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Críticas 1.536
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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30 de enero de 2014
422 de 682 usuarios han encontrado esta crítica útil
Espero que nadie se dé por aludido en mi comentario si tiene la amabilidad de leerlo, pues mi intención es sólo la de exponer mis argumentos desde el prisma de un amante del cine.

Salí del cine profundamente decepcionado…, qué pena que el público y los amigos de F. A. se conforme con tan poco, (¡tiene un promedio casi de ocho!), me pregunto a los que la califican con un 8, 9, o un 10, ¿Qué entienden ellos por cine? Si para ellos un “Peliculón” como suelen decir… es una catarata de gratuitas palabras soeces, chistes de brocha gorda, sexo explicito y zafio, gags vulgares prolongados hasta la extenuación, imágenes efectistas y patéticas, personajes esperpénticos y disparatados en el peor sentido de la palabra, buscando la risa fácil, eso en mi opinión no es cine ni comedia ni nada, es menospreciar la inteligencia del espectador.

La película se alarga innecesariamente (quizá para justificar el presupuesto) para repetirse constantemente, en las soflamas histriónicas populacheras y casposas de un grotesco, sobreactuado y mal dirigido Leonardo Di Caprio, que me recordaba al peor Jim Carrey de “Mentiroso compulsivo”. Scorsese se empecina en repetir el mismo mensaje, como si el espectador fuera tan estúpido que no lo capta a la primera, con lo que después de la primera hora comienza el sopor, el aburrimiento, porque la historia no avanza, se repiten constantemente las gamberradas absurdas y delirantes en la oficina, donde los “brokers” son una panda de energúmenos que se dedican a competir ante el impresentable Jordan Belfort, a ver quien hace la gamberrada más abominable.
Scorsese se sirve de la biografía de este indecente personaje, que es Jordan, y creo que pretende parodiar al capitalismo voraz, cosa muy loable si lo hiciera abordando la cuestión con un mínimo de rigor. Pero los personajes son planos, sin consistencia psicológica, son como marionetas estereotipadas y previsibles, cuesta mucho la empatía con ellos, todo el tiempo ebrios, haciendo orgías, tomando drogas de todo tipo y rodeados de prostitutas de todo pelaje, yo no veo en los personajes una evolución moral creíble, todo está llevado a un exceso que llega a fatigar y asquear.

Al igual que Jordan Belfort vende humo con sus bonos basura a sus clientes, mientras se queda grandes comisiones, creyéndose un tipo listo por embaucar a gente sencilla y poco preparada para los tiempos que corren, Scorsese nos vende este engendro, indigno de su status artístico, manufacturado al gusto del público actual que acude a las salas ávido en devorar imágenes impactantes y obscenas de personajes impúdicos, relatos abyectos que denigran la inteligencia del espectador y que con su complacencia propicia un futuro desolador. Llámenlo como quieran pero eso no es cine.
20 de febrero de 2013
60 de 67 usuarios han encontrado esta crítica útil
Después de leer bastantes opiniones de los usuarios de esta web sobre esta obra, me he sentido interesado en dar mi opinión de “Centauros del desierto” (extraordinario título que supera al original), sobre todo por ser un fiel seguidor de John Ford, y ayudar a enriquecer el debate. Pero antes de opinar, me gustaría hacer algunas precisiones, desde el más absoluto respeto por los usuarios que valoran negativamente el film o creen que está sobrevalorado.

