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Críticas de Antonio Morales
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Críticas 1.537
Críticas ordenadas por utilidad
8
12 de noviembre de 2014
19 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
“On dangerous Ground” (En terreno peligroso), es uno de los mejores y a la vez menos conocidos trabajos de Nicholas Ray. No puedo entender el título que le adjudicaron en España, (La casa en la sombra). Gracias al apoyo del productor John Houseman, que provenía del Mercury Theater de Orson Welles, Nicholas Ray pudo filmar este “extraño” film para la RKO. Una producción de serie “B” en cuanto a presupuesto, pero de serie “A” en cuanto a calidad artística. Ray fue un cineasta que se adaptaba mal a las circunstancias industriales de Hollywood, pues necesitaba una libertad absoluta para crear. Era un director que se movía entre el clasicismo y la modernidad, pero por encima de todo era un artista, Ray no hacía poesía, él era un poeta que hacía cine.

El film está claramente dividido en dos partes bien diferenciadas: la primera es la ciudad, donde trabaja el protagonista junto a sus compañeros patrullando en las siniestras cloacas de la urbe (puro cine negro); y la segunda es la montaña (una visón más optimista, apuntando al melodrama), donde debe desplazarse nuestro hombre para resolver un crimen. Una película nocturna y oscura que aborda un tema fundamental en la vida de las personas: la inmensa soledad del hombre de hoy. Jim Wilson (Robert Ryan) es un misántropo, un policía solitario y hastiado de sí mismo y de su trabajo, persiguiendo malhechores y limpiando la ciudad. Su carácter violento y justiciero es consciente de su nihilismo devastador, que al final de su trabajo sólo le espera la muerte.

Un personaje molesto para la institución policial que pretende alejarlo de la ciudad. Tras desplazarse al pequeño pueblo de montaña, para investigar el crimen de una niña, cuyo padre violento (el actor fordiano Ward Bond) trata de tomarse la venganza, nuestro policía conocerá a Mary (Ida Lupino), la hermana ciega del joven asesino desequilibrado, pues la ceguera también es la metáfora de los personajes, ciegos de ira y odio. En cuya relación contradictoria (una mujer que arrastra tristeza y melancolía), hallará la esperanza turbia de la regeneración personal. Wilson busca en el ámbito rural la paz interior que no encontró en la ciudad. La música de Bernard Hermann, antes de su fecunda colaboración con Hitchcock, acompaña las imágenes de poesía y lirismo de este bello y emotivo film.

Me encanta cómo utiliza Ray las prodigiosas elipsis, el film tiene menos de 90 minutos, la economía de planos, su capacidad de síntesis en la que nos va dando toda la información que necesitamos para seguir la trama. Porque el cine tiene unos códigos y sobreentendidos que antes el espectador conocía, en cambio algunos espectadores de hoy necesitan un lenguaje visual mucho más explicito, para no perderse, quizás debido al lenguaje televisivo y a la publicidad, es también motivo del excesivo metraje hoy en día de las películas, empeñándose en dejarlo todo bien claro.
Antonio Morales
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6
26 de marzo de 2014
19 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Si algún cineasta merece la consideración de gran olvidado es Allan Dwan. Por la magnitud de su producción y, pese a sus altibajos merece la consideración de coloso oculto. Como cineasta empezó en el periodo mudo, el cine estaba en el momento de su organización sintáctica e industrial. Gran parte de sus películas en el periodo mudo se perdieron para siempre, no obstante fue un director tan prolífico que todavía se conserva unas cuantas obras del mudo y todo el sonoro. En el libro de Peter Bogdanovich el cineasta cuando habla de su actitud ante el oficio se expone con naturalidad, sentido práctico y falta de orgullo personal.

En los años cincuenta el western y el cine de aventuras polarizaron la actividad de Allan Dwan. En la que nos ocupa, “La reina de Montana” hay un talento para la exposición de lo narrado que logra llevar adelante el film pese a un argumento algo sencillo y previsible. En ocasiones es la carencia de incisiones más profundas, la sequedad de lo expuesto, la falta de matices, la película no profundiza en los personajes, debido seguramente a un guión algo primitivo y poco elaborado, pero deja claro que la corrupción y la mezquindad afecta por igual al ser humano, tanto a los blancos como a los indios. El cineasta se decanta por el personaje femenino dotado de un erotismo soterrado encarnado por el talento de Barbara Stanwyck y un discreto Ronald Regan que le da la réplica.

