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8
30 de junio de 2018
30 de junio de 2018
54 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil
Saber y no saber. Poder y no poder. Querer y no perdonar… Soy un admirador casi incondicional de las novelas de Ian McEwan, uno de los grandes escritores contemporáneos británicos. Y aquí además firma el guion y produce la adaptación de su obra, lo cual despertaba aún más mi curiosidad, ya que me parecía muy difícil llevarla al cine por su mínima trama que se limitaba a unas pocas horas, a un momento muy preciso en la vida de dos jóvenes enamorados que se enfrentan a la consumación de su anhelado matrimonio tras la nada evidente boda que acababan de sellar. Lo más importante es recordar que estamos en 1962, en la imperceptible frontera entre la revolución sexual y la mojigatería verbal, en la orilla entre la sinceridad absoluta y las elipsis bienintencionadas y turbadoras.
Chico conoce chica. Se exploran, reconocen y enamoran. Parecen hechos el uno para el otro pese a sus procedencias dispares y sus anhelos diversos. Se casan. Y fracasan ¿o no? La importancia de las palabras – las que se dicen y las que se callan – cobra aquí un protagonismo agresivo y esencial… y nos confronta con el límite de lo que podemos aceptar, comprender o disculpar, siendo un opaco arcano que puede tener unas consecuencias irreversibles. Creemos saber lo que somos capaces de admitir y cuando nuestras propias inseguridades y aspiraciones nos impiden ver el sufrimiento del otro estamos abocados a la incomunicación y la soledad. A veces habría bastado poner freno a nuestra vehemencia o a nuestro despecho o a nuestra frustración; a veces habríamos necesitado algo más de empatía o de indulgencia para ser capaces de entender lo que nos queda demasiado remoto como para abrazarlo sin reservas; a veces naufragamos porque lo queremos todo ahora y ya.
Chico conoce chica. Se exploran, reconocen y enamoran. Parecen hechos el uno para el otro pese a sus procedencias dispares y sus anhelos diversos. Se casan. Y fracasan ¿o no? La importancia de las palabras – las que se dicen y las que se callan – cobra aquí un protagonismo agresivo y esencial… y nos confronta con el límite de lo que podemos aceptar, comprender o disculpar, siendo un opaco arcano que puede tener unas consecuencias irreversibles. Creemos saber lo que somos capaces de admitir y cuando nuestras propias inseguridades y aspiraciones nos impiden ver el sufrimiento del otro estamos abocados a la incomunicación y la soledad. A veces habría bastado poner freno a nuestra vehemencia o a nuestro despecho o a nuestra frustración; a veces habríamos necesitado algo más de empatía o de indulgencia para ser capaces de entender lo que nos queda demasiado remoto como para abrazarlo sin reservas; a veces naufragamos porque lo queremos todo ahora y ya.

Y las consecuencias de nuestros actos son una sombra densa y pesada que nubla nuestros deseos y tuerce nuestro destino. Cuando no basta con el amor quizás debamos confiar más en la escucha del corazón herido del otro o debamos sosegar la urgencia de nuestro corazón dolido antes de actuar por despecho o por ira, siempre malas consejeras que nos abocan al abismo del rechazo y del egoísmo. Creemos tener razón y nos avala nuestro resentimiento y nuestra furia, sin darnos cuenta que erigimos una muralla infranqueable con la que edificamos nuestro fracaso y sellamos nuestra tumba en vida. Hemos llegado al momento de la desnudez más absoluta, mostrando nuestra vulnerabilidad y penurias, pero somos incapaces de tender una mano auxiliadora por orgullo o por rencor… y zozobramos.
Impresionante actuación de Saoirse Ronan, modélico guion y sutil y envolvente puesta en escena. Pero no gustará a los idólatras de lo inmediato.
Impresionante actuación de Saoirse Ronan, modélico guion y sutil y envolvente puesta en escena. Pero no gustará a los idólatras de lo inmediato.
1 de octubre de 2016
1 de octubre de 2016
54 de 60 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿En qué consiste la felicidad? Sabemos que no podemos predecir el mañana y que la vida da demasiadas vueltas como para ser previsible o, ni tan siquiera, imaginable y, sin embargo, tenemos la falaz certeza de estar controlando nuestro destino, creyendo que no hay nada que se interponga en nuestro veleidoso camino y que pueda desbaratar, sin más, los pilares de nuestra existencia. Nos creemos dueños de nuestra suerte sin darnos cuenta que somos y seremos zarandeados sin piedad por cualquier episodio, por nimio o improbable que sea, por inverosímil o ajeno que nos parezca.
