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Pan negro

Drama Durante los duros años de la posguerra, en una zona rural de Cataluña, un niño llamado Andreu, cuya familia pertenece al bando de los perdedores, encuentra un día en el bosque los cadáveres de un hombre y su hijo. Las autoridades sospechan de su padre, pero Andreu intentará encontrar al culpable. En estas circunstancias, se produce en Andreu el despertar de una conciencia moral que se opone a la mentira como instrumento del mundo de los adultos. (FILMAFFINITY) [+]
Críticas 166
Críticas ordenadas por utilidad
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7
9 de noviembre de 2010
208 de 269 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con ‘Pa negre’ he descubierto a Villaronga. He vivificado, por momentos, mis pulmones (hechos a la contaminación habitual del cine patrio) con el aire Erice de la imagen. Y no lo digo por el personaje fantasma de la gruta, Pitorliua, que pudiera remitir (es referencia obvia) a ‘El espíritu de la colmena’. Hablo del temblor pausado que atraviesa la pantalla, detrás o dentro de los cuadros.

Para empezar, vemos la escena más bien torpe de un encapuchado que estrangula a un hombre que viaja con su hijo. Muy poco después, el carro se despeña. Un niño, Andreu, observa la caída. A partir de ese momento, el punto de vista habrá de ser el de ese niño. La película acompaña a Andreu en un periplo vital que va desde el candor a la vileza y de la admiración al desapego –o, mejor, al endurecimiento.

La escena del asesinato se nos muestra desde el punto de vista del niño que va en el carro con su padre. Después de la caída, el punto de vista se traslada al otro niño. De esta forma, no percibimos tan rotundamente la fisura narrativa. ¿Por qué la escena del estrangulamiento? Romper el punto de vista narrativo es una decisión de riesgo, no ha de tomarse a la ligera. En este caso, la decisión apenas se percibe, puesto que sólo a posteriori sabremos que la historia está contada desde Andreu –es excesivo el énfasis con que se subraya que hemos de mirar desde su perspectiva, el chaval no deja de asomarse a todas partes: huecos, ventanas, cerraduras, escaleras...
Advierto en la película defectos a mansalva, especialmente en el guión. Sin embargo, ya desde el principio, una imagen queda en mi retina: el plano intenso del caballo al borde del abismo, con la venda tapándole los ojos.

Los actores están flojos o discretos (se salvan el alcalde, Sergi López; el maestro, Eduard Fernández; y la señora Manubens, Mercè Arànega).

Desconfío de la arquitectura del relato, pero siento que hay talento visual. Por esa grieta, se cuela en mi cerebro el virus de ‘Pa negre’.

===

Recuerdo un mal soneto de un poeta mediocre (mediano, siendo generoso), en el que, de repente, un endecasílabo salta de la página, desbordando el marco del poema: «El Nilo entero contra un hombre solo.» Ese endecasílabo perdura en mi memoria. Una perla entre un montón de versos sin sustancia.

«Los escritores no deben considerarse grandes por el hecho de arrimarse a lo grandioso, sino más bien deben intentar ser significativos en las pequeñeces.», nos dice el suizo Robert Walser.
Marina Comas & Francesc Colomer
Algo así sucede con algunos cineastas. Quizás sea el caso del que nos ocupa. Pese a sus inmejorables intenciones, naufraga al construir la trama y muchos de los personajes, coloca escenas poco digeribles y discursos recargados de retórica. Pero se eleva con la imagen hasta cotas de gran cine.

Y es que en los detalles, si hay talento, se alcanza el infinito.
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Hay personajes que, no apareciendo nunca en una obra, la condicionan y enriquecen: crean atmósfera por medio de su ausencia. Se les podría llamar ‘no personajes’, puesto que no existen propiamente en el espacio material que se nos brinda. Rebeca, de Hitchcock, sería el arquetipo.

Pitorliua podría haber sido uno de ellos, si no fuera por la escena más desafortunada de la cinta: la de la emasculación, imaginada por Andreu. En ella, al padre (Farriol) sólo le falta mirar a cámara y gritar: “¡qué malvado soy!”, poniendo voz de muy malísima persona.

El homosexual fantasma no debería aparecer. Hubiera sido un ejemplar ‘no personaje’. Lástima por la ocasión perdida. Había potencial dramático de sobra para convertirlo en una no presencia excepcional.

Llegados a este punto, comprendemos el porqué de la escena del inicio: se estaba preparando el giro estrella del guión. Farriol abandona el rol del héroe y abraza el de villano. La pirueta es intragable: se ha recalcado demasiado su perfil casi evangélico (un rojo lleno de ideales y amigo de los pájaros, sacrificado y compasivo) y ahora nadie cree que pueda ser sicario, asesino de niños y torturador. El actor no puede con el personaje. Y no se lo echo en cara, ni un genio de las tablas podría hacer creíble semejante suma de exageraciones paradójicas. Por si fuera poco, acabará como mártir en el ara de su hijo. En fin, que el ser humano es muy contradictorio.
Francesc Colomer
Entonces, ¿por qué me ha conmovido la película?

