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El año del descubrimientoDocumental

Documental En 1992 suceden en España dos eventos fundamentales: los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, vinculada a la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Diez años después de la subida al poder del PSOE de Felipe González, España aparece ante la comunidad internacional como un país efervescente, moderno y civilizado. Una futura potencia económica mundial. Sin embargo, en Cartagena, los ... [+]
Críticas 16
Críticas ordenadas por utilidad
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5
19 de enero de 2021
19 de 35 usuarios han encontrado esta crítica útil
Documental que, como estudio sociológico, no está mal.

Tiene conversaciones o monólogos interesantes, realizados por gente mundana, sin que sean famosos o destacables socialmente, sino que cualquiera de ellos podríamos ser nosotros mismos.

Algunas personas vierten opiniones o conversaciones realmente interesantes, porque tienen experiencia, porque saben de lo que hablan y tienen un criterio formado en base a la experiencia, los estudios o por sensatez. Sin embargo hay algunas otras personas, normalmente jóvenes, que hablan y opinan sin discernimiento alguno, simplemente desde el punto de vista de la fantasía o romanticismo de palabras o ideas para ellos sin más sentido que el peliculero o ensoñación que producen los videojuegos, la televisión tipo Tele5 o la ociosidad.

El conjunto del documental no difiere de esas conversaciones que podemos tener con amigos, familia o personas con las que poder debatir temas de interés general con un sentido profundo, o con nuestros mayores cuando nos cuentan sus vivencias en la guerra y la postguerra.

Uno de los puntos buenos del documental es tomar conciencia de la buena gente que te rodea si tienes habitualmente conversaciones de ese estilo.

Los puntos malos del documental es que los primeros 15 minutos son un ir y venir de la cámara en un bar, con ruido de fondo, sin sentido alguno para que se alargue tanto. Entiendo que el propósito es instalar al espectador en el sitio donde está rodado, para prepararle el escenario de lo que va a ver y a oir: conversaciones más o menos profundas en un bar. Pero para ello no es necesario el martirio de 15 minutos deambulando la cámara, desenfoques, minutos interminables en negro, planos de una espalda o de una cabeza, y tomas de caras de personas cansadas, envejecidas, agobiadas, tristes, descuidadas y algunas hasta zarrapastrosas. No me refiero a que todo documental tenga que mostrar belleza, en un decorado o en gente bella, guapa y arreglada, sino que, para montar luego un documental sobre las opiniones, vivencias y creencias de gente ordinaria no creo que sea necesario plantearlo con un decorado o una visión de personas que armonizan en lo que vendría a ser un “muestrario de monstruos”. Se puede plantear lo mismo con un poco más de orden o equilibrio.

Por otro lado, aunque en ese mismo sentido, las conversaciones están rodadas en el interior de un bar/cafetería en el momento actual (comentarios como lo de “sonarse en la bandera”, ciertos acontecimientos actuales) y, sin embargo más de la mitad de los participantes FUMAN. Todos conocemos la prohibición de fumar en sitios públicos y privados que entró en vigor en Enero de 2006. Todos sabemos que en el interior de los bares (no están en una terraza) no se puede ni se debe fumar y, sin embargo en prácticamente cada plano hay un cigarrillo que viene y va o varias columnas de humo que delatan al fumador.
Resaltar este punto me parece muy importante, porque todas las opiniones y conversaciones vertidas en el documental tienen que ver con los derechos de las personas en todos los ámbitos, pues se tocan todo tipo de temas en los que el ciudadano ha sido vilipendiado y ha acabado mal porque se han vulnerado sus derechos, todos: el laboral, el político, el social, asistencial, el de justicia, etc. Un pueblo como el de Cartagena que ha acabado mal en todos los sentidos porque les han engañado y abusado de ellos, trasgrediendo sus derechos, quebrantando sus pilares como sociedad, perjudicando sus sueños…. Y sin embargo, todos esos contadores de historias lo narran con un cigarrito en sus manos, fumando tranquilamente en un lugar que está prohibido y saltándose ellos mismos esas reglas que, con más o menos sentido, no deben ser vulneradas para funcionar como sociedad.