Nuestra ventura es una arbitraria rueda de la fortuna, un amargo juego de azar que nos toca enfrentar indefensos y abatidos. Y nuestra biografía es la aleatoria suma de los días que transitamos pletóricos de inocencia y rutina, al implacable albur de designios que escapan a nuestra voluntad. La caprichosa incertidumbre señorea indiferente y nos arrastra sin remordimientos ni compasión. Nos creemos omniscientes cuando apenas somos una vana anécdota, una mera anotación a pie de página de un libro cuya trama desconocemos y cuya lectura nos deparará un sinfín de veleidades desdeñosas.
Nuestra ventura es una arbitraria rueda de la fortuna, un amargo juego de azar que nos toca enfrentar indefensos y abatidos. Y nuestra biografía es la aleatoria suma de los días que transitamos pletóricos de inocencia y rutina, al implacable albur de designios que escapan a nuestra voluntad. La caprichosa incertidumbre señorea indiferente y nos arrastra sin remordimientos ni compasión. Nos creemos omniscientes cuando apenas somos una vana anécdota, una mera anotación a pie de página de un libro cuya trama desconocemos y cuya lectura nos deparará un sinfín de veleidades desdeñosas.

Esta prodigiosa película cala hondo. La cotidianeidad va tejiendo un laberíntico tapiz del cual es imposible escapar. Con elementos en apariencia mínimos – pero que albergan la riqueza alambicada de toda nuestra historia – la cineasta francesa Mia Hansen-Løve elabora un mosaico duro y contundente que deviene en una experiencia agridulce, inolvidable y portentosa, todo ello condensado en apenas cien minutos que transitan todos los claroscuros del ser. Con inapelable sensibilidad, un férreo guión bien urdido y algunas canciones tan atinadas como etéreas, nos permite presenciar el agostamiento de una profesora de filosofía, toda intelecto, constancia y empeño, pero que se enfrenta a las retadoras grietas que se van abriendo, paso a paso, bajo sus pies, como súbitas arenas movedizas que lo engullen todo.
Además cuenta con la magnética presencia de Isabelle Huppert, una asombrosa actriz que se supera en cada personaje que encarna. Nos ofrece – con exquisita elegancia y loable ausencia de énfasis – el equilibrio exacto entre tesón y fragilidad, entre dicha y abatimiento, entre resistencia y mansedumbre, entre fuerza e impotencia. Ella ilumina con su actuación todo el metraje e irradia una claridad diáfana y dolorosa que la vuelve inolvidable.
Además cuenta con la magnética presencia de Isabelle Huppert, una asombrosa actriz que se supera en cada personaje que encarna. Nos ofrece – con exquisita elegancia y loable ausencia de énfasis – el equilibrio exacto entre tesón y fragilidad, entre dicha y abatimiento, entre resistencia y mansedumbre, entre fuerza e impotencia. Ella ilumina con su actuación todo el metraje e irradia una claridad diáfana y dolorosa que la vuelve inolvidable.

Buen cine que se renueva y renace a cada recodo del trayecto. Tras su aparente modosidad intrascendente se esconde agazapada una de las mejores y más atinadas reflexiones sobre el impotente devenir humano. Tan recomendable como perturbadora.
6
21 de junio de 2013
21 de junio de 2013
62 de 77 usuarios han encontrado esta crítica útil
Danny Boyle es un ya veterano director británico (56 años) de reconocido talento y reconocible estilo que suele caracterizarse por un poderío visual no siempre acorde con la calidad o las cualidades del guión que está poniendo en escena. En este caso, a priori, parecería que su estilo intenso, trepidante, de montaje frenético y elaborada manipulación de la imagen le iba como anillo al dedo: un irredento e irreductible adicto al juego que se ve envuelto (bueno, que se envuelve) en una elaborada trama sobre suplantaciones, mentiras, robos, asesinatos, hipnosis y obras de arte. Pero no es oro todo lo que reluce.
“Trance” se deja ver muy bien, atrapa desde el principio, y zarandea al espectador a su antojo por los vericuetos más desaforados e inverosímiles que imaginarse pueda. Es toda una aventura emocional que reproduce muy bien el desconcierto del propio espectador que no sabe a quién creer, de qué lado ponerse o en quién confiar. Engaño tras engaño, desojando y contorsionando las complejidades más bulliciosas. Quizás demasiada vuelta de tuerca y demasiados juegos de malabares que dispersan al espectador que acaba por abandonar el intento por creerse lo que es del todo increíble.