Porque me olvido de la intriga, de los niños plastificados, de los excesos del guión y aun de los diálogos (el catalán, con su musicalidad nasal y líquida, ayuda a zafarse de la letra y zambullirse en el sonido, como complemento de la vista), me abstraigo de efectismos y retóricas y me centro en el latido de la imagen: el plano de Andreu tumbado en el tejado; la primera aparición del tísico, con ese travelling que lo acompaña en paralelo por el bosque; la espera magistral en casa de los Manubens; la sobriedad perfecta en el colegio de los escolapios…

Cuando, en la última secuencia, después del encuentro con su madre, Andreu deja su aliento en el cristal, sé que ahí, en ese vaho que suavemente se retira, la imagen permanece.

[Después de varios meses de abstinencia, quedé para ir al cine con mi pata Macarrones. Yo quería ver la peli de los grafiteros, pero mi amigo y el azar me desviaron a una cinta de temática posguerra, uf. Al final, contra todo pronóstico, me ha gustado más a mí que a él. Algo huele a podrido en nuestra mutación de gustos cinematográficos.]
5
8 de noviembre de 2010
159 de 212 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me gustan (mucho, muchísimo) de esta película sus intenciones, el lugar al que apunta, su estética general, sus actores y un montón de escenas y detalles que detallo abajo, pero no puedo dejar de pensar que el gran director que es Agustí Villaronga tiene un gran enemigo, que no es otro que él mismo, como guionista. Los valores de uno y otro son antitéticos y no siempre el primero puede corregir los excesos del segundo: el escritor busca el efectismo, el retorcimiento melodramático y no tiene buen oído para los diálogos (y una tendencia terrible a los discursitos retóricos); el director pertenece a un mundo estético y expresivo opuesto y siempre parece preocupado por embridar la historia para llevarla hacia lo estático, lo sugerido, el silencio, hacia lo que no es obvio, el mundo de las miradas, las sospechas, los pensamientos y los deseos reprimidos. A Villaronga se le da muy bien bucear, pero no tanto surfear. En sus peores momentos, «Pan negro» parece montada con retales de «El laberinto del fauno» o de «Amar en tiempos revueltos»; en los mejores, se eleva a las mismas alturas del mejor Montxo Armendáriz o de Víctor Erice.

Bueno, he escrito este primer parrafito por cumplir con las normas de FilmAffinity, porque lo que de verdad me interesa comentar va en el expolio:
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Me gustan esas paredes siempre húmedas, las sombras, las ventanas con visillos, el mundo de mujeres, el guardia civil jovencito y guapo que se acuesta con la modistilla, la muerte del caballo, el carromato cayéndose por el barranco, la cama de los niños, el maestro, la señora Manubens, el colegio de los escolapios, la abuela contando historias de miedo, la mirada del niño protagonista, el tuberculoso desnudo. Esta película merece un 9.

No me gustan: la loca, toda la escena de la emasculación, el encapuchado, el personaje de Farriol en general, el tuberculoso vestido (todas sus escenas con pantalones me parecen falsas y sus discursitos, retórica barata), el personaje de la niña manca y todo lo que tiene que ver con ella, la escenita de la matanza de los pájaros, los niños en general (salvo el protagonista), los reproches, los consejos, todo lo que tiene que ver con los pájaros, la escenita del funeral y de los escupitajos al alcalde. Esta película merece un 1.

En general, creo que esta película ganaría si fuera muda y si la hubieran rodado como Rosales su «Tiro en la cabeza».

Personalmente, hay dos cosas que me interesan mucho del cine de Villaronga: una cómo muestra la desafección, esto es, el proceso de decepción, distanciamiento y rechazo de alguien hacia otras personas que ha querido mucho. En esta película, el corazón del niño protagonista se vuelve duro como una piedra. Si quiere sobrevivir al ambiente envilecido que le rodea debe envilecerse él también. Su paso a la madurez le lleva al cinismo y a la corrupción. No es mejor que su padre ni que sus padrastros. El final de la película es desolador.

El otro aspecto que me interesa es el homoerotismo. En «Pan negro» este aspecto está tratado de una forma un tanto destartalada. La historia del Manubens disoluto y de su amante castrado por las turbas, los rumores sobre los tuberculosos, la atracción que pueda sentir el niño por el enfermo... todo me parece más bien retórico y metido en la historia con calzador.

