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Críticas 629
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
29 de julio de 2008
136 de 158 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo primero que he hecho al llegar a casa, después de haber visto la tercera entrega de ‘La Momia’ ha sido informarme sobre los guionistas que en esta ocasión firman la historia: Alfred Gough, Miles Millar. Debo admitir que me han dejado perplejo dos hechos. El primero es que tardaron ni más ni menos que tres años en terminar su trabajo. El segundo -y el más impresionante- es que ninguno de ellos tiene cinco años. Pero como soy un hombre racional y no creo en los sucesos paranormales, prefiero pensar que en realidad el guión no está firmado por ellos, sino por sus hijos que, tirando por lo alto, deben estar empezando la educación primaria.

Ya dijo alguien que lo contrario al amor no es el odio, sino la indiferencia. Con las dos primeras aventuras -sobretodo con la primera, obviamente- sentí algo parecido al amor hacia los protagonistas. Con ‘La tumba del emperador Dragón’ me ha invadido la más absoluta indiferencia: no importa el cariño que antaño sintiera por esta saga, porque ya a partir de los diez minutos ya me importaba un comino quién se enrollaba con quién, quién traicionaba a quién o quién mataba a quién. Y suerte que el metraje no llega a las dos horas, porque sino mi estado anímico de buen seguro hubiera degenerado todavía más.
Rectificar es de sabios. Pero para rectificar hay que saber los errores que uno comete. Lo que pasa es que los traspiés en este filme se cuentan a docenas. El primero lo hallamos en la ficha técnica y aparte de ser insalvable, denota una alarmante falta de vergüenza por parte de las cabezas “pensantes” del proyecto. Por supuesto me estoy refiriendo a las ausencias de Stephen Sommers (recordemos, director y guionista de las dos anteriores entregas) y de la encantadora Rachel Weisz, a quien incomprensiblemente se la ha sustituido por Maria Bello, cuando estaba cantado que si no se podía contar con ella, lo más sensato era olvidarse de este personaje.

El resto de despropósitos ya son más variados. Por ejemplo, la presencia de unos ridículos y matones yetis (va en serio) ; el agotador abuso de efectos especiales ; lo desafortunado de contratar a Jet Li como villano para una saga que en su concepción primitiva pretendía claramente emular a ‘Indiana Jones’ ; escenas de acción que para nada aportan nada nuevo el género… Un largísimo etcétera que me lleva a desear que ‘La tumba del emperador Dragón’ fracase estrepitosamente en taquilla para que al menos la familia O’Connel se jubile de una vez por todas.
Exit Through the Gift Shop
Documental
Reino Unido2010
7,6
14.436
Documental, Intervenciones de: Thierry Guetta, Banksy
7
5 de octubre de 2010
115 de 123 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aviso importante: ésta no es una película sobre Banksy. O quizás sí, pero seguro que no lo es de la manera que lo esperaba la gran mayoría. Al fin y al cabo, ¿cómo se puede filmar a un fantasma? El falso (luego ya entraremos en esta consideración) documental que lleva como título la intrigante frase de 'Exit Through the Gift Shop', que traducido literalmente vendría a ser algo como “Salida por la tienda de regalos” (en referencia a la clásica manera de abandonar cualquier museo que se precie), más que tratar sobre el más famoso de los graffiteros, es una cinta hecha por él. Dirigida, escrita... completamente concebida por él. Así lo dice su voz metalizada: “Ésta es la película sobre el tío que quería hacer un documental sobre mí. Lo que pasa es que yo no era suficientemente interesante”. Ahí va la primera mentira de una larga serie.