Lo mejor de la película, sin duda, son las localizaciones en unas montañas y bosques de ensueño, con una estupenda fotografía en color que resultan más atractivos sus ríos y lagos. La naturaleza forma parte dramática y protagonista de la sencilla puesta en escena por parte de este artesano que casi siempre estaba al servicio del Estudio para el que trabajó. “La reina de Montana”, pese a no ser de lo mejor de Dwan, es una entretenida película de las que solían proyectar en las salas de programa doble y de sesión continua.
Antonio Morales
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7
29 de agosto de 2013
19 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un individuo mira hacia Manhattan desde un transbordador y luego se reúne con otros dentro de un coche. Son policías que se dirigen a la Corte de Justicia para llevar a un hombre a declarar contra un poderoso hampón, Benjamin Costain (Lorne Green, patriarca de la serie Bonanza). Uno de los policías bromea con el testigo “Esta noche serás uno de los hombres más famosos del país”, pero éste no parece estar tranquilo; tiene una mirada huidiza y se seca continuamente el sudor. Tras llegar al edificio de justicia, salen del coche el testigo y dos policías. Un plano general los muestra subiendo las escaleras hasta que suenan unos disparos: el testigo cae, los policías se inclinan hacia él y miran atrás: contraplano de un edificio alto con las ventanas cerradas: sensación de anonimato, de impunidad.

Este inicio del film que he relatado es lo mejor de la película de Karlson, la dureza de la fotografía en blanco y negro, la sequedad narrativa y el ambiente de las calles de la ciudad, reflejado con aire casi documental, es evidente que lleva su marca. Pero lamentablemente, a partir de ahí, lo que se nos ofrece es una especie de obra teatral, al parecer basada en una obra “Dead Pigeon” de un tal Leonard Kantor, con un interés más bien exiguo. Una vez eliminado el testigo que iba a declarar contra el hampón, al fiscal Hallett (un discreto Edward G. Robinson) sólo le queda el recurso de sustituir a aquél por una mujer que cumple condena en presidio: Sherry Conley (una Ginger Rogers en un gran papel alejada de sus trabajos habituales). La cuestión que plantea el film, y que resuelve recurriendo a un truco psicológico de una sencillez aplastante, es si la mujer estará dispuesta a declarar contra el hampón, ya que si lo hace pondrá en peligro su vida.

La pregunta se enuncia y se responde en un decorado casi único – la habitación de un hotel, en el que la policía protege a la reclusa -, quizá con la finalidad de crear una atmósfera doblemente angustiosa y opresiva: por un lado, para Hallett, que trata de conseguir como sea un nuevo testigo, y por otro, para Sherry que teme por su vida. Pero el cineasta no aprovecha bien los recursos dramáticos como hubiera hecho Mankiewicz o Kazan, pues Karlson es más cineasta de acción que de palabras y el tono teatral no lo domina. Tal vez con la intención de dar mayor dinamismo al relato, éste se ramifica en otras direcciones: el resentimiento de Sherry con la sociedad, la simpatía que siente por la carcelera que le acompaña y las vicisitudes del policía que la protege, Vince Striker (un excelente Brian Keith) en su relación con Sherry.

En definitiva un thriller de serie B, nada despreciable, pero inferior a otros trabajos de este cineasta, poco conocido, pero que merece más atención a sus obras por parte de los espectadores, destacando en mi opinión, el excelente trabajo dramático de Ginger Rogers, pues aunque es famosa como compañera infatigable de Fred Astaire en los musicales de la R.K.O. también hizo sus pinitos lejos del baile en papeles dramáticos.
Antonio Morales
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8
20 de septiembre de 2016
18 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Francisco Rovira Beleta fue un cineasta catalán culto y preparado, que estudió arquitectura y derecho, ejerciendo el periodismo. Más tarde entró en CIFESA, donde se inició en el cine, del que guardo mejor recuerdo en su primera etapa de cine social y policíaco, que de su etapa esplendorosa con films reputados en Hollywood, como “Los Tarantos” o “El amor brujo”. Porque me parece que era un cine más cercano y popular, nada académico ni pretencioso y muy directo al espectador medio que vivía entonces, aquellos problemas y realidades que apreciamos en sus películas. Este estilo de cine social no ha envejecido porque se mantiene como testimonio veraz de su tiempo, portentosamente expresado de forma cautivadora.