Esta película la vi con mi pata Servadac en los Renoir de la Plaza de España, en la sesión de tarde. Pata, querido, he echado de menos nuestra cena alemana de después. Que conste.
8
23 de octubre de 2010
115 de 144 usuarios han encontrado esta crítica útil
He quedado muy satisfecho con la película de Agustí Villaronga, he de confesar que sigue faltándonos nuestro "Novecento", "El nido de la araña", "El tambor de hojalata" y muchos otros grandes clásicos europeos que ahondan en los traumas de los diferentes pueblos. Sin embargo esta es una película que ofrece una visión revisionista a la par que compleja de lo que la inmediata postguerra supuso para este país. No me voy a meter en aspectos técnicos o puramente cinematográficos porque esto ha sido tratado, pero si algo aleja a esta obra de ser maestra y de pasar a ser algún día un clásico es, sin lugar a dudas, el hecho de ser una adaptación que - como ocurre con muchas adaptaciones - da demasiadas cosas por supuestas, de ahí que nos encontremos con que muchos aspectos de la trama queden colgando.

En cualquier caso lo que importa de esta película es lo que intenta transmitir. En este sentido creo que es un film importante en lo que se refiere al análisis de la postguerra porque nos muestra que no sólo fueron los muertos, sino también los que aquí quedaron los que tuvieron que sufrir con mayor intensidad los movimientos sísmicos provocados por el enfrentamiento fatricida. Es interesante constatar el modo en que se trata el fenómeno de la autorepresión en el seno de las familias, algo que fue muy típico en la sociedad española durante todo el franquismo. Sin embargo este film queda lejos de la genialidad de otras obras europeas como la "Silent Wedding" rumana en clave de tragicomedia. Sigue faltando algo en el cine español, una última chispa que marque estilo. Quizás el único que consiguió eso fue Mario Camús con su "El día de los inocentes", donde también se nos presentaba una realidad de postguerra, si bien no de modo tan explícito.

Sea como fuere hay muchos elementos a destacar, como decía uno de ellos es la autorepresión: muchas historias familiares se perdieron porque en el intento por sobrevivir en la sociedad española durante el franquismo era mejor ocultar ciertas cuestiones del pasado para posibilitar que las generaciones futuras salieran adelante. El secretismo que rodea a la familia de Andreu en torno a lo ocurrido durante la guerra no es más que el pan de cada día de muchas familias que trataron de proteger a sus jóvenes de lo que a ellos los marcaría de por vida.
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Por aquí muchos se sorprenden del lenguaje de la niña que ataca a Andreu y a sus primos por ser familiares de rojos. Pues bien, su sorpresa no muestra más que su ignorancia. Este tipo de lenguaje llegó a la juventud, a las escuelas y fue interiorizado por los jóvenes (sólo hay que ver la famosa foto de los niños barceloneses jugando a fusilamientos), no fue más que parte de la represión y de la marca indeleble que la guerra civil dejó en buena parte de la sociedad española.

La película es cruda: muestra cómo el franquismo perpetuó el orden social tradicional que oprimía a la gente de a pie en pos de los intereses de reducidas élites político-económicas. La miseria también se observa en el personaje representado por Marina Comás (excelente papel), despojado de cualquier barrera moral y empujado por unos reales a entregar su cuerpo al profesor alcohólico y asqueado con la situación, incapaz de reaccionar y sumido en el conformismo proporcionado por el sedante de la petaca. El destino de la familia de Andreu no es más que la historia que se repitió cientos y cientos de veces en que las grandes familias se sirvieron bajo cualquier pretexto de la delación para deshacerse de aquellos que podían ocasionarles molestias, de la guerra civil como vía para la resolución de rencillas vecinales...

Hay críticas que sinceramente no las entiendo, la película cumple bastante bien y es verdaderamente estremecedora. El final es sobrecogedor: Andreu reniega de su pasado al no reconocer ante su compañero que la mujer que había ido a visitarlo era su madre, se avergüenza de su pasado. El secuestro o adopción de niños durante la postguerra fue una realidad plenamente implantada en la sociedad española, muchas familias pobres se vieron obligadas a hacer lo indecible por sacar adelante a los suyos, muchas veces sin garantías de éxito alguno. La Guerra Civil española dio como resultado a una especie de apartheid, como bien dejan claro las palabras del profesor, en que los vencidos eran como los leprosos, alguien a quien no debía acercarse nadie que estuviera sano, es decir, ningún vencedor. 40 años de historia construidos sobre la mentira, la marginación de la mitad de la sociedad española y la negación de la libertad.
8
13 de febrero de 2011
90 de 102 usuarios han encontrado esta crítica útil
Villaronga, bastante desconocido para mí, nos entrega una película adaptación de una obra de Emili Teixidor, para construir una historia de durísimos cimientos. Donde la servidumbre y la pobreza humanas se entrelazan sobre el despertar al mundo adulto de un muchacho que descubrirá las bajezas y villanías del ser humano. El notable de mi puntuación responde sobre todo a la solvencia con que Villaronga la ha realizado.