Y que nadie se haga el sorprendido/ofendido, pues del maestro del trampantojo y de otros espejismos visuales sólo podía esperarse un gran y maravilloso engaño. De modo que, superado el primer chasco, no nos queda otra que seguir los pasos del susodicho “tío que quería hacer el documental sobre Banksy”. Thierry Guetta, rechoncho padre de familia de origen francés pero residente norteamericano desde hace tiempo, comerciante de ropa y enfermo de dos obsesiones que siempre le acompañan: el arte callejero y filmar absolutamente todo lo que pasa a su alrededor. De esta combinación nace un relato cuya -falsa, otra vez- apariencia de divertimento naïf no permitirá apreciar a algunos unas aguas ciertamente profundas en las que se esconde mucho más que la simple búsqueda del ídolo anónimo.
Es de agradecer pues que, en lugar de satisfacer nuestra curiosidad morbosa (y por lo tanto, poco relevante) concerniente a los datos más banales sobre Banksy, se nos instruya sobre temas que sí merecen ser estudiados a fondo. En vez de recibir datos insustanciales sobre el lugar exacto de nacimiento del graffitero o su infancia, se nos ilustra con mucha gracia sobre por ejemplo qué es lo que realmente significa el conocido como street-art. En cuanto a la forma, lejos de la clase magistral cargante, se apuesta por mostrarnos una historia que, por empática y extravagante, atrae nuestra atención sin ningún problema, al mismo tiempo que quedan en nuestra memoria lecciones y conclusiones (por mucho que se nos asegure que las vivencias de Thierry Guetta no tienen ninguna moraleja... he aquí otra mentira) sobre el arte en general, este mundo/negocio en el que cada uno -erudito o cretino- se cree poseedor de la única opinión válida.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Tenemos cada vez más consolidada forma de expresión surgida de la mezcla explosiva del pop art (la sombra de Andy Warhol sigue siendo muy alargada) y el arte conceptual (ahí está la herencia de Christo Javacheff en la voluntad de transformar creativamente nuestro entorno). Donde muchos ven todavía vandalismo, otros lo ven como la revolución artística definitiva. Pregonaba Francis Ford Coppola al final de aquel absorbente testigo de su carácter obsesivo titulado 'Hearts of Darkness: A Filmmaker's Apocalypse' que llegaría el día en el que “una chica gorda de Ohio se convertiría en la nueva versión de Mozart al filmar una auténtica obra maestra con la cámara de su padre... y así el llamado profesionalismo en el cine moriría, de modo que por fin podríamos hablar de verdadero arte.” Dicha profecía, aunque no remota, merced al boom de las producciones low-cost, no ha llegado todavía al celuloide... pero sí a la calle.

Como muestra el acertadísimo prólogo, con la voz de Richard Hawley recordándonos irónicamente aquello de que “las calles son nuestras”, gente como Shepard Fairey, Space Invader, Mr. Brainwash (¿?) o el propio Banksy se mueven en la sombra de la noche para evitar ser vistos por las autoridades mientras están dando a luz su nueva criatura. Cuando llega la luz del día, algunos viandantes olvidan por un momento sus preocupaciones y sonríen al ver una cabina telefónica herida de muerte al ser brutalmente empalada; el equipo de un prometedor político que debe darle un baño de renovadora esperanza a la primera superpotencia mundial, acierta al ver en las obras de uno de estos “gamberros” una capacidad comunicativa colosal... y por supuesto, los museos se debaten entre escandalizarse y ponerse manos a la obra para encerrar en sus muros estas obras. Primer síntoma de la esquizofrenia colectiva que padecen estos tiempos virales.
Pero si los peces gordos no consiguen salir del dilema, lo mismo puede decirse de los artistas, que si antes se rebelaban ante tanto elitismo, ahora no ven con tan malos ojos el que el fruto de su esfuerzo esté bien resguardado, evitando así la condena a lo efímero dictada por su anterior exposición a la intemperie. Si además con la experiencia consiguen fama y fortuna (porque sí, todo es susceptible de ser comprado), el caramelo hace salivar aún más. Que tire la primera piedra el que no se haya sentido tentado por tal horizonte. En medio de este caos, mueve los hilos con irreverencia, frescura, sentido auto-paródico y mucha clarividencia un hombre inidentificable que, al igual que el Orson Welles de 'Fraude' (por temática y discurso, la hermana mayor de 'Exit Through the Gift Shop'), oscila constantemente entre la verdad y el engaño para servir a propósitos mayores: reflejar el anárquico estado actual del arte, reflexionar sobre todo lo que ha aportado su figura a este enloquecido siglo XXI, mostrar las hábiles y afiladísimas zarpas del mercantilismo, de las que nadie escapa... ¿Seguro que no hay moraleja?
6 de noviembre de 2009
126 de 148 usuarios han encontrado esta crítica útil
El caso de Richard Kelly es digno de estudio. Hasta esta semana sólo tenía en su haber dos largometrajes estrenados, pero ya podrían escribirse docenas de libros sobre su corta e intensísima carrera. Sintetizando un poco, estamos ante un hombre que a la temprana edad de 26 años consigue que todo el mundo conozca su nombre gracias a ‘Donnie Darko’, que desde su llegada a los cines es considerada como una de las mejores películas indies de la historia. Cinco años más tarde salta al vacío sin red de seguridad y protagoniza uno de los tropiezos más sonados jamás visto. Con ‘Southland Tales’, inclasificable delirio de dos horas y media, los distinguidos asistentes al Festival de Cannes abuchean a rabiar aquel suicidio artístico, y gran parte del crédito de este singular director queda lapidado.

