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Críticas de Archilupo
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Críticas 439
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8
14 de mayo de 2008
86 de 99 usuarios han encontrado esta crítica útil
Tener, tiene indudables semejanzas con “Casablanca”. Entre otras:

1. La Gestapo barriendo garitos con piano en las colonias de la Francia de Vichy, a la busca de resistentes.
2. Héroe determinante, escondido tras coraza de escéptico cinismo.


No tener, “Casablanca” no tiene:

1. El voltaje erótico de la pareja protagonista; las miradas oblicuas, hablar ronco y contoneo de la Flaca.
2. Un secundario tan desbordante como Eddie, el borrachín desmemoriado.
3. No sólo el personaje de Bogart suelta las frases memorables en los eléctricos diálogos (empezando por la de “¿Nacionalidad?: Esquimal”). También el de Bacall (las instrucciones para silbar, entre otras) y el de Brennan (y su pregunta sobre la picadura de una abeja muerta).
4. La misteriosa atmósfera dramática creada en tantas escenas por la extraordinaria iluminación tenebrista: velas, linternas, luz listada por persiana, focos bajos, candiles…

Lo que “Tener y no tener” comparte con “Casablanca” es bueno; lo propio, también.
Archilupo
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9
14 de mayo de 2008
30 de 40 usuarios han encontrado esta crítica útil
Preocuparse por seguir al detalle los vericuetos de una compleja trama que, medio en broma, Chandler, Faulkner y Hawks renunciaban a explicarse (algún asesinato sin autor identificado), es menos provechoso que considerar la historia criminal como un fondo.
Ante ese fondo de sombra, noche, lluvia y algún que otro tiro, Bogart y Bacall, recién casados, hacen a sus personajes (Marlowe y Vivian) comunicarse con una conexión erótica tan intensa que casi llegan a verse en pantalla los lazos.
Ejemplo, entre docenas: el diálogo sobre las apuestas de caballos.
La pareja tiene en el film química, física, biología, neurología y medicina interna.
Un fenómeno.
Archilupo
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8
15 de mayo de 2008
54 de 57 usuarios han encontrado esta crítica útil
Del ciclo ‘Cuentos Morales’, “La coleccionista” se ajusta al esquema común a las seis películas que lo componen: un hombre vinculado a una mujer se interesa por otra, o permite que ésta se interese por él. Y este episodio de amor amagado, con el correspondiente desenlace fijo, constituye el núcleo de cada film del ciclo.

Al llegar el verano, el anticuario y galerista Adrien decide no acompañar a Londres a su novia, fotógrafa, y descansar unos días en una casa prestada, en la Costa Azul. Allí coincide con un amigo, Daniel, artista conceptual poco activo, y la joven Haydée, presentada al espectador en el prólogo, a partir de su físico, mediante una sucesión de intensos planos cortos de su cuerpo, tomados mientras pasea por la playa en bikini (no obstante, ella lee en ratos muertos un ensayo titulado “El Romanticismo Alemán”).
Mientras conversan, como filósofos natos, sobre el vacío existencial, la importancia de poseer un carácter cortante, la imposibilidad de interesarse por lo desprovisto de belleza, o sobre la conveniencia de no pensar, dejándose llevar hacia la nada absoluta, etc., Adrien y Daniel manifiestan escaso interés por Haydée, a quien encuentran elemental.
Ella sale cada noche con un amigo distinto y lleva una desenvuelta vida amorosa. Aspira a mantener un trato sencillo y normal con la gente.

Aparte del alto nivel intelectual de la película, de las formas elaboradamente naturales con que muestra Rohmer su pensamiento, “La coleccionista” mantiene hoy interés sociológico.
El film es de hace 40 años, de la época del Simca 1000 y del Mehari (modelos de coche que aparecen en pantalla), pero con su característica ponderación el director plantea una cuestión que sigue actual: un hombre que ejerce sin ataduras su libertad sexual, y disfruta de numerosas relaciones, tiende a ser visto como tipo meritorio, conquistador y envidiado. A una mujer que hace lo mismo se la considera una buscona a quien todos usan, “una de esas mujeres que se comparten” (“una coleccionista, una putita sin moral”).
Esta doble vara se nota en el proceder de los protagonistas masculinos quienes, por resabios machistas, se preguntan si no deberían intentar la seducción de la chica, y no dejan de revolverse con violenta arrogancia si sospechan que pueda ser ella quien esté llevando la iniciativa en el juego erótico.

La ambientación propicia el lánguido flirteo: una casona aislada, sin apenas amueblar; sol, chicharras, cala escondida, moscas, calma, agua marina transparente, tumbonas, Obras Completas de Rousseau a la sombra de un árbol…

Todo ello, intelectual y al mismo tiempo visual y cinematográfico, lo expone Rohmer sin entrar a juzgar actitudes, mediante su lenguaje sobrio, libre de tópicos y ornamento, con la colaboración de los actores (aportaron contenidos propios a los abiertos diálogos de los personajes) y con la contribución esencial de Néstor Almendros a la hora de reflejar la luz densa y sensual del verano mediterráneo.
Archilupo
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9
16 de mayo de 2008
31 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sea un viejo barco vacío en alta mar y dos personas que se encuentran solas a bordo.
Dado que una de las dos personas es Buster Keaton, es de imaginar la cantidad de recursos cómicamente absurdos que desplegarán para sobrevivir.

