obstante incomoda a algunos vecinos influyentes. (FILMAFFINITY)
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8
16 de enero de 2026 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando vi “El nido” por primera vez (en el cine), no solo me gustó, sino que me produjo una honda emoción la historia que contaba. Cuando he vuelto a ver la película, en varias ocasiones en estos años, me ha vuelto a ocurrir.

Empezando por el personaje de Alejandro, alguien retirado en el campo, con todas sus necesidades cotidianas cubiertas, incluidos los trabajos más rutinarios. Un hombre que se puede dedicar a sí mismo en exclusiva: a “dirigir” la música que le gusta (la barroca), a pasear en caballo por la dehesa, a visitar a su amigo (uno), o a su amante en la ciudad. Un personaje que cae bien, a pesar de sus defectos, que es buena gente, con un pasado de exiliado (algo dicho de pasada, sin darle importancia). Lo bienes de los que disfruta los ha obtenido por un matrimonio bien llevado y por herencia cuando enviuda.

Si Alejandro es un raro en el lugar donde vive, el cura también lo es, como cura al menos. Comprensivo, tolerante, con sentido del humor. Las conversaciones entre Alejandro y Eladio lo son entre dos personas adultas, con experiencia de la vida, que se comprenden, se estiman y se “chinchan” hasta un límite que ellos solo saben y que han aprendido a no traspasar.
Héctor Alterio & Luis Politti
En esta vida, casi idílica aunque rutinaria, irrumpe Goyita, una niña entrando en la adolescencia que ha nacido libérrima, fuera de la norma respecto a su familia, a la escuela y a la sociedad en la que vive. Un ser excepcional, que parece hija de la naturaleza, de las aves, y no tanto de la educación o de la cultura.

La irrupción de Goyita en la vida de Alejandro supone un seísmo. Goyita le busca, le provoca, juega con él y le seduce. Le seduce por su comportamiento “salvaje”, respecto a lo social; pero Goyita, dominante como todo ser “natural”, le exige también el amor, el deseo. Una frontera que Alejandro (ser de la cultura) no puede traspasar sin negarse a sí mismo, sin negar toda su trayectoria vital. Por eso solo cabe su inmolación, solo cabe la solución de cualquier tragedia ante la conculcación de la norma social (o la de los dioses).

En la escuela, ensayan “Macbeth”. Una obra a la altura de Goyita. Y este guiño literario, por asociación, es oportuno: lady Macbeth, como las sirenas, atrae a Macbeth hacia dos pasiones, la del sexo y, sobre todo, la del poder. Goyita no tiene esa maldad, pero sí quiere conquistar y dominar a Alejandro, en quien ha encontrado a un semejante para ser entendida, pero también para sea su esclavo, para conseguir liberarse de su familia, del sargento de la casa-cuartel de la Guardia Civil donde vive, de la escuela, del pueblo, y que no podría conseguir, de momento, de otro modo. ¿Le ama? Lo dudo. No sabe.
Héctor Alterio & Ana Torrent
El guion tiene momentos, además, surrealistas, provocados por el absurdo que produce la pasión de Alejandro y su certeza de que no hay salida: el duelo con armas que propone al sargento de la Guardia Civil y las conversaciones que cruzan entre ellos: “¿a usted no le han partido la cara?” Alejandro parece un loco y seguramente ha enloquecido, como Don Quijote. La pasión le ha llevado a la cara oculta de la racionalidad.

El fondo de esta película es complejo y a la vez sencillo, casi transparentes. Se podría sacar más agua de su pozo, muy profundo. Otra causa o razón de mi fascinación por esta película es la presencia de dos actores excepcionales, a los que empecé a admirar desde que vi sus primeros trabajos en España: ambos ilustres exiliados. De Héctor Alterio ya comenté algo en “A un dios descocido” (ver reseña en FilmAfinitty). A Luis Politti ya le había visto en alguna película española anterior (“El corazón del bosque”, 1979, de Gutiérrez Aragón, “F.E.N”, 1980, de Antonio Hernández), pero en la que más me gusta es en esta: hace su papel de cura con naturalidad, como si lo fuera de verdad, y uno normal, no uno emasculado, tan habitual entre el clero. Murió muy pronto, y me dolió en el momento.