Conclusiones hasta la fecha: Richard Kelly es un cineasta genial... con todo lo bueno y lo malo que implica este calificativo. Toma tanto riesgos; quiere hablar de tantas cosas; quiere hacerlo de una manera tan rara que o bien es un visionario, o bien o bien un loco, o bien un tipo extremadamente listo, o bien un imbécil de remate. Todavía no lo sé. Lo que sí sé es que éste es un director capaz de grandes hazañas, pero que necesita imperativamente un ente (ya sea en forma de grillo saltarín que materialice el sentido común, ya sea en forma de productor preocupado por sacarle partido a su inversión) que de vez en cuando frene a base de collejas sus constantes pulsos nihilistas y auto-destructivos.
Por eso la elección de ‘The Box’ parece la ideal para el Sr. Kelly. Estamos ante el remake -o ensanchamiento- del estupendo capítulo “Button. Button.” de la serie “The Twilight Zone” de 1985. Esto ya garantiza un mínimo campo de contención, por aquello del respeto al original, que implica seguir una línea argumental trazada con anterioridad. Pero hablamos de Richard Kelly, un hombre que se quiere muchísimo... demasiado; un hombre que nunca sabes qué va a sacarse de la chistera. Así, de un mediometraje de apenas veinte minutos, él pare una historia de dos horas. De este modo, el material original está íntegramente reproducido al principio, convirtiéndose “sólo” en punto de partida (más que en el eje central) de un relato fantástico marca de la casa.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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Eso sí, como trampolín no está nada mal. Porque ¿qué les parece la posibilidad de ganar un millón de dólares, con el insignificante precio de una vida humana totalmente ajena a nosotros? Esta trillada y cínica visión de los seguros de vida contiene aquí un dilema moral tan imposible como estimulante. Es admirable ver como algo tan inofensivo como una caja vacía puede construir una metáfora tan potente de una sociedad que, por temor y adoración al billetito verde, está dispuesta a lo que haga falta para que siga habiendo saldo positivo en su cuenta corriente. Este concepto acaba de plasmarse a través un leve cambio con respecto al episodio dirigido por Peter Medak, introducido con mucho acierto Kelly. Antes los protagonistas eran pobres y vivían en un cuchitril... ahora pasan también por penurias económicas, pero éstas sólo ponen en peligro su más que confortable estilo de vida. Se crea pues un cierto distanciamiento con los personajes, pero ahí sigue la invitación a participar en este macabro juego.

Una vez superados “los límites de la realidad”, empieza la ya típica marcianada del realizador de Virginia. Una casi enfermiza e imparable recolección de piezas de un inmenso puzzle que, para no faltar a la tradición, desconcierta por no dejar claros qué objetivos persigue. De nuevo, la irregularidad y los giros argumentales son los signos de identidad del trabajo de Kelly. Un trabajo que pierde consistencia en su prolongadísimo nudo, donde la ciencia-ficción y las alegorías religiosas de mercadillo van cogidas de la mano, confirmando que Richard Kelly otra vez se está quedando con nosotros. No obstante, resulta gratificante que a uno le tomen el pelo con tanto estilo y personalidad, y es por ello que cuesta resistirse a entrar en esta hipnótica ramificación de la teoría de la conspiración... o terrible cuento navideño, como se prefiera. Lo importante es que después de la buena resolución de la trama -gran ejemplificación de la fuerza del destino-, permanece la reconfortante sensación de que este inconfundible director ha recuperado parte de la fiabilidad perdida, y que de momento no habrá que temer por su extinción. Amén.
13 de julio de 2008
104 de 112 usuarios han encontrado esta crítica útil
No importa cuantas veces afirmara Ben Stiller que con ‘Bocados de realidad’ había filmado la película más representativa de la generación X, porque en realidad aquel mismo año un tal Kevin Smith le quitaría este honor con ‘Clerks’, su ópera prima. Pero qué es la generación X? Es uno de estos términos sin una clara definición, pero para entendernos, cada vez que alguien usa esta expresión, habla de determinados jóvenes que vivieron su adolescencia en la década de los 80. Una generación caracterizada por romper radicalmente con la de sus padres, acuñando de esta forma también el calificativo de “generación olvidada”, refiriéndose de esta forma a todos los chavales que llevados por una profunda sensación de desengaño, vieron en los mitos televisivos / cinematográficos / musicales de la época lo más parecido a una figura paternal.