El guionista Jean Havez tenía un esquema: un joven rico y una joven rica que nunca han tenido que mover un dedo, los dos seres más inútiles del mundo, solos en un gran barco a la deriva.
Un colaborador, Fred Gabouri, consiguió un transatlántico jubilado.
Keaton se encontró así ante un singular juguete para dar rienda suelta a su inventiva.

El barco, una especie de gran inmueble flotante, es un espacio aislado y complejo del que Keaton, con su ingenio surreal único, va extrayendo comicidad.

Abundan momentos muy hilarantes: persecuciones aceleradas, caídas al agua y resbalones, cocina organizada con el tradicional sistema keatoniano de hilos y cuerdas, noches de terror infantil, o una tronchante partida con naipes mojados…

Keaton y la chica, que al principio son ridículos sin paliativos, van espabilando y evolucionando en su obligado confinamiento de robinsones marítimos, especialmente cuando se aproximan al final vertiginoso, mucho más cargado de genuino suspense que de humor.

Acróbata de familia, muchos gags de Keaton, basados en piruetas, trompadas y batacazos provocan risa, pero también admiración, por las condiciones físicas excepcionales que demuestran, y por el riesgo que afronta un actor que prescinde de dobles y especialistas y busca el más-difícil-todavía, como en las escenas submarinas de esta película.

El humor de Keaton no toca los resortes sentimentales. Va derecho a una comicidad visual y concreta.
Se mueve por una región mental ajena a los cambios de edad, independiente de claves intelectuales e igualmente accesible para el niño y el adulto: la imaginación pura, facultad que encuentra en el cine mudo un medio idóneo, y en el gran Buster Keaton uno de sus mayores creadores.
Archilupo
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8
16 de mayo de 2008
27 de 31 usuarios han encontrado esta crítica útil
Adoptando una distancia extrema, Antonioni recrea, en su estilo de pintor con cámara, el universo mental y afectivo de la burguesía italiana, a través de la crisis de Vittoria (M. Vitti).

“El eclipse” tiene un palpitante y significativo corazón en las extensas secuencias centrales, correspondientes a las sesiones bursátiles. Y ahí está todo el corazón. Fuera de ese templo mercantil que acapara la energía humana, la realidad está desvitalizada, anímicamente hablando.

Con la prolijidad y el detalle de un documental antropológico, se despliega ante el espectador la viva actividad del patio del mercado de valores: docenas de agentes corretean, se aglomeran, intercambian gritos y papeles, soplos y órdenes de compra; telefonean simultáneamente a varias sedes bursátiles, se persiguen y zarandean, vigilan el cambiante tablero de cotizaciones, garabatean cifras en sus libretas, reciben instrucciones simultáneas por ambas orejas y las trasmiten en las cuatro direcciones; venden y apalabran mediante signos en clave, guiños y gestos de manos y dedos, en conexión estrecha e incesante, exhaustiva, a través de códigos múltiples, saturando un hormiguero frenético, un completo guirigay en el que, milagrosamente, los implicados consiguen entenderse: hay total comunicación.
El público, formado por inversores, lo sigue ansioso desde las barandillas y en los noticiarios.
Es el escenario de lo real, donde se dirimen ganancias y pérdidas millonarias.
Una cámara vivaz y un montaje prestísimo cargan de dinamismo febril las escenas de ese determinante rito de la Bolsa.
(Alain Delon interpreta como si perteneciese a ese mundo.)

Fuera del corazón mercantil, la realidad se ralentiza; se desdibuja y enfría como si una fuerza absorbiese su vitalidad, la enajenase cada día para transmutarla en valor cotizable con que traficar en el “parqué”.
Las modernas barriadas por donde se mueven los personajes son geométricas y abstractas; los inmuebles, clónicos; el paisaje, industrial y futurista: desangelado, aunque dotado de una fría belleza, bien captada en la fotografía. Así son también los habitantes: atentos al dinero y sus altibajos, todo lo ven como cosa y ellos mismos se cosifican. Ante un coche accidentado, con un muerto dentro, se preguntan cuánto puede costar la reparación, cuánto abonará el seguro…
No hay afectos que comunicar, sugiere Antonioni. De las contadas palabras que se utilizan, casi ninguna es para expresar sentimientos.
Fuera de los acontecimientos económicos, la existencia individual parece abocada a la insularidad y a la automática repetición de patrones.
Al cuestionarse sus planes de boda, Vittoria emprende un confuso e indeciso intento de zafarse de todo eso y encontrar alguna autenticidad, aun a solas. La espera se prolonga. Ella misma no sabe muy bien si espera o no…

Helada y precisa radiografía del alma social, se diría que lo finalmente filmado es el vacío surgido al depositar todo el valor en el dinero.
Archilupo
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