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8
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3.367
17 de octubre de 2010
17 de octubre de 2010
15 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
John Keats pasó fugazmente por los dominios de esta dimensión sensorial y dolorosa, por este misterio de la vida. Puede que fuese como un soplo de aire de las brumosas colinas de Inglaterra, puede que fuese como un suspiro de amor, que surge de lo más ignoto del ser.
Sospecho que la Poesía nace de ese reducto que anida en todas partes y en ninguna, que no se sabe si es alma o cuerpo, o la fusión de los dos. Así, tan delicado como el terciopelo de un pétalo de rosa, Keats dejó su paso por el Valle de las Sombras, que él transformó en bosques de hadas y diosas, en lunas de sonrisa melancólica y estrellas como flores del cielo, en perpetuidad cazada en la cadencia y la musicalidad de las palabras que nunca podrán ser atrapadas.
Su contribución al Romanticismo, denostada y menospreciada en su día (pocos son profetas en su tierra), brilló con un fulgor muy inadvertido en las primeras décadas de un siglo que no estaba hecho para apreciar en plenitud la exuberancia de un arte rompedor. Un arte que se divorciaba del prosaísmo de la vulgaridad ordinaria y se daba la mano con las hojas de los árboles, los claros de luna, la Naturaleza en estado puro, los entes divinos y el Amor.
Sospecho que la Poesía nace de ese reducto que anida en todas partes y en ninguna, que no se sabe si es alma o cuerpo, o la fusión de los dos. Así, tan delicado como el terciopelo de un pétalo de rosa, Keats dejó su paso por el Valle de las Sombras, que él transformó en bosques de hadas y diosas, en lunas de sonrisa melancólica y estrellas como flores del cielo, en perpetuidad cazada en la cadencia y la musicalidad de las palabras que nunca podrán ser atrapadas.
Su contribución al Romanticismo, denostada y menospreciada en su día (pocos son profetas en su tierra), brilló con un fulgor muy inadvertido en las primeras décadas de un siglo que no estaba hecho para apreciar en plenitud la exuberancia de un arte rompedor. Un arte que se divorciaba del prosaísmo de la vulgaridad ordinaria y se daba la mano con las hojas de los árboles, los claros de luna, la Naturaleza en estado puro, los entes divinos y el Amor.

Ben Whishaw & Abbie Cornish
Si el malogrado Keats hubiese podido armonizar las urgencias de su espíritu con las demandas de su entorno, si las ansias de su interior hubiesen ido en consonancia con las necesidades externas, no habría conocido ese sufrimiento vital que lo hacía desgajarse en dos, que era lo que otorgaba a su arte aquel punto de desesperación, de desgarro. Y hoy día su nombre permanecería en la oscuridad. El poeta maduró su talento en el dolor de su amor irrealizable por Fanny Brawne, y de la consciencia de la muerte.
Los románticos, como si de una maldición se tratara, eran acosados por la enfermedad y por unos momentos difíciles para la lírica. La tuberculosis era la bestia negra, de tal modo que tiñó el pensamiento popular con su manto de asfixia y pulmones deshechos. La muerte se sentía muy próxima, sentada a los pies del lecho, llevándose a las personas más queridas, y esa circunstancia de brevedad de la vida y de casi improbable felicidad fue el aliciente para crear muchos de los poemas más maravillosos de la historia. Al igual que esas leyendas en las que algunos pájaros cantan con fuerza sobrenatural en el instante de morir, la poesía romántica sólo podía conocer su esplendor en lo efímero de una belleza rodeada de espinas.
Los románticos, como si de una maldición se tratara, eran acosados por la enfermedad y por unos momentos difíciles para la lírica. La tuberculosis era la bestia negra, de tal modo que tiñó el pensamiento popular con su manto de asfixia y pulmones deshechos. La muerte se sentía muy próxima, sentada a los pies del lecho, llevándose a las personas más queridas, y esa circunstancia de brevedad de la vida y de casi improbable felicidad fue el aliciente para crear muchos de los poemas más maravillosos de la historia. Al igual que esas leyendas en las que algunos pájaros cantan con fuerza sobrenatural en el instante de morir, la poesía romántica sólo podía conocer su esplendor en lo efímero de una belleza rodeada de espinas.