Porqué aparte de la historia que se nos cuenta, lo que hace destacable a la película, es la seguridad de su magistral dirección sobre todo el conjunto, atreviéndose con secuencias arriesgadas desde todos los puntos de vista, sobresaliendo sobre todo la impactante secuencia de la caída del caballo y el carro, sobre uno de los muchísimos desfiladeros que abundan sobre nuestros parajes y más por aquellas zonas.

“Pa Negre”, es una historia sobre la posguerra fratricida que ojala, no tengamos que vivir nunca más, Villaronga le impone un ritmo y tono absolutamente clásico, y a la vez moderno a esta historia de traiciones y villanías humanas. Evidentemente que Teixidor ya los había expuesto en su novela, pero el sufrimiento que emana Nora Navas, el rencor que transmite Laia Marull (estupenda su participación), la villanía de Sergi López, la cobardía de Roger Casamajor, y la dulce hipocresía de Mercè Arànega, son efectivos gracias al control que ejerce Villaronga sobre ellos.

Son los niños, su mirada se va reforzando con lo que aprenden, y lo que observan. No sería lo mismo contada desde otro lugar, con otro enfoque. Tal vez la ternura en un clima tan tenso la aportan ellos, el único escape que hace soportable la opresión a la que les someten quienes mandan.

Es una película estupenda, sobre unos personajes heridos sin remedio y con un soberbio mensaje final: sus errores les perseguirán toda la vida y nunca lograrán deshacerse de ellos salvo que renieguen de sí mismos, o de aquellos seres que tanto habían amado.

La crueldad de un mundo polarizado entre buenos y malos. No habría siervos sin la explotación de los que poseen dinero y poder. Un mundo donde el pan blanco, el bueno, tiene unos dueños determinados (los vencedores), y el pan negro, el del pobre, es el único que está al alcance de la mayoría (los perdedores).
6
27 de enero de 2011
92 de 118 usuarios han encontrado esta crítica útil
“Pan negro” no admite contemplaciones desde su arranque: los géneros por los que deambula parecen el terror y el thriller rural. Los ojos de un niño moribundo dan paso a los de otro superviviente… el narrador y punto de vista del oscuro cuento.
Hacer un filme dentro de la postguerra española se antoja a priori tan trillado y amoral dentro de la filmografía nacional que cualquier animadversión o juicio de valor (y contenido) toma conciencia inmediata en el espectador maltratado por anteriores torturadores. Agustí Villaronga consigue sorprender por su punto de vista y escenario. Un ambiente rural en Cataluña, un bosque repleto de siniestros misterios y un nombre, a modo de ‘Rosebud’, que queda como herencia de pecados pasados y múltiples tramas venideras: Pitorliua. La inteligente doble adaptación de Emili Teixidor de ‘Pa Negre’ y ‘Retrat d’un asáis d’ocells’ da como resultado un relato sobre dobleces y creaciones de pequeños monstruos por mentiras de engendros mayores.

“Pan Negro” funciona como pasaje brillante de una infancia arrebatada y mutilada en diferentes mosaicos de una familia del bando perdedor. La distinción entre vencedores y vencidos parece clara como delimitación de bandos. Aparece una crisis de identidad por la desmitificación de la figura paternal y se consigue salir indemne al introducir temas inusuales como la homosexualidad. El director de “El mar” nos habla de panes blancos y negros, de bandos victoriosos y sometidos, de clases condenadas ante leyes que no gobiernan pero sí ejecutan. El mundo del silencio esconde sombras y fantasmas que, poco a poco, terminan formando susurros y secretos a vivas voces.

Tal vez me chirrían demasiados detalles que podrían estar mejor pulidos. Los mayores problemas no son de forma ni de formato sino de fondo. Para empezar, el guión se sustenta en el punto de vista de Andreu, el infantil protagonista, y éste tiene que estar presente en todos y cada uno de los lugares y sucesos de toda la película. Tal vez esa quiebra sobre la credibilidad del relato tan sólo sea una ventisca que no llega a rasgar las páginas del guión… aunque lo que escapa de mi absoluto entendimiento es una niña cabrona e hija de puta (sin acritud) que no para de farfullar, malmeter y engendrar odio, con su sucia lengua de víbora, que va al colegio con los protagonistas y siempre… ¡está con ellos! … pese a que le partan la cara en cada secuencia… y cumpla con su labor de ser un recurrente y facilón recurso para escupir información.
Tampoco el seco final me emociona como debiera y me deja frío y prácticamente sin emoción.

“Pan Negro” es una historia sobre la línea de la verdad y la mentira, el secreto y la creación de mitos y monstruos en la misma entidad. De esa dependencia del punto de vista que hace convertirse a los pájaros en ángeles o monstruos alados, donde el único escape ante la infancia maltratada es la locura o la transformación.
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