Presentándonos una ejemplar muestra de la Barcelona portuaria de principios de los 50, dentro de la corriente de cine policiaco y de denuncia social que habían inaugurado films como “Brigada criminal” y “Apartado de correos 1001”, en un tono neorrealista, filmando en la calle, tal y como se vivían entonces sus ambiente populares, en esta ocasión con un melodrama neorrealista en tono de thriller social y mezclando técnicas del documental. La ruda fisicidad de un Francisco Rabal espléndido que alcanza aquí el estatus de grandioso actor, un trabajo dramático colosal y desgarrador. La angustia de un marinero orgulloso que pierde su empleo, un afligido padre, que no encuentra salida digna a sus acuciantes problemas económicos, teniendo que aceptar un empleo insuficiente para malvivir, dejándose arrastrar por la desesperación en el camino de la delincuencia para alcanzar sus objetivos e ilusiones frustradas por la miseria de una clase social, pobre y abandonada a su suerte.

Una película extremadamente dramática, que defiende y honra a la familia, como no podía ser de otra forma entonces, La familia como institución purificadora y bálsamo de la injusticia social, de la desesperanza y de la fatalidad del destino. Narrada bajo un largo “flash back” que abarca casi toda la cinta, donde las mujeres aportan con su abnegación y sacrificio, la parte más positiva e ilusionante, el amor y la entrega del ser humano, la lucha infatigable contra la adversidad que encarna la esposa de Miguel (Julia Martínez) en un laberinto urbano poblado de contrabandistas, carabineros, estraperlistas, usureros, estafadores, todos ellos conviven y merodean en el Raval (barrio chino) y sus aledaños, malviviendo en casuchas destartaladas con escaleras interminables y patios de vecinos comunitarios. Venta ambulante, casas de empeños y por letras, música de organillos, betuneros infantiles y pícaros ladrones.

Todos los personajes transmiten una realidad manifiesta que te atrapa, con un ritmo trepidante y a la vez infatigable que te involucra en la tensión que viven los protagonistas, en medio de unos decorados naturales inmejorables, filmados muchas veces desde panorámicas y grúas para emplazar la cámara. Un matrimonio lleno de ilusión con el que te emocionas a pesar de sus encontronazos, con Víctor, un niño conmovedor por su nobleza y sencillez, a los que la suerte desgraciadamente les ha dado la espalda, efectuando un retrato social y económico apabullante de la época. Un película inolvidable, de las mejores del cine Español.
Antonio Morales
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7
11 de noviembre de 2015
18 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
Como hiciera el gran Fernán Gómez, 23 años más tarde, con mucho mejor presupuesto y evocando la memoria y recuerdos de un cómico, Galván (José Sacristán) con una compañía de teatro por los pueblos de España en plena postguerra. Mario Camus en su ópera prima y gracias a el productor Ignacio F. Iquino hicieron una película humilde con talento y sensiblidad, pero mucho más dura y desesperanzada, mucho más sangrante que la posterior ganadora del goya. Un lúcido y patético retrato de la derrota y la humillación moral del mundo de los cómicos, hambrientos y sin techo donde cobijarse, huyendo permanentemente de los acreedores, boticarios y dueños de fonduchas y garitos.

La película casi desconocida, al menos para mí, abarca muchas ideas, muchos conceptos narrativos, diferentes registros emocionales y estéticos. Su estructura es tan itinerante como la de los propios protagonistas, adocenados en una cochambrosa camioneta de alquiler, un grupo de actores que recorren puebluchos y aldeas mugrientas por caminos inhóspitos, iglesias, escuelas y recintos privados, ofreciendo sus espectáculos “a la carta”, por unas míseras pesetas que apenas les da para comer, desde un denigrante y vergonzoso striptease a una obra de teatro clásico. El film es una crónica cotidiana, a menudo tierna, y en muchos momentos cruelmente desgarradores de unos perdedores que no encuentran una salida digna a sus vidas. Una visión demoledora del inestable mundo del teatro.

La narrativa de Camus se percibe vigorosa por una fotografía en blanco y negro que refuerza ese ambiente pesimista que refleja la grisura de lo cotidiano. Protagonizado además por un grupo de actores españoles casi desconocidos entonces, acordes con los personajes que transmiten una cercanía y humanidad asombrosa. La compañía de comedia “Don Pancho” acostumbrados a improvisar sobre las tablas, maltratados por la sociedad y la vida. Otra joya maldita del cine español que merece un reconocimiento.
Antonio Morales
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