Es curioso que a la hora de realizar listas, entre críticos de cine y profesionales del medio, siempre está entre las primeras. Paul Schrader dijo de ella: “Me aseguro de verla al menos una vez al año”. Scorsese dijo: “La veo una o dos veces al año, me influenció mucho cuando hice Taxi driver”. Y John Millius sin cortarse un pelo: “La he visto sesenta veces”. No es por casualidad que un hijo de Millius y otro de Wayne se llaman Ethan. Alguien dirá que están locos, pero cabe recordar que ciertas locuras procuran una enorme felicidad y responden al nombre de pasión. En este caso pasión por el cine, pues creo que lo realmente grave es haberla sólo visto una vez, o no haberla visto jamás.
Hay quien le encuentra defectos de geografía por el “Monument valley”, si no está en Texas, que es Arizona, si el río es de uno u otro color, si los indios no son creíbles, si Ethan (Wayne) es un racista, si la crítica la sobrevalora últimamente, o que hay gente que se deja influenciar por lo que lee u oye, otorgando puntuaciones sin criterio que lo avale, etc, etc, etc. Está claro que todo lo que nos rodea influye en nosotros de una forma u otra, pero convendrán conmigo, que no tiene el mismo valor, la opinión de un profesional del cine, a la de un aficionado con todo el respeto que merece. Otra cosa es que te guste más o menos que otras, por ejemplo: a mí me parece extraordinaria, pero no siento empatía con el protagonista, en cambio, “La diligencia” y “El hombre que mató a Liberty Valance”, me gustan más por ser muy emotivas, aún siendo las tres para mí, ¡obras maestras!. En esta película Ford alcanza la cúspide de su expresión, ahí donde la acción sin detenerse se convierte en reflexión, en un justo análisis sobre la mitología del Oeste y sus héroes, que prolongaría en westerns posteriores. Ford reflexiona sobre los seres humanos en situación conflictiva, sobre el honor, la moral tradicional y el amor.
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El arranque, tras la hermosa canción de los créditos, es uno de los más deslumbrantes jamás vistos: la puerta de una cabaña se abre – estamos en su interior, en plano subjetivo – y sus moradores divisan en el horizonte a unos jinetes polvorientos; uno es Ethan Edwards, que regresa a casa de su hermano. Es un ser –lo intuimos sólo verle – derrotado, a quien en la última escena – cuando esa misma puerta va a cerrarse en perfecta simetría – descubriremos desencajado en el paisaje, solitario y sin rumbo. Entre el abrir y cerrar de esas puertas se nos cuenta la larga y dura búsqueda de la sobrina de Ethan, una niña secuestrado por los indios. Pero Ford se centra básicamente en ese personaje de homéricos ecos, que halla en Wayne – sobrio, admirable – su única encarnadura posible. La sensibilidad del cineasta capta el gesto más nimio, que a veces encierra en sí mismo una historia: con sólo acariciar el abrigo de su cuñado comprendemos que la mujer de la casa estuvo un día enamorada de él. El canto a los grandes héroes y a sus gestas se hace así, con sutileza y armonía, en voz baja y con el corazón palpitando.
19 de agosto de 2014
39 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Western árido y sobrio, de belleza terrosa, totalmente incomprendido en su estreno por un supuesto racismo, que no es en absoluto cierto, es más, todo lo contrario, es de los westerns que mejor explica la cultura india y se les tiene más respeto. Eran tiempos en que el western estaba en declive, dominados por el “Pequeño gran hombre”, “Soldado Azul” y “El hombre llamado caballo”. Aldrich filma un soberbio guión de Alan Sharp y una fascinante fotografía de Joseph Biroc, deudora de las escenas pictóricas en los lienzos de Remington, una obra redonda que enfrenta a dos culturas, dos civilizaciones, donde la fisicidad del paisaje cobra todo su protagonismo. Cuenta la leyenda que el General Sheridan afirmó, que si fuera dueño del Infierno y del desierto de Arizona, elegiría el infierno para vivir, alquilando el desierto de Arizona, por lo que podemos imaginar la hostilidad del territorio.

Un western insólito, violento e hiperrealista, que tiene el sentido del paisaje de Anthony Mann, la sequedad narrativa de Boetticher, el romanticismo de Walsh y el sentido de la amistad de Peckinpah. “Ulzana´s Raid” narra la fuga de un grupo de Apaches de una reserva, capitaneados por Ulzana, indio astuto y decidido en busca de libertad. Es la historia de una persecución: una patrulla de soldados encabezada por un teniente novato de profunda religiosidad, De Buin (Bruce Davison), un experto y veterano explorador agnóstico, McIntosh (Burt Lancaster), ayudado por un indio rastreador, Ke-Ni-Tay (Jorge Luke), cuñado del jefe rebelde: “Esposa de Ulzana fea, la mía, menos fea”. La misión es doble: capturar a los Apaches y evitar que asesinen a los granjeros.

Pero la película es también una partida de ajedrez itinerante, porque el que se equivoque en la estrategia lo pagará con su vida. Un western ético y filosófico, religioso, agnóstico y pagano, donde se cabalga de día, se habla por la noche y se puede morir en cualquier lugar. Es el viaje iniciático de aprendizaje pero no sólo del joven oficial, sino de todos los personajes, donde la naturaleza es tan salvaje como los hombres que la pueblan. Una película parca en palabras de miradas y sobrentendidos, de una devastadora melancolía. De una romántica y soberbia factura en la que destaca el asombroso trabajo de Burt Lancaster, su fisicidad, su laconismo, su gestualidad, es el poso de toda una carrera, la de aquel saltimbanqui de feria, que con sus interpretaciones magistrales, entre las que destacan: “El fuego y la palabra”, “El gatopardo” e innumerables westerns, nos dejó su huella imborrable, como en esta película que ha ido creciendo con el tiempo en importancia y según pasan los años adquiere el poso de las obras maestras.
30 de julio de 2013
39 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Melville era un cineasta que amaba por encima de todo el universo simbólico de la literatura y el cine americano de las cuales tomo muchas pautas de su arte: su gusto por el riesgo violento de los héroes solitarios, los meandros de la amistad viril sellada por el combate entre la lealtad y la traición, las sórdidas tramas gangsteriles, los coches que derrapan y los neumáticos que chirrian durante las persecuciones de madrugada… Por tomar, hasta su nombre lo tomó de un creador literario de la orilla oeste del Atlántico.