“Trance” se deja ver muy bien, atrapa desde el principio, y zarandea al espectador a su antojo por los vericuetos más desaforados e inverosímiles que imaginarse pueda. Es toda una aventura emocional que reproduce muy bien el desconcierto del propio espectador que no sabe a quién creer, de qué lado ponerse o en quién confiar. Engaño tras engaño, desojando y contorsionando las complejidades más bulliciosas. Quizás demasiada vuelta de tuerca y demasiados juegos de malabares que dispersan al espectador que acaba por abandonar el intento por creerse lo que es del todo increíble.

Las potentes imágenes encuentran en el trío protagonista a unos entregados cómplices que hacen que durante la proyección se sigan todos los vericuetos con interés y admiración – sobro todo se luce una admirable Rosario Dawson, portento físico de exuberante presencia e innegable talento y que mejor encarna el juego que se nos propone. Pero llega un momento en que tanto exceso, tantos quiebros, tanta voltereta y tanta pirueta narrativa acaba fatigando por mera acumulación infructuosa. Y se abre paso una cierta insatisfacción porque le punto de partida, los actores, la dirección, todo, está magníficamente entonado y calibrado, pero el conjunto se queda corto, hierra el tiro por querer abarcar demasiado y todo se acaba desinflando.
Intensa, interesante, potente y, sin embargo, fallida.
Intensa, interesante, potente y, sin embargo, fallida.
24 de septiembre de 2017
24 de septiembre de 2017
60 de 73 usuarios han encontrado esta crítica útil
De nuevo se acierta en el tono entre paródico y transgresor, pero lo que en la primera película fue una sorpresa, un hallazgo, una desternillante propuesta, una original mezcolanza entre James Bond y los superhéroes de quiosco, en fin, un muy recomendable pasatiempo, en la segunda entrega de la inevitable saga todo se queda en un calco, un erial yermo y adocenado, donde el exceso de vitaminas y la acumulación de batidos energizantes causa una severa inanición: todo acaba siendo episódico y prescindible, con una trama indigna de ostentar tal nombre, unas situaciones que por su obsesiva acumulación arbitraria acaban por fatigar, donde los lugares comunes engullen cualquier atisbo de ingenio, repetición cansina de las consabidas mejores jugadas que ya hemos visto antes y mejor plasmadas, en definitiva, un indecoroso refrito de mercadotecnia, cuya ramplonería y reiteración producen hastío.
Todo lo anterior no impide que la película se vea con una media sonrisa cómplice y bullanguera, que a ratos brille la ironía, que se disfrute la alocada galería de personajes y situaciones que pueblan la historia, que se paladee el sabroso crepitar de reírse de todo y de todos, que se admire la ausencia de tabúes y te seduzca la desvergonzada algarabía que se despliega sin pudor ante nuestros ojos. Pero el metraje es excesivo, todo ocurre sin ton ni son, por la caprichosa voluntad de los guionistas, renunciando a hilar fino o a proponer algo más que un artefacto caro e intrascendente, bien elaborado y dirigido pero carente de una mínima coherencia que haga olvidar las demasiado visibles costuras que delatan el artificio y achatan el resultado final.
Todo lo anterior no impide que la película se vea con una media sonrisa cómplice y bullanguera, que a ratos brille la ironía, que se disfrute la alocada galería de personajes y situaciones que pueblan la historia, que se paladee el sabroso crepitar de reírse de todo y de todos, que se admire la ausencia de tabúes y te seduzca la desvergonzada algarabía que se despliega sin pudor ante nuestros ojos. Pero el metraje es excesivo, todo ocurre sin ton ni son, por la caprichosa voluntad de los guionistas, renunciando a hilar fino o a proponer algo más que un artefacto caro e intrascendente, bien elaborado y dirigido pero carente de una mínima coherencia que haga olvidar las demasiado visibles costuras que delatan el artificio y achatan el resultado final.

Como casi siempre en el cine británico, los actores son lo mejor de la función. Algunos están desaprovechados – o quizás sólo se trata de presentarlos para luego sacarles partido en alguna entrega posterior – pero casi todos ellos disfrutan con las caricaturas parlantes que les ha tocado en suerte encarnar: Julianne Moore está estupenda como la pérfida narcotraficante que vive desolada por no ser reconocida y celebrada como la inigualable mujer de negocios que cree ser; Elton John está soberbio interpretándose a sí mismo y nos hace gozar burlándose sin piedad ni decoro de su propio personaje y excesos; Taron Egerton vuelve a brillar como el dandi agente secreto salido de los arrabales, gentleman a tiempo parcial y proletario sin tapujos en sus horas libres. Pero casi todo el reparto yanqui parece haber sido impuesto como pretexto para agradar a la taquilla americana, sin aportar nada más.