Y luego Ana Torrent, ya como púber, que fascina desde la primera escena en la que la vemos y que consigue uno de los momentos más conseguidos de la película, cuando mira desde la ventana de la casa donde vive “exiliada”: su mirada cambia en un instante desde el reconocimiento (un “ya lo sabía”) a una orden (“tienes que hacerlo”). Con la colaboración de Teo Escamilla y su ojo fotográfico siempre pertinente.

Hay un elenco de personajes de reparto riquísimo. Con un Agustín González que parece que ha nacido con el tricornio en la cabeza, o María Luisa Ponte, o Amparo Baró, o el también añorado Ovidi Montllor, padre bueno y “débil”, no admirado por su hija; un marido consentidor y un subordinado sumiso ante su superior jerárquico, el sargento.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
De Jaime de Armiñan, buen guionista y escritor cinematográfico, poco puedo decir. Fue un director atípico, capaz de escribir y rodar esta extraña película, que discurre en un leve in crescendo, que apenas se nota, hasta la tragedia final, la única posible para Alejandro. Si nos hemos creído la historia de pasión imposible, nos creemos este desenlace abrupto, y necesario en una tragedia.

“Mi querida señorita” (1972), fue otra hazaña cinematografía en aquella España de la dictadura, volviendo del revés a un actor como J. L. López Vázquez. Luego me gustó mucho una serie (una de las mejores para mí de la televisión): “Juncal” (1984), con Francisco Rabal dominando la pantalla y el ruedo, y un guion muy sabroso sobre un truhan y un mundo decadente como es el de los toros; todos conocemos personajes reales con algunas semejanzas.

El desenlace de “El nido”-el nido como un refugio real y figurado vulnerable-, me sigue emocionando.
8
21 de abril de 2013
5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Muy buena película. El principio un poco tedioso con el hombre haciendo ver que dirige una orquesta. Quizás sea lo más malo de la película. Pero el resto es genial.

Ana Torrent, nunca me ha gustado como actriz de adulta, pero de niña está bastante bien. Su temperamento, y su forma de actuar algo sosa, va muy bien para según que papeles como este. Que ganó el premio ACE de Nuevo York (entre otros premios).

Se nota mucho el desahogo de la censura, ya que toca un tema muy delicado, que roza el mal gusto. Pero está tan bien rodada y tan bien contada que sabe bien. Quizás algo exagerado el papel de Ana Torrent, ya que una niña de 13 años, que tenga recuerdos de hace años de otra mujer... me parece algo fuera. Pero el resto muy bien.
8
13 de septiembre de 2015
5 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Título simbólico y polémico de Jaime de Armiñán, sobre el amor platónico/prohibido entre un hombre viudo maduro y una niña de trece años. La historia se enmarca en un ambiente rural y provinciano, donde todo lo heterodoxo aún lo es más.

Una de las mejores películas españolas de su época y también de su autor, que denuncia aquella sociedad tradicional y represora de entonces, capaz de empujar al individuo hacia su autodestrucción. Lástima que la joven Ana Torrent no esté a la altura de su partenaire, el veterano Héctor Alterio.



"Por todo. Para siempre."
8
10 de octubre de 2016 2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las películas de Jaime de Armiñán tienen un mal enemigo: el tiempo. Por fortuna, hemos sido capaces de evolucionar tanto socialmente que se quedan antiguas. Aunque ésta es de las que mejor aguantan. De todas formas, como retrato de una época ya pasada, para los que la vivimos, aunque fuera el final es siempre reconfortante y, a veces, duro.

El film sigue levantando ampollas, tocar el tema de “Lolita”, aunque sea platónicamente, para algunos sigue siendo tabú. Pero el director es capaz de no aburrir, como le pasa a Kubrick.

De alguna manera esta sería la segunda parte de “El amor del capitán Brando”, pero con una niña en vez de un niño como protagonistas, aunque con un gran final que es lo que le faltaba a la primera, ya no había censura.

Héctor Alterio está genial como viudo solitario y huraño que cae en las redes de su “Lolita”, aunque gracias a ella empieza a vivir, por primera vez en su vida. Sus conversaciones con su único amigo Luis Politti(el cura del pueblo) y María Luisa Ponte, la “criada respondona” son brillantes, entrañables y, a veces, divertidas.
Ana Torrent & Héctor Alterio
Ana Torrent, manipuladora hasta el extremo y capaz de pedirle cualquier cosa a su víctima, realmente brillante.
Muy interesante también, aunque muy breve, el papel de Ovidi Montllor. Guardia civil en el último puesto del escalafón, temeroso y víctima de su superior y de su mujer. Pero capaz de entender perfectamente a su hija.