Tercer film de Melville sobre la Resistencia, desgraciadamente desconozco los dos anteriores (Le silence de la mer, 1947 y León Morin Prêtre, 1961), película en torno a una época de la historia de Francia que él mismo vivió como protagonista. Su filmografía en esos años le había llevado por los terrenos del thriller y esto no pasa desapercibido en el tono de “El ejército de las sombras” de 1969, que se convierte así en un thriller bélico. Acercando la novela de Joseph Kessel a sus propias vivencias, valores como la lealtad y la traición se entrelazan en un mundo en el que la supervivencia y la fatalidad son caras de una misma moneda.
Christian Barbier, Claude Mann, Paul Meurisse & Lino Ventura
Su constante búsqueda de la tragedia en su estado más puro le lleva a recrear una serie de personajes condenados de antemano. Nadie se engaña. Todos saben cual va a ser su final y la soledad es su inexcusable compañera de viaje desde el momento en que cualquiera de sus “cómplices” hoy puede mañana ser su perdición. Mathilde, un espléndido personaje, símbolo de todas estas contradicciones como ningún otro, es buen ejemplo de ello. La visión de la resistencia se muestra ambigua y profundamente amarga. Ni rastro de heroísmos vacios y grandilocuencia patriotera. Sus personajes se mueven por un difuso sentido del deber que en muy pocas ocasiones se ve explicitado. Y cuando esto ocurre, siempre hay en él un incierto distanciamiento.

El siempre hábil dominio del montaje paralelo está en el origen de la consecución de una acción, en la que la tensión se apoya en lacónicas imágenes, siempre lejos del menor asomo de efectismo. Si se nos muestra un campo de concentración, éste parece tener hasta cierta placidez. El sufrimiento está en el rostro de los personajes, no en cualquier manido catálogo de los horrores nazis. Las torturas de Félix, primero y Jean François, después, a manos de la Gestapo nunca son explicitadas en pantalla. Las conoceremos por los rostros ensangrentados de ambos. Siempre es mejor sugerir que mostrar. La acción es, a su vez, contenida hasta en las secuencias de mayor tensión. Melville penetra en el duro mundo de la Resistencia con una profundidad difícil de soportar. Una de las claves para conseguirlo es su formidable dirección de actores. Los gestos, los ojos, los movimientos de Lino Ventura, Simone Signoret, Paul Meurisse y Jean-Claude Brialy nos dicen mucho más que las voces en off que martillean regularmente la película.
6 de enero de 2015
37 de 38 usuarios han encontrado esta crítica útil
Rechazada por escandalosa, por el público de la época, pero apreciada por cineastas como Lubitsch, “Una mujer de París” fue el primer drama de Chaplin, donde sólo hacía un cameo y, pese a haber permanecido en el armario del cineasta por más de medio siglo, Chaplin la restauró dos años antes de morir con una nueva banda sonora. También suprimió del inmaculado negativo del film, el rótulo inicial que decía: “La humanidad no se compone de héroes y villanos, sino de hombres y mujeres, y todas sus pasiones, buenas o malas, les han sido dadas por Dios. Su pecado es sólo ceguera y el ignorante condena sus errores, pero el sabio se apiada de ellos”. Chaplin quizá lo retiró por modestia, pero tenía más razón que un santo.

La película es infinitamente moderna para su tiempo, un drama romántico impregnado de un realismo que escandalizó a la puritana sociedad de su época. En ella se describe sin tapujos a mujeres cortesanas de lujo que viven como amantes de hombres ricos en el París bohemio de principios del siglo XX. Narra el amor de dos jóvenes, Jean y Marie cuya relación es rechazada por sus respectivos padres, traicionados por el destino y la fatalidad que les llevará a reencontrarse en la gran ciudad un año después, pero las cosas han cambiado y han perdido la inocencia del amor puro. Es un film sobre lo que se fue, lo que se perdió y la dificultad de recuperar el amor perdido.

Técnicamente todos los indicios apuntan a que ésta película es al cine mudo lo que “Ciudadano Kane” fue al sonoro, casi una revolución. “Una mujer de París” aparece en un momento trascendente del cine mudo, llega cuando el cine parece agotarse en la repetición, cuando parece hallarse en un callejón sin salida. Y abre una nueva pista para llegar a la supresión de los subtítulos, que es la rémora más importante que tiene el cine. Lo que se cuenta debe expresarse debe hacerse por medio de la imagen, y sólo la imagen, y Chaplin, casi lo logra, pues apenas hay rótulos, porque la sutilidad de Chaplin está en los detalles y nadie como él tenía la capacidad de transmitir sentimientos, esta vez detrás de la cámara.
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