Que todo el documental esté rodado en el interior de un bar con gente fumando, cuando está prohibido desde 2006, es una representación de que por mucho que los que conversan tengan razones para denunciar la desactivación del orgullo de la clase trabajadora, muestran el poco respeto que ellos mismos tienen ante las normas más básicas de la sociedad y convivencia actual, además de por la salud del resto de personas que se encuentran en el bar. Los mismos que hablan, fumando, contribuyen a erosionar su propia sociedad.
9
23 de noviembre de 2020
6 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Excepcional material del director español que recuerda en su pintura de Cartagena a las formas que ha utilizado a lo largo de su carrera el realizador Frederick Wiseman. En el extenso metraje se ofrecen decenas de relatos personales que encadenados conforman una realidad muy compleja y hasta difícil de internalizar para el público.
La escenas rápidamente se suceden en un relato coherente y repleto de contenido, dónde cada línea resulta de importancia. Gran trabajo periodístico, de destacada edición y fotografía, que Carrasco emprende sin perder nunca una visión humana de estos dilemas. La historia narrada expande a cada monento las temáticas abordadas, mostrando a su vez los posibles desafíos nada menores por llegar.
10
29 de noviembre de 2020
9 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
De todos los elementos que conforman esta obra monumental, yo me quedo con ese Bar que uno no sabe si es de 1992, de los primeros dos mil o del año pasado. El dilema se va resolviendo sobre la marcha, pero la duda te acompaña durante buena parte del film. He leído que hubo un profundo trabajo de casting, dirección de arte, peluquería y vestuario para alimentar esta confusión. Me encanta que un documental de investigación tan exhaustivo se haya preocupado tanto por estos elementos formales. Me encanta que esta minuciosa recreación se haya camuflado de indiferencia y desenfado. Y, como decía al principio, me encanta que la representación se escenifique en un bar. ¿Qué mejor lugar para acoger toda esta convivencia generacional? Entre cigarrillos, tortillas y cañas, esta película eleva a la máxima potencia la tertulia de bar, ese hecho diferencial tan nuestro, tal vez el que más nos une culturalmente. "El año del descubrimiento" es una bendición cinematográfica, política y poética. Y todo, absolutamente todo, sin salir del Bar.
10
29 de noviembre de 2020
7 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Que la conciencia de clase es un concepto cada vez más difuso y que el sustrato que llena de objetividad ese recipiente (llámesele proletariado o clase obrera) no puede ser más heterogéneo se comprende al instante escuchando la primera hora de conversaciones. Los intereses hace tiempo que dejaron de ser esencialmente coincidentes, puesto que, aunque el Trabajo sigue vertebrando los discursos, las frustraciones y los miedos más materiales, la subjetividad que ha ido madurando al calor de las modificaciones en el modo de producción se manifiesta de manera radicalmente contrapuesta entre los que, desde ese aire sindicalista que exhala la película, deberían constituir una masa uniforme que haga gala de la máxima «la unión hace la fuerza».

No obstante, pese a que se entremezclan testimonios sobre asesinatos laborales con loas al riesgo que corre el empresario o los antidisturbios, lo cierto es que hay un cierto lenguaje común, un ambiente de cotidianidad que, al menos a mí, me resulta muy cercano. Mientras escuchaba hablar a los cartageneros sobre sus pequeñas batallas del día a día o los sueños que tenían y quedaron desplazados por la implacabilidad de la vida, me fue inevitable comparar mentalmente las sensaciones que me provoca una escena similar dentro de una peli de Rohmer. Cuando aquí conecto al instante y me pierdo en las anécdotas, allí pierdo el interés a la segunda frase. Cuando aquí se me encoge el corazón al apagarse una de las dos pantallas ante la narración de la muerte de alguien, allí solo siento extrañeza y una fría impostura. La comparación es capciosa porque las motivaciones y los universos que habitan son distintos, pero precisamente a eso me refiero: me quedo siempre con la mirada que aquí se muestra.

Un amigo y yo nos preguntábamos a qué descubrimiento concreto haría referencia la película. ¿Será el correlato de un espíritu de lucha aún vivo? ¿La constatación de una violencia ya extinguida del imaginario colectivo? ¿El pulso agónico de una juventud desarmada? ¿O quizás el hecho de que prenderle fuego a un contenedor sea la única manera de que alguien te escuche?
7
10 de septiembre de 2022 1 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Coincido, como tantos otros comentan por aquí, en que le sobra muchísimo metraje. Es un documental único porque trata un tema olvidado. Sólo por eso merece la pena verlo y reivindicarlo, como un ejercicio de memoria histórica que da voz a testimonios con historias que no pueden quedar en el olvido. La pena es que se entremezclen con otros testimonios de menos valor, que caen en la reiteración o que directamente no aportan nada. Por otra parte, no comparto la decisión artística de partir la pantalla en dos o de utilizar técnicas de grabación del 92 para los vídeos actuales. Entiendo que hay voluntad de manifestar que de aquellos polvos estos lodos, que hay paralelismos entre pasado y presente y por eso la pretensión de que se confundan las imágenes; no obstante, el resultado no me convence.
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