En resumen: simpática, simple e insignificante. Pero entretenida.
En resumen: simpática, simple e insignificante. Pero entretenida.
8
15 de noviembre de 2015
15 de noviembre de 2015
53 de 59 usuarios han encontrado esta crítica útil
Los aniversarios son circunstancias ambivalentes que sirven para recalcar ciertos eventos. Pueden ser motivo de alegría y regocijo. Pueden causar nostalgia y melancolía. O pueden señalar un punto de inflexión, desencadenando un revoltijo de emociones difícil de ordenar y digerir. La vida es imprevisible y nosotros mismos somos difícil de prever: creemos estar habitando una dicha extrema o una felicidad serena y sin embargo basta un mínimo detalle para que todo se resquebraje. Nos preguntamos qué ha pasado, que si lo que creemos haber vivido realmente ha sido así o tan solo una ficción, fruto de nuestra credulidad o buena fe o de nuestra ceguera persistente. Porque basta una pequeña noticia, apenas un pie de página, para revolvernos las entrañas y hacernos preguntas terribles que nos corroen el alma y nos deforman la percepción de la realidad.
Estamos ante una cinta sutil y nada trivial. Plantea interrogantes complejos que no son fáciles de desentrañar ni encajar. Y lo mejor de todo es que lo hace sin apenas ruido, sin levantar la voz, sin alardes ni aspavientos, sin énfasis ni truculencias, sino centrándose en el mundo íntimo de su protagonista, a la que le cuesta sobremanera asumir que ella no ha sido el primer amor de su marido, que tuvo una historia de amor previa, antes de tan siquiera conocerse ellos y de la que tras más de cincuenta años tiene conocimiento, resurge de entre los muertos y explota en la intimidad familiar con una fiereza inusitada. Un apenas entrevisto espectro que desencadena una crisis y nos revela que nada es como teníamos la certeza que era y nos siembra la duda, la inquietud, la alarma y la congoja.
Estamos ante una cinta sutil y nada trivial. Plantea interrogantes complejos que no son fáciles de desentrañar ni encajar. Y lo mejor de todo es que lo hace sin apenas ruido, sin levantar la voz, sin alardes ni aspavientos, sin énfasis ni truculencias, sino centrándose en el mundo íntimo de su protagonista, a la que le cuesta sobremanera asumir que ella no ha sido el primer amor de su marido, que tuvo una historia de amor previa, antes de tan siquiera conocerse ellos y de la que tras más de cincuenta años tiene conocimiento, resurge de entre los muertos y explota en la intimidad familiar con una fiereza inusitada. Un apenas entrevisto espectro que desencadena una crisis y nos revela que nada es como teníamos la certeza que era y nos siembra la duda, la inquietud, la alarma y la congoja.

Tom Courtenay & Charlotte Rampling
Comentar la trama corre el peligro de desvelar demasiados datos, porque si algo muestra esta cinta es que es la cantidad de información y la forma de dosificarla y revelarla es lo que convierte un episodio pretérito en una tormenta perfecta con la potencia de un huracán aniquilador que quizás pueda carcomer los cimientos más sólidos y derribar las estructuras más robustas. ¿O acaso estamos imaginando lo que no hay y construyendo castillos en el aire, rehaciendo nuestro recuerdo con jirones de conjeturas, sustituyendo certezas por cábalas, sembrando de sospechas una memoria que creíamos inamovible y firme? La insidia es el máximo disolvente.
Si les gustan las películas que transitan la ambigüedad y los matices con insolencia y descaro, no se la pierdan. También vayan a verla por la inconmensurable interpretación de Charlotte Rampling. Su última escena – un devastador baile sin diálogos – es antológica y memorable. Pura filigrana que disecciona los hondos claroscuros del alma.
Si les gustan las películas que transitan la ambigüedad y los matices con insolencia y descaro, no se la pierdan. También vayan a verla por la inconmensurable interpretación de Charlotte Rampling. Su última escena – un devastador baile sin diálogos – es antológica y memorable. Pura filigrana que disecciona los hondos claroscuros del alma.
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