Es importante quedarse con estos conceptos (el desengaño y los mitos de la cultura popular de aquel entonces) porque ‘Clerks’ gira entorno en torno a estos dos grande pilares. Aunque es sabido que el blanco y negro, la mala calidad de la imagen y el sonido, la falta de una buena iluminación y la inexistencia de maquillaje son debidos a la falta de presupuesto (la película se rodó sólo con 27.000 dólares), también es cierto que indirectamente ayudan a plasmar una realidad desligada completamente de cualquier indicio de encanto. La Nueva Jersey que dibuja Smith es un lugar desolador donde parece difícil labrarse un futuro decente. Un lugar al que sólo pueden darle vida los variopintos personajes que lo pueblan.
Los premios que recogió el polémico director con su primera película tanto en Cannes como en Sundance están más que justificados: la cinta conectó de inmediato con millones de jóvenes en todo el mundo. No es de extrañar, pues el mayor mérito del filme, como se ha dicho antes, fue plasmar a la perfección a una generación entera. Y no lo haría de cualquier manera, lo haría de la manera más cómica posible. ‘Clerks’ está repleta de chistes fáciles, divertidos apuntes sobre la cultura freaky y situaciones comprometidas y escatológicas. Pero lo mejor es que todo ello no supone un impedimento para que Smith nos ofrezca una profunda visión sobre la amistad, las relaciones amorosas, y otros sueños frustrados.

El infierno particular del bueno de Dante acaba convirtiéndose en un clásico del cine de los noventa. Una joya de incalculable valor, deslenguada, gamberra e irreverente. Un excelente punto de partida en el que Kevin Smith -aún con las ideas claras por no haber entrado aún en los peligrosos círculos comerciales- empezaría a configurar su inconfundible y personalísimo universo. Al mismo tiempo marcaría una auténtica cumbre dentro del género de la comedia juvenil. Cumbre que hasta la fecha no ha sido superada por ningún otro autor, ni por él mismo.
14 de octubre de 2009
111 de 128 usuarios han encontrado esta crítica útil
Dennis Quaid se embarca en una odisea espacial: peligro. Que conste que un servidor poco o nada tiene en contra de este actor tejano. Los problemas los tengo con su currículum más reciente, porque la verdad es que se me hace muy difícil recordar una película memorable en la que él encabezara el cartel. Afortunadamente, no tienen que pasar demasiados minutos para darme cuenta de que el bueno de Dennis queda en un segundo plano (y como nunca está de más... no tengo nada en su contra, que vuelva a constar en acta). En esta ocasión los mandos de la nave los toma el joven Ben Foster, que cumple con buena nota, eso sí, pasando el peor rato de su vida.

Una nave intergaláctica que chirría por todos lados, fruto de la desatención sufrida durante un viaje que en principio debía prolongarse durante 120 años; unas horribles criaturas humanoides que campan a sus anchas dejando tras de sí un rastro de sangre y miembros amputados; imágenes dolorosas y algo repugnantes; un síndrome que agudiza la paranoia y las alucinaciones... y por si todo esto supiera a poco, el destino de la humanidad está en juego. ¿No se perciben los alienígenas babosos de Ridley Scott? Desde luego. ¿No se ve el Sol agonizante de Danny Boyle? También, también. ¿No llegan las malas vibraciones de la nave Horizonte Final (“curiosamente” concebida por Paul W. S. Anderson, que ahora ejerce de productor)? Sin duda. ¿No se nota aquella soledad asfixiante de la Luna de Duncan Jones? Bueno, aceptamos barco. Y la lista sigue.
Cam Gigandet
Tenemos pues ante nosotros unos pasillos metalizados que nos conocemos como la palma de la mano, y unas amenazas que hemos combatido muchas veces antes. No obstante, Christian Alvart es capaz de crear un micro-universo asfixiante, bastante generoso en lo que a detalles se refiere... y en ocasiones aterrador. Porque a pesar de que casi todo parezca formar parte de un gran déjà vu, la opresiva aventura intergaláctica no deja por ello de suscitar un cierto interés. Buena culpa de ello es la táctica de la información fragmentada (servida en bandeja con la excusa de la recuperación paulatina de la memoria). Un recurso que, para no desentonar con el conjunto, ya ha sido empleado en innumerables películas, pero que igualmente es usado con sabiduría, ya sea para mantener en vilo al espectador, ya sea para poder trampear con la historia en algún que otro momento.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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O ya sea para darnos cuenta que lo verdaderamente atractivo lo encontramos en una dimensión espacio-temporal distinta a la que contiene la acción central. Así, me atraen mucho las dramáticas circunstancias de crisis malthusiana que motivan la misión espacial, y veo con buenos ojos los delirios de divinidad relatados a modo de cuento siniestro. Es la importancia de detalles como estos la que consigue tapar los numerosos agujeros negros del filme. Porque más que quedarme por ejemplo con unos monstruos que parecen deshechos de las tribus urbanas de ‘The Warriors’; más que quedarme con los ridículos personajes secundarios, me quedo con la impresión que ‘Pandorum’ es una cinta fácilmente olvidable, pero a la vez un relato de terror / ciencia-ficción entretenido y bastante decente.
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