Ben Whishaw & Abbie Cornish
El joven Keats cumplió con todos los requisitos. La tuberculosis fue su compañera inseparable. Carecía de ingresos suficientes para mantenerse con independencia, y recibía la ayuda y el apoyo constante de amigos que admiraban su don. Su obra fue implacablemente atosigada por las malas críticas. Y se enamoró de una muchacha con la que no podía casarse, porque sus precarios recursos económicos no le alcanzaban. Su esperanza se apoyaba en que alguno de sus libros se vendiese con holgura; pero eso sólo le sería concedido póstumamente.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
De todas maneras, John encontró a su musa en esta tierra en la que los placeres eran tan limitados. A Fanny, de inteligencia aguda y despierta, divertida y tierna, no la detuvieron los obstáculos que habrían de interponerse y finalmente truncar el idilio. Las convenciones dictaban que un matrimonio era imposible. Ellos lo sabían. Y lucharon contra ello. Cogieron a manos llenas, durante lo poco que pudieron, las casi culpables alegrías de estar vivos, de ser jóvenes y de amarse. Enlazaron sus dedos, temiendo la separación que vendría primero de la mano de los muros sociales y de la quebrada salud del muchacho, y finalmente de la Parca.
Un romance que inspiró en Keats sus obras más auténticas y consagradas, que instigó su creatividad y que le lograría, más tarde, un puesto entre las estrellas más brillantes del firmamento, cuando el aliento de sus pulmones se había extinguido ya a la temprana edad de veinticinco años.
Jane Campion, con la sensibilidad que la caracteriza, pinta un lienzo móvil de ese instante corto, demasiado corto, del enigma del amor que funde el corazón de un artista pobre y subestimado, y de una chica vivaz y muy perceptiva. Pinta además el decorado de una Inglaterra campestre, tapizada con las tonalidades de los bosques y las praderas, alfombrada de blanco en invierno. Se intuye la tímida bonanza de las estaciones más cálidas, y el cortante aire y la severa humedad que barren las islas británicas en las estaciones frías. La atmósfera invisible parece portar los gérmenes de la tragedia. La tisis se huele en las rachas de viento.
Un romance que inspiró en Keats sus obras más auténticas y consagradas, que instigó su creatividad y que le lograría, más tarde, un puesto entre las estrellas más brillantes del firmamento, cuando el aliento de sus pulmones se había extinguido ya a la temprana edad de veinticinco años.
Jane Campion, con la sensibilidad que la caracteriza, pinta un lienzo móvil de ese instante corto, demasiado corto, del enigma del amor que funde el corazón de un artista pobre y subestimado, y de una chica vivaz y muy perceptiva. Pinta además el decorado de una Inglaterra campestre, tapizada con las tonalidades de los bosques y las praderas, alfombrada de blanco en invierno. Se intuye la tímida bonanza de las estaciones más cálidas, y el cortante aire y la severa humedad que barren las islas británicas en las estaciones frías. La atmósfera invisible parece portar los gérmenes de la tragedia. La tisis se huele en las rachas de viento.

Abbie Cornish & Ben Whishaw
El sosegado deleite de los sentidos, de la mente y del espíritu, la sutil reprobación social, la acogedora y cándida familia Brawne, la impotencia ante la enfermedad incurable y los versos de Keats tachonan una historia de amor que habla desde la pluma de un escritor por fin reivindicado, y desde dos tumbas. Una en Roma, la otra en Londres.
Ojalá, si hay algo más allá de lo conocido, John y Fanny hubieran podido reunirse de nuevo, en algún cielo exclusivo para ellos dos.
Ojalá, si hay algo más allá de lo conocido, John y Fanny hubieran podido reunirse de nuevo, en algún cielo exclusivo para ellos dos.
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