“El Nido” es una desafiante historia de amor, entre dos seres solitarios e inadaptados que se necesitan pero que las normas sociales les impiden estar juntos. En una sociedad puritana y claustrofóbica, ambientada en la Castilla profunda, donde los cambios son muy lentos y difíciles.

Retrato impecable e implacable de una época no tan lejana en el tiempo pero que los más jóvenes ni siquiera pueden intuir. Éramos así.
10
15 de enero de 2026 1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Toda pérdida, todo cambio, exige un período de duelo, de transición. De una relación, aunque fuera de conveniencia, de 36 años, no se sale sin traumas, sin frustraciones, sin reproches, sin miedos. Y más cuando el final no ha sido consensuado, fruto del desgaste de la relación, sino por deceso, natural, del pater familias, que hasta ese momento se había encargado de cubrir todos los gastos, todos los pensamientos. Vamos que no hablamos de una relación adulta, igualitaria, sino de una relación tóxica de dependencia absoluta, material y espiritual. A decidir también se aprende, la voluntad se entrena, y a los españoles de posguerra les educaron como a niños tontos, como a polluelos sin alas, como a pollos sin cabeza. Pensar que de repente iban a salir volando del nido, repito sin alas, era pecar de optimistas, de buenistas. El ensimismamiento, la huida de la realidad, el exilio interior, del protagonista al principio, era el autismo de toda una generación, de todo un país, la conclusión lógica de décadas de represión, de sumisión forzada.
Ana Torrent
Que el charro Don Alejandro (no podía estar localizada en otra provincia, Salamanca fue la capital del bando nacional) se enamore, se ilusione, con la recién nacida democracia, con la libertad con ira, la caprichosa Goyita, la fascinante Goyita, no se iba a llamar Carmencita, tiene su lógica política, sociológica. Que queme todos los recuerdos de la dictadura como forma de exorcismo, personal y colectivo, también. Que la nueva relación tenga un fuerte componente masoquista, también, la igualdad es un proceso lento, progresivo, y los españoles venían de la esclavitud, del Síndrome de Estocolmo. España de repente se quitó varios kilos de encima, varios años, aparcó la pana, el pelo de la dehesa, y como les pasa a todas las personas que se vienen arriba en cuanto se apuntan al gimnasio o se ponen pelo, luego vino el efecto rebote. El de sentirse más viejos en comparación con la Movida España, el de que tanta revolución, tanto destape, tanto atracón de libertades, de nuevas e inesperadas responsabilidades, les viniera muy grande. Tanta inesperada felicidad embriaga, empalaga, estomaga, las alas en la madurez lucen menos, resultan bastante ridículas.
Luis Politti
De ahí al último refugio, solo hay un paso, que el romántico walshiano Jaime de Armiñán por supuesto da. Sin amargura, sin resentimiento, sin quitarle lo bailao, lo soñao, siempre es preferible romperse la crisma tratando de saltar del nido, que permanecer eternamente encerrado en la jaula. Para renacer hay que morir. Los siguientes polluelos, Goyita, ya han nacido con alas, y sin miedo a volar. Una lección de coraje, de democracia, que han aprendido de los suicidas como Don Alejandro (significa defensor de la humanidad), su sacrificio, su martirologio, no ha sido en vano, han plantado la semilla de la libertad, de la igualdad. Un virus para el que no hay vacuna, tampoco cura.

Moraleja (de nuevo se trata de una fábula): Si en esta película transitiva solo ves la versión castiza de "Lolita" de Nabokov, háztelo mirar, te falta un hervor, el huevo está todavía a medio cocer, a medio romper.

"Es una historia de amor imposible, de soledad, esperanza y busca de libertad. Pese a este final no es pesimista; al contrario, está dentro del optimismo. Supone para un hombre, no vamos a decir viejo, pero sí mayor, la capacidad de volver a ser joven y de vivir. Sobre todo, de volver a vivir.” Jaime de